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Oiga, joven, los periodistas de hace cien años también se llamaban gente nueva

periodistas bohemios

“Los bohemios existen hoy, como existieron ayer, como existirán mañana (…) La bohemia es sencillamente la juventud pobre que se consagra a las artes y que llena su miseria con orgullo”. Lo escribió Enrique Gómez Carrillo en La miseria en Madrid (1921). Con esta cita, Miguel Ángel del Arco abre Cronistas bohemios: La rebeldía de la gente nueva en 1900, que acaba de publicar Taurus.

Profesor y periodista curtido en mil batallas, Del Arco nos hace el favor de recordarnos a periodistas ilustres que allanaron el camino para que nosotros pudiéramos hacer lo que hacemos hoy.  Eran conocidos como “la gente nueva” y lucharon para despertar a la prensa del ostracismo decimonónico. Sólo en España podía ocurrir que los padres del periodismo moderno hubieran sido relegados al olvido.

El libro incluye una sabrosa introducción en la que el autor reflexiona sobre el carácter bohemio, sobre ese término peyorativo utilizado para referirse a los gitanos que venían de Este -se creía que de la región de Bohemia- y cómo ese término ha impregnado la imagen de las gentes de la prensa hasta hoy día. Del Arco recupera una definición antológica de Manuel Vicent: “Periodista es ese tipo que escribe a toda velocidad de cosas que generalmente ignora y lo hace de noche, la mayoría de las veces cansado o borracho y que no teniendo talento para ser escritor ni coraje para ser policía se queda solo en un chismoso o en un simple confidente.”

El autor rescata en este libro las biografías de cinco de los más grandes de la prensa del cambio del siglo XIX al XX: Alejandro Sawa, Luis Bonafoux, Joaquín Dicenta, Pedro Barrantes y  Antonio Palomero. Estos cinco nombres deberían ser bien conocidos en las facultades de periodismo, pero mucho me temo que poco o nada se habla de ellos. Incluso resulta difícil leerlos o encontrar la mayor parte de sus libros.

Del Arco facilita el acceso a los interesados. Además de trazar una amplia semblanza de cada uno, incluye en su libro una pequeña antología de artículos periodísticos tan interesantes como las crónicas de Bonafoux desde París sobre el caso Dreyfus, los reportajes a pie de obra de Dicenta sobre las penosas condiciones de los mineros, los incendiarios artículos políticos de Sawa, la reverencial entrevista a Galdós de Palomero, o las denuncias de la pobreza en Madrid de Barrantes.

"Malvivían con las pocas monedas que recibían por sus artículos y se consideraban afortunados porque hasta entonces no se pagaban las colaboraciones."

Los cinco tienen mucho en común. Todos murieron muy jóvenes y en condiciones míseras. A todos les gustaba beber y la mayoría consumieron su existencia bajo los efectos del alcohol. Sentían  devoción por Larra, el padre del periodismo español, entonces y ahora. Tenían la conciencia de que España sufría un atraso crónico y se sentían en el deber de acabar con las viejas estructuras y modernizar el país donde nunca arraigaron los principios de la revolución. Consideraban que la monarquía,  el clero y la ignorancia eran los grandes enemigos del progreso en España.

Malvivían con las pocas monedas que recibían por sus artículos y se consideraban afortunados porque hasta entonces no se pagaban las colaboraciones. Escribían como posesos para inútilmente intentar ganarse la vida con sus escritos en aquella selva de publicaciones de todo signo que era el Madrid finisecular. Instauraron una nueva manera de hacer periodismo, fundaron publicaciones revolucionarias y acabaron con aquella antigualla que Unamuno bautizó como  periódicos “evangelizadores”.

Alejandro Sawa escribió en la revista Nuevo Mundo (1907) un artículo titulado Cuarto Poder, que bien pudiera servir de manifiesto de aquellos jóvenes airados: “la prensa marca el estado de cultura de los pueblos (…) Aquel país donde la prensa es clamorosa y ardiente y suelta es un país en redención.” Más claro, el agua.

Alejandro Sawa

“El príncipe de los bohemios españoles”, como se conocía al legendario periodista, inspiró uno de los personajes literarios más relevantes del siglo XX: el Max Estrella de Luces de Bohemia, de  Valle-Inclán.  Sawa está adscrito a la llamada “bohemia negra”, concienciada con la miseria, la injusticia, la incultura en España. Un corriente muy alejada de la bohemia esteticista. “Nuestro padre Hugo —dejó escrito— lanzó al mundo una ingente verdad cuando dijo que en los momentos peligrosos de la historia los hombres que se llaman prácticos deben ceder su puesto a los soñadores”.

