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César Pérez Gellida firmando en la Feria de Madrid.

El tabernero de la Red acompaña a su amigo el escritor al aeropuerto y entre ambos nace una muy interesante conversación sobre la lectura, la compra de libros y la literatura como negocio.

Mi cliente y casi amigo el escritor ha regresado a España para presentar su nueva novela. Como tenía que vérselas con Aerolíneas Argentinas —y ese es un trago que no debe afrontarse en soledad—, decidí acompañarle hasta el aeropuerto. Su editorial le ha organizado una gira de promoción que le llevará a visitar varias ciudades incluyendo, cómo no, la Feria del Libro de Madrid. Siempre me ha llamado la atención ver cómo el paseo de Coches del Parque del Retiro se convierte en un coto de caza para lectores y curiosos donde las piezas más cotizadas son las firmas de los autor y la consiguiente instantánea. Mi curiosidad por saber más detalles sobre el evento desencadenó una conversación que todavía permanece fresca en mi memoria.

–Normalmente, la longitud de las colas es directamente proporcional a la capacidad mediática del sujeto que sujeta el bolígrafo –me ilustró él–. Las caras más conocidas son las más buscadas, y esas no suelen ser, precisamente, las de los escritores.

–Aprecio cierta pelusa –observé yo precipitadamente.

–Para nada. Siempre he pensado que los mediáticos son un regalo para el sector del libro.

–Eso me lo tienes que explicar muy despacito.

–Muy sencillo: los ingresos que generan suman lo mismo que los recaudados por las ventas de los literatos.

–Como diría ese personaje tuyo: «Todo es bueno para el convento».

–Y mucho más cuando el convento está casi en ruinas. Gracias a esos euros las editoriales pueden publicar otros escritores, aunque admito que el hecho no deja de ser probatorio de hacia dónde se dirigen los focos de atención del Gran Público.

–En este país se lee poco –sentencié yo.

–Te equivocas —me cortó, tajante—. No hace mucho, la agencia NOP Word hizo un estudio sobre los hábitos de lectura que nos colocó en el décimo noveno puesto del mundo, registrando casi seis horas de lectura semanal. Por encima de los británicos, por ejemplo, que pensamos que son el parangón de la erudición. Ahora bien, muy mal distribuidas, dado que, el 35% de la población española declara no leer nunca o casi nunca frente a otro 35% que asegura hacerlo diaria o semanalmente.

–Las dos Españas.

"Buena parte de los títulos que se publican en nuestro país no superan los quinientos ejemplares vendidos"

–Exacto, la que paga y la que no —zanjó—. Otra encuesta, esta vez firmada por el CIS, asegura que casi la mitad de la población española no ha comprado un libro en los últimos doce meses. El perfil del comprador español tiene silueta de mujer, de entre cuarenta y sesenta años, que prefiere el formato papel al digital y que lee una media de nueve libros al año, de los cuales, compra cuatro. Los otros cinco, o bien se los prestan, o provienen de una biblioteca pública o son descargados de forma ilegal. En el año 2015 se publicaron mas de setenta y cinco mil títulos. Echa tú la cuenta y trata de hacerte una idea de lo difícil que tiene que ser para los aspirantes a escritores el conseguir que les publiquen su primera novela, ganarse un espacio en el punto de venta para que su portada capte la atención del comprador y que el código de barras de la contraportada termine pasando por el lector de la caja registradora.

–Ulises lo tuvo más fácil.

–Cierto, pero, además, cuando concluye la odisea, al escritor le queda un 10% del PVP, que, trasladado en términos monetarios, suponen un euro limpio de polvo y paja por ejemplar vendido.

–Un euro. ¿Y el resto?

–A repartir entre los libreros y la editorial, pero ojo, que repercutiendo el coste que les supone mantener sus negocios, a ellos les queda poco más o menos lo mismo.

–¡Menudo business! Me quedo con mis caldos, verdaderamente.

–Haces bien, porque buena parte de los títulos que se publican en nuestro país no superan los quinientos ejemplares vendidos. En el Reino Unido leen menos pero compran más, casi el triple que los españoles.

–Eso quiere decir que hay mucha gente que no paga por leer.

–Ahí le has dado. Hay muchos libros en digital cuyos precios no pasan de los tres euros, pero así y todo, se siguen descargando ilegalmente.

–Como robar a un mendigo —comparé yo.

–Y con total impunidad. Además, desconocemos con exactitud cuánto, porque nadie se ha preocupado por averiguarlo. No conviene saberlo. Se cree que de cada cuatro copias que se descargan en la red, tres son ilegales, pero no hay forma de medir el alcance de la segunda oleada.

Mi silencio le obligó a aclararlo.

–Las copias que, una vez descargadas, se envían por email en dos clics. Una novela pesa menos de un mega. Como una hoja seca.

–Poético.

–Que te cagas.

–Y el gobierno de perfil, claro.

–De espaldas, más bien. La Ley de la Propiedad Intelectual es muy importante en los programas electorales de todos los partidos; hasta que gobiernan —aclaró—. Imagínate al Partido Popular aprobando una ley que prohíba…, ¿he dicho prohíba? No, quería decir restrinja o limite la piratería. La hazaña le costaría más votos que cualquier otro escándalo de corrupción que, al fin y al cabo no viene tan mal para tapar el anterior —añadió, caústico.

–El pillaje bien podría compensarse con un aumento de las ventas en formato electrónico, pero no parece que el negocio vaya a crecer como se auguraba hace unos años. En este momento, dos de cada diez libros se leen en soporte digital, pero sin el cariño de mamá editorial, más preocupada por amamantar al primogénito de papel, el hermano pequeño se está desarrollando de forma lenta y raquítica.

–La España Cainita.

–Y la de las dos velocidades, si quieres, también. Pero lo cierto es que las editoriales son el pulmón de la Industria y, gracias a que han sabido atraer a nuevos lectores con proyectos menos literarios, el corazón de la librería puede seguir latiendo hoy en día. Todo suma.

Se acercaba la hora y tenía que despedirme.

–Definitivamente, no es país para escritores —resumí yo.

"Los lectores que tenemos son los que cuentan, y por eso me fundo en besos y abrazos con ellos cuando acuden a este tipo de encuentros"

–Puede, pero los lectores que tenemos son los que cuentan, y por eso me fundo en besos y abrazos con ellos cuando acuden a este tipo de encuentros. Porque ahí están, haciendo cola, esperando pacientemente para conseguir la firma de su escritor favorito en la primera página de ese ejemplar que previamente han comprado. Son nuestros héroes.

–¡Qué intenso te pones, juntaletras!

Mi cliente y casi amigo el escritor desvió su atención hacia un panel de información. Seguidamente me buscó con la mirada, dolido.

–Ya te estoy imaginando a ti, ojialegre, viendo cómo tus clientes descorchan tus mejores botellas, se sirven en tus finas copas de cristal de Bohemia y degustan tu carta de vinos sin dejarte un euro sobre la barra. Y cuando terminan, alguno te dirá que tu vino es vinagre y que se va a otra cantina a seguir bebiendo gratis, que compartir es un derecho y tú un privilegiado porque gracias a él te conoce más gente.

Todavía me latía con fuerza el corazón cuando le vi perderse en la zona de embarque y, aunque ya no podía oírme, le deseé mucha suerte.

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Publicado en El Norte de Castilla el 6 de junio de 2016.