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No es un choque de trenes, sino Hollywood contra Disney

No es un choque de trenes, sino Hollywood contra Disney

Me voy a referir a esas voces que llevan tanto tiempo con nosotros que ya ni reparamos en su presencia, les llamamos “voces en off”, y con voluntarioso didacticismo nos narran documentales de animales que vagan por tierra, mar y aire, esas voces que dicen cosas como, “la gacela siente celos de su hermana y se aleja”, o, “el pájaro, en su huida, se siente aliviado primero e inquieto después al darse cuenta de lo que le podría haber ocurrido de haber caído en las garras del listísimo zorro”. En efecto, me refiero a esas voces que atribuyen a los animales comportamientos y sentimientos humanos —a esto le llamamos la “disneylización” de la Naturaleza—, esas voces que no sólo presuponen que los animales piensan sino que parecen saber qué están pensando el pájaro, el zorro o la araña en cada momento –a esto le llamamos falacia telepática-, esas voces que han creado un relato de humanización del animal tan bien construido que ha alcanzado el status de verosímil; nos lo hemos creído. Si lo pensamos bien, estamos hablando de una figura clave en la elaboración de cualquier discurso, y cuya importancia solemos pasar por alto: el traductor.

"Conocida es aquella recomendación del Manual de Estilo del Hollywood de los años 40: al rodar westerns, empléense indios reales a ser posible, pero si no hay indios disponibles, empléense húngaros."

Intentaré explicarlo de otro modo: si ustedes han visto tanto cine malo como yo, y si además -también como yo- están convencidos de que del cine malo se aprende tanto o más que del bueno, habrán notado que en todas las películas de exploradores que van a África, o en todas las de vaqueros que se adentran en tierras de indios navajos, siempre hay un sujeto, mitad aborigen, mitad occidental —en rigor es de una raza nunca vista— que va traduciendo las palabras de los exploradores a los indígenas y viceversa. Este “sujeto mezcla”, y en una suerte de premeditada confusión antropológica, suele ir convenientemente maquillado de arquetipos de toda latitud, de tal modo que tanto sirve para mediar en un western que para una película de portugueses que llegan al Amazonas, o de británicos que van de picnic a las minas del Rey Salomón. Conocida es aquella recomendación del Manual de Estilo del Hollywood de los años 40: “al rodar westerns, empléense indios reales a ser posible, pero si no hay indios disponibles, empléense húngaros.” Este sujeto, que es el genuino mediador y que por descontado habla todas las lenguas aunque nunca se nos aclare cómo demonios llegó a aprenderlas, es la esencia misma del traductor, en nada diferente a la voz en off que en los documentales nos informa de qué piensan las criaturas de la Naturaleza. Porque, no nos engañemos, traducir no es más que mediante metáforas construidas como certezas poner en contacto una animalidad con otra.

"Me temo que es Mariano Rajoy quien se asigna a sí mismo el papel de traductor universal entre los Occidentales y la tribu, y, por su parte, es Carles Puigdemont la voz en off que con falacia telepática sigue hablándole a su audiencia acerca de qué sienten las plantas y los pajaritos."

De modo que lejos de ser meros actores secundarios o simples piezas intercambiables, son esos pintarrajeados traductores de encuentros entre tribus, y son esas voces en off que relatan la bucólica vida de los pajaritos los verdaderos artífices del relato que terminamos por aprender e interiorizar, y por lo tanto replicar en nuestro entorno. Y no es un chiste, porque la cosa no está para chistes, pero me temo que es Mariano Rajoy quien se asigna a sí mismo el papel de traductor universal entre los Occidentales y la tribu, y, por su parte, es Carles Puigdemont la voz en off que con falacia telepática sigue hablándole a su audiencia acerca de qué sienten las plantas y los pajaritos. No son dos trenes que chocan sino Hollywood contra Disneylandia, dos relatos construidos sobre la misma esencia de la fantasía.