Dice Emilio Chabarría que “concebía la crónica periodística como la historia cotidiana de los acontecimientos, y al cronista como su historiador”. Su extrema pobreza le llevó incluso a hacer de negro de las grandes estrellas de la literatura de la época. “Eres un miserable”, le espetó a Rubén Darío, que se hacía el loco y no pagaba a Sawa por escribir los artículos que aparecían firmados por el poeta nicaragüense.

Tal era su pobreza, según Cansinos Assens, que “a veces no podía salir a la calle porque no tenía pantalones”. Al final de su vida, ya sin vista, tenía que dictar sus artículos a su mujer. Murió con sólo 47 años. Loco, ciego y furioso, según palabras de Valle-Inclán, que explicó su pena en una carta a Rubén Darío: “He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas”. Su muerte en la miseria fue recreada por Baroja en su novela El árbol de la ciencia.

"Alcanzó gran notoriedad por su agria polémica con Clarín. Escribió que se alegraba de la muerte del autor de La Regenta así como de la del turnista conservador Cánovas, asesinado por un anarquista."

Luis Bonafoux, otro de los grandes bohemios, tuvo una vida más cosmopolita. Viajó por Europa para encender la mecha revolucionaria. Cubrió desde París el proceso Dreyfus. Vestía de forma estrambótica, trajes de colores chillones que provocaban el escándalo de los paletos madrileños. Fundó numerosas publicaciones, entre ellos el semanario El Español, desde el que “satisfice venganzas y expresé desprecios”.  Escribía de forma frenética para ganarse la vida. Cuentan que llegó a publicar hasta siete artículos en un día para diferentes diarios de la capital.

Alcanzó gran notoriedad por su agria polémica con Clarín. Escribió que se alegraba de la muerte del autor de La Regenta así como de la del turnista conservador Cánovas, asesinado por un anarquista: “El dómine Cánovas en política y el dómine Clarín en literatura simbolizan una regresión histórica (…) Escribió el obituario de Leopoldo Alas (Heraldo de París, junio de 1901), con aquel inolvidable arranque: “Quiero ser el primero en celebrar la muerte de Clarín”.

Joaquín Dicenta alcanzó su máxima notoriedad con la obra teatral Juan José, la pieza más representada en España junto al Don Juan de Zorrilla. Fue a la cultura española del momento lo que Los miserables a la francesa: un auténtico icono la de la lucha de clases. Con la salvedad de que aquí hemos cubierto Juan José con un pesado manto de olvido.

"Eduardo Zamacois lo describe como gran bebedor, mujeriego y con una inevitable tendencia a la reyerta. Se le responsabilizaba de haber cortado la melena al mismísimo Valle-Inclán."

Como periodista, dirigió El País —muy influyente diario republicano que tendría a Lerroux entre sus directores— y la combativa Germinal, uno de los buques insignia de la generación del 98. Fueron célebres sus reportajes en segunda persona, en forma de cartas a su director, que comenzaban con un “Querido Moya:…” Y muy especialmente los que escribió después de vivir en Linares con los mineros, un retrato sobrecogedor sobre la extrema dureza del trabajo en las tinieblas: Entre mineros, A flor de tierra, De cara a la mina, Pozo abajo, Desde el fondo… son algunos de los expresivos títulos de la serie.

Eduardo Zamacois lo describe como gran bebedor, mujeriego y con una inevitable tendencia a la reyerta. “En su biografía —escribió— hay puñaladas, un rapto, un suicidio”. Se le responsabilizaba de haber cortado la melena al mismísimo Valle-Inclán durante una escaramuza nocturna.  “Belicoso, desordenado y malicioso” son otros adjetivos usados para definir a tan singular personaje.

Pedro Barrantes es el poeta bohemio por excelencia. Vivió atormentado, “asesinándose” día tras día con el alcohol. Juan Manuel de Prada lo define como hombre de “carácter bronco y visionario, adicto al garrafón de las tabernas”. Su vida está llena de sombras, de lagunas como las que provoca la bebida, que contribuyeron a edificar una leyenda en torno a él. Cuentan que fue confundido con un muerto, recogido en la calle y trasladado en carretilla hasta el Cementerio del Este, camino de una fosa común.

En su biografía se destaca su función de “hombre de paja” al servicio de El País, diario del que al igual que Dicenta también llegó a ejercer de director. Cobraba por firmar artículos que por ser peligrosos o susceptibles de demandas, nadie quería asumir.

Se convirtió al catolicismo durante una época –llegó a publicar colaboraciones pías en Movimiento Católico y La Ilustración Católica)  y durante otro tramo más largo de su vida escribió textos decididamente blasfemos. Se declaró enemigo de la religión, la monarquía y el despotismo. Formó parte del mítico grupo que gestó Germinal y demostró verdadera maestría en sus perfiles, los que entonces se llamaban “biografías rápidas”.

