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Para vencer a Voldemort

Llibrería Nollegiu. Foto: José Ovejero

Con esta tercera entrega termina el reportaje sobre las librerías que ha elaborado el escritor José Ovejero.

Problema 7. Voldemort

Xavier Vidal se ríe y me dice que, para no pronunciar su nombre, algunos libreros han comenzado a llamarlo Voldemort. Pero no queda otro remedio que nombrarlo: Amazon. Fernando Valverde me confirma que el enemigo de las librerías no es el libro digital, sino el desplazamiento de la compra del libro en papel hacia plataformas digitales.

Cuando surgió el libro electrónico era raro el encuentro entre escritores y editores en el que no se hablase de él, siempre con miedo. Me recuerdo pronosticando en un coloquio no la desaparición del libro en papel pero sí su reducción a objeto de culto para una minoría. Nos equivocábamos. Resulta que quienes leen en digital son los mayores lectores en papel. La amenaza viene por otro lado. La venta de libros a través de internet viene aumentando cada año, y Amazon se lleva casi el 79% de esas compras.

"Aunque muchas librerías se han esforzado por vender en línea, no consiguen competir con el monstruo"

Aunque muchas librerías se han esforzado por vender en línea, no consiguen competir con el monstruo. Mantener las ventas por internet les supone un esfuerzo enorme y el resultado es pobre. Tampoco ayuda que las grandes editoriales tengan en sus páginas web un carrito de la compra que es o bien de compra directa a través de la editorial o que apunta a Amazon. “¿Cómo es posible que digas que ayudas a las librerías”, se pregunta Fernando Valverde, “pero tu página no apunta a las pequeñas librerías, ni siquiera a grupos de ellas?”. Hago la prueba con Librotea y, aunque a veces, pocas, sí dirige hacia todostuslibros.com, la herramienta creada por CEGAL, en todas las ocasiones aparecen grandes superficies, cadenas y plataformas digitales como posibilidades de compra. En las editoriales del sello Random House el carrito lleva a tres grandes cadenas y a Amazon, aunque en la parte de abajo un desplegable no muy visible permite acceder a alguna librería y a todostuslibros.com. En la página de Planeta sólo encuentras cadenas y plataformas digitales. Y en esta revista en la que publico este texto, sucede exactamente lo mismo (pero lo vais a cambiar, ¿verdad?).

¿Por qué es así? Tiene que haber una razón y yo quiero saberla.

"España tiene más librerías por habitante que Alemania o Francia, aunque se compran menos libros"

Patxi Beascoa, Director Comercial en Penguin Random House, está en el AVE de camino a Barcelona cuando hablamos sobre por qué tantas páginas web enlazan con Amazon o con grandes cadenas de librerías pero tan pocas veces a pequeñas y medianas librerías. La razón es doble: por un lado, entiende que algunas páginas web dirijan a esos vendedores sencillamente porque les pagan por clic, es decir, por enviarles tráfico, y a veces también un mínimo porcentaje de la venta. Pero ésa, afirma, no es una razón importante para un grupo como Penguin, para el que esos ingresos son minúsculos. Lo importante es que si el lector entra en la página de Alfaguara, por ejemplo, y pincha en el botón de comprar, pueda estar seguro de que los vendedores allí incluidos disponen del libro y lo pueden enviar rápidamente. Si redireccionan a una pequeña librería no saben si tiene el libro disponible. Y aunque él siempre ha sido un defensor de la pequeña librería, sería esencial trabajar en herramientas de geolocalización, que existen en otros países, de forma que el sistema sepa en qué librerías está disponible la novela o el ensayo que busca el lector. Y también deberían los libreros crear un sistema sectorial de venta, no de cada librería, y que tenga un fácil manejo, para que el comprador potencial no se encuentre con una jungla de librerías entre las que es difícil decidir.

Librería SinTarima. Foto: José Ovejero

¿No desempeña precisamente esa función todostuslibros.com? Sí… y no. Es verdad que la página me indica qué librerías tienen disponible el libro buscado, pero algunas tienen venta en línea y otras no. El sistema no me lleva directamente a la compra sino a la página de esa librería, con la que me tengo que familiarizar y, más pesado, registrarme en su sistema de compra, introducir mis datos, mi tarjeta… El cliente es perezoso para algunas cosas. Aunque los envíos nos obligan a estar en casa a ciertas horas o a ir a recoger el paquete porque habíamos salido cuando llegó, parece que eso nos molesta menos que introducir nuestros datos. Y un editor, como es lógico, no quiere aceptar etapas intermedias en la compra que pueden llevar a que el cliente desista. Así que también creo que ahí queda trabajo por hacer. Y no es que las librerías se resistan al cambio; como me comentaba Fernando Valverde mientras tomábamos una cerveza en un bar madrileño, los negocios que más se han adaptado a las nuevas tecnologías son las farmacias y las librerías. Y desde CEGAL se ofrecen continuamente cursos de marketing, de contabilidad, de posicionamiento de libros, de nuevas tecnologías. Por ejemplo, María Felices (Cervantes y Compañía) me muestra el funcionamiento del sistema Cegal en red, que permite saber a las librerías asociadas, entre otras cosas, qué librerías tienen ese ejemplar que busca un cliente y lo necesita para ya o que está descatalogado y es difícil de encontrar, una muestra de colaboración útil entre libreros. Porque “la competencia entre librerías no existe en realidad”, me dice Pablo Bonet. “Cuantas más librerías hay en un barrio más tejido creas, más conciencia y hábito de ir a librerías. Para mí el drama es que el lector de toda la vida en lugar de ir a una librería haga clic para comprar un libro”. No estoy convencido de este argumento, porque también se reparten las compras entre más vendedores, y España tiene más librerías por habitante que Alemania o Francia, aunque se compran menos libros.

"Los lectores están ahí, aunque parezca que no"

Pero la cuestión quizá no sea tampoco, o no sólo, si los pequeños libreros pueden competir en la venta en línea, y si pueden lograr tener el libro en sólo uno o dos días, lo que por cierto es posible mucho más a menudo de lo que piensan los lectores. La cuestión también es cómo reforzar la idea de que la pequeña librería es un negocio distinto, que se puede apoyar en lo digital, pero cuyo centro está precisamente en el contacto, en la recomendación directa, en la ventaja del buen librero frente al algoritmo a la hora de recomendar libros. Quizá sea ahí donde deben sacar músculo para defenderse del asedio de Voