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Obsesiones desde el desarraigo

Obsesiones desde el desarraigo

Sabemos que hay escritores que parecieran siempre escribir el mismo libro, como si se tratara de un recorrido por etapas hacia un destino. También sabemos que, al contrario, otros escritores a menudo nos sorprenden con propuestas diferentes, tanto en la forma literaria como en las historias. Este último sería el caso de Antonio Muñoz Molina, y como prueba de ello su última novela, No te veré morir (Seix Barral, 2023).

Es tan cierto lo aquí manifestado que solo tenemos que pensar en sus últimos libros: Volver a dónde (diario, crónica y entramado de novela sobre la pandemia y el pasado familiar), Tus pasos en la escalera (novela sobre el amor, la espera y el fin del mundo, que transcurre en Lisboa), Un andar solitario entre la gente (crónica y ensayo sobre la “deambulogía”), Como la sombra que se va (una novela singular y potente sobre el asesino de Martin Luther King, en la que aparece, por primera vez, una sincera autobiografía del autor, y en la que surge un narrador anclado en la voz del mítico dirigente estadounidense defensor del derecho de los afroamericanos). Y ello para no extendernos atrás en el tiempo con Plenilunio (policial a lo Muñoz Molina) o novelas consagratorias como El jinete polaco o la fragmentaria Sefarad (novela de novelas).

No te veré morir consta de cuatro partes. La primera parte es una sola oración que abarca trece capítulos que suman sesenta y tres páginas. Cada capítulo termina con una coma y el siguiente prosigue con la continuación de la frase. Esta decisión narrativa podría ser para darle un respiro al lector en vez de construir un solo capítulo-párrafo que a veces aprisiona, o tal vez cada capítulo pudo haber estado determinado por la extensión de los cuadernos que tanto atesora el autor para su escritura a mano. Termina un cuaderno, se acaba un capítulo. De cualquier forma, esta primera parte nos trae a la memoria a Thomas Bernhard, el maestro de la literatura de un solo párrafo, el soliloquio de Molly Bloom de treinta y seis páginas del Ulises de Joyce, que son solo dos oraciones, o las ciento diecisiete páginas en una sola oración de Clases de baile para mayores, de Bohumil Hrabal.

"En esta obsesión nocturna toma mucha fuerza el tema que se repite a lo largo del libro: la importancia de los sueños a tal punto que pueden llegar a ser considerados como realidad"

La primera parte narrada en una tercera persona omnisciente, a su vez, es el corazón de la novela, desde donde bombea al resto del cuerpo. Caemos en la cuenta de que se trata de una historia de amor entre Gabriel Aristu y Adriana Zuber, que concuerda con el diseño del dibujo de la portada, esa chica pelirroja que deslumbró a Gabriel. El escenario es el barrio de Salamanca, en Madrid, donde una insatisfecha pero casada Adriana tiene un encuentro en su propio lecho conyugal con Gabriel, que parte para California el 17 de mayo de 1967. Esta relación marca a Gabriel de por vida, no en este mundo físico sino dentro de los obsesivos sueños en los que rememora el tórrido encuentro. Algo que persiste aun en el presente, cincuenta años más tarde —al final se precisa que son cuarenta y siete años más tarde—, con su vida hecha con Constance del otro lado del charco, con su apartamento en el Upper East Side neoyorquino y la casa de campo a orillas del río Hudson.

En esta obsesión nocturna toma mucha fuerza el tema que se repite a lo largo del libro: la importancia de los sueños, a tal punto que pueden llegar a ser considerados como realidad, ya que su persistencia empuja a acciones en el mundo consciente: “Si estoy contigo es que esto es un sueño, aunque no lo parezca, y me voy a despertar en mi casa de Nueva York ahora mismo, y este momento tan verdadero que es la cima de mi vida no habrá existido”.

Gabriel es rígido, tiene un sentido asfixiante del deber, es responsable y siente culpa, tiene miedo a defraudar a los otros, es buen hijo, buen esposo, buen alumno, buen padre; sometido con mansedumbre; temeroso siempre de todo, hasta de los resfriados; cauteloso, incluso cuando cruza la calle. Toca el violonchelo y, en una Madrid retrasada y oscura, el padre se esfuerza en darle a él y a su hija un futuro distinto. Lo inscribe en el British Council y lo manda a estudiar a su idealizada Inglaterra, primero a Oxford y luego a la London School of Economics, para que su destino no sea como el de él, lejos de la pesadumbre de ese país donde los vencedores de una guerra civil no dejan de jactarse de su supuesta superioridad. Sus estudios de formación en derecho y economía le garantizan puestos en instituciones financieras internacionales en Los Ángeles, San Francisco, Washington D.C. y Nueva York. En un momento dado, un capítulo se emparenta con Todo lo que era sólido (la crisis financiera del 2008 y una frase de donde pudo haber nacido el título de ese ensayo tan aclamado).

"Aquí, como en El jinete polaco o Volver a dónde, toma protagonismo el contraste de las generaciones y la vida que llevaron"

Y aquí, como en El jinete polaco o Volver a dónde, toma protagonismo el contraste de las generaciones y la vida que llevaron. El padre es un hombre culto, un músico que tocó piano a cuatro manos con Federico García Lorca. Sus maestros venerados son Manuel de Falla y Adolfo Salazar y, junto a su hijo, visita a Pau Casals en su refugio de destierro, de donde se trajeron una partitura con anotaciones para ser rescatada décadas más tarde de un baúl por la hermana. Es el mismo padre retratado junto a Ígor Stravinski en su visita a Madrid.

Un padre que luego se salva por haber escrito reseñas de música en un diario de derechas y porque su ficha personal estaba registrada en un club monárquico al que no asistía nunca. Tanto así que hasta lo fusilan de mentira, le disparan balas de salva, se muere pero del susto, y le aclaran que solo era una broma. Ese es el padre que quería un futuro distinto para su hijo en esa España lúgubre y atrasada de la que venía. Un padre y una madre que conciben a su hijo en el peor de los años posibles y que le sembró un sentimiento de culpa incurable. Apenas salido el padre de casi tres años de reclusión en la embajada de Chile en Madrid, desde 1936 hasta marzo de 1939, toca la puerta de su casa como una fantasmagoría, y luego el deseo sexual contenido se desborda para que Gabriel naciera nueve meses más tarde. Nace cuando ya se había instalado el franquismo y desatado la Segunda Guerra Mundial.

En la siguiente parte se instala un narrador en primera persona, del que desconocemos su nombre. Es veinte años menor que Gabriel Aristu y, como él, es un madrileño que dejó su país y se fue a hacer vida en Estados Unidos. Viene de padecer un divorcio traumático, como cuando un auto atropella salvajemente a un transeúnte, con una hija que sin justificación, o tal vez manipulada por la madre, deja de hablarle para siempre, a pesar de que no pasa un año de su vida sin que le escriba o la llame, sin respuesta. Ni siquiera las estrellas la iluminan para darle una oportunidad al padre cuando se convierte, en el transcurso de los años, en una destacada científica del Instituto de Astrofísica de Andalucía.

El arribo a suelo estadounidense trae resonancias de Ventanas de Manhattan y, aunque prevalece rotundamente la ficción, este narrador, como Muñoz Molina en sus primeras incursiones en suelo americano —el autor nacido en Úbeda luego sería director del Instituto Cervantes de Nueva York y Distinguished Global Visiting Professor of Creative Writing en la Universidad de Nueva York—, es contratado inicialmente por la Universidad de Virginia. Acá se amplifica un tono fresco, casi ingenuo del narrador, al retratarnos el descubrimiento de ese mundo que parece tan superior al de España, aunque también es el de las calefacciones a tope, que detesta, y el de las dimensiones de bosques y autopistas que lo desorientan.

