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Oscura libertad

La Historia no deja de ser un catálogo de iniquidades del hombre sobre el hombre. Las guerras con las que Roma exportó su civilización están llenas de episodios que trascienden lo bélico para adentrarse en otras consideraciones más onerosas si cabe. De la misma forma se expandió el Islam imponiendo en vez de leyes, la fe en un solo Dios. Los Estados Unidos se construyeron sobre un etnocidio casi total. Aún no se han cumplido cien años del holocausto judío perpetrado por el nazismo. Hoy mismo miles de mujeres están sometidas a una tiranía sexual que mueve millones de euros.

En esta lista de atrocidades la esclavitud destaca por su duración, desde que aquel insospechado homínido aprendió a caminar erguido y pudo aprovecharse de los congéneres más débiles, y por la cantidad de sufrimiento que ha causado.

Aunque la cronología de esta lacra es tan extensa como la de la propia humanidad, el tramo más conocido por cercano en el tiempo es el que sustenta la economía del Sur de los primeros Estados Unidos. Allí, durante los siglos XVIII y XIX, la esclavitud tenía carta de naturaleza de institución. Los quince estados esclavistas construyeron un gran monumento a la brutalidad consiguiendo la cosificación del ser humano, apoyados por la política y amparados por argumentos racistas y seudoreligiosos.

"El ferrocarril subterráneo cuenta una historia de esclavos, pero la cuenta introduciendo un elemento muy poco explotado en la ficción."

Innumerables películas han ilustrado con expresivos fotogramas la vida de los negros en las plantaciones de algodón. La literatura también tiene textos representativos al respecto. Si encuentran alguna edición decente de sendas novelas de Julio Verne Un capitán de quince años y Norte contra Sur, léanlas. La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, es otro clásico ineludible y Mark Twain en su genial díptico de Tom Sawyer y Huckleberry Finn también ofrece una visión de la esclavitud igual de crítica pero menos truculenta. Tal vez el libro más conocido acerca de la negritud encadenada, en virtud de la famosa serie televisiva, sea Raíces (1976) en el que Alex Haley relata, sin ahorrar ni una de las crueldades de que eran capaces los amos, las vicisitudes de varias generaciones desde el rapto en África hasta una actualidad viciada por prejuicios raciales. Magnífíca novela es Hambre sagrada (1992), donde Barry Unsworth enfrenta dos visiones contrapuestas del mundo: la ilustrada de un cirujano naval y la materialista de un armador que se convierte en negrero. El origen de la infamia que nos ocupa está directamente relacionada con el nacimiento del capitalismo y la lucha titánica entre los dos protagonistas es la de la moralidad contra el afán de enriquecerse a costa de la vida de los semejantes. Para terminar esta improvisada relación de títulos hay que mencionar Doce años de esclavitud, testimonio de Simon Northup, un negro libre y culto que fue vendido y vivió más de una década bajo el látigo.

Y ahora nos encontramos con la aportación de Colson Whitehead, un libro que ha merecido en 2017 el Pulitzer y el National Book Award. El ferrocarril subterráneo cuenta una historia de esclavos, pero la cuenta introduciendo un elemento muy poco explotado en la ficción. En La rosa negra de Gotham (2013), segunda de una serie de novelas acerca de la creación de la Policía de Nueva York sobre 1854, Lindsay Faye hace mención del peculiar sistema de liberación de esclavos.

Todas las atrocidades cuentan con una piedra que en un momento dado entorpece sus engranajes. Si en la Alemania Nazi actuó Oskar Schindler, durante la primera mitad del siglo XIX operó en los estados esclavistas una organización clandestina que, bajo la metafórica denominación de “ferrocarril subterráneo”, facilitó la fuga a miles de afroamericanos. Whitehead imagina una red de raíles que circula por el subsuelo con sus locomotoras y vagones. El ferrocarril subterráneo era una red sí, pero de abolicionistas intrépidos que ponían sus propios domicilios o “estaciones” a disposicón de los huidos o “pasajeros”. A estos “jefes de estación” se unían los “maquinistas” o “conductores” que se encargaban de guiar a los prófugos por itinerarios poco frecuentados o rutas secretas, generalmente por la noche, hacia los “destinos” de los Estados del Norte o Canadá.

