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Pan, vino y aceite

Tras La taberna de Silos (2023) y La Santa Compaña (2024), Una tumba en Al Ándalus supone la tercera entrega de esta serie protagonizada por el conocido —mucho más ahora, que se ha convertido en ficción— poeta medieval español Gonzalo de Berceo, que deja, siquiera momentáneamente, a un lado sus versos escritos en cuaderna vía y se dedica a la investigación policial, remangándose la sotana hasta las rodillas y saltándose a la torera, cuando es preciso, los preceptos y protocolos de la rígida Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.

La trama, en esta ocasión, nos conduce hasta la ciudad de Córdoba, en el Al Ándalus de aquel tiempo, cuando el rey Fernando III, después canonizado por el papa Clemente X, arrebató a los musulmanes las ciudades de Córdoba, Jaén, Murcia y Sevilla. El rey castellano y leonés, sin embargo, al que se le aparecía la Virgen en sueños, no sale muy bien parado en estas páginas. El autor de la novela, aunque no renuncia a proclamar las bondades de un monarca firme, justo y humilde, pone el ojo, nunca mejor dicho, en su bizquera, y en esa curiosa estampa, con una basta pelliza de oveja sobre la cota de malla, que le daba un aire de bruja y le asemejaba a un salteador de caminos. Lo de Fernando III el Bizco es más que discutible. Parece ser que el mote no le viene de esa época, del siglo XIII, en la que está ambientado este relato, sino que se trata de algo mucho más moderno, bastante reciente, relacionado con el andalucismo y las ocurrencias de Blas Infante.

"Destaca, sin embargo, la visión de una hermosa ciudad asediada que enseña sus tripas, a punto de convertirse en una ruina, y en la que se aprecian los visibles estragos del hambre"

Berceo, como personaje, conserva la fuerza y el vigor de las dos anteriores entregas, aunque, en esta ocasión, como poeta infiltrado en territorio enemigo en busca de un tesoro, sus acciones resulten menos brillantes y, sobre todo, verosímiles, como si se hubiera dejado por el camino una buena parte de su ingenio. Elabora, por estos años, su poema dedicado al martirio de san Lorenzo, con la finalidad, cómo no, de servir de anzuelo a los peregrinos y ganarse, para él y el convento, unos buenos cuartos. Aunque, de vez en cuando, dice añorar la vida tranquila en su casa, Gonzalo de Berceo tiene una forzosa misión que cumplir en Córdoba: encontrar, a toda costa, el Códice Wallada, en cuyas páginas se encuentra un apartado titulado “El bastón de Dios”, con el que se podría construir un arma de destrucción masiva, si se me permite el denostado término. Y junto a ello, el códice también atesora algunas otras páginas no menos valiosas, como aquellas en las que se indica cómo elaborar el mejor sherry del mundo. Este es el motivo principal de su viaje, el elemento de discordia entre las distintas culturas, y sin embargo, al final resulta lo más brumoso de toda la novela, lo menos conseguido, quizá por resultar poco verosímil, como si estuviéramos ante una comedia de enredo, con algo de capa y espada, del Siglo de Oro.

Destaca, sin embargo, la visión de una hermosa ciudad asediada que enseña sus tripas, a punto de convertirse en una ruina, y en la que se aprecian los visibles estragos del hambre, lo que hace sentir vergüenza al propio Berceo, ante la visión de unos niños “flacos como sarmientos” que “se acostaban contra el muro a ensimismarse en una espera sin esperanza”. Mucho más expresivo y bello es ese pasaje, repleto de inspiración y genialidad, todo hay que decirlo, en donde la contemplación de una casa en ruinas, recién arrasada, da una idea cabal del aspecto del resto de la ciudad: “porque cada casa que se derrumba deja a la vista algo que duele al verlo, el caballito de madera de un niño, un libro calcinado, un cántaro roto, una olla con restos de arroz, alguna prenda de ropa manchada de sangre…”.

"El vino es, si se leen a fondo estas páginas, el gran protagonista del relato, aquello por lo que parecen luchar todos los personajes, calmando la sed del cuerpo y del alma"

Lorenzo G. Acebedo juega en ocasiones con fuego, y no siempre el efecto pirotécnico resulta brillante. A lo largo de las casi trescientas páginas de que se compone la obra, hay frases, sentencias, pasajes y conocidas expresiones extraídas de libros o situaciones históricas, no siempre oportunas ni bien traídas, como cuando alguien grita aquello de “¡todo el mundo al suelo!”, o cuando se asegura que una determinada dama “parecía hecha de la materia de mis sueños”, o cuando se cita al rey Fernando y su “aliño indumentario”, o cuando, ya al final del libro, se describe la ciudad de Córdoba, que, tras el asedio, queda “lejana y sola”. Un juego que puede resultar diabólico.

En el lado del “haber”, resultan espléndidas ciertas reflexiones y frases repletas de sabiduría, que el autor va desgranando a lo largo de la novela, como aquella en la que se asevera que hay que temer más a los que se templan y saben escuchar, “porque así aprovechan para ir acumulando y afilando su inquina”.

In vino veritas. En el vino está la verdad. Lo dejó escrito Plinio el Viejo en el siglo primero después de Jesucristo. Porque el vino es, si se leen a fondo estas páginas, el gran protagonista del relato, aquello por lo que parecen luchar todos los personajes, calmando la sed del cuerpo y del alma. No en vano, Søren Kierkegaard, en su conocida obra que responde a ese mismo título, aseguraba que el vino no es un simple vicio, sino que sirve como elemento que promueve los filtros sociales y la rigidez mental, de manera que ciertas personas, por mucho que beban, logran conservar su habitual sangre fría.

"Estamos, sin duda, ante un elemento clave en la trama literaria de Berceo: el vino, como objeto de satisfacción y unificación para toda una comunidad"

Gonzalo de Berceo, no hay que olvidarlo, era riojano, y nació y creció entre viñedos, de manera que a nadie ha de extrañar que este apreciable licor rezume a borbotones en sus celebrados versos, algo que lo acerca a la juglaría y lo aleja de la clerecía. El termino “vino” aparece hasta en dieciocho ocasiones en su poema dedicado a San Millán de la Cogolla. Y en su Vida de Santo Domingo de Silos, de nuevo Berceo pide “un vaso de bon vino” en recompensa por escribir las hazañas del santo. Estamos, sin duda, ante un elemento clave en la trama literaria de Berceo: el vino como objeto de satisfacción y unificación para toda una comunidad.

En medio de tanta barbarie, mientras las tropas cristianas toman la ciudad de Córdoba, no tan pacíficamente como han descrito los medievalistas, beber vino se convierte en lo único coherente que se podía hacer por esas tierras: “¡Non hay ─exclama uno de estos sabios moros que dominan la parla romance─ alimento más provechoso ni mejore medicina qui non tomare ninguna, sino vino!”.

En la última novela de Arturo Pérez-Reverte, La hipótesis más peligrosa, Asier Lerrant, uno de los protagonistas del relato, cuando se le pregunta si sólo navega por el Mediterráneo, responde: “No me interesan las orillas donde no hay pan, vino y aceite”.

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Autor: Lorenzo G. Acebedo. Título: Una tumba en Al Ándalus. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.

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