"Si de algo también trata No te veré morir es sobre perder el sentido de pertenencia"

El encargado de recibir al narrador es el profesor Bersett, de donde aflora un rasgo autobiográfico de la novela —Muñoz Molina es firme creyente en crear ficción a partir de la realidad—, y que debe ser Jeffrey T. Bersett, el profesor de estudios hispánicos que en el 2018 presentó la conferencia The Case of Antonio Muñoz Molina: Autobiography and Autofiction in the Contemporary Spanish Novel. Bersett rescata a menudo al narrador en sus meses de adaptación, y gracias a la Universidad de Virginia se conocen él y Gabriel Aristu, con su cara de notario o registrador español, en una recepción en el centro de estudios hispánicos: dos españoles en el exilio, en la diáspora. Si de algo también trata No te veré morir es sobre perder el sentido de pertenencia, ni de un país ni de otro, a un punto irremediable: “Me lo habían confesado otros viajeros que iban a seguir un camino parecido al mío hacia la resignación y el desengaño, incluso la sospecha de que se habían equivocado de vida al quedarse y no volver”.

Muñoz Molina, bien sea para recrear la realidad binacional de estos dos españoles signados por una no identidad —Aristu le dice que sus propios hijos americanos son extranjeros para él—, o como recurso literario a la manera como lo hace en la novela breve Carlota Fainberg, a lo largo de las cuatro partes utiliza hábilmente palabras en inglés en juego con la musicalidad del idioma natal: “esa misma punch line” o “for standing you up o dejarte tirado, como dicen ahora en Madrid”.

De muchas cosas conversan los dos españoles expatriados en sus encuentros en Washington D.C. o Nueva York, siempre para comer al mediodía y más bien en modo de monólogo de Aristu. El narrador en primera persona es experto en arte, especializado en las pinturas de Valdés Leal que, con sus calaveras y cuadros tétricos, a pesar de la diferencia temporal de siglos, pareciera la metáfora de una sombría España contemporánea. Un narrador que nos confiesa la poca estima que tiene sobre sí mismo: “En mi ya larga y en general poco alentadora experiencia, pocas personas se interesan por la vida o las opiniones de quien tienen al lado (y más concretamente de las mías)”. Este considera a Aristu su mejor amigo, lo que no ocurre en sentido contrario, más bien piensa que ese narrador en primera persona es un tipo mediocre y perdedor, aunque Aristu nunca dejó de ayudarlo a conseguir trabajos, a cambio, suponemos, de ser el amigo que le oye las confesiones y sus culpas.

"El retrato que Muñoz Molina hace de la “epidemia de la vejez” es demoledoramente realista y a la vez delicado"

Y es que esta es también una novela sobre el sentido de la belleza, el paso del tiempo y el arrepentimiento. Arrepentimiento de las decisiones tomadas: de no aceptar el ofrecimiento de Adriana Zuber aquella noche de 1967 cuando le pidió que la llevara con él. Arrepentimiento de lo no hecho, porque al parecer el paso del tiempo no cura las heridas del pasado; el tiempo mata. Del arrepentimiento nace la culpa y los fantasmas del pasado que aparecen, más aún con la vejez, como hechos que a veces se distorsionan, al reconstruirlos la memoria de una manera caprichosa.

Al llegar a los setenta y tantos, aunque en buena forma y con un cáncer superado, Aristu planifica reanudar el encuentro con Adriana en el mismo barrio de Salamanca de hace cuarenta y siete años, lo que sitúa el presente narrativo al 2014 o, si se prefiere hablar de cincuenta años, al 2017. Al momento de producirse el encuentro entre Adriana y Aristu retorna la voz del narrador en tercera persona omnisciente —la última y más breve parte regresa a su vez a una primera persona que por momentos se asemeja a una tercera—. El retrato que Muñoz Molina hace de la “epidemia de la vejez” es demoledoramente realista y a la vez delicado.

Y aquí se produce la conexión umbilical con el epígrafe y el título de la novela, que es tomado del poema Ya no, cuyas últimas dos líneas son precisamente las del epígrafe: No te volveré a tocar / No te veré morir. La autora de este poema es Idea Vilariño. En el 2008, tras un viaje a la nación sudamericana, Muñoz Molina escribe un artículo en El País en donde dice que “lo que mejor recuerdo de Montevideo es la mirada de Idea Vilariño”. Y agrega: “García Lorca escribió en una carta que quería escribir una poesía «de abrirse las venas»: exactamente eso es lo que uno siente leyendo algunos de los poemas de amor de Vilariño”.

"Las cuatro partes de la novela nos cautivan con una prosa prodigiosa, que nos envuelve en las acciones y nos obliga a bajar la guardia ante los giros de tuerca argumentales"

Esta autora, cabe destacar, fue el amor pasional de Juan Carlos Onetti, a quien este dedicó su novela Los adioses, todo lo cual crea un efecto espejo con la trama de No te veré morir. Onetti es uno de los héroes literarios de Muñoz Molina, quien tuvo el coraje de visitarlo, con el consentimiento de su mujer, Dolly Onetti, en su lecho de enfermo de su piso de la avenida América en Madrid: “Los dos (Bioy Casares y Onetti), cada uno a su manera, venían siendo, junto a Borges, mis maestros más queridos en la literatura en español”, comenta en el 2012 en otro artículo en El País.

De acá podemos inferir lo que ocurre a veces con los artículos de Muñoz Molina, que terminan siendo la idea germinal de un libro, como con Volver a dónde —que hasta preserva el título del artículo y desmitifica una hipócrita línea entre periodismo y literatura— o como pudiera ser ese artículo del 2008 sobre Idea Vilariño y No te veré morir, que florece años más tarde descendiendo de la cabina de equipaje del subconsciente. Cuando Onetti se despidió de Muñoz Molina, anciano y en sus últimos tiempos, le dijo apretando su mano con debilidad: “Es lindo sentirse amigo”. Algo muy distinto a lo que susurró al oído Adriana Zuber a Gabriel Aristu en el barrio de Salamanca cincuenta ¿o cuarenta y siete? años más tarde, tras apretar su mano con debilidad.

Las cuatro partes de la novela nos cautivan con una prosa prodigiosa, que nos envuelve en las acciones y nos obliga a bajar la guardia ante los giros de tuerca argumentales. Una vez sumergido el lector a fondo en la lectura, incluso con las emociones sacudidas, lo deja con la boca abierta hacia el final de cada parte. Nos lleva hasta allí como experto en hipnosis, algo que solo los grandes novelistas son capaces de lograr.

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Autor: Antonio Muñoz Molina. Título: No te veré morir. Editorial: Seix Barral. Venta: Todostuslibros.

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10 meses hace

Extraordinario escritor. Muñoz Molina es un escritor difícil que escribe relatos difíciles para lectores difíciles. Y el ánimo es importante para leer a Muñoz Molina. Dos veces que se lea una misma novela suya, no solo da perspectivas diferentes como con cualquier otro autor, sino que parece que lees novelas diferentes. Quizás es que lo diferente sea uno mismo o que la novela, el relato, ha cambiado como por arte de magia desde que lo leíste.

Y sus relatos siempre te dan sorpresas con las tramas. Yo creo que el propio Molina no tiene claro el desenvolvimiento de la trama hasta que lo termina. O quizás, ni siquiera entonces. Me estaba acordando de «La noche de los tiempos» en la que todo queda en suspenso y sin resolver del todo. Pero este tipo de autores de culto no producen nunca una segunda parte, una continuación de la historia.

Sefarad es una impresionante novela que me apetece considerar como su mejor obra; pero, ya se sabe, a veces es cuestión de gustos y re rememoranzas, de interruptores mentales. Impresiona mucho «Tus pasos en la escalera» en la que, si te sumerges en el personaje, puedes quedar atrapado en las posibilidades de tus propios entresijos mentales. Introspección al máximo como quizás la contienen todas sus obras.

Habrá que buscar buenos momentos de relajación para leer esta nueva novela que se presenta muy interesante.