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Las líneas fronterizas de Modiano

Las líneas fronterizas de Modiano

A estas alturas sería un lugar común decir que el premio Nobel Patrick Modiano pareciera escribir siempre el mismo libro. Su obra literaria es prolífica y caracterizada por libros de una extensión contenida en los que se emparentan temas que constituyen sus inquietudes y obsesiones. Tanto sería lugar común afirmar que pareciera escribir el mismo libro —aun con tramas, personajes y lugares distintos— que hasta el propio Modiano lo ha admitido: “Es el mismo libro pero escrito a trozos, como un corredor que se detiene y reemprende la carrera un tiempo después. Es cada vez el mismo libro pero desde ángulos diferentes. No hay repetición, pero es la misma obra”.

Esto no impide que el lector de Modiano espere sus nuevos libros con ilusión y fervor. La experiencia de lectura de la obra del autor francés es retadora, deslumbrante, compleja dentro de lo sencillo, con silencios y elipsis, que sitúa al lector en una sucesión de precipicios. Es como si cada libro constituyera en sí mismo un rompecabezas que se va armando a medida que se avanza en los capítulos. Y la sumatoria de sus libros es un enorme rompecabezas de la reconstrucción del pasado.

En Chevreuse (Anagrama, 2023) aparecen algunos de los temas que caracterizan la obra de Modiano, a modo general, el rescate de la memoria a través de pistas y de direcciones específicas de la topografía parisina, un presente que va y viene hacia el pasado, así como la búsqueda de las huellas de las personas a su paso por este mundo. Modiano lo ha dicho: “Vivir es obstinarse en consumar un recuerdo”. Sus libros, como norma, tienen dos escenarios principales: París durante la ocupación alemana o en la década de los sesenta. Este último es el marco temporal donde se sitúa la acción recordada en Chevreuse.

"El lector asume un rol participativo en la novela ya que debe, por su cuenta, sacar conclusiones a partir de pistas"

El personaje central es Jean Bosmans —el mismo de la novela El aprendiz (Anagrama, 2010)— que, como muchos de los personajes de las novelas de Modiano, es escritor. En aquella novela Jean Bosmans en su madurez recuerda al aprendiz de escritor que fue y que se encuentra al azar, en la boca de metro luego de una manifestación, a Margaret Le Coz. París y los amores de juventud como un sueño olvidado.

El sello indiscutible del juego de los tiempos y las fechas está presente en Chevreuse y la banda sonora de la novela es la canción “Douce Dame” (1969) de Serge Latour que, como muchas canciones francesas, parece hablada, y en cuya primera frase, Je rêve souvent de vous (Yo sueño a menudo contigo), se estampa el sello de la nostalgia. El sueño se entrevera con la realidad, la ficción con la no ficción, y ello, unido al juego de los tiempos y fechas, constituye un artefacto literario sofisticado.

Es así como el lector asume un rol participativo en la novela, ya que debe, por su cuenta, sacar conclusiones a partir de pistas. Jean Bosmans tiene veinte años durante la acción que predomina entre “1964 o 1965”, contada desde el presente (a sus setenta años, deducimos). Al mismo tiempo el Bosmans veinteañero recuerda cosas ocurridas en la infancia (recuerdo dentro del recuerdo). Y, por si fuera poco, en un capítulo el narrador se sitúa entre “1980 o 1981” con una visita a la Costa Azul, y en otro capítulo en los noventa, cuando se refiere a una carta que le envió un lector, momento en que despega un aire metaliterario en una franja borrosa del tiempo.

Y es que son muchas las líneas fronterizas en esta novela. Bosmans nació en Porte Molitor, la frontera entre Boulogne y Auteuil. En Auteuil hay un piso, que es central en la novela, donde ocurren cosas muy distintas de día y de noche, lo que marca otra separación de mundos. Mundos también limítrofes entre sueño y realidad: “Pero ¿por qué iba a preocuparlo eso a él, que estaba acostumbrado a vivir en una estrecha línea fronteriza entre la realidad y sueño y dejar que ambos se iluminasen mutuamente y que a veces se mezclasen?”.

