Walt Whitman

Martes, 18 de octubre de 2016

Debería haber empezado a escribir este diario hace ocho meses, que es el tiempo que llevo disfrutando de mi jubilación. ¿De mi merecida jubilación, debería decir?, detesto tanto lugar común, tanta frase hecha, “merecidas vacaciones”, “mar proceloso”, “luenga barba”.., aunque pensándolo bien, escribir un diario también forma parte de algo bien trillado a lo largo del tiempo, y quizá, o sin quizá, algo difícilmente mejorable… A no ser que uno se crea Jean Jacques Rousseau, que comienza Las confesiones (Selecciones Austral de Espasa Calpe, 1979; traducción de Juan del Agua), de esta guisa:

“Emprendo una tarea de la que jamás hubo ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero descubrir ante mis semejantes a un hombre con toda la verdad de la naturaleza, y este hombre soy yo”.

En fin, mi merecida o no tan merecida jubilación, tras 40 años de no siempre divertida vida laboral, la disfruto, la aprovecho y la celebro con parecida euforia con la que Walt Whitman se manifestó en su libro Canto a mí mismo: Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.

Pero tampoco es para tanto. Me celebro y me canto solo a mí, y basta. Y lo que sí puedo hacer ahora, que dispongo de tanto tiempo, es continuar haciéndole caso al bueno de Withman: “Vago…… e invito a vagar a mi alma. / Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra / para ver cómo crece la hierba del estío”.

Eso mismo haré en el verano de 2017. Lo de tumbarme sobre la hierba.

No tengo treinta siete años, como se dice en el poema. Tengo sesenta y cuatro; cumpliré los sesenta y cinco en menos de dos meses. Mi salud es perfecta, canta Whitman. También la mía lo fue a esa edad, aunque no tengo ningún motivo de queja al respecto.

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"Hace unos meses Arturo tuvo una gran idea: crear una web literaria que se llamaría Zenda. Hoy es una realidad palpable y creciente."

Me ha llegado Falcó, la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Me lo manda desde Alfaguara mi amigo y director de comunicación, Gerardo Marín. Ambos trabajamos juntos en la editorial, entre 1999 y 2003. Y con Arturo nos divertimos pergeñando, para él y para sus libros, los mejores escenarios posibles. Hoy, 16 años después, Gerardo es un hombre hecho y confiable, con idéntico estilo que entonces y un don de gentes que le hace arrebatador a los ojos de todos. Arturo es académico –lo nombraron estando yo aún en la editorial– y nos gusta recordar que estando a la espera de la noticia en el restaurante El Espejo de la calle Recoletos, con la plana mayor de Alfaguara, vertí una taza de té sobre la cazadora de ante claro que lucía el autor de El capitán Alatriste. Aunque Arturo se lo tomó con deportividad, la llamada desde la Academia llegó tan a tiempo que podría decir que me salvó la campana.

Hace unos meses Arturo tuvo una gran idea: crear una web literaria que se llamaría Zenda. Hoy es una realidad palpable y creciente, hermosa gracias también al talento de su director, Leandro Pérez Miguel, que ha diseñado este útero poético en el que se vuelcan semanalmente las reseñas, los reportajes y las entrevistas que va marcando la agenda literaria de este país en el que se sigue publicando cada año más libros mientras disminuye el número de lectores y se cierran librerías que fueron emblemas de la cultura. Este país de todos los demonios, en palabras de Jaime Gil de Biedma, esta España camisa blanca de mi esperanza, que cantó Ana Belén, esta España deshilachada y rota por los puños, parafraseando a Ángel González. Al fin y al cabo “La Marca España”, como escribió Luis Eduardo Aute, no es más que “una nación en pago”.

En este país de funcionarios cabreados, de autónomos que no acaban de despejar el humo que les han vendido todos los Gobiernos con la emprendeduría, y de parados que aún nadie sabe cómo se aguantan para no dar un golpe de Estado, de vez en cuando aparece en la televisión el espectro de Aznar para decir que “el tiempo pone a cada uno en su sitio”. Este es el país de la chirigota, el mismo que le consiente al peor presidente que hemos tenido que nos haya metido de lleno en una guerra mientras ponía sus sucias botas de cowboy de medio pelo sobre la mesa. Ahora vuelve a subirse a un estrado porque estamos al borde de las terceras elecciones. Ahora, mientras cabeceamos ante el espectáculo bochornoso de los Correaboys, sobrevuela nuestras atónitas cabezas un nuevo lema shakespeareno: Abstenerse o morir. Esa es la cuestión.

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Por la tarde estuve en la presentación de Éramos mujeres jóvenes, que publica la Fundación José Manuel Lara, un ensayo feminista de Marta Sanz sobre las teorías de igualdad, sobre ciertos dogmas de los que hay que tomar distancia, sobre la corrección política que en los últimos años ha caído en el feminismo… Marta es una escritora respetada, con una imagen de intelectual solvente, que indaga con el mismo interés en el campo de la novela, la poesía y el ensayo. Fue en la librería Rafael Alberti, que estaba a rebosar. A su propietaria, Lola Larumbe, le llevé un ejemplar de Encuentros con el 50. La voz poética de una generación, un libro que me ha dado muchas alegrías este año, gracias a la generosidad de Ramón Pernas, director de Ámbito Cultural de El Corte Inglés que ha patrocinado la edición. En la Alberti me encontré con los habituales de las presentaciones, y también con Javier Goñi, que lleva una larga temporada echándole un pulso a la maldita enfermedad. Estaba delgado, pero no demasiado, y me alegré sinceramente de volver a hablar con él.

Miércoles, 19

Se me acumula el trabajo (otra frase hecha).

Tengo que leer la novela de David Vicente, Esto podría ser un gambito de dama, pero es una canción de amor (Almuzara) para presentarla el 22 de noviembre en la librería Tipos infames, de la calle San Joaquín. Los libreros de Tipos infames son unos tipos estupendos, leídos, jóvenes y joviales, como me imagino que fui yo en 1979 cuando inauguré en La Felguera la librería Lorca.

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Le prometí a Alexandra Templier, último fichaje de Palmira Márquez como responsable de derechos internacionales en la agencia Dos Passos, la lectura de una novela inédita de Óscar Bianchi, titulada El milagro de la rata en el sifón. Bianchi es un escritor argentino que sabe hacer con el lenguaje lo más difícil cuando se trata de crear una ficción: que nada suene a trillado, a convencional. Llevo aún pocas páginas para juzgarlo pero me parece que en estos momentos de “literatura”, que bien podría publicarse en el ¡Hola! por entregas, hay poco espacio para escritores con garra, con empuje, con disparos al pecho en cada línea.

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He leído 10 páginas de la novela de Arturo Pérez-Reverte para ver el tono y entrar un poco en  la trama para engancharme. Este es el arranque: “La mujer que iba a morir hablaba desde hacía diez minutos en el vagón de primera clase”. No hacía falta hacer esa prueba porque la novela de Arturo es una consecución de imágenes que la eficacia de un escritor que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo te pone delante de los ojos como una zanahoria delante de un caballo de carreras, y vuelta a las frases hechas, aunque esta vez la frase me trae a la memoria algo indeleble. Me recuerda una de las escenas más alocadas de La escapada, la novela de William Faulkner (The reivers, Random House, 1962. Alfaguara, 1997, en traducción de José López Muñoz). Yo vi, y disfruté como el jovenzuelo que era con escasas novedades a mi alrededor, la adaptación cinematográfica en 1969 que se estrenó con el título de Los rateros. La escena en cuestión es una carrera de caballos en la que participa el niño, narrador de la historia y coprotagonista con Steve McQueen, quienes tras vender el coche que le han birlado a su abuelo para irse a Memphis, compran el caballo…, en fin, que para que el caballo gane la carrera, el niño le pone una zanahoria delante de los morros.

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Tengo pendiente escribir los textos para un libro de fotografías de Daniel Mordzinski que se llamará Ciudades para a(r)mar, y que publicará Ámbito Cultural.

Y luego, lo que se va acumulando cada día: Brújula, de Mathias Enard (Random House), La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf (Taurus), que ya he empezado a leer y me tiene totalmente absorbida la mente; Aquí estoy, de Jonathan Safran Foer (Seix Barral)…

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Hoy ha amanecido lloviendo. Y la lluvia, además de traer beneficios para este poblachón manchego que es Madrid (otro lugar común), tiene también su poesía: en el gris de la luz, en la melancolía que produce la caída del agua…

“Llueve, tras de los cristales llueve y llueve”, que cantó Serrat en “Balada de otoño”, en el disco La paloma, de 1969, en el mismo año que publicó Dedicado a Antonio Machado, poeta, un gran éxito entonces. En el L.P., sonaron estos versos del poema “Recuerdos de niñez»:… “Monotonía / de lluvia tras los cristales”. Yo me veo ahora en aquel verano del 69, escuchando su voz quebradiza y peculiar –y metálica porque surge a través de un transistor–, subido en lo alto de un monte, en Soto de Agues, Asturias. Arriba me acompañaba Antonio Machado, uno de mis más admirados poetas (entonces el trío lo formaba con Lorca y Hernández); abajo tenía a mis pies el hermoso paisaje de la Ruta del Alba, un inmenso valle coloreado por más de cien tonos diferentes de verdes.

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Después de comer fui al ambulatorio de la Seguridad Social para que me pusieran la vacuna de la gripe. El año pasado lo hice por primera vez y pasé un invierno de perlas; ya estoy en el llamado grupo de riesgo, cómo vuela el tiempo (¡Ya te vas para no volver!).

Y a propósito del paso del tiempo (gran tema para los poetas, oh), veo en la tele que los estudiantes de la Autónoma de Madrid impiden una conferencia de Felipe González y Juan Luis Cebrián. Sus pancartas hablan de manipulación y terrorismo mientras gritan: “Los asesinos no sois bienvenidos”. Siempre he pensado que llegar a los 70 u 80 años con el rechazo de gran parte de tus paisanos debe de ser muy duro, por mucho dinero que hayas acumulado, como es el caso de algunos políticos y empresarios corruptos, no merece la pena (si ellos me leyeran se reirían de mí: ¡pedazo de ingenuo!). Creo que llegar así a la vejez no justifica una vida mantenida en lo más alto del escalafón social. Pero al mismo tiempo siento que en cualquier momento todos podemos estar en el peligro de precipitarnos a los infiernos. Cuánta diferencia entre el 1982 de Felipe, aupado a los cielos de la transformación política del país, y Cebrián, en pleno vuelo creciente a los mandos de El País. Ebrios de poder, ambos pilotos de importantes empresas, han perdido altura moral y se están estrellando en el desierto de la ignominia. Claro que los estudiantes, dejándose llevar por los que no tienen más argumentos que la ira, han perdido la oportunidad de vencer y convencer con los argumentos de la democracia.

Jueves, 20

Se publica en Zenda mi post de cada jueves. El blog se llama “Ayer fue miércoles toda la mañana” y es con lo que más contento estoy porque me obliga a mover la mano en esto de la escritura; a pensar, a recordar, a soltar el cabreo, a difundir lecturas y a mantenerme en contacto con los amigos. Ahora también está este dietario que me ayudará a contar todo eso, pero con un tono más íntimo, eso es verdad.

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Me escribe Ángeles López, de Almuzara, para decirme que la presentación del libro de David Vicente no será en Tipos infames; sino en la librería Lé, de la que es propietario Rodrigo Rivero, antiguo librero en una de las librerías Crisol –qué mal dirigidas; con esa joyita que tuvieron entre manos y que desperdiciaron–.

Escrito así, Lé, es imperativo, lo que me recuerda a Borges: “El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo”. Daniel Pennac lo trae a colación en Como una novela (Anagrama). Y recuerdo este ensayo, Los demasiados libros, de Gabriel Zaid (también en Anagrama), que no debería desaparecer nunca de los escaparates de las librerías.

Lé está en el Paseo de la Castellana, 154. Demasiado esfuerzo para que los lectores se desplacen pero ya se sabe que estas cosas se hacen para ver a los amigos y tomar luego una caña.

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Cada día nace una nueva editorial.
Cada día se apaga un lector.

Viernes, 21

En este país de ida y vuelta no hay que desesperar si se pierde algo porque regresará. Se fue un Rey y volvió otro. Se fue una República y… es cuestión de tiempo. Se prohíbe el divorcio y vuelve. Lo de la Iglesia también será de ida y vuelta. Mandó demasiado durante la Dictadura de Franco. Parecía que con el gobierno socialista de González y Guerra la íbamos a poner en su sitio, que es dentro de las iglesias, dentro de las casas y dentro de cada corazón necesitado de Dios, y los socialistas no tuvieron la gallardía de dejar de apoyarla, y se pusieron la corbata y encabezaron las procesiones, y de aquellos polvos vienen estos lodos de la Conferencia episcopal, con las “machadas” de algunos obispos sobre la homosexualidad. Ellos que tienen una historia de vasallaje a la pederastia.

"En este país de ida y vuelta no hay que desesperar si se pierde algo porque regresará."

Lo de la ida y vuelta lo decía ahora al hilo de la noticia de que el Tribunal Constitucional  ha decidido que los toros pueden volver a la Monumental de Barcelona. El parlamento catalán se alió en su momento para prohibir los toros. Son probablemente los mismos parlamentarios que tienen en su interior el recuerdo, vivido o inculcado, de Mayo del 68: “Prohibido prohibir”. Los mismos que tras firmar esa prohibición admitieron que la Monumental se convirtiera en un centro comercial. De Goya a Trump sin despeinarse. Pero esto no ocurre con los correbous que siguen campando por sus respetos gracias al blindaje legal de los mismos que se llevan las manos a la cabeza con la llamada Fiesta Nacional.

Mientras tanto, el Gobierno de España sigue desviando el dinero de la Caja de Jubilaciones sin visos de poder reintegrarlo antes de que este invento que tanto tiempo y esfuerzo nos costó montar, se hunda. “Algo va mal”, predijo Tony Judt; yo recurro a Ángel González, que fue otro sabio, y digo como él que:

… estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

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"¿Sería posible que algún día los intolerantes apoyen también lo que no comprenden?"

“Recuperar lo mejor de la política para cambiar el mundo”. Lo dijo Richard Ford en su discurso al recoger el premio Princesa de Asturias.

En Oviedo, un año más se volvió a hablar de poesía, de Cervantes, Ortega, Lorca y Shakespeare. Un año más se habló de cultura. ¿Sería posible que algún día los intolerantes apoyen también lo que no comprenden?

Me emociona la palabra, la palabra poética, científica, la palabra democrática que se dice en Asturias al menos una vez al año, cuando se reúne, en esta tierra que me vio nacer  y por la que tantas veces sufro por culpa de quienes solo la ven como destino de sus intereses personales, lo mejor de la cultura en el mundo.

Mary Beard brindó por Cicerón. Dijo que la historia no es un libro de respuestas a los problemas actuales y citó el poema de John Donne: “Ningún hombre es una isla. Cada  hombre es un fragmento del continente”.

Martes, 25

Llevo unos días sin apenas nada que contar, aunque mejor debería decir, sin ganas de contar.

Me han llegado las memorias de John Le Carré, que publica Planeta. Volar en círculos, se titula; qué buen título. Y en la introducción recuerda que con los beneficios de El espía que surgió del frío compró un chalet en Suiza en cuyo escritorio del sótano se ha vuelto a sentar para escribir sus recuerdos. Le Carré escribe esta novela en los años 60 y yo me recuerdo leyéndola veinte años después, totalmente absorbido por la historia de un espía inglés llamado Alec Leamas, de la Alemania oriental, que sufre el doble y hasta el triple juego, siempre sucio, de la misión en la que está metido.

Pero esta memoria no es precisamente el mejor libro de Le Carré.

Recuerdo los tiempos en que yo leía novelas de espías y novela negra, y me han quedado grabados para siempre los nombres de Graham Greene, Ross MacDonald, James M. Cain y Hammett y Chandler, naturalmente.

***

"Falcó es un tipo despreciable, aunque, en situaciones tan peligrosas como las descritas, no me importaría nada tenerlo como aliado."

Esta noche me acercaré al Círculo de Bellas Artes porque se presenta Falcó, la novela de Arturo Pérez-Reverte. Falcó es un espía en plena Guerra Civil española, al que en 1936 le encargan la misión de liberar de la cárcel a José Antonio Primo de Rivera. Es un personaje que promete tener un largo recorrido en distintas situaciones de la Europa de los 30 y 40, una época que da tanto juego para un novelista como Arturo, que construye cada narración con la eficacia de las mejores novelas, es decir, metiéndoles dentro lo que necesitamos como lectores: información, verosimilitud y entretenimiento (“el objetivo de la novela es entretener», que dijo no sé quién; y eso siempre lo han sabido los mejores escritores, y por eso permanecen). Falcó es un tipo despreciable, aunque, en situaciones tan peligrosas como las descritas, no me importaría nada tenerlo como aliado. La creación de personajes ha sido muy rica en la novela del XIX pero en lo que va del XX y el XXI apenas se recuerdan en la narrativa española, salvo Pijoaparte, Alatriste y poco más.

Miércoles, 26

Me llama por teléfono Camino Brasa, responsable en La Fábrica de la revista EÑE, Revista para leer, para proponerme moderar una charla entre dos grafiteros con libro: JEOSM y LOCUS, el próximo 4 de noviembre, en el Festival Eñe de literatura. JEOSM y LOCUS son dos chicos estupendos en cuyo mundo está inmersa -o estuvo, no sé bien- una forma de expresión que es la de los grafitis urbanos. JEOSM tiene libro de fotografía y LOCUS produce la música del grupo Duo Kie. En la página de Zenda que le dedica JEOSM a la biblioteca de LOCUS, este recomienda un libro con el que hace tiempo disfruté yo también: Tratado de Ateología (Anagrama) de Michel Onfray. No podré charlar con ellos en el Festival Eñe porque estaré de viaje ese día pero me habría gustado saber qué opinan de ciertas cosas, yo, que soy ya un señor mayor al que no le hace ninguna gracia que “manchen las paredes”. Perdón, JEOSM y LOCUS.

Y ahora que hablo de LOCUS recuerdo como una de mis lecturas iniciáticas (casi todas lo eran entonces), una novela de Raymond Roussel titulada Locus solus. Roussel (París, 1877- Palermo, 1933) está considerado como uno de los padres del surrealismo. Con su novela, Locus solus –lugar solitario–, escrita en 1914, así como con Impresiones de África (1910), Nuevas impresiones de África (1932) y Cómo he escrito algunos de mis libros (1935) me introdujo en un mundo literario de amplio recorrido genialoide, que coincidió en mi tiempo de lecturas desaforadas con Boris Vian. Este muere con 39 años, aquel con 56, ambos en plena vida intelectual. Pero nadie dijo que fuera fácil este oficio de vivir, en palabras de Cesare Pavese, que decidió irse con 42 años.

Jueves, 27

Hoy se publica de nuevo mi post en mi blog de Zenda, como cada jueves. Se titula Cine, poesía y viceversa. Es una sensación curiosa saber que la gente te mira con lupa en todo lo que dices. O no tanto.

