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No se vive sólo una vez

No se vive sólo una vez

No sé vivir sólo una vez. Esa es la razón de todas mis historias; el motivo de que las primeras palabras de mi última novela sean: “Años después, durante su paseo por el Jardín de los Sospechosos, los tres recordarán lo ocurrido como no fue”, porque me gusta recordar las cosas como sucedieron realmente, pero también, a veces, como nunca llegaron a producirse.

A mi incorregible gusto por la fabulación a partir de la verdad se suma mi pasión por los sucesos, dentro y fuera de la literatura; y también por la infancia, un territorio lleno de incógnitas que nos marca para siempre. De la mezcla de estos tres ingredientes surgieron el fotógrafo Martín Guidú, la profesora Natalia Holden y el detective sordo Lorenzo Barriuso, tres desconocidos destinados a entablar amistad durante la investigación, en el entorno cerrado del Ítaca, un elitista colegio privado, del asesinato de Alicia Segura, una niña de 7 años con un temperamento artístico fuera de lo común.

"He podido profundizar en las trampas de nuestra capacidad de percepción, así como en lo que vemos sin ver."

La mañana del viernes 29 de abril, cuando termina el recreo para el grupo de niños con altas capacidades, que ese día celebran una jornada de encuentro con los padres, Alicia Segura no vuelve al aula y, pocos minutos después, es hallada muerta y medio desnuda en el viejo refugio antiáereo reconvertido en cuarto de mantenimiento del centro, cuyas instalaciones ocupan el edificio de un antiguo convento de monjas. Desde el minuto uno de las pesquisas policiales hay una cosa clara: los sospechosos se limitan a quienes estaban en el jardín durante el breve descanso entre clase y clase. Así, la lista queda reducida a unos pocos nombres y el horario lleno de talleres relacionados con las profesiones de los padres visitantes se convierte en una cuenta atrás para atrapar al culpable de la muerte de Alicia.

La presencia accidental de Martín Guidú en la escena del crimen y la admiración que Lorenzo Barriuso siente por su trabajo convertirán al fotógrafo en improvisado detective. Con esta maniobra, la de incluir a un profesional de la imagen en el equipo responsable de resolver el enigma, he podido profundizar en las trampas de nuestra capacidad de percepción, así como en lo que vemos sin ver; aquello que sin la intermediación del objetivo nos pasa desapercibido y, sin embargo, aparece flagrante al revelar nuestras fotografías.

"Blow up, Smoke, El secreto de sus ojos, Los hombres que no amaban a las mujeres… Creo que he aprendido mucho de todas ellas."

Detrás de El jardín de los sospechosos existe una larga tradición de historias, literarias y cinematográficas, que me resultan fascinantes, relacionadas con el poder de la fotografía y los secretos que quedan atrapados en el momento que capturamos al disparar una Polaroid, la cámara del móvil o una desechable comprada para inmortalizar un rato de diversión. Blow up, Smoke, El secreto de sus ojos, Los hombres que no amaban a las mujeres… Creo que he aprendido mucho de todas ellas, y también de Martín Guidú, cuya obra, extensa y brillante, por razones que aquí me resisto a desvelar pero que se explican a lo largo de la novela, posee una carga extraña de rebeldía, curiosidad y, muy a menudo, tristeza; cierta nostalgia que anticipa la pérdida y reflexiona sobre la posibilidad de dos tipos de muerte, la justa y la injusta, destinadas, al fin y al cabo, a provocar un dolor idéntico.

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Autora: Marina Sanmartín.  Título: El jardín de los sospechosos. Editorial: Principal de los libros. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro