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Una entrevista con Kissinger

Una entrevista con Kissinger

Javier Mossen miró por la ventanilla del avión: le resultaba imposible calcular la distancia que lo separaba de la tierra, por más que el piloto la hubiera repetido varias veces, en sus alocuciones templadas, deliberadamente calmas. “Estamos a tantos pies de altura”. ¿Qué medida espacial representaban los pies? El pie de Laura, por ejemplo, cuando se había deslizado más allá de su cuarto, donde Mossen fingía dormir, para no volver, y luego llamarlo, con la misma voz de un piloto que anuncia que todo está bien, que el día es soleado y sin nubes, para decirle que ya no lo quería o más exactamente, que no tenía las mismas ganas de verlo. Porque por algún inexplicable motivo le resultaba imposible confesarle que ya no lo quería: debía desintegrarle el corazón con un veneno imperceptible, no con una motosierra. La distancia que lo separaba del piso no era mayor que la que lo separaba de Laura, que ahora había vuelto. Con otra voz, con otro tono, insinuante, lo quería ver. Mossen tomó nota en su cuaderno Rivadavia: faltaban tres reportajes para completar su libro “Entrevistas falsas con personajes reales”. Había entrevistado a Ariel Sharon, el héroe israelí de la Guerra de Iom Kippur y a Golda Meir, la mítica primera ministra de Israel a punto de renunciar por ese mismo conflicto, ganado en el campo de batalla pero perdido en la arena política interna. También a Zu Enlai, el sempiterno lugaterniente de Mao y a Leopold Trepper, el legendario espía anti nazi. Apenas unos asientos más adelante, en ese mismo vuelo, viajaba Henry Kissinger, Secretario de Estado norteamericano, con quien Mossen cerraría el libro de entrevistas ficticias. Finalmente había podido terminar el ensayo imposible de Kissinger: Un mundo restaurado. Primero le había costado leerlo por sus limitaciones de contexto: nunca se había asomado, ni siquiera escuchado hablar de Castlereagh ni de Metternich, ni sabía qué era el Imperio Austro Húngaro. Entendía el inglés cuando trataba de un tema en el que estaba versado, pero en ese caso, además de que estaba escrito en un estilo que, comparado con otras ponencias de Kissinger, podía considerar barroco —abundaba como siempre en las dobles negaciones y las ironías—, su falta de conocimiento respecto de los hechos originales lo dejaba completamente al margen. Y cuando por fin había podido hacerse una composición de lugar, y cobrado cierto ritmo en la lectura, atando cabos como un ciego en una geografía y un período desconocidos, alcanzando una promisoria cincuentena de páginas, Laura le había dicho adiós, con ese afán casual de las mujeres hermosas: morite, esperame muerto, porque cuando vuelva ya no seremos.

Mossen había terminado el libro contra su voluntad, leyendo como quien mastica corcho, descerebrado y taciturno como un poste abandonado. Un libro leído más, como una pieza de caza, pese a todo; y entonces Laura regresaba, le proponía verse, como si no le hubiera tirado la bomba atómica, ese libro de Kissinger que aún no había intentado leer: Armas nucleares y política exterior. ¿Por qué dudaba respecto del reencuentro con Laura? En aquellos años de soledad había conocido una gran variedad de mujeres y a todas les había dicho que sí. Con ninguna se había emparejado ni enamorado, pero…¿decirles que no? ¿Por qué? ¿Quién era él, el duque de Edimburgo? De quien tampoco tenía la menor idea, excepto que no era él. Y sin embargo, Laura, a quien consideraba más bella e interesante, le estaba proponiendo un reencuentro y Mossen dudaba. Ese era un buen tema de tesis para un experto en política internacional, un secretario de Estado, el líder de un pequeño país o de una gran potencia —a menudo debían tomar decisiones igualmente relevantes—: ¿por qué le diría que no a Laura, si era tan bella e interesante?. Por el pasado que traía consigo, se dijo Mossen. Pero…¿dónde estaba ese pasado? Y las otras mujeres, ¿no traían consigo cada una su propio pasado, que generalmente le resultaba indiferente o quizás incluso le provocaba curiosidad? Si pensaba a Laura como una desconocida…ni siquiera se preguntaba si le diría que sí o que no. Le rezaría al dios de los aviones para que se le acercara. Pero no había una ley de atracción entre las personas según sus capacidades reproductivas o en función de la perpetuación de la especie. A menudo encajaban en el clásico paradigma MAD de Nixon para promover sutilmente la detente con la dictadura soviética: Mutua Destrucción Asegurada.

