Inicio > Libros > Narrativa > Mi familia y otros animales

Mi familia y otros animales

Mi familia y otros animales

Ni foto, ni fecha de nacimiento, ni el habitual listado de sus obras publicadas hasta la fecha. En este volumen de algo más de dos centenares de páginas, sólo se indica que la autora, Sandra Petrignani, nació en la ciudad italiana de Piacenza —no demasiado famosa por sus escritores, aunque sí por personajes como el célebre diseñador de moda Giorgio Armani, y el que fuera excelente futbolista de la azzurra, Filippo Inzaghi— y que sus libros, originalmente en italiano, han sido traducidos a media docena de lenguas.

Petrignani, que conoce bien el oficio de periodista, no pierde la ocasión en estas páginas para proclamar a los cuatro vientos su orgullo de pertenecer a esa región de la Emilia Romaña que, si uno recuerda bien, está situada al norte de Italia. De hecho, no son pocas las ocasiones en las que salen a relucir algunos de sus familiares más queridos y cercanos, como aquella abuela suya, tan devota de san Antonio que aseguraba haber visto con sus propios ojos al mismísimo santo a los pies de su cama.

"Para no ser menos que Proust, al que tanto admira, ella también gozó de su particular magdalena, aunque ahora transformada en un ñoqui"

Las páginas que dedica a su propia infancia —la de la Petrignani, no la de su nonna— son, posiblemente, las más entretenidas de todo el conjunto, aunque su vida de adulta, con tantos amores y con tantas pasiones pasadas, no le ande a la zaga. Para no dejar en evidencia a la abuela, la autora del libro que aquí se reseña también tuvo sus visiones y apariciones, hasta el punto de ver a Jesús por todas partes: proyectado en el vaivén de las cortinas o en el contraluz de un atardecer. Y para no ser menos que Proust, al que tanto admira, ella también gozó de su particular magdalena, aunque ahora transformada en un ñoqui, con lo que, todavía a estas alturas, confiesa que, en los restaurantes italianos a los que acude, pide la sabrosa y tradicional pasta con la esperanza de recuperar la infancia perdida. Con muy poco éxito, claro.

Páginas más adelante, casi al final del volumen, cuando se ha quitado de encima toda la vergüenza, Sandra Petrignani se define como mujer sin complejo alguno, dueña y muy señora de su destino, asegurando que es neurótica, complicada, pero, en el fondo, directa y sincera.

En una advertencia al lector que va al frente del libro, la escritora, como en el título de cierta comedia de Calderón de la Barca, deja bien claro que aquí, en estas páginas, todo es verdad y todo es mentira, puesto que “realidad e imaginación se entrelazan de modo inextricable”, con lo que no hay que fiarse demasiado de los nombres que ofrece, que podrían ser más falsos que Judas, o de los perros que menciona que podrían pertenecer al reino de los sueños y al imperio de los deseos. Con lo que, una vez más, nos adentramos a ese mundo tan frágil y resbaloso de la mal llamada autoficción. Pero a lo que vamos.

"Hay más perros que gatos en estas páginas, haciendo honor a la intencionalidad del título; sin embargo, también reserva algún que otro espacio a los mininos"

No estamos, desde luego, ante una novela al uso, con todo ese aporte de verdad verdadera, que diría Marsé para distinguirla de las aventis, sino ante una obra algo desordenada —a veces, casi caótica, aunque deliciosamente caótica, todo hay que decirlo— que peca en exceso de ensayística yéndose por las ramas y por las copas de los árboles. Pero, aun así, funciona a las mil maravillas, sin deslumbrarnos del todo.

Hay más perros que gatos en estas páginas, haciendo honor a la intencionalidad del título; sin embargo, también reserva algún que otro espacio a los mininos, porque, después de todo, los cánidos siempre han sido comparados con sus rivales domésticos. La ecuación queda resuelta con mucha soltura y no poca brillantez, con párrafos que todo buen lector termina por subrayar: “Un gato es como la música que entra de repente por la ventana, la música de un piano que tocan unas manos desconocidas […]. Los perros responden cuando los llamas, los gatos solo si les apetece”. Con lo que queda dicho casi todo.

Pero aquí, que se sepa, mandan los perros, que son legión. Los numerosos chuchos que han pasado por su vida dejando su indeleble huella. Y, de este modo, comienza el baile, con nombres como Rocky, que movía sus patitas en sueños, Guapa, su primer perro propio, Lenin, que murió en sus manos, el flemático Ruggero y, entre otros muchos, Tito, que no pudo viajar a América con su dueña porque el precio del billete canino estaba por las nubes.

"Entre perro y perro, Sandra Petrignani hace una demostración, sin demasiada arrogancia, de su cabal conocimiento de la literatura"

Entre perro y perro, Sandra Petrignani hace una demostración, sin demasiada arrogancia, de su cabal conocimiento de la literatura, esté o no relacionada con el asunto principal de estas páginas. Tanto es así que, con buen criterio, al final del volumen se nos ofrece un amplio listado con los libros mencionados a lo largo del texto: obras que van desde Confesión, de Tolstói, hasta Peregrina y extranjera de Marguerite Yourcenar, pasando por los inexcusables Thomas Mann (Señor y perro), Kafka (Investigaciones de un perro) o Bernhard (Trastorno), al que conoció personalmente y que le causó una agradable impresión, a pesar de esa cara de pocos amigos.

Otro de los apartados más felices y mejor logrados de la obra es aquel en el que se cuenta, con poco detalle, aunque con pinceladas limpias y certeras, todo lo referente a las sensaciones que le causaron sus perros. Se habla, por ejemplo, de la conexión existente entre perro y amo, y también de ese instinto perruno que ha llegado a desarrollar para llevarse bien “con quienes dejan que la compañía de un animal les complique la vida”.

Pero, como todo en la vida, lo que nace, por fuerza ha de morir. De ahí que la autora se vea obligada a hablar sin complejos, con absoluta naturalidad, de eso que denomina “el truco de magia definitivo”. Porque los perros también mueren, y podemos llegar a echarlos mucho de menos. Si bien, como aquí se afirma, estos benditos animales solo conocen la muerte cuando les ocurre. Y para aclarar el asunto, la escritora italiana recurre a Marie Bonaparte y a su libro Topsy, de donde extrae la siguiente cita, a propósito de su chow chow: “Ignora que existe un país al que ella y yo iremos un día, y del cual no se regresa, y que es más negro que la noche más negra”.

————————

Autora: Sandra Petrignani. Título: Autobiografía de mis perros. Traducción: Andrés Catalán. Editorial: Nordica. Venta: Todostuslibros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios