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Cincuenta años de recuerdos de la Feria del Libro

Cincuenta años de recuerdos de la Feria del Libro

Foto: Victoria Iglesias

La editorial Doncel, la Casa de Fieras, los papel Biblia de Aguilar… Cincuenta años de recuerdos de la Feria del Libro.

Mi primer recuerdo de la Feria del Libro de Madrid está fechado en 1969 y es mucho menos singular de lo que pueda parecer al lector de nuestros días. No es otro que el de un consejero nacional del Movimiento, una de aquellas “autoridades”, que se les llamaba entonces. Vestía una guerrera blanca de gala, sobre la camisa azul Mahón de los falangistas: el uniforme que mandaba el protocolo de las inauguraciones, ya fueran éstas de ferias o de prodigios de la ingeniería. Y así lucía aquel de la primera imagen que guardo en mi memoria de la cita en El Retiro.

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Fui lector de cómics antes que de libros, de modo que las primeras páginas que hojeé en la Feria fueron las de Vuelo 714 para Sidney, la antepenúltima aventura de Tintín. Publicada en España por Editorial Juventud en abril de 1969, aquella entrega de Hergé fue mi favorita de las novedades de aquella primavera.

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El Quijote no siempre empieza en un lugar de La Mancha”, rezaba, aludiendo a la igualmente admirable grandeza de los tebeos, un eslogan para el fomento de la lectura entre los adolescentes, como el que yo empezaba a ser en 1971. Otra de las singularidades de entonces era que la editorial que publicaba los libros de Formación del Espíritu Nacional, Doncel, también fuese la misma que se esforzaba con más denuedo en la dignificación del cómic. En el 71 me recuerdo buscando con mucho empeño los primeros números de la revista Trinca, puesta en marcha por Doncel, que fuera la primera publicación española dedicada al cómic de autor, para la que Antonio Hernández Palacios concibió series señeras como Manos Kelly, El Cid o La paga del soldado. Jamás olvidaré aquellas viñetas.

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Todavía es ahora, en mis visitas de este junio, cuando, siempre que enfilo los templetes de los editores y libreros en el Paseo de Coches de El Retiro, evoco la antigua Casa de Fieras. En la primavera de 1972 dicha nostalgia fue más intensa. Aquel también fue el año en que el antiguo zoo de mi ciudad cerró sus puertas definitivamente. A la sazón, la entrada a la Feria coincidía con el acceso a la Casa de Fieras, en los jardines de Cecilio Rodríguez. La evocación surgió inevitable. Muchos años después, al leer Un artista del hambre, el célebre relato de Kafka, imaginé a los hambrientos que exhiben su ayuno dentro de esa jaula que nos propone el checo en la leonera de la Casa de Fieras.

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El título más demandado en la cita del 73 fue Se vende un hombre (Planeta), una ficción sobre la posguerra de Ángel María de Lera. Bien distintas eran las propuestas de Enid Blyton: Los Cinco y el tesoro de la isla, Otra aventura de los Cinco, Los Cinco en Billycock Hill… Publicadas en España por Juventud, aquellas fueron mis primeras novelas, de modo que regresé al stand de esta casa barcelonesa en mis visitas del 73. Las candorosas peripecias de Jorge —que se llamaba a Georgina— y sus primos, desbaratando redes de contrabandistas y otras audacias por el estilo, fueron mi última lectura infantil. La isla de Kirrin, propiedad de la familia de Jorge y localización de algunas entregas de los Cinco, fueron el primer territorio mítico de la novelística del que tuve noticia.

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En la cita de 1975 la lluvia fue tan pertinaz que sólo escampó un día. Por aquel entonces, las novelas de Sven Hassel —La legión de los condenados, Batallón de castigo, Los panzers de la muerte…— eran mis favoritas. Incluidas por Plaza & Janés en su colección Reno —otro de los hitos de la edición en España— aún me parece ver sus distintos números en la caseta de esta editorial. Los dibujos que ilustraban sus sobrecubiertas, a menudo acuarelas al inconfundible gusto de los años 60, conferían al conjunto un aire fabuloso que invitaba a leer todas aquellas ficciones. Amén de mi dilecto, empero denostado Hassel, Lajos Zilahy, Knut Hamsun o Pearl S. Buck, esta última la favorita de mi madre, eran algunos de los autores que integraban la colección Reno. Todos ellos tan renombrados entonces como olvidados hoy en día.

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Hacer un recuento de cincuenta años de visitas a la Feria es hacer un recuento de medio siglo de la edición en España. Y esta industria cambió radicalmente en 1976, con el boom del libro político. Cobraron un especial protagonismo las editoriales especializadas en estos textos, de las que ZYX, la Gaya Ciencia —fundada por Rosa Regàs— o Campo Abierto Ediciones, son tres buenos ejemplos. Sin embargo, el gran éxito de aquella primavera fue dado a la estampa por Laia: Charlas en prisión, de Marcelino Camacho. Se decía que era la primera edición española y legal —clandestinas abundaban— de un texto de aquellas características impreso con anterioridad en Francia.

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“Más libros más libres”, rezaba el eslogan de 1977. De aquel año recuerdo especialmente la caseta de Producciones Editoriales, a la que iba a buscar los números atrasados de la revista Star —referencia obligada en el underground autóctono— y los títulos que más me sugerían de la colección Star Books: Tarántula, de Bob Dylan, El libro tibetano de los muertos, de Jack Kerouac o Erewhon, la utopía de Samuel Butler. El paso de esta otra empresa barcelonesa por El Retiro fue fugaz, apenas un par de primaveras. Cuánto la eché de menos en sus primeras ausencias.

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Aunque el libro político seguía marcando la pauta, a finales de los 70 aún se iban a buscar los crisoles y los crisolines a la caseta de la editorial Aguilar. Los segundos, la miniatura por excelencia de la edición española, nunca se reeditaban, de modo que sus coleccionistas buscaban con avidez los nuevos números cada nueva primavera. Todas las ediciones en papel biblia de Aguilar eran primorosas. Mi madre me regaló aquel año las obras completas de Bécquer y Espronceda. Las primeras decepciones que me deparó la vida me abocaron a la lectura de poesía. Distinguido con el Nobel en el 77, el poeta de entonces era Vicente Aleixandre: Espadas como labios, La destrucción o el amor, Sombra del paraíso… Toda la obra del sevillano estaba recogida en los dos volúmenes que le dedicaba la biblioteca de los Premios Nobel, otra excelencia de los papel biblia de Aguilar.

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Y ya puestos hablar de los papel biblia de otrora, sería muy injusto olvidar las colecciones en él impresas editadas por Plaza & Janés. Una hacía honor a los premios Pulitzer y otra a los Goncourt. Ambas volvieron a ir al encuentro de sus lectores en la primavera del 78. Sin olvidar aquella otra, encuadernada en piel azul, de obras completas. Rudyard Kipling, Thomas Mann, H. G. Wells son algunos de los autores editados en aquellos tomos, adquiridos en las ferias de los últimos años 70. Sin embargo, de edición del 78, recuerdo especialmente un libro de bolsillo, El caminante, una colección de prosas, poemas y acuarelas de Hermann Hesse —otro de mis favoritos en la adolescencia— incluido en mi queridísima colección Libro Amigo de la entrañable editorial Bruguera. Allí entre las casetas, aquel junio vi por primera vez ese dibujo de una careta, con un brochazo en rojo sobre la boca, que simboliza la libertad de expresión. Estaba impreso en una pegatina que repartían entre los visitantes.

Hermann Hesse

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No sabría decir si esos niños, llevados a la Feria por sus colegios, que entre semana van corriendo alegres de una caseta a otra pidiendo pegatinas, ya eran una presencia constante en 1979. De lo que sí doy fe es de que aquel año, por un problema de tasas con el ayuntamiento, los libreros se fueron al Pabellón de Cristal de la Casa de Campo. El cambio de ubicación sólo sirvió para demostrar a los lectores y vecinos de Madrid lo indisolublemente asociada que está la Feria al Paseo de Coches —por el que aún circulaban los vehículos— de El Retiro. Ni los ecologistas ni Esperanza Aguirre, que, en su momento, intentaron cambiarla de ubicación argumentando el impacto que causan en los jardines los tres millones de visitantes que como poco acuden cada año a las casetas, han conseguido llevársela de El Retiro.