"En el camino todo se complica y del infierno de Georgia, Cora y Caesar van a dar a Carolina del Sur, donde los esclavos son propiedad del Estado y viven una paz engañosa."

Cora, la protagonisa es una joven, casi adolescente, que ha tenido que madurar por imperativo vital a fuerza de duras experiencias en la plantación de Georgia donde nace como tercera generación de esclavos. Las vivencias que le obligan a escapar incluyen el repudio de su comunidad, la violación a cargo de sus propios compañeros de infortunio y palizas del “amo”. Pero Cora aún lleva sangre de su abuela que recuerda la libertad en África. Cora vive bajo el estigma de una madre que se fugó y nunca más se supo de ella. A Cora solo le falta una chispa para prender esas mechas y provocar la explosión interior. Y Caesar, un chico recién comprado, se la ofrece con un plan para intentar llegar a una “estación” y alcanzar la salvación.

El ferrocarril subterráneo

En el camino todo se complica y del infierno de Georgia, Cora y Caesar van a dar a Carolina del Sur, donde los esclavos son propiedad del Estado y viven una paz engañosa trabajando mientras las autoridades sanitarias ensayan una especie de proyecto eugenésico esterilizando a las mujeres negras. La siguiente parada es Carolina el Norte donde a Cora le espera la soledad, el terror ante los ahorcamientos públicos y la captura. Porque al espíritu indómito, positivo y vitalista de la fugitiva se opone el obstinado y cruel Ridgeway, el recuperador de esclavos que no pudo devolver a la madre de Cora a las cadenas. En el regreso, enjaulada por un Tennessee devastado por un incendio, Cora recobra la libertad gracias a la acción armada de un grupo de abolicionistas. La llegada a la granja Valentine en Indiana supone para la joven prófuga el descubrimiento de una Arcadia donde los esclavos fugados hallaban un albergue de paso en su azaroso camino o se integraban permanentemente en las ocupaciones del establecimiento. Pero Cora tiene que seguir huyendo al mismo tiempo que hace frente al tenaz Ridgeway y su siniestro ayudante, el niño negro Homer, en una pugna donde se juega no ya la libertad sino la vida.

"El ferrocarril subterráno constituye un mundo en sí mismo. Los hombres y las mujeres que lo hicieron posible se merecían una novela como la de Colson Whitehead."

Los túneles por los que circulan los trenes de la novela funcionan como una alegoría. Al final de ellos siempre hay luz y el que sale a ella lo hace como un recién nacido que abandona el vientre materno. Con esos sucesivos “nacimientos” Cora va adquiriendo sabiduría, fortaleza y también desesperanza de alcanzar un mundo donde sea posible vivir sin miedo al yugo de un semejante malvado.

El ferrocarril subterráno constituye un mundo en sí mismo. Los hombres y las mujeres que lo hicieron posible se merecían una novela como la de Colson Whitehead aunque, todo hay que decirlo, se queda corta. La granja Valentine, por ejemplo, tal vez se inspire en la casa del matrimonio de cuáqueros formado por Levi y Catherine Coffin, que funcionó como “estación” durante más de dos décadas. Y alguien tendría, si no se ha hecho ya, que contar la historia de Harriet Tubman, una esclava que consiguió la libertad gracias al ferrocarril subterráneo y, en vez de asegurarse esa libertad en el Norte, volvió a internarse en el Sur en 19 ocasiones. Con su escaso metro y medio de estatura, su constitución enfermiza y siempre bien acompañada de un arma de fuego, liberó primero a su familia y después a muchos más.

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Autor: Colson Whitehead. TítuloEl ferrocarril subterráneoEditorial: Literatura Random House. VentaAmazonFnac y Casa del libro