En el amor, a diferencia de la guerra nuclear, la mutua destrucción asegurada podía cumplirse varias veces. Los seres humanos, en ese sentido, no eran un mundo: la humanidad sobrevivía a las desgracias amorosas de los individuos. Y los individuos como Mossen también: la vida les resultaba más importante que la felicidad. Quizás por eso mismo Laura lo había abandonado, y ahora volvía. El avión se bamboleó en el aire, y el piloto intentó tranquilizarlos, advirtiendo que era una ligera turbulencia, que solo se ajustaran los cinturones. Pero el rostro de la azafata reflejó cierta incredulidad. Ese avión, en cualquier caso, pensó Mossen, no podía caerse: llevaba a Kissinger. Solo Mossen sabía que el pasajero de primera clase, en la fila del medio, en el asiento de la ventanilla, era Kissinger, camuflado, disfrazado de ejecutivo de la Coca Cola, rumbo a un encuentro en el Tibet con un enviado de Mao. El fin de la guerra de Vietnam muy probablemente dependiera de esa conferencia bilateral secreta. La China de Mao podía resultar más decisiva que los propios dirigentes norvietnamitas y el poder militar norteamericano: una combinación entre poderío demográfico, territorial y político, no necesariamente armamentístico. ¿Cuál era el poder de la belleza de una mujer en el corazón de un hombre, incluso en un corazón arrasado por la primera y segunda guerra mundial, que jamás había recibido el plan Marshall ni una proyección de futuro?

Mossen aprovechó el desconcierto de la azafata, le dijo al oído, en español:

—No se preocupe: este avión no se va a caer.

Lo dijo con tanta convicción, con una seguridad ultra terrena, que la azafata, tan bella y lejana, le creyó, como enamorada de la parte restante de un ex marido, que le garantiza que todo estará bien. El propio Mossen no supo cómo surgió de su alma, siempre imprecisa y en ruinas, ese halo de certeza, de seguridad, de firmeza: no se preocupe, este avión no se va a caer. La azafata le sonrió, se tranquilizó, y Mossen se encargó, sin explicarlo, de llevarle el vaso de whisky single malt al pasajero de primera clase, como una cortesía; en rigor, la única posibilidad en su vida de hacerle una pregunta a Henry Kissinger. Finalmente, pensó, mientras avanzaba hacia la cortina que separaba la primera clase de la turista —esa cortina no era de hierro—, también este avión se puede caer. ¿Por qué no?

Le acercó el vaso —el Secretario de Estado lo observó perplejo tras los indisimulables lentes de doble grosor, que le recordaban a Mossen a su padre—; y el periodista, entre las decenas de preguntas rumiadas sobre ese momento preciso de la escena mundial, solo pudo formular:

—¿Existe la posibilidad de un amor realmente horizontal, sin el concurso de relaciones de poder, en la era atómica?

Kissinger paladeó el whisky, descubriendo en un instante, con su intuición a toda prueba, que aquel interlocutor era completamente inofensivo; y mirando a su vez por la ventanilla, convencido de que aquel vuelo llegaría a destino, replicó indiferente:

—I don´t know, either.

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(Este cuento fue publicado en el diario Clarín de Argentina).

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