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Detalle de la portada de Cuchillo de palo

La pregunta me la han hecho en infinidad de ocasiones y yo, que soy muy demócrata y muy liberal, y me desnudo por los pies, suelo aplicar esa fórmula que dice: mismas preguntas, mismas respuestas.

«–¿Tenías claro el final de la trilogía cuando empezaste a escribir el primero? –hete aquí la cuestión en cuestión.

–No –respondo y sonrío aunque no siempre en el mismo orden–. Ni siquiera tenía pensado el final del primero cuando empecé a escribirlo. Y mucho menos aún que los primeros párrafos llegaran a conformar el primer volumen de una trilogía».

Es rigurosamente cierto.

"Ese soy yo, un marinero con patente de corso y armado con dos agujas cargadas de tinta negra."

Desde aquella tarde de sábado en la que decidí escribir una historia protagonizada por un sociópata narcisista amante de los versos, las canciones y los trocitos de carne, he seguido el mismo riguroso método de creación literaria que consiste en no seguir ningún método. Muy cartesiano, lo sé. Habitualmente lo justifico argumentando que este oficio es demasiado jodido como para ajustarse a un esquema establecido, además, por uno mismo, dando por hecho que el día en el que se consumó ese prodigio –llámese estructura de la trama, guión del argumento o mapa capitular de la novela–, uno estaba tocado por la varita del virtuosismo. Al margen, sostengo la creencia de que si alguien conoce el punto de partida y sabe dónde quiere llegar, el inconsciente, que es muy cabrón, va a trazar una línea recta perfecta. Y pocas cosas me aterran más que una línea recta perfecta. Sin embargo, la verdad que subyace tras estas justificaciones, he de confesar, tiene que ver con mi nula capacidad para proyectar a largo plazo. En efecto, lo he intentado, pero nunca logro visualizar más allá de esa escena que estoy recreando en mi cabeza y que trato de trasladar al papel. Por ofrecerle un dato le diré que A grandes males, mi última novela pendiente de publicar, tiene ciento cuarenta y siete escenas. Así pues, simplificando mucho, podría concluir que mi no método consiste en avanzar.

Canjear imágenes por palabras sin levantar la cabeza.

Aporrear el teclado sin mirar atrás.

Escribir, nada más. 

Nada menos.

En ocasiones me veo como esa señora de avanzada edad que se sienta en el porche de su casa y teje. Teje, sin más. Ahora bien, mi «germanoespartana» rutina de trabajo me permite tejer todos los días y casi a todas horas, porque cuando no escribo uno del derecho pienso uno del revés, y no me importa la forma que va tomando el paño –este es mi secreto–, porque no tengo patrón al que deba ceñirme. Y ya se sabe que donde no hay patrón manda el marinero. Ese soy yo, un marinero con patente de corso y armado con dos agujas cargadas de tinta negra.

Un filibustero textil que aprovecha el aislamiento que requiere navegar en un mar de letras para ir dejando hilos sin atar, cabos sueltos, nudos sin anudar; por si acaso, por si en algún momento me visitan los hados y me susurran alguna maldad que pudiera encajar si cambio un ovillo por otro, o si giro la pieza, o si hago que esta tonalidad parezca blanca cuando en realidad es más negra que las tarjetas de Bankia. Comienza entonces esa fase en la que coso y descoso, saco la tijera, hago y deshago, zurzo aquí y allá, hilvano, remiendo, anudo todo y doy los últimos pespuntes antes de examinarlo con detenimiento, como si fuera el vestido de novia de mi única nieta. Solo entonces, cuando estoy convencido de que va a lucir en el altar, lo lavo a mano con jabón de lagarto y lo tiendo para que el sol haga su implacable labor. Es una forma de tortura como otra cualquiera, me hago cargo, donde la paciencia se hace indispensable hasta que me confiese lo que yo quiera.

Y, créame, en Ruritaria no hay texto que no termine doblegándose ante la tiranía del escritor.

"En términos textiles sería como empezar con la idea de confeccionar el traje de La Cenicienta y terminar viendo en el escaparate un modelo que haría sonrojar a Lady Gaga."

Lo que más me divierte de mi forma de no proceder es comparar la idea primigenia que barajaba antes de empezar a escribir una novela con el resultado final. Le puedo asegurar que cualquier parecido con lo que luego resulta es pura coincidencia. En términos textiles sería como empezar con la idea de confeccionar el traje de La Cenicienta y terminar viendo en el escaparate un modelo que haría sonrojar a Lady Gaga.

Sé que otras vecinas tejen de forma distinta, por supuesto. Primero diseñan el modelo y luego lo van confeccionando siguiendo esos patrones que dieron por buenos en su día. Y debo admitir que no son pocas las veces que he admirado –y envidiado, por qué no– la belleza de sus creaciones, lo cual me hace deducir que el método de costura importa poco, importa el empeño que se derroche en el empeño. Como coser y cantar, escribir es empezar.

Empezar de cero cada día.

Quizá sea esto, el hecho de reinventarse diariamente, lo que me impulsa a seguir encendiendo el secador y acariciar las teclas de este teclado, al que adoro y maldigo a partes iguales, desde la A a la Z, por someterme a este maravilloso cautiverio exprimiendo las malas artes de su magia negra.

Negra, como la tinta negra.

César Pérez Gellida
Escritor de tinta negra

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Cuchillo de palo (segundo volumen de la trilogía Refranes, canciones y rastros de sangre) llegó a las librerías el día 10 de este mes de octubre, publicado por Suma.

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