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Il capitano Emilio Salgari

Cae la tarde en Turín. La joven lavandera Luigia Quirico sale de su casa y se dirige al monte para recoger un poco de leña, porque este mes de abril está siendo frío. Atraviesa varios prados agradeciendo que anochezca más tarde, para tener todavía un rato de luz, y poco a poco se adentra en el bosque de San Martino. A lo lejos se abre un claro entre los árboles, y cuando se acerca, un grito helado escapa de su garganta: en el suelo yace el cuerpo sin vida de un hombre, encharcado en sangre y llevando en la mano la cuchilla con la que se ha quitado la vida. Viste traje elegante con chaleco, a su lado descansan el sombrero y el bastón, y tiene el vientre y el cuello completamente rajados. Aterrorizada, susurra una oración al Altísimo y corre a dar el aviso. Son las 18.00 horas del 25 de abril de 1911 y se trata del cadáver de su vecino, el capitán Emilio Salgari.

El escritor nace en Verona el 21 de agosto de 1862. Aquella noche, una terrible tormenta de verano cayó sobre la ciudad, pero ni siquiera el rugido de los truenos pudo ahogar la fuerza y los gritos del recién nacido, al que bautizaron como Emilio Carlo Giuseppe Maria. Sus padres eran comerciantes textiles, burgueses acomodados, que se desesperaban cuando llegaban las notas de la escuela. El pequeño Emilio suspendía siempre las matemáticas, aunque fuera el mejor en literatura y gramática italiana. Enfrascado desde muy niño en la lectura de las obras de Boussenard, Aimard, Mayne Reis y Verne, bebía de ellas y esbozaba constantemente dibujos de todo lo que pasaba por su prodigiosa imaginación. Se obsesionó con el mar como inagotable fuente de aventuras, y con dieciséis años partió a Venecia para estudiar en el Regio Istituto Tecnico e Nautico Paolo Sarpi. Obtenido el ansiado título de capitán, ebrio de felicidad, embarca en el Italia Uno.

"Al llegar a puerto se siente incapaz de permanecer en tierra, pues tal era su pasión por el mar, y embarca de nuevo, esta vez rumbo a Bombay"

En esa goleta, que se dedicaba principalmente al transporte de carbón, el joven capitán recorre el Adriático desde Venecia hasta Trieste, pasando por Brindisi. Vive sus primeras experiencias como marino y por cierto, una de ellas aterradora: llegando a Bari desde el puerto de Brindisi, y estando Salgari sentado en el asta del bauprés, un enorme tiburón saltó del agua con las fauces abiertas, directo a nuestro héroe. Sólo gracias a su instinto y a sus excelentes reflejos pudo doblarse y salvar la vida, ganándose el respeto y la admiración de sus compañeros de tripulación.

Al llegar a puerto se siente incapaz de permanecer en tierra, pues tal era su pasión por el mar, y embarca de nuevo, esta vez rumbo a Bombay. El destino le da la oportunidad de continuar hacia Borneo, y durante unos años recorre el Océano Índico viviendo toda clase de aventuras inimaginables. Secuestros, abordajes y persecuciones se convierten en su día a día, y su valentía y nobleza de espíritu enarbolan su bandera particular. Tras una cruenta escaramuza con los enemigos naturales del mundo libre, los ingleses, consigue escapar milagrosamente y salva la vida, rescatado por un navío francés.

"Los paisajes, el Índico, sus playas, sus selvas y sus habitantes son ya algo natural para él y los llevará siempre en su corazón"

Atrás queda desde entonces esa vida nómada, y de vuelta en Italia, decide plasmar en sus escritos todas sus experiencias. Se ha empapado de conocimiento. Los paisajes, el Índico, sus playas, sus selvas y sus habitantes son ya algo natural para él y los llevará siempre en su corazón.

Escribe Il selvaggi della Papuasia y lo envía al diario La Valigia, de Verona. En las mismas fechas se publican, siempre por entregas y en la misma ciudad, El Tigre de Malasia y La favorita del Mahdí, en el periódico La Nuova Arena. El éxito es tal, que el periódico rival, L’Arena, lo contrata en exclusiva. Y Salgari se entrega a la escritura con la misma devoción con la que se había entregado a la mar.

Sólo deja de escribir para acudir al teatro Aporti, porque tras la primera representación de una nueva obra queda irremediablemente enamorado de la bellísima Ida Peruzzi, maravillosa actriz de cabellos negros, que lo hechizó con su infinita sensibilidad. Correspondido y henchido de alegría, contrajeron matrimonio en 1892 y Salgari se dedica a fondo a escribir para mantener con honor a su familia. Relata sus vivencias de tal forma que exalta la imaginación de los jóvenes y se convierte en el autor más leído de Italia. Tras algún que otro traslado, la familia se asienta en Turín, y van naciendo sus cuatro hijos, a quienes bautiza con los nombres de los amigos que había dejado atrás: Omar, Nadir, Fátima y Romero.

"Emilio Salgari deja a sus hijos al cuidado de un buen amigo y se quita la vida ese 25 de abril"

La única nube que empaña su horizonte es el trasunto económico: concentrado siempre en sus escritos, y sabiendo los editores de su constante ensoñación, le pagan una auténtica miseria. Ida trata de animarlo, pero la educación de los hijos y el cuidado de la casa y de su propia madre merman poco a poco su salud física y mental, y en 1911 es ingresada en una casa de reposo. Agobiado por las deudas, y hundido por el ingreso de su amada, Emilio Salgari deja a sus hijos al cuidado de un buen amigo y se quita la vida ese 25 de abril.

¿Les ha gustado? Porque me temo que es falso. Salvo la fecha de nacimiento y el episodio de su muerte, hay muy poco que sea real en lo que les he narrado.

Emilio Salgari vivió un periodo políticamente muy convulso en la Italia de finales del XIX. Unificada en 1861 —con las salvedades de Venecia y Roma, que no tardarían en incorporarse—, el país comienza a finales de los años setenta un periodo de enorme pobreza, de crisis agrarias y de grandes contrastes sociales. El descontento popular genera éxodos hacia la industria del norte, brotes de violencia en el sur y graves tensiones, que culminan con el asesinato de Umberto I el 19 de julio de 1900. Nuestro escritor, que no consiguió título alguno de marino y que sólo hizo un viaje de tres meses por el Adriático, posiblemente como grumete, vivió ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Siempre fantaseando sobre su vida y alimentando su propio mito, él mismo se consideraba capitán de navío, hasta el punto de retar a duelo a un periodista que lo llamó “marinero de agua dulce”; la extravagancia le costó unos cuantos días de cárcel y una multa de 30 liras. En 1987, la reina Margarita, fascinada con sus relatos, lo nombra Caballero del Reino de Italia. Sin embargo, sus editores le exigían la entrega de tres novelas al año, así que ni siquiera tenía tiempo para corregir sus escritos. Los hermanos Speirani en Turín, Dontah en Génova, Bemporad en Florencia, Treves en Milán… Ninguno de sus editores le ofreció un porcentaje de las ventas, sino que le pagaban una cantidad fija y no precisamente excesiva por cada libro terminado. Él, en su revuelto mundo interior, no supo administrarlo.

"Atrapado entre la biblioteca y su mesa de trabajo, su obra entera es fruto de su maravillosa y descomunal imaginación"

Atrapado entre la biblioteca y su mesa de trabajo, su obra entera es fruto de su maravillosa y descomunal imaginación. Los más de un centenar de relatos entre novelas y cuentos nacen de sus estudios, de sus lecturas. Siempre al borde de la pobreza, con una mujer mentalmente desequilibrada, perseguida además por una reputación cuestionable, trató de matarse por primera vez en 1909, pero lo pudo evitar a tiempo su hija Fátima. Su madre había fallecido de meningitis, su padre se había suicidado tirándose por la ventana y su esposa finalmente tuvo que ser ingresada en el manicomio di Collegno, porque no tenía medios para cuidarla de otra forma. En abril de 1911, poco después de verse obligado a dejar a Ida, consigue suicidarse en el bosque poniendo en práctica la técnica japonesa del harakiri.

Dejó cartas de despedida a sus hijos, los cuales dedicaron sus vidas a enaltecer su imagen, a la prensa y por último a sus editores…

“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari”.

Denostado por la crítica “seria”, adorado por el público, tiranizado por sus editores y esclavizado por la necesidad de escribir. A pesar de que, gracias a su pluma, cientos de generaciones de jóvenes viajaron al gran mundo, no se le perdonaba su derroche de imaginación, porque él siempre quiso ser un personaje, o mejor dicho, uno de sus propios personajes. Lo tildaron de mentiroso, alcohólico, derrochador, esquizofrénico y posiblemente sifilítico. Obviaron su capacidad de estudio, de trabajo, su constancia, su pasión, su genio. Al morir se hizo justicia y sus falsas memorias, escritas por el tutor de sus hijos, convirtieron su vida en su más delirante fantasía: el escritor se convirtió en leyenda.

Gracias, capitano Salgari.

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Bixen
Bixen
2 meses hace

Posiblemente es probablemente, quizá. Adoro al Tigre de Malasia, sin…