¿Qué es Chevreuse? Chevreuse es un valle, un principado de bosques que demarca la frontera de la casa donde Bosmans vivió de pequeño en la calle Docteur-Kurzenne. Bosmans trata de descifrar qué fue aquello que sucedió cuando estaba en Chevreuse, cuál fue la conversación que presenció cuando ocurrió lo que ocurrió en su casa y el supuesto botín allí escondido. Al personaje le llegan ciertas frases que son disparadoras de recuerdos: “Guy acababa de salir de la cárcel”. Chevreuse parece por momentos un policial a lo Modiano con persecuciones incluidas y con malas compañías que se juntan en el hotel Chatham.

Su escritura, como de costumbre, es minimalista si se quiere, prevalece la economía de palabras con un lenguaje destilado, sin retóricas rimbombantes o metáforas sofisticadas, con capítulos cortos —como para atrapar al lector— que combina con otros un poco más largos en los que se desarrollan algunas acciones y se enfatizan ciertos temas dentro del laberinto de fechas, recuerdos y lugares. Y siendo así, la novela fluye y es hipnótica a la vez.

Hay algo que sí parece bastante distintivo de esta novela en particular y que a su vez tiene que ver con los umbrales, y es cuando se adentra en el juego metaliterario. Se podría especular que el personaje central es un alter ego de Modiano. Como tal nos habla de escritura en contados pero significativos pasajes que sirven de preámbulo para la gran maniobra de la novela, al empezar a referirse a los fantasmas recordados: “Y, al no poder vivir el pasado, para enmendarlo, la mejor forma de convertirlos en inofensivos y mantenerlos a distancia sería metamorfosearlos en personajes de novela”.

Un poco más adelante en un diálogo Bosmans explica por qué se quedó con una agenda y una foto: “He empezado una novela y necesito objetos concretos que me ayuden a escribir. A partir de esa foto y esa agenda puedo poner a trabajar la imaginación”. Lo que nos recuerda el inicio de la que muchos consideran la mejor novela de Modiano, Dora Bruder, que parte de un viejo anuncio de un periódico donde se buscaba a una joven judía con determinadas características, desaparecida durante la época de la ocupación alemana de París.

"Modiano hace un quiebre de la ficción dentro de la ficción"

La cumbre de las líneas divisorias borrosas de la novela la traza Modiano cuando, tras unos capítulos breves en los que no parece suceder nada significativo —como para que el lector baje la guardia— el narrador nos sorprende aseverando que nada de lo que se contó existió, ni los lugares, ni las calles, ni los personajes ni las acciones. Modiano hace un quiebre de la ficción dentro de la ficción: “Las calles de París se quedarían para él grises y negras, debido a su libro, en el que se había inspirado en esas personas. Les había robado sus vidas e incluso los nombres, y ya no volverían a existir más que entre las páginas de este libro”.

Y a partir de allí se cuestiona la existencia de los personajes de la novela, a los que llama seres imaginarios. Los fantasmas en los que se había inspirado Bosmans en su libro, que son los mismos que Modiano utiliza, fundiendo, disolviendo la ficción, o, mejor dicho, la ficción dentro de la ficción, la distinción entre autor y narrador: “Durante los años sucesivos, le habían dado detalles que ignoraba acerca de algunos de los personajes de sus novelas, a causa de sus nombres. Eso demostraba que entre la vida real y la ficción existen fronteras confusas”.

Chevreuse es una potente novela sobre la ambigüedad de la vida desde el plano de la memoria, los sueños y la realidad. Debe de ser por ello que en las fotos de las portadas de los libros de Patrick Modiano siempre prevalece el gris. Nada en esta vida es blanco o negro.

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Autor: Patrick Modiano. Título: Chevreuse. Traducción: Maria Teresa Gallego Urrutia. Editorial: Anagrama. Venta: Todostuslibros.

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