En la agencia Dos Passos se ha fallado el premio de novela para autor inédito en narrativa. P. lo ha llevado con guante de seda porque cuando se junta a tantos críticos y escritores que tienen que valorar un texto de otro no siempre es fácil dominar los egos. El jurado lo formaron Pilar Adón, Inés Martín Rodrigo, Clara Sánchez, Fernando Marías, Marcos Giralt Torrente, Manuel Longares y Santos Sanz Villanueva. El ganador se llama Toni Quero, y también es poeta; y bueno, según Pere Gimferrer.

Y hablando de Gimferrer, ayer estuve en dos sesiones de PoeMad. La primera consistía en una charla, seguida de una lectura de poemas, entre él y Antonio Colinas. Colinas estuvo como suele, amable y cordial en la charla, lector pausado y rítmico de sus poemas, “entendible» en todo momento, lo que no ocurrió con Pere, antes Pedro, que se comió los versos al leerlos como si fueran espaguetis, espero que al dente por lo menos.

Después hubo un homenaje a Lorca con poemas leídos por Beatriz Rodríguez, directora del festival. La voz de Alexandra Templier, acompañada por un guitarrista y una chelista, sonó a historia del cante, a música de las vanguardias, a saeta requebrada desde un balcón en una calle angosta de Sevilla, a cultura habanera pasada por los ritmos más calientes de la otra orilla. Voz clarísima, potente y equilibrada, que la Templier –hay que llamarla como a las divas– modula con una sabiduría que difícilmente se tiene con su juventud. Sensibilidad y sensualidad en una cascada, en un torrente de voz que Alexandra Templier atempera en su garganta privilegiada. Lo mejor de la noche sin ninguna duda.

Tengo entre manos las memorias de Frederick Forsyth, El intruso, título al que le sigue esta explicación: “Mi vida en clave de intriga”. Es evidente que nos estamos haciendo mayores, los grandes novelistas publican sus recuerdos, como Forsyth y Le Carré, como había hecho antes Philip Roth en Patrimonio, aunque este libro apunte más a la enfermedad de su padre, pero Roth ya hacía reflexiones sobre el hacerse viejo (“La vejez es una masacre”), y antes, todos los que en el mundo han sido: Goethe, Spender, Zweig, Gide, Ionesco

Como en La Tavernetta (Orellana, 17) con Fernando Beltrán y nos ponemos al día. Entre otros nombres de nuestros conocidos ovetenses sale el de José Luis Piquero, encomiable poeta, al que recordamos porque Fernando me cuenta que Araceli Iravedra, directora de la cátedra Ángel González en la universidad de Oviedo, acaba de publicar en Visor un libro académico sobre la poesía española, titulado Hacia la democracia. La nueva poesía (1968-2000), y Beltrán y Piquero son dos  de los poetas seleccionados. Lógico.

Fernando Beltrán le ha puesto un whatsapp a José Luis Piquero y aún estamos esperando su respuesta. Vive desde hace años en un pueblo de la provincia de Huelva y desde las diez de la mañana no se conecta. También parece lógico.

Me despido de Fernando en la plaza de Santa Bárbara, pero antes me devuelve mi móvil que me había dejado olvidado en la mesa del restaurante La Tavernetta en donde habíamos comido. “Lo había cogido para devolvértelo, pero se me olvidó –dijo–. Menos mal que metí la mano en el bolsillo para coger un chicle y lo he visto. Por cierto, ¿quieres un chicle?”

Me paré en la librería de lance que está en el centro de la plaza y compré tres libros: Final del juego, de Julio Cortázar, publicado por la editorial Sudamericana en 1964, y que perdí hace tiempo;  el otro es Proceso de la novela actual, de Mariano Baquero Goyanes (Biblioteca del pensamiento actual, Ediciones Rialp, 1963), que de actualidad tiene poco, pero Dickens, Stevenson, Faulkner, y capítulos dedicados a “Novelas sin argumento” o “La novela, género despreciado” hicieron que lo comprase. Y con el otro libro, El narrador en la novela del siglo XIX, de Ricardo Gullón, me reconozco en mi afición secular al ensayo literario.

Viernes, 28

"Trabajo en casa, viendo cómo se desparrama la luz de otoño sobre el suelo del salón en donde escribo, entre libros y música."

Llevo media mañana repartiendo juego de reseñas para Zenda. Es una ocupación que me permite, sobre todo mediante el correo electrónico, conversar con los periodistas y escritores a los que se las encargo, o que me proponen algo interesante que han leído. Por ejemplo, Berna González Harbour que escribirá sobre las memorias de Forsyth (Plaza y Janés). Alejandro Carantoña, que lo hará sobre las de John Le Carré (Planeta). Tino Pertierra sobre El hijo, de Philipp Meyer (Random House). Y la que me acaba de enviar Cristóbal Ruitiña, de John Fowles, El árbol (Impedimenta).

Trabajo en casa, viendo cómo se desparrama la luz de otoño sobre el suelo del salón en donde escribo, entre libros y música. He puesto en el Deezer a Erik Satie y las notas sinuosas del piano –los diferentes números de la Gnossiennes y Première Gymnopédie–, me ayudan a fomentar cierta melancolía creativa. Me acuerdo que desde 1968 hasta 1973, lo hacía en casa de mis padres, en un cuarto del que me había “apoderado” en uno de sus viajes pintándolo a mi manera y armando mi exigua biblioteca metálica comprada al Círculo de lectores. La radio en la que escuchaba los programas musicales de Radio clásica, de RNE (el flash mágico de Radio 3 no llegaría hasta 1979), o “Vuelo 605”, en Radio Peninsular, de Ángel Álvarez, en el que escuchaba su  melodiosa voz mientras pinchaba a melodiosos crooners y, claro, jazz (el homenaje que le hizo a Louis Armstrong en el verano del 71, cuando murió, fue apoteósico). También tenía un tocadiscos en el que sonaban John Mayall, Santana, The Beatles y también Mozart, Tchaikosvki, Chopin, y otros en los que me demoraba, como, “Cuadros de una exposición”, de Mussorgsky, Prélude à l’après-midi d’un faune, de Claude Debussy, y Liszt, en cuyo romántico “Sueño de amor” había compuesto un final diluido y hermoso como el rumor de una fuente que se extingue, y que siempre me producía la necesidad de escribir piezas arrebatadas. Eran tiempos de Werther, de Goethe, de los poemas de Lord Byron, de Baudelaire…, aunque también de las colecciones en piel de Maestros americanos y Maestros rusos en las que leí a Dostoiesky y a Tolstoi, y recuerdo con verdadero deleite La guerra de los mundos, de H.G. Wells.

Domingo, 30

No conozco otra manera mejor de disfrutar de una tarde de sábado que celebrar la poesía. Fue en Poemad, el Festival de Poesía de Madrid, que se clausuró anoche con tres intervenciones de distinto calibre e intensidad. Piedad Bonnett aumentó la temperatura emocional con un recital sobrio y contenido que se desparramaba en cada corazón compungido por los mensajes de sus versos. Michelle Rodríguez le ha hecho una entrevista para Zenda y también colgamos un poema. Hay que estar al loro, que decía el viejo profesor. Y el fin de fiesta le correspondió a una lectura de poemas de Benjamín Prado, vestido y tocado cual Bob Dylan de los años mozos –armónica incluida– al que arropaban las voces y los instrumentos de Rubén Pozo y de Rebeca Jiménez, guitarra eléctrica y piano que mezclaron con soltura lirismo y simpatía.

***

Adiós octubre, me recuerdas a José Luis Sampedro, aquel escritor economista que tantas alegrías nos proporcionó durante tantos años de ejercicio democrático. “Escribir es vivir”, dijo, y también leer. En su novela Octubre, octubre (Alfaguara), una suerte de testamento vital, Sampedro trabajó veinte años. ¿En verdad alguien sigue creyendo que los libros son caros?

Nos vemos en noviembre.

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