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No pudiendo ser santos…

No pudiendo ser santos…

De los muchos personajes interesantes que aparecen en La peste, el de Tarrou sirve para arrojar luz sobre esa difícil paradoja que es el círculo vicioso del odio y del mal.

Cuando una mañana cualquiera la peste, “para desgracia y enseñanza de los hombres”, despertó a sus ratas y las mandó a morir a la dichosa ciudad de Orán, no todas las personas que allí se encontraban entendieron esa condena como suya. Aquella no era la ciudad del periodista Rambert, por ejemplo, ni la de muchos otros turistas que se vieron de pronto sitiados por la muerte, y que tuvieron que afrontar un destino trágico con la desubicación lógica que siente todo aquel que cree todavía, en mitad de la desgracia, que se encuentra de paso. “Yo no soy de aquí y este no es mi sino”, debió de pensar la mayoría, casi con el convencimiento de que la mano que movía los hilos de la plaga debía ser justa y consecuente, dejando escapar por tanto a todos aquellos a los que jamás tendría que haber dirigido su sentencia fatal.

Pero el mal no es justo ni consecuente y por eso, de todos esos viajeros perplejos el que más atención merece es el único que quiso afrontar la realidad desde el principio: Jean Tarrou. Él es, de hecho, el personaje que sirve de una manera más perfecta y lúcida para iluminar la difícil paradoja que es el círculo vicioso del odio.

"Tarrou se presenta entonces como un hombre que entiende los mecanismos del mal, y que es consciente de que basta muy poco para que esa plaga se extienda en el seno de cualquier comunidad"

Nos lo encontramos por primera vez a través de las anotaciones que realizó en su diario, pero su figura no comienza a cobrar verdadero peso hasta su primera entrevista con el doctor Rieux, otro de los grandes héroes de la obra —por no decir el más grande—. Reunidos una tarde en la casa del segundo, el primero le dice entonces que no sólo quiere presentarse como voluntario para ayudar en los hospitales desbordados, sino que también pretende reclutar y organizar grupos de personas que, como él, han llegado a la conclusión de que la peste, al ser cosa de todos, debe ser combatida por todos también.

La conversación entre ambos es larga y sugestiva, y en ella aparece por primera vez una de las formulaciones fundamentales que define a los dos personajes:

“—(…). Tengo entendido que están pensando en echar mano de los presos para lo que podríamos llamar trabajos pesados —dice Rieux.

—Me parece mejor que lo hicieran hombres libres.

—A mí también, pero, en fin, ¿por qué?

Tengo horror de las penas de muerte”.

Esa última frase, aparentemente anecdótica, no lo es tanto. Y la verdad aparece mucho tiempo después, en otra conversación con los mismos protagonistas que sirve para afianzar su amistad definitivamente. Tarrou se presenta entonces como un hombre que entiende los mecanismos del mal, y que es consciente de que basta muy poco para que esa plaga se extienda en el seno de cualquier comunidad.

Y si conoce ese misterio es porque lo ha vivido en sus carnes, no como víctima sino como verdugo inconsciente. Siendo joven, decidió combatir la injusticia con todas sus armas. Se escapó de casa y se juntó con otras personas que compartían su lucha. Sin embargo, como le terminará confesando a Rieux: “Al fin comprendí, por lo menos, que había sido yo también un apestado durante todos esos años en que con toda mi vida había creído luchar contra la peste. Comprendí que había contribuido a la muerte de miles de hombres, que incluso la había provocado, aceptando como buenos los principios y los actos que fatalmente la originaban”. Entendió que si se combate algo odioso con odio, nada diferencia al que odia de lo que pretende erradicar; y llegó a una conclusión inquietante: “Yo sé a ciencia cierta (…) que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección”.

"Camus nunca aboga por que haya que resignarse ante el odio de los demás"

Tarrou tiene horror a las penas de muerte porque son condenas irremisibles, que no permiten ningún tipo de redención. A él le da lo mismo que el condenado sea culpable o inocente. Vislumbra en su ejecución una injusticia inadmisible y habla claro: “A eso que llaman delicadamente los últimos momentos (…) habría que llamar el más abyecto de los asesinatos”. Leyendo la novela de Camus en su literalidad, resulta tentador entender el símil de la peste simplemente como sinónimo de la muerte, y en cierta manera lo es. Pero también es la imagen del odio —del mal—, ya que la irremisible condena arranca en ese punto. Odiar es desear que algo no sea lo que es, y por tanto, en cierto sentido, odiar es matar. La paradoja radica entonces en eso que ya ha sido comentado: odiar al que odia es contribuir a que se expanda la peste; es “respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección”. Esa es la carga de Tarrou, y a resolver sus enigmas ha dedicado gran parte de su vida.

Pero la encrucijada es compleja y debe entenderse correctamente, porque Camus nunca aboga por que haya que resignarse ante el odio de los demás. Lo explica bien cuando escribe: “Hay siempre un momento en la historia en el que quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro está condenado a muerte. Bien lo sabe el maestro (…). La cuestión es saber si dos y dos son o no cuatro (…). Muchos nuevos moralistas en nuestra ciudad iban diciendo que nada servía de nada y que había que ponerse de rodillas. Tarrou y Rieux y sus amigos podían responder esto o lo otro, pero la conclusión era siempre lo que ya se sabía: hay que luchar de tal o tal modo y no ponerse de rodillas”.

La respuesta a la paradoja que encuentra Tarrou es sencilla, y la explica en la propia conversación que mantiene con Rieux: “Sí, sigo teniendo vergüenza, he llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz. Ahora la busco, intentando comprenderlos a todos y no ser enemigo mortal de nadie”, le dice, y el lector atento descubre que aquella idea ya había sido anunciada muchas páginas antes, durante su primera reunión:

“—Vamos, Tarrou, ¿qué es lo que impulsa a usted a ocuparse de esto?

—No sé. Mi moral, probablemente.

—¿Cuál?

—La comprensión”.

Sin embargo, la cosa no queda ahí, y el propio Tarrou se encarga de introducir la que, a la postre, será una de las ideas fundamental de toda la novela:

“Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas, y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible a estar con las plagas. Esto puede que le parezca un poco simple, y yo no sé si es simple verdaderamente, pero sé que es cierto. He oído tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme perder la cabeza y que se la han hecho perder a tantos otros, para obligarle a uno a consentir en el asesinato, que he llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro. Entonces, he tomado el partido de hablar y obrar claramente, para ponerme en buen camino. Así que afirmo que hay plagas y víctimas, y nada más. Si diciendo esto me convierto yo también en plaga, por lo menos será contra mi voluntad. Trato de ser un asesino inocente. Ya ve usted que no es una gran ambición.

"En la visión que tiene Tarrou de la santidad se esconde un acto heroico"

Claro que tiene que haber una tercera categoría: la de los verdaderos médicos, pero de éstos no se encuentran muchos porque debe de ser muy difícil. Por esto decido ponerme del lado de las víctimas para evitar estragos. Entre ellas, por lo menos, puedo ir viendo cómo se llega a la tercera categoría, es decir, a la paz.

(…) Después de un silencio, el doctor se enderezó un poco y preguntó a Tarrou si tenía una idea del camino que había que escoger para llegar a la paz.

—Sí, la simpatía.

(…)

—En resumen —dijo Tarrou con sencillez—, lo que me interesa es cómo se puede llegar a ser un santo”.

En la visión que tiene Tarrou de la santidad se esconde un acto heroico. Porque si bien la palabra simpatía es ambigua, de ella se desprende una idea poderosa: Ante la injusticia y el odio la única arma que existe es la comprensión. Un santo es aquel que es capaz de sentir sincera simpatía por aquel que le odia. Sin embargo, el propio Tarrou es consciente de la dificultad de esa tarea: “Sí, Rieux, cansa mucho ser un pestífero. Pero cansa más no serlo. Por eso hoy día todo el mundo parece cansado, porque todos se encuentran un poco pestíferos. Y por eso, sobre todo, los que quieren dejar de serlo llegan a un extremo tal de cansancio que nada podrá librarlos de él más que la muerte”.

Aunque pueda parecer una visión pesimista, no lo es tanto. Ninguno de los dos personajes cree, aunque lo pueda parecer, que el hombre es malvado por naturaleza; pero sí que son conscientes de que la paradoja del mal es un sinuoso laberinto, y que es muy sencillo quedarse atrapado dentro de él. “El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia”, dirá el cronista Rieux en un momento determinado, “y a esto se le llama virtud o vicio, ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar”.

"Leer La peste de Camus es un ejercicio delicioso del que se pueden sacar infinidad de conclusiones. Su relectura es tarea obligada, más aún en los tiempos que corren"

Pero queda todavía esa tercera categoría, la de los verdaderos médicos, que son en realidad los verdaderos héroes en un mundo apestado: “Yo no sé lo que me espera, lo que vendrá después de todo esto. Por el momento hay unos enfermos a los que hay que curar. Después, ellos reflexionarán y yo también. Pero lo más urgente es curarlos. Yo los defiendo como puedo”, le dice también Rieux a Tarrou. Para él, un médico no es otra cosa que eso, aquel que no se resigna y que continúa “luchando contra la creación tal como es”, pese a que el empuje insaciable de la peste, con sus oleadas de muerte, le hagan sentir su labor como “una interminable derrota”.

Leer La peste de Camus es un ejercicio delicioso del que se pueden sacar infinidad de conclusiones. Su relectura es tarea obligada, más aún en los tiempos que corren. Y de todas sus páginas la más destacable siempre será la última; no sólo por su frase final, esa advertencia poderosa y acongojante, sino también por la que la precede: “…esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos”.

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