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Otro mundo

Para Álvaro Alonso Miguel

Durante mucho tiempo escribí sin esperar el eco del lector, salvo en mis trabajos académicos, y uno o dos amigos, algún familiar, que leían mis relatos.

Ahora pienso que hay que escribir así, como si tu vida dependiera de ello, como si con tus palabras tuvieras que dar fe de tu civilización, de tu mundo. En el fondo sigo escribiendo así. Al fin y al cabo, como decía Ana María Matute, y yo cada vez lo creo más, el auténtico escritor escribe por necesidad. O mejor, hay que escribir como si la supervivencia de tu especie dependiera de la fortuna de tus palabras, de tu capacidad de seducción, como un Sherezade moderno, tal vez la única manera plena de comprender este oficio, arte, práctica, de escribir. Benditos escritores, benditos lectores… porque ellos mueven también el mundo, subterráneamente.

Sin embargo, si reflexiono un poco, me doy cuenta de que me gusta mucho más escribir sabiendo que me van a leer, escribir para el lector. Incluso en ocasiones sé quiénes me van a leer, pues son personas concretas.

Es posible que escribiendo no pueda salvar a mi especie, el mundo, mi mundo —mi mundo tal vez sí—, pero me puedo salvar a mí mismo, y perdón por este especial egoísmo, en el supremo goce de escribir, y quizá en él pueda salvar al lector, supremo amigo en la línea del tiempo, ser invisible pero muy presente. Tal vez juntos, reunidos en este texto, podamos volver a poner en marcha el mundo, a recrearlo, a crearlo, pues no otra cosa es la literatura, la escritura, y con ella, y con la lectura, podamos aportar todo lo que llevamos con nosotros, material de sobra para dar vida, de nuevo, al mundo. Como un leve y profundo electroshock literario. Estos signos que desfilan en mi papel, y el espíritu, que los anima es cifra y código de todo un universo. Si me permitís decirlo. Es mío, es propio, pero también de todos; a partir de él, pienso, se podría deducir lo universal.

Vivo en Madrid. Me gusta viajar en el metro. Veo pocos libros en el metro; casi todo el mundo va con su móvil. Procuro fijarme en lo que hacen, sin resultar molesto o maleducado. Suelen mirar el Whatsapp, interactuar con él, jugar a pequeños juegos, y poco más.

No veo que lean libros ni periódicos. Antes veía algunos libros electrónicos, ahora apenas los veo. Cuando veo algún libro en papel me alegro, pero son pocos, muy pocos. Me pregunto dónde se han refugiado las bellas palabras, las buenas historias, los hermosos libros que han escoltado mi vida entera, que la han llenado con su sabiduría y amenidad. Supongo, imagino, que estarán en las casas… que la gente leerá en las casas. Pero en las casas la gente ve más bien series, series y concursos, concursos y telediarios, me parece. Yo mismo ya suelo moverme sin libros.

Durante mucho tiempo leí en el metro, en el autobús. Formaba parte de mi aprendizaje de escritor. Ahora disfruto de la libertad de movimientos de no llevar libros. Me parece que aprendo más de la gente, observándola, descansando mi mirada en ella, en sus vidas, en su cansancio, en sus trabajos… en el trabajo que cuesta vivir. Y eso se ve muy bien en el metro.

¿Qué lugar ocupa la literatura en la vida de las personas, hoy? ¿Tiene futuro el libro? El libro, ¿cómo?, ¿en papel, digital, online? ¿Tiene sentido ser escritor hoy, llamarse escritor?

Tal vez más que nunca. Tal vez acaso más que nunca la sociedad, los países, los seres humanos, hayan necesitado a los escritores. Se me ocurre ahora, si me permiten los lectores, e intuyo que no voy nada errado.

La escritura es un oficio, o una práctica —dejémoslo ahí—, en principio muy rudimentaria. No se necesita mucho para escribir (yo lo hago ahora con una pluma estilográfica y con un papel, un DIN-A4). Pero si queremos podemos apoyar nuestra escritura en medios tecnológicos mucho más modernos, con lo que encontramos que ésta se pone a la altura o al nivel de cualquier artesanía actual, por llamarla de algún modo.

Acaso la cuestión que estoy dibujando sería muy parecida al panorama que siempre ha existido. Pero con mucha más tecnología hoy.

¿Son los libros algo propio únicamente de profesores y estudiantes, aparte de unos cuantos “locos” que los escriben contra viento y marea, por muy poco dinero, muchos, por ninguno, o incluso pagando ellos mismos las ediciones de sus libros?

Sin embargo, en la Feria del Libro de Madrid yo veo gente apasionada por los libros, muchas personas, personas para las que los libros parecen algo cotidiano y muy importante. Hace poco, no en esta última Feria del Libro, en la anterior, la que se celebró por primera vez desde que había estallado la pandemia, le oí decir al filósofo Emilio Lledó, que es vecino mío, que se alegraba de su éxito (el de la Feria) porque demostraba que los libros no eran algo del pasado.

Y es curioso cómo el que seguramente es el libro más importante de los últimos años, o muy aclamado, en España, El infinito en un junco, de Irene Vallejo, trata precisamente sobre los libros, sobre su mundo y su historia.

En mi modesta opinión solucionar muchos de los males de nuestro mundo pasa por el libro, rico y variado, profundo y divertido, de ayer, de hoy y de mañana. De siempre.

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