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Orwell toma un café en Huesca

Orwell toma un café en Huesca

Fui de buena mañana al parque Miguel Servet porque me dijo Marta Borraz que habían levantado allí un homenaje a George Orwell, pero lo primero que vi en cuanto dejé atrás el edificio del Casino y me adentré en el vergel, desierto a aquellas horas tempranas de un sábado de otoño, fue la casa de los enanitos de Blancanieves. Pregunté más tarde por la razón de ser de aquella aparente excentricidad a Chema y Ana, mis estupendos anfitriones, y también al sapientísimo Melero. Todo lo que supieron decirme fue que la instalación se había abierto en la década de los cuarenta como biblioteca infantil y con el paso de los años había terminado replanteándose como un reconocimiento expreso a la obra de Walt Disney. Supone uno que, al margen de la inventiva que hubieran podido tener el alcalde o el concejal responsables de la ocurrencia, existirá algún motivo más o menos oculto, más o menos olvidado, que explique el meollo de la cuestión: quizá aquella película conoció un éxito rotundo cuando se estrenó en los cines de la ciudad ―tal vez en el mismo teatro Olimpia que yo iba a conocer aquella tarde― o puede que fuese el filme que los hijos de los munícipes referidos tenían por favorito, tanto da. La cuestión es que me hizo tanta gracia que a punto estuve de olvidar el propósito que me había llevado hasta el parque y que por momentos parecía malograrse. No conseguía ver por los jardines nada que ni remotamente remitiera a Orwell, y cuando pedí indicaciones a una mujer que paseaba a su perro se disculpó alegando que ella no era de allí y no sabía nada del asunto del que yo le estaba hablando.

"Me aguardaba allí George Orwell, envuelto por Javier Sauras en bronce y arenisca y tomando ese café que prometió un comandante republicano tras la captura de Siétamo"

El vagabundeo, con todo, no fue tiempo perdido, porque en una de éstas me encontré con las monumentales pajaritas que concibió Ramón Acín, el artista y pedagogo que empleó el dinero obtenido con el Gordo de Navidad en financiar el documental de Buñuel sobre las Hurdes. No es el único mérito que jalona su biografía: además de ejercer de filántropo, Acín estuvo en contacto con las vanguardias que refulgieron en las primeras décadas del siglo pasado y fue profesor de dibujo en la propia Huesca. Instaló las dos pajaritas que están en el parque allá por 1929 y por lo que se ve corrieron mejor suerte que su autor: si ellas sobrevivieron a los estragos de la guerra y los posteriores enconos dictatoriales, las autoridades franquistas de la ciudad agradecieron los servicios del artista fusilándolo unas pocas semanas después de que se declarara la contienda. No había nadie contemplándolas en aquella mañana fría. Los escasos transeúntes que aparecían por los jardines se limitaban a pasar de largo, atrapados en una espiral de tareas cotidianas que apenas daría tregua para demorarse en algo que, al fin y al cabo, tampoco debía de suscitar su atención porque era parte conocida del paisaje diario. También estaba yo a punto de olvidar mis intenciones y regresar a las calles de la pequeña capital cuando me dio por explorar un vericueto por el que aún no me había adentrado. Me aguardaba allí George Orwell, envuelto por Javier Sauras en bronce y arenisca y tomando ese café que prometió un comandante republicano tras la captura de Siétamo y que no llegó a hacerse realidad. Si el homenaje a Disney resulta pintoresco, el de Orwell no deja de atender a una verdad que no siempre se tiene en cuenta cuando se habla del libro en el que dejó constancia de su paso por la guerra española: buena parte de lo que se cuenta en Homenaje a Cataluña transcurre no en la tierra que da título a la obra, sino en los predios aragoneses, y por eso aquí en parte se tiene a Orwell como un autor local, al menos en la medida en que sus palabras se refieren al devenir de estos parajes en aquel trance infame.

"Es, más que un retrato, una compensación póstuma que le brinda el final con el que no lo quiso agasajar la historia"

El Orwell que representa el monumento es una figura esquemática, casi un bosquejo, que viste traje y corbata, no el uniforme propio de los soldados que combatían en las Brigadas Internacionales, y parece encontrarse en el interior de una cafetería, en actitud relajada, entretenido en la contemplación de la vida que transcurre al otro lado de los ventanales, si es que no está sentado en la terraza. Es, más que un retrato, una compensación póstuma que le brinda el final con el que no lo quiso agasajar la historia. Acaso pretenda también conjurar el desencanto con que abandonó España, consciente de que su causa estaba perdida y se aproximaban en el calendario los tiempos que darían la bienvenida a Blancanieves mientras se entristecían las pajaritas de Ramón Acín en el parque Miguel Servet de Huesca, la ciudad que Orwell no pudo pisar nunca, ésa a la que ha tenido que venir a tomarse el café después de muerto.

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