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La feria y la muerte

L. me dice “y este fin de semana otra vez la tortura de la Feria del Libro.” “Pero seguimos yendo cada año”, le digo. “Ya”, y se encoge de hombros.

No he acabado de entender por qué vamos a firmar la mayoría de los autores, teniendo en cuenta que son muy pocos los que firman más de cuatro o cinco libros en una mañana —descontando los que les compran familiares y amigos—. Si paseamos por la feria vemos en la caseta a escritores, algunos de merecido prestigio, solos, con la mirada vacía, intentando aparentar que no esperan, que no necesitan, que les da lo mismo estar solos.

"Sí, es agradable que un lector se te acerque y te diga que tus libros son importantes para él. Escribir es un trabajo solitario; meses o años de estar encerrado con un proyecto."

En seguida aparece la palabra vanidad como respuesta. Pero ¿halaga la vanidad descubrir una y otra vez que a casi nadie le interesa que le firmes un libro? ¿Te hace sentir mejor pasar dos horas en una caseta esperando a que alguien se acerque? ¿Te sientes bien si te toca firmar junto a un youtuber acosado por pandillas de adolescentes, junto a un cocinero de no sé qué programa de televisión, o junto a, pongamos, Belén Esteban?

Sí, es agradable que un lector se te acerque y te diga que tus libros son importantes para él. Escribir es un trabajo solitario; meses o años de estar encerrado con un proyecto. Que alguien te revele que ese acto de comunicación ha encontrado un receptor agradecido compensa de muchos sinsabores, pero ¿compensa de todos esos ratos muertos en la caseta, mirando de reojo si ese lector que hojea tu libro se acaba interesando por él?

"Cada vez me interesa más leer en público, poesía y pequeños fragmentos de prosa. Y cada vez me cuesta más hacer presentaciones de libros."

Sospecho —sospecho de mí— que la vanidad sí desempeña un papel. Queremos estar, queremos que se sepa que estamos, no por el placer de escuchar nuestro nombre por la espantosa megafonía de la feria, sino porque estar firmando significa que se cuenta con nosotros. Queremos poder decir: firmo este fin de semana en la feria, evocando la fantasía, en nosotros y en los demás, de que de verdad vamos a firmar, de que se nos acercarán numerosos lectores felices por poder llevarse nuestro libro con unos pocos garabatos nuestros.

Y este fin de semana firmo en la feria. Aún no sé por qué. Pero allí sigo, cada año. Aunque una y otra vez me digo, como un fumador: “mañana lo dejo. No merece la pena.”

Sesión de lectura en la librería Nakama. No hay mucha gente, pero la atmósfera es agradable y yo leo con gusto. Cada vez me interesa más leer en público, poesía y pequeños fragmentos de prosa. Y cada vez me cuesta más hacer presentaciones de libros. En realidad, prefiero que el texto se presente por sí mismo, sin análisis ni explicaciones, que sólo tienen sentido cuando los oyentes ya han leído el libro.

Hoy vuelvo a pensar en la Feria del Libro, y se me ocurre que a muchos autores nos sucede como con algunas fiestas: nos ofende que no nos inviten pero no nos apetece ir.

Ha muerto Antonio Sarabia. No llegamos a ser amigos pero nos tratamos e incluso participamos juntos en un libro con José Manuel Fajardo. Antonio era uno de esos buenos escritores que no encontró suficientes lectores. Aunque “suficientes” sea siempre un número difícil de definir. Su primera novela, Amarilis, es una obra impresionante sobre Lope de Vega y su época.

"Cuando la vida del escritor se acaba, no seguirá viviendo en sus libros. Perdurar en los libros es un consuelo similar a imaginarnos en el cielo o reencarnados. El autor no vive más por haber escrito obras memorables."

Y un día después muere Juan Goytisolo. Quisimos ir a Marrakech y entrevistarle para el documental, pero su editor nos advirtió de que se encontraba ya muy mal. Entonces anoté en mi diario aquello que dijo al editor sobre la pérdida de la memoria: para saber quién soy, tengo que leer mis libros.

Después de morir Antonio Sarabia, un buen amigo comenta: qué pena, no terminará la novela con la que estaba tan ilusionado. Ese lamento sólo podría provenir de otro escritor: el dolor por la muerte acrecentado por el dolor que produce el libro sin terminar.

Pero más de una vez he dicho que la literatura no puede ser sustituto ni sucedáneo de la vida, sino una extensión de ésta. Cuando la vida del escritor se acaba, no seguirá viviendo en sus libros. Perdurar en los libros es un consuelo similar a imaginarnos en el cielo o reencarnados. El autor no vive más por haber escrito obras memorables; escribir no es regalarse una vida más allá de nuestra muerte, es regalársela al lector.

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Fotos de la Feria del libro: Victoria Iglesias

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