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Novena sombra: Bomarzo, Toscana, enero de 2020

Novena sombra: Bomarzo, Toscana, enero de 2020

La última semana había llovido sin parar y el camino a Bomarzo estaba completamente embarrado, pero el guía conducía sin dificultad. Habían salido de Florencia muy temprano en un coche alquilado.

—Si no le importa, conduciré yo; conozco bien la autopista.

Su aspecto de general romano era imponente. Altísimo, incluso sentado, de hombros anchos y desenvueltos, frente despejada sobre la que caían algunos rizos plateados, ojos inteligentes, sonrisa profesional consciente de su capacidad seductora, complaciente o muy peligrosa, llegado el caso. Sobre el volante, unas manos grandes, delicadas y seguras, de esas que se pueden imaginar sin esfuerzo blandiendo el gladio en mitad de la batalla o acariciando los senos de una prisionera gala en la tienda del campamento romano, al anochecer del mismo día.

—Bomarzo es un lugar extraño. No hay demasiada gente que quiera ir allí.

—Yo sí quiero. Por eso le he pagado un día extra.

"Él se acercó rozándola con suavidad, tanteando posibilidades, pero los labios cedieron, abriéndose con un deseo que ni ella misma era capaz de explicar"

La sonrisa del guía se acentuó, helando su mirada. Ahora era un lobo calculando la distancia que lo separaba de una posible presa. El silencio se prolongó exactamente una hora y cuarenta y nueve minutos, hasta que el coche se detuvo en el parking exterior del Parco dei Mostri. Entonces, todavía dentro del coche, el italiano se giró hacia aquella gacela casi divertido, mientras ella intentaba calcular las posibilidades de salir indemne de aquel círculo de huellas de depredador en el barro. Él se acercó rozándola con suavidad, tanteando posibilidades, pero los labios cedieron, abriéndose con un deseo que ni ella misma era capaz de explicar. Se devoraban con las bocas abiertas, las lenguas húmedas tiesas, trenzadas, atendiendo a un placer que crecía con violencia, con un ritmo ancestral de las bocas, del cuello, de las manos crispadas enredadas en el pelo del otro. Ninguno deseaba abandonar los besos; paraban para respirar y mirarse, asombrados, zambulléndose con violencia en el placer húmedo de la saliva otra vez. Querían quitarse la ropa, forcejeaban por instinto, buscando por todas partes la piel del otro, pero aquel no era el lugar, ni el momento, y como si la música hubiese parado de repente, dejaron de besarse en mitad del silencio, un tanto azorada ella, sonriente él.

Una suave llovizna caía sobre la exuberante vegetación. Caminaban despacio con un café de máquina entre las manos por el sendero de tierra que serpenteaba, desierto, hacia el interior del Parco. El guía, profesional, comenzó a trabajar: Bomarzo fu ideato nel cinquecento dall’architetto Pirro Ligorio, qui completò San Pietro dopo la morte di Michelangelo, su commissione del Principe Pier Francesco Orsini, detto Vicino… Un animal deforme asomaba, cubierto de musgo, por entre unos acantos. “Sol per sfogare il core rotto”, terminó ella la frase en un italiano medianamente aceptable. Una manera espectacular de aliviar un corazón roto, pensó frente a aquel diablo esculpido en la piedra. O tal vez lo dijo en voz alta, porque al volverse, encontró los ojos del italiano mirándola con un punto de curiosidad.

"El guía le hablaba de nuevo muy cerca, y el cuerpo de la mujer reaccionaba al estímulo de su proximidad con un gemido casi imperceptible de hembra en celo"

Solo la monstruosidad alivia al monstruo, le dijo, acercándose a sus labios. El duque Pier Francesco Orsini era un condotiero que ni podía ni quería manejar la espada. Ahora le hablaba al oído, y su voz desprendía un magnetismo que erizaba de placer la piel de la mujer. Culto, sensible, rico. Heredó la valentía, pero no fue valiente. Para él, que había nacido deforme y débil, la fuerza era crueldad y la valentía la enfermedad de las almas sin cultivar. La soltó con brusquedad y siguió caminando por el sendero, dejándola un poco atrás, respirando acalorada junto a la escultura de un Hércules gigante entretenido en desgarrar con sus propias manos a Caco, que se retorcía, próximo a la muerte, abriendo la boca en un grito de dolor.

Tomó como esposa a Giulia Farnese, la más bella del ducado, pero apenas pudo disfrutarla, pues enferma murió en sus brazos. El guía le hablaba de nuevo muy cerca, y el cuerpo de la mujer reaccionaba al estímulo de su proximidad con un gemido casi imperceptible de hembra en celo. El povero Vicino encarnaba la decadencia de una estirpe de guerreros, y lo sabía. Ahora la cintura estaba tan pegada a la de ella que notaba en su pubis la presión del sexo endurecido del italiano, quien no dejaba de hablarle al oído, aunque sin tocarla con las manos. Cabalgando por los bosques de Viterbo junto a sus criados, el último de los Orsini pensaba en las obras de aquellos grandes florentinos: Boccaccio, el sinvergüenza vividor que tan bien había leído a Epicuro, y Dante, su admirado Dante, ávido lector, como él mismo, del inmortal Virgilio.

La tarde caía sobre las piedras de Bomarzo poblando il Parco de sombras extrañas. El guía le cogió las manos heladas y sin dejar de mirarla las besó, calentándolas con el aliento. Sus ojos marrones brillaban bajo la última luz con reflejos de miel, y ella deseó lamer aquella dulzura con delicadeza, pero al mismo tiempo la enloquecía la idea de morder el cuello poderoso de ese hombre, reconocer en las tinieblas el sabor de su sangre.

"Las embestidas la inundaban con un dolor tan placentero que apenas quedaban huecos de lucidez para escuchar sus palabras"

Dio, quanto sei bella. Ti desidero da impazire! Las palabras se ahogaban entre los besos feroces. La noche los envolvía en una intimidad helada que empujaba los dos cuerpos en un ataque animal, uno contra el otro deshaciéndose de la ropa, liberando la carne dura de él, que se clavaba con brutalidad entre las piernas de la mujer, abriéndose paso a través de la profundidad húmeda de su sexo. Las embestidas la inundaban con un dolor tan placentero que apenas quedaban huecos de lucidez para escuchar sus palabras, pero él no dejaba de hablarle al oído, obsesionado por terminar de contar aquella historia. La sujetaba con violencia sobre sus caderas, apoyada la espalda contra un muro de piedra en sombras. La Comedia Divina del Dante era la obra más hermosa jamás creada para una mujer. Leyéndola, el duque lo vio con claridad. Un templo para Giulia no era suficiente. Poblaría todo un bosque de criaturas inverosímiles; un ejército infernal al servicio de la hermosura de una muerta. No podía bajar al Averno para buscar a su amada, pero podía esculpirlo sobre la tierra y pasear por él su deformidad. Il inferno di Orsini iba a ser su obra colosal. Y la hermosa Giulia, una nueva e inmortal Beatrice. ¡La inmortalidad! Qué iluso es el ser humano. Como si la inmortalidad fuese un regalo y no la peor de las condenas con la que te pueden castigar los dioses.

Le susurraba al oído todo aquello mientras se hundía en su vientre, que chorreaba de placer cabalgando sobre un falo poderoso como una columna de piedra que saliera de una de aquellas bestias de Bomarzo; una hermosa criatura con torso de hombre y polla de semental. Es, pensó ella durante unos segundos de lucidez, como follar con un centauro furioso.

"El hombre la miró desde el fondo de sus ojos brillantes; dos luces a punto de apagarse en mitad de la noche"

Ma tu, principessa, Dove cazzo sei stata tutti questi secoli? Lo dijo casi en un gemido de dolor que se confundió con el último espasmo de placer y con los últimos besos. Sonreía de nuevo, descabalgando con ternura a la mujer de su miembro aún erguido como quien deposita un objeto valiosísimo en el suelo.

Caminaron atravesando la oscuridad hasta el coche y al llegar, él le alargó la llave. Ella, cogiéndolo por la muñeca, se atrevió a romper el silencio. ¿Dónde he estado todos estos siglos? Qué pregunta más extraña, italiano. Pero ahora estoy aquí; me has encontrado. ¿Te quedarás a mi lado los siglos venideros?

El hombre la miró desde el fondo de sus ojos brillantes; dos luces a punto de apagarse en mitad de la noche. Estoy condenado a la vida igual que tú lo estás a la muerte. Y un día dejarás de pensar en mí, porque los recuerdos mortales son livianos. El propio Orsini lo escribió en aquel grito de piedra de Bomarzo: Ogni pensiero vola. Yo, sin embargo, nunca dejaré de pensar que una vez, poco antes del fin del mundo, te amé tanto como para desear morir contigo.

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