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Opinar: aquí y ahora

Opinar: aquí y ahora

Comenzó agosto —supongo que ya mediará para cuando se publique este texto— y, con él, el tiempo de descanso, propio y de tantos otros españoles.

Tengo la fortuna de hacer durante el largo otoño e invierno, con todos los matices que necesitaría esta afirmación, lo que me gusta. Por lo que no ansío especialmente la llegada de la estación estival. De hecho, si no fuese —y no es una razón banal— por el tiempo que paso con la familia gracias a un reloj que finge detenerse y esquivar las prisas, no tendría excesivos motivos para desear la llegada del periodo vacacional. Mis ocupaciones se reducen en él a las mismas que en septiembre, a excepción de impartir las clases de escritura y de la esquizofrenia a la que me aboca la agenda social y escolar de mis hijos. Básicamente estas obligaciones —por supuesto, también placeres— son leer, escribir y corregir. Por eso nunca viajo solo. Además de mi mujer, mis tres hijos y mi perra, en la furgoneta ocupan asiento esta vez Hemingway, Flannery O’Connor, Bukowski —siempre Bukowski—; y algunos otros, como Roald Dahl, responsabilidad de mis hijos, sobre todo de la mayor. Más los que a buen seguro se sumarán por el camino en algunas de las librerías en las que inevitablemente nos detendremos. No es mala compañía, sin duda.

"No habrá zumbidos anunciando “guasap” intrascendentes a los que uno se desvive por responder, ni consultas a los previsibles estados de Twitter, Facebook o Instagram, tampoco interesantísimas entradas a blogs."

Estaré alejado un mes del silencioso ruido que provoca la cotidianidad con su día a día, pegándose uno a otro como una camiseta sudada a la espalda. Las primeras dos semanas no solo estaré alejado, sino ajeno a él por completo. Viajo a esa España vacía de la que habla Sergio del Molino en su más que recomendable libro —como casi todo lo que escribe— y de la que yo provengo. Pertenezco a esos niños que en los setenta y ochenta, presumían —a veces también sufrían— de “tener un pueblo donde veranear”, gracias o por culpa de unos padres que se vieron obligados a abandonarlo con la promesa de un lugar mejor donde asentar su prole. No tengo claro si lo consiguieron. A fin de cuentas, la urbe también tiene sus propias tiranías.

Me alojaré en la casa heredada de mis abuelos en Hontanaya, una pequeña aldea de Cuenca donde a mi compañía telefónica no le alcanza la cobertura. Por lo tanto, no habrá zumbidos anunciando “guasap” intrascendentes a los que uno se desvive por responder, ni consultas a los previsibles estados de Twitter, Facebook o Instagram, tampoco interesantísimas entradas a blogs, ni mucho menos la necesidad propia de ser original, ocurrente o de tener que opinar sobre todo lo que sucede a mi alrededor. Es más, gran parte de lo que suceda a mi alrededor se perderá en el limbo del desconocimiento o en el mejor de los casos llegará con el suficiente retardo como para que ya no tenga sentido emitir un juicio sobre ello. No solo hay que opinar, sino que hay que hacerlo aquí y ahora.

"Quien me conoce sabe que no soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me cuesta ver fantasmas en el uso de las nuevas tecnologías, más allá de los que existen en el mundo analógico."

Las excusas son como el culo, decía Bukowski, todo el mundo tiene una. Las opiniones también. Hay que posicionarse aunque uno no tenga muy claro en qué bando se encuentra el enemigo ni contra qué ha de disparar. Criticar, reseñar, ser mordaz, cínico, sarcástico, original, rápido. Esas son las premisas. Los matices se pierden entre los pliegues de los múltiples post que exige el mundo moderno. ¿A quién le importa? No es cuestión de ser, sino de estar.

Los tertulianos, me decía un día mi amigo Xavier Colás —y él sabe algo de esto— son como los porteros de fútbol: se lanzan a por todos los balones, aunque la mayoría vayan fuera. Me pregunto si no nos hemos convertido todos en guardametas de equipos de tercera regional.

Las redes sociales han democratizado la opinión, oigo decir. No sé muy bien si lo que está sobrevalorada es la democracia o la opinión.

Quien me conoce sabe que no soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me cuesta ver fantasmas en el uso de las nuevas tecnologías, más allá de los que existen en el mundo analógico. Pero inmerso en las páginas de los Cuentos completos de Flannery O’Connor, ajeno al mundanal ruido de la pantalla de siete pulgadas y mientras mis hijos juegan a ahogarse en una piscina municipal, que se nutre principalmente de nietos de la inmigración, sé que no echaré de menos ninguna de vuestras opiniones, mucho menos la ausencia de las mías. Lo sé porque a lo largo del año paso allí algunas temporadas. Aunque también sé que, en cuanto nuestro automóvil deje atrás la placa que anuncia el fin del término municipal y los pitidos acumulados del aparato pongan de manifiesto los avisos que impone el mundo moderno, ansiaré consultarlos en la primera gasolinera que paremos a rellenar el depósito.

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