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Otra entrevista con Kissinger

Otra entrevista con Kissinger

Promediando el 2000, Javier Mossen había entrevistado al célebre ex secretario de Estado: el texto resultante, inicialmente pensado para formar parte del libro Entrevistas ficticias a personajes reales, se publicó finalmente en el segundo volumen de Historias de hombres casados —Nuevas historias de hombres casados— con el título Una entrevista con Kissinger, en 2001, poco antes del estallido de la gran crisis argentina.

Veinte años más tarde, por medio de un contacto en un semanario judío de Nueva York —fundado en 1921 y originalmente publicado exclusivamente en idish, ahora exclusivamente en inglés— Mossen había arreglado para fabricar su segunda, y probablemente última, entrevista con Henry Kissinger. Como si la mera intención de esos reportajes ocasionara desmanes, poco antes de visitarlo en sus oficinas de Nueva York se había desatado la pandemia. Veinte años atrás, el corralito argentino; ahora mundial. Mossen quedó varado en un hotel de Riverside Drive, a dos cuadras del río Hudson, sobre la calle 80. Como en un relato de Bashevis, en el cuarto apareció una cucaracha —quizás un escarabajo, como en el cuento homónimo de Singer—, y Mossen ponderó que aquellos bichos sobrevivirían también al coronavirus. Quizás eran los ocultos creadores del mundo, y nos observaban, entre estupefactos y piadosos, por nuestros desastres auto infligidos y las tragedias azarosas.

"Mossen nunca olvidaba la respuesta de Zhou Enlai, el lugarteniente de Mao, cuando le habían preguntado sobre los efectos de la Revolución Francesa: aún es demasiado pronto para dar un veredicto"

En su primera, y por ahora única, entrevista a Kissinger, se le había roto el grabador —Kissinger afortunadamente no lo percibió—; olvidó las preguntas no anotadas y terminó inquiriendo al gran constructor del poder americano de los 60 en adelante si existía la horizontalidad en las relaciones de poder amorosas: un romance en el que ninguno de los dos tuviera más poder sobre el otro, en el que las relaciones de fuerza estuvieran equitativamente repartidas. Yo tampoco lo sé, le había respondido Henry Kissinger. Pero ahora había tomado la precaución, Mossen, de anotarse todas las preguntas, de procurarse un grabador del siglo XX, sumado al del celular del siglo XXI, y tomar nota de las respuestas. Todo en vano: la vida se había interrumpido en Nueva York. Sin embargo, su contacto del semanario judío, que le había pagado el pasaje, y la estadía —que en dos días se agotaría—, le aclaró que quizás Kissinger respondiera una o dos preguntas por mail.

Mossen cavilaba si arrancar preguntándole por libro Orden Mundial, de 2014, cuyas tesis centrales el mismo Kissinger, en un reciente artículo, había predicho serían sacudidas por la pandemia. On China, de 2011, era para Mossen el mejor de sus libros: ¿agregaría Kissinger un epílogo, relacionado con el Reino Medio como el sitio donde se había originado el virus, y si esto tendría, o no, un efecto en esa milenaria cultura y en su más que septuagenario sistema político? Mossen nunca olvidaba la respuesta de Zhou Enlai, el lugarteniente de Mao, cuando le habían preguntado sobre los efectos de la Revolución Francesa: aún es demasiado pronto para dar un veredicto.

¿Tal vez si hiciera una pregunta sobre Diplomacia, el monumental trabajo de Kissinger de mediados de los 90; y una más sobre Years of Renewal, de 1999, el libro sobre la asunción al poder de Ford, que no se había traducido al español?

"Todos aquellos libros de Kissinger había leído Mossen, y sobre cada uno podía formular al menos diez preguntas. Pero sólo tenía tiempo para dos"

Todos aquellos libros de Kissinger había leído Mossen, y sobre cada uno podía formular al menos diez preguntas. Pero sólo tenía tiempo para dos. Bajó a las desoladas calles de Nueva York. En el hotel le permitían quedarse sin pagar, pero para comer recibía al mediodía las viandas que una tía, una parienta que había descubierto en Manhattan —socióloga y traductora, ex habitante de Buenos Aires y Lyon—, le hacía llegar a la conserjería. ¿Moriría en Nueva York, como César Vallejo en París? Ese era un boleto que todas las compañías continuaban vendiendo: al Más Allá. La tía se había retrasado y Mossen se moría, figurativamente, de hambre. Caminó por Broadway hasta la 86, el boulevard Bashevis Singer, y observando una vez más la chapa de su escritor favorito, en pleno Pésaj, elevó una silenciosa plegaria: “Profano Isaac, ¿hacia dónde debo dirigirme?”. Como si le respondiera, Mossen divisó un minimercado abierto, muy similar al de Apu en los Simpsons, atendido por una mujer vietnamita. Eligió un sándwich de roast beef, un té de ginseng y, mientras pagaba, supo cuál sería la única pregunta que le enviaría al arquitecto de la diplomacia del último cuarto del siglo XX: ¿qué le había cobrado el profesor francés al que Kissinger envió a Hanoi a negociar con los vietnamitas del norte, durante las conversaciones finales con Le Duc Tho en París, en los años 70? (Incidentalmente, los acuerdo de París del 73 les habían valido a ambos, Tho y Kissinger, el Premio Nobel de la Paz). En el libro Ending the Vietnam War —otra de las piezas mayores de su literatura política— de 2003, entre las menudencias, Kissinger contaba la historia de un académico francés, que conocía Hanoi y sus líderes desde los tiempos de Ho Chi Minh, a quien le había encargado llevar una propuesta a los jerarcas del Comité Central comunista. El francés no trabajaba para el Departamento de Estado, y Mossen nunca había podido dejar de preguntarse cómo le habían pagado aquella tarea. ¿Qué habría pedido a cambio? ¿Le alcanzaba con quedar en la historia, como a la liebre que se había dejado ganar por la tortuga? ¿O había un maletín repleto de dólares? Mossen regresó al hotel con su sándwich, pegando pequeños sorbos a la encantadora botella del té Arizona, subiendo y bajando el barbijo. En el ascensor, redactó mentalmente la pregunta, y en la habitación la escribió y envió. Llegó la noche, intentó dormir. Una luna oscura sumía en tinieblas la ciudad de sus sueños. Al día siguiente, muy temprano, descubrió que no tenía datos en el celular ni wi fi en la computadora. Bajó desesperado en busca de alguna conexión con el mundo. En el palier del hotel lo esperaba, con un envoltorio de nylon en las manos, su octogenaria y temeraria tía Raquel, tras una escafandra del futuro confeccionada con elementos del pasado. Le entregó la vianda: un pékele de Pésaj. No te hubieras molestado, tía —balbuceó Mossen—. Ella se encogió de hombros como si ya nada importara. Manteniendo la distancia y a modo de despedida —Raquel sabía de la entrevista—, Mossen le comentó la única pregunta.

—Yo estudié con ese profesor francés en la Sorbonne —agitó la escafandra la tía Raquel—. La esposa ya no lo amaba, y en Saigon lo aguardaba una joven vietnamita.

Mossen la miró intrigado desde lejos, haciéndole un gesto de que lo mejor era que se volviera a su casa, y él a su cuarto; sin datos ni wi fi.

—La hija trabaja cerca de aquí, por increíble que te parezca —cerró Raquel—. Es dueña de un minimercado.

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(Este cuento fue publicado en el diario Clarín de Argentina).

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