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Otro boom, mucho más feliz que el del libro político, fue el de la novela erótica. Comenzó a gestarse a finales de los años 70, en paralelo a la revolución sexual. Ya sin inquisidores para censurar los textos, Alfaguara —entre otras editoriales— publicó los Trópicos de Henry Miller. Los diarios de Anaïs Nin también conocieron distintas ediciones, y Tusquets puso en marcha su colección La Sonrisa Vertical en 1977. Fundamentos, con las mismas que editaba a Marx y a Engels, comenzó a editar al Marqués de Sade con elogios de Roland Barthes, Octavio Paz y Umberto Eco en las solapas. Estas lecturas sicalípticas conocieron su esplendor en El Retiro a comienzos de los 80. Con todo, el año 80 propiamente dicho, el libro más vendido fue Los renglones torcidos de Dios (Planeta), una novela detectivesca de Torcuato Luca de Tena.

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La edición de 1981 fue inaugurada por el entonces presidente del gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo. Mucho habían cambiado las cosas desde que el honor le correspondía a un consejero nacional del Movimiento. Y más que habría de cambiar la cita de El Retiro en los años venideros. Para empezar, desde que el rey diera el primer paseo en 1984, siempre ha sido un miembro de la familia real el encargado de las inauguraciones. Un año antes, en 1983, se habían abierto un hueco los textos de autoayuda. Un clásico de este género fue Ante la depresión, del doctor Vallejo Nájera, toda una eminencia en estos menesteres. En lo que a las novelas se refiere, destacaron Bella del señor, del entonces ya difunto Albert Cohen, que conoció su primera edición española 15 años después de la original. Respecto a la narrativa autóctona, hay que dar noticia de Manuel Vicent, con La balada de Caín. El montante de las ventas del 83 ascendió a 500 millones de pesetas.

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Y así, mientras las ventas se disparaban, los papel biblia de Aguilar y Plaza & Janés comenzaron a tener más presencia en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, del Paseo de Recoletos, que en El Retiro. Los niños, que me acabaron desplazando en las visitas a las casetas de Doncel y Juventud, dejaron de ser los postulantes de las pegatinas para convertirse en lectores de primera. Recuerdo que eso fue en 1986, cuando entre los títulos más vendidos para la “gente menuda” —que llamaba Torcuato Luca de Tena a los pequeños lectores—, amén de un relato de Christine Nöstlinger —Intercambio con un inglés (Planeta) sobresalieron propuestas infantiles de Italo Calvino —El príncipe cangrejo (Espasa) y Alberto Moravia —Historias de la Prehistoria (Anaya)—.

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Una de las cosas que consiguió el ayatolá Jomeini al poner precio a la cabeza de Salman Rushdie fue que su Versos satánicos (Random House) fuese la novela más vendida en la Feria del Libro de Madrid de 1988. Sin embargo, mi recuerdo de aquel junio es el del anuncio por la megafonía de El desorden de tu nombre (Alfaguara), título que se me antojaba un verso, de la ficción con la que Juan José Millás entró en las listas de autores más vendidos.

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El mundo de Sofía (Siruela), de Jostein Gaarder, fue el best seller del 91. En el 92, Alfonso Ussía despachó 3.000 ejemplares de su Tratado de las buenas maneras. Aunque ese año la autora española que más vendió fue Carmen Martín Gaite.

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No soy muy de firmas. A decir verdad, sólo recuerdo haberme acercado a la caseta de Alianza Editorial para que Gabriel Celaya me firmase una antología de sus poemas publicada en el Libro de Bolsillo, otra de mis colecciones más queridas. Para colas en pos de una rúbrica, las formadas por los lectores de José Luis Sampedro, Arturo Pérez-Reverte o Almudena Grandes. Todas ellas constan en los anales. Al igual que las de Antonio Gala, quien, durante 18 años —los que se fueron entre la publicación de El manuscrito carmesí (1990) y Los papeles del agua (2008)— colapsaba la feria en su último fin de semana.

Gabriel Celaya

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“Como libros leídos han pasado los años”, escribe Jaime Gil de Biedma. Y así me lo ha parecido en esa década larga que nos ha llevado desde las últimas colas de lectores de Antonio Gala hasta esta primavera. A unos meses de cumplir sesenta otoños, la senectud me aguarda a la vuelta de la esquina. De modo que es un orgullo confesar que, como cuando El Quijote no siempre empezaba en un lugar de La Mancha, sigo leyendo tebeos y añorando la Casa de Fieras.

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