Fue periodista de trinchera, lo que creía una irrenunciable obligación de quienes llenan las páginas de los periódicos: “el escritor debe ser batallador y combatiente, su misión es denunciar hipocresías y estulticias de la sociedad moderna”.

El malagueño Antonio Palomero fue un hombre de carácter alegre y chistoso durante su corta vida, que se quebró con sólo 44 años. Nunca se sabía si hablaba en serio o en broma. Escéptico sobre su propia profesión, escribió que  “la palabra de un periodista no vale los cinco céntimos que cuesta el periódico donde escribe”. Quizá la definición más precisa que se ha escrito sobre él es que fue “un poeta de la actualidad con el empeño de contar los hechos del día”. Y es que, como escribe Del Arco en su libro, “en el fondo de sus letrillas aparentemente divertidas e insulsas había periodismo”.

Caricatura de Joaquín Dicenta

Llevó su humor a los entonces llamados periódicos festivos (sarcásticos). Abandonó una nómina segura en ABC, donde se encargaba de Blanco y Negro, para fundar un periódico más de su estilo alegre, La Noche, que pronto cerraría. Fue también el fundador y uno de los puntales de Gadeón, una de las revistas satíricas de referencia.

No sólo se dedicó al humor. Trabajó también en otras facetas del llamado  periodismo serio: “Desde que empecé a trabajar en los periódicos –y ya va larga fecha- vengo oyendo a todos mis directores la misma cantinela: ‘cuidad la sección de sucesos, que tiene mucho público’”.

"Cronistas bohemios rescata para el presente confuso el legado de los viejos maestros, que fueron muy jóvenes y muy modernos."

Probablemente de todo su trabajo en prensa, el que más repercusión tuvo fue una largamente perseguida entrevista con Galdós: “La penumbra envolvía el despacho del maestro. Su figura parecía agrandarse, y en su fisonomía bonachona, en sus ojos cansados de ver, en su aspecto de hombre fatigado de la vida (…) hallaba el espíritu de piedad y de ironía que crea toda su obra admirable…”

Cronistas bohemios rescata para el presente confuso el legado de los viejos maestros, que fueron muy jóvenes y muy modernos.  Del Arco recoge en el libro una cita de la muy veterana periodista Pura Ramos (Informaciones, Nuevo Lunes, Pueblo), que invita a reflexionar sobre el estado de la profesión entonces y hoy: “No sé si el periodismo ahora es mejor o peor que antes, pero es distinto, ya no es bohemio (…) Nos hemos hecho más perezosos con internet y las redes sociales. Esperamos que nos llegue la noticia. Se ha perdido el instinto”.

44 sugerencias para periodistas amantes de la lectura y con espíritu autocrítico

Aguilar Camín, Héctor. La guerra del Galio.

Bayly, Jaime. Los últimos días de la Prensa.

Bioy Casares, Adolfo. La aventura de un fotógrafo en la Plata.

Böll, Heinrich. El honor perdido de Katharina Blum.

Capote, Truman. A sangre fría.

Carrión, Ignacio. Cruzar El Danubio.

Casas, Fabián. Titanes del coco.

Dexter, Pete. El chico del periódico.

Eco, Umberto. Número cero.

Ellroy, James. LA Confidencial.

Follett, Ken. Papel moneda.

Ford,  Richard. El periodista deportivo.

Fuguet, Alberto. Tinta Roja.

Greene, Graham. El americano impasible.

Grisham. John. El informe Pelícano.

James, Henry. Los periódicos.

Kapuscinsky, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio.

Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser.

Larsson, Stieg. Saga Millennium.

LeCarré, John. El honorable colegial.

Leguineche, Manuel. La tribu.

Malcolm, Janet. El periodista y el asesino.

Martínez, Tomás Eloy. El vuelo de la reina.

Maupassant, Guy de. Bel ami.

Mendoza, Eduardo. La verdad sobre el caso Savolta.

Penn Warren, Robert. Todos los hombres del rey.

Pérez-Reverte, Arturo. Territorio comanche // El pintor de batallas.

Rachman, Tom. Los imperfeccionistas.

Rand, AynEl manantial.

Sanclemente, José. Ilusionarium.

Sorela, Pedro. El sol como disfraz.

Tabucchi, Antonio. Sostiene Pereira.

Talese, Gay. El reino y el poder.// Vida de un escritor.

Vargas Llosa, Mario. Conversación en la Catedral.// Las cuatro esquinas.

Verne, Julio. La jornada de un periodista americano en 2889.

Wallraff, Günter. El periodista indeseable.

Walsh, Rodolfo. Operación masacre.

Waugh, Evelyn. Noticia bomba.

Wodehouse, P. G. PSmith Periodista.

Wolfe, Tom. La hoguera de las vanidades.

Zepeda, Jorge. Malena o el fémur más bello del mundo.

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