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Fotografía de la portada de Los cinco y yo, de Antonio Orejudo

No recuerdo a mi padre tirado en el suelo jugando conmigo a indios y vaqueros en el fuerte que me trajeron los Reyes aquellas navidades. Era yo quien manejaba ambos, un bando con cada mano, haciéndoles moverse en el aire y fingiéndose enemigos irreconciliables. Tampoco me recuerdo sobre sus rodillas, ni acurrucado al calor de su pecho, mientras me narraba un cuento de los hermanos Grimm en cualquiera de sus infinitas versiones.

Una vez leí que uno recuerda la excepción y no la norma. Así que, bajo esa teoría, quizá sí sucediese. No lo creo.

En todo caso, no se trata de un reproche. Soy producto, que no víctima, de una educación resignada donde escaseaban los manuales y tu madre se limitaba a hacerlo lo mejor que podía. Bastante tenía con intentar que te comieses las verduras y convertirte en una persona de provecho. Significase lo que significase ser una persona de provecho. Tu padre, ya intervenía —en lo que a la educación concierne— cuando tenías edad suficiente para entender los cuatro consejos inamovibles, e incontestables, que te habían de servir para convertirte definitivamente en una persona de provecho. Significase lo que significase ser una persona de provecho.

El juego y el entretenimiento eran cosa tuya. Pertenezco a la generación donde ser hijo único era una rareza, así que lo normal es que por fortuna hubiese, rondando por la casa, algún hermano con el que pelearte en la hora de la siesta.

Esas interminables siestas veraniegas donde había que guardar silencio para no despertar a tu padre —bastante trabajaba ya todo el año, el pobre— mientras tu madre fregaba los cacharros y preparaba la nevera con la merienda para la playa, la piscina o el picnic campestre.

No me quedó más remedio que aprender a aburrirme solo y sin llamar demasiado la atención. Para mi desgracia no existían tablets ni móviles a los que recurrir y, por aquel entonces, en una TV con dos canales, solo emitían programas infantiles después del telediario de mediodía y una hora por la tarde. Si tenías la fortuna de empalmar Pumuki con Fraggle Rock era casi como una sesión doble en el cine de verano.

Se me mezclan las lecturas —y no me apetece realizar la comprobación—, quizá en Los cinco y yo de Antonio Orejudo, puede que en algún artículo de Juan José Millás; seguramente en los dos sitios o a lo mejor en ninguno, he leído que se convirtieron en lectores gracias a esas siestas donde leer era una solución aburrida y silenciosa para combatir el propio aburrimiento. Como diría Marx, por supuesto don Groucho, más madera, es la guerra. Aburrimiento para paliar el aburrimiento.

No sé si en el caso de Orejudo o Millás, pero en el mío sí sucedió así. Leí por aburrimiento, porque no había otra cosa mejor que hacer.

Vivimos en la sociedad de la posverdad, la posmentira y la poscensura, según asegura Álex Grijelmo. También del posaburrimiento, añadiría yo.

No toleramos aburrirnos ni soportamos que nuestros hijos se aburran. Ponemos nuestra paternidad a examen en la escala de la diversión de nuestros vástagos y, así, no hay padre, por muy original e ingenioso que se crea, que la resista.  No queda, pues, más remedio que recurrir al poder de la pantalla táctil y asegurar, al igual que Dylan, que los tiempos están cambiando y que no podemos luchar contra ellos.

Leí por aburrimiento y por eso reivindico ambas cosas: el aburrimiento y la lectura. Pocas cosas tan entretenidas como el tedio insustancial de no tener nada mejor que hacer que abrir las páginas de un libro. Ya sea del Libro gordo de Petete —todavía conservo sus tomos magenta, azul, amarillo… que mis padres compraron con tesón por fascículos y encuadernaron con orgullo pueril— o de El diablo y la botella de Robert Louis Stevenson.

Dejad que los niños se acerquen a mí, dijo Jesucristo. Dejad que los niños se aburran un rato, digo yo, y se conviertan en una persona de provecho. Signifique lo que signifique una persona de provecho. 

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