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No todos se mueren

Último fin de semana en la feria del libro. Voy a firmar por la mañana. Un librero me dice: «Yo no sé por qué escritores como tú se empeñan en venir a firmar el fin de semana. Los lectores de verdad suelen venir entre semana».

Leo que las ventas en la feria han aumentado un ocho por ciento respecto al año pasado. Otro librero comenta: «Estamos aumentando las ventas con libros para gente que no lee. Esto, a la larga, vamos a pagarlo».

Me señala Miguel Santamarina que en mis entradas siempre hay un muerto. Pues bien, esta noche he soñado que Muñoz Molina había muerto. Creo que sólo le he visto dos veces en mi vida. Más bien, le había visto dos veces antes del sueño. Y justo esta mañana pasa caminando por delante de mi caseta. Es un alivio.

Digo que le había visto dos veces, pero sólo habíamos conversado una, en Santander. Al cabo de un rato de conversación, dudando, me pregunta: entonces, ¿tú también escribes? ¿Dónde publicas? Se lo digo y se le pone expresión de alarma; tiene miedo de estar metiendo la pata, de haber cometido una indelicadeza. ¿Cómo te llamas? Se lo digo y se disculpa apesadumbrado, se lleva las manos a la cabeza, pero si he leído tus libros, perdona, se disculpa varias veces… Me cae bien por pasarlo tan mal. Me resulta simpático porque se da cuenta de que no ser reconocido por un colega puede herir a un escritor y él no quisiera parecer arrogante o displicente. Hace ya bastantes años me encontré en una situación similar y a la vez muy distinta. Una escritora de moda a la que me presentaron, me miró con indiferencia y preguntó: “Tú también escribes, ¿no?” Hasta hoy lamento no haber respondido: “yo sí, ¿tú?”

Hemos presentado por fin el documental Vida y ficción a la prensa. Creo que nunca he estado tan nervioso como hoy durante la presentación de un libro. Hay mucha gente. Reconozco a bastantes periodistas. Año y medio de trabajo en un terreno en el que me siento inseguro. Creo que está bien, que el resultado es interesante y atractivo aunque a veces habría querido tener una cámara con más posibilidades y, sobre todo, más experiencia usándola. En otro lugar hablaré de eso. En otro lugar que no sea una especie de diario, en el que de verdad me apetezca explicar lo que hago. Por ahora, me limito a dejarlo aquí anotado.

"Una empresa privada nos permite presentar un documental sobre literatura contemporánea en España, una organización que cuenta con el patrocinio del Ayuntamiento y la Comunidad, no."

Quisimos presentar el documental en la Feria del Libro de Madrid. Nos parecía el lugar ideal: dos escritores que realizan un documental sobre literatura —no creo que haya muchos—, defendiendo el valor de la creación literaria, intentando mostrar por qué la escritura, y casi como corolario la lectura, es insustituible.

Nos pidieron dinero para permitirnos hacerlo. Nos quedamos perplejos. Lo nuestro no es un negocio, no vamos a vender nada, ni siquiera DVDs, estamos fomentando la lectura, hablamos de autores que seguramente estarán allí firmando, esto es una feria del libro, que suponemos pretende también fomentar la lectura… Al final, es el hotel Iberostar Las Letras Gran Vía el que nos cede una sala. Gratis (gracias, Carlos Pardo). Una empresa privada nos permite presentar un documental sobre literatura contemporánea en España, una organización que cuenta con el patrocinio del Ayuntamiento y la Comunidad, no.

 

"Concluyo entonces que está por esos valores intangibles que hay que pagar con tangibles, igual que cuando alguien me pide un artículo, le pregunto por los honorarios, y me responde que no hay, pero publicar en su periódico me da visibilidad."

Hablo con libreros, por otros motivos, sobre la feria. Me dicen que pagan 1.600 euros por un stand (otro me da una cifra de 1300, no sé si la diferencia es porque uno incluye IVA y otro no). Me dicen también que hay que pagar 600 euros (con descuento a quien tiene un stand en la feria) por presentar un libro en una carpa. Me dicen que, como la Feria no quiere gastar más en personal, les obligan a cerrar a mediodía (dificultando a los lectores que trabajan ir a esas horas a comprar libros). Me dicen que también les impiden abrir antes de las once en fin de semana por el mismo motivo. Me dicen que el anterior director de la feria cobraba 65.000 euros. Me dicen que una editorial que no sea de Madrid paga 4000 euros por la caseta. Me dicen dos editores su volumen de ventas. Hago cálculos. Uno de ellos, que no es de Madrid, no ha ganado nada. Me confiesa que tiene que poner dinero. ¿Por qué lo haces? Porque es difícil no hacerlo: a mis autores les gusta que esté, es una manera de obtener cierta visibilidad…. Concluyo entonces que está por esos valores intangibles que hay que pagar con tangibles, igual que cuando alguien me pide un artículo, le pregunto por los honorarios, y me responde que no hay, pero publicar en su periódico me da visibilidad. Hago mis cálculos sobre lo que ha ganado el otro, un pequeño editor de Madrid, y me sale que sus beneficios son inferiores a 1500 euros (y menos de 1000 si se le ha ocurrido hacer una presentación), pero al mismo tiempo, para poder obtener esos beneficios algo ridículos por un trabajo intenso de tres semanas, se ha visto obligado a detener su trabajo en la editorial para ir él mismo a vender libros. También pienso que un librero presente en la feria, como no puede cerrar su librería, tiene que contratar a alguien para que le sustituya. Me dicen también, y lo compruebo, que en San Jordi, en un solo día se venden bastante más del doble de libros que en la feria del Libro de Madrid en dos semanas y media.

Me digo que si todo esto es verdad, pero no puede ser verdad, por favor, corríjanme y en la próxima entrada entonaré un mea culpa, este tinglado tiene poco que ver con el fomento de la lectura y menos con el apoyo a los libreros y a las editoriales. Si un librero tiene que trabajar y pagar tanto para tan poco beneficio, ¿cómo no va la mayoría a ceder a la tentación e invitar a firmar a cualquier idiota que salga en la tele y venda un libro escrito por un “negro” en lugar de invitar a un escritor que admira pero que no vende ni firma tanto? ¿Cómo no va a ser la feria cada vez más un espacio para el espectáculo en el que las grandes librerías comerciales prescinden de lo literario? Sí, hay libreros que resisten, que siguen invitando a los escritores que admiran, sin importarles sus ventas. Hay libreros, y esta es la constatación más emocionante durante mis visitas a la feria, que aman su profesión. Y se salvarán o se hundirán con ella.

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