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«Nuevo sabor a cereza»: La serie de terror de Netflix que recuerda a Lynch y Cronenberg (para bien)

«Nuevo sabor a cereza»: La serie de terror de Netflix que recuerda a Lynch y Cronenberg (para bien)

La invasión de estrenos en streaming puede considerarse ya una ocupación. El peligro es que aquellos productos capaces de destacar sobre el nivel medio pueden quedar abducidos en medio del asedio, sin una promoción lógica o la ayuda del boca a oreja. Nuevo sabor a cereza, serie limitada de terror estrenada este agosto en Netflix, podría ser uno de estos casos.

Perpetrada al alimón por Nick Antosca y Lenore Zion, Nuevo sabor a cereza refleja la concepción del terror psicológico del primero, curtido en la literatura de género y como guionista en Hannibal. Desde entonces, Antosca presentó Channel Zero, una antología terrorífica (sus cuatro temporadas están disponibles en HBO) con algunas de las ideas más atractivas del terror televisivo reciente, y ahora prepara un aparente cambio de registro hacia el festival nostálgico con la inminente serie televisiva dedicada a Chucky, el muñeco diabólico.

"La serie de Antosca se cuece a fuego lento pero por el camino deja muchos retazos de genialidad"

Nuevo sabor a cereza juega también a eso del simulacro, al compendio nostálgico, con esa fotografía de neones perfectamente inserta en la actual moda “retro”. Comienza como un vulgar drama en el que una joven directora, Lisa Nova, llega a Los Ángeles en los 90 y se asocia con un veterano productor para adaptar al cine su cortometraje. Naturalmente, todo sale mal y Lisa no tarda en llegar a otro tipo de asociación, esta vez con una mujer que le garantiza lo que en el trailer de Kill Bill 2 llamaron “ansia ciega de venganza”. Este doble pacto fáustico deriva hacia un terror psicológico con mucho humor negro, horror corporal y una interpretación enferma y fascinante de Rosa Salazar, cuyos expresivos ojos no andan a la zaga de la criatura digital que ella misma interpretó en Alita.

La serie de Antosca se cuece a fuego lento pero por el camino deja muchos retazos de genialidad, ya sea secuencias completas (el toma y daca de Lisa y Lou resulta en cierto modo hilarante, con ambos normalizando el proceso de la maldición) como otras más episódicas, quizá simbólicas o quizá no, como una vomitona de gatitos y esa perturbadora planta que no deja de crecer. Pese a estar rodada en Canadá, la serie plasma bien la tórrida y misteriosa luz angelina, un elemento vital para reproducir esa atmósfera lynchiana de Mulholland Drive y Carretera perdida que forma parte del ADN del producto. El otro gurú del terror de autor de la época, David Cronenberg, también asoma la cabeza en ciertas degeneraciones físicas muy presentes.

"Las miradas enfermas de Rosa Salazar van quebrando la quietud y la distancia del espectador"

Evidentemente, Antosca no es una fuerza creativa comparable a aquellos, pero nunca da la impresión de que no haya nadie al timón de Nuevo sabor a cereza. Poco más hay de marca blanca en una serie que desde el principio rechaza convertirse en la esperable alegato feminista ante una situación de (evidente) maltrato: Antosca utiliza esta plataforma para, en todo caso, sumergirnos en un peculiar rape and revenge del mundo de las ideas, donde lo abstracto cobra la categoría de figurativo y en el que la propaganda simplemente no tiene lugar. La naturaleza depredadora de la fábrica de sueños es un escenario para otras derivas más estimulantes que una convencional denuncia más del lado oscuro de Hollywood, con Antosca y Zion elaborando más bien un peculiar trayecto del héroe, o heroína, que esta vez no es sino el de la propia creación artística. Solo que sí, con monstruos de otra dimensión.

Las miradas enfermas de Rosa Salazar van quebrando la quietud y la distancia del espectador, forzado a participar en una serie donde el humor negro no funciona como elemento distanciador. La serie debería servir de bautizo definitivo para una actriz que se mide sin problemas a Catherine Keener, convertida aquí en una extraña señora loca de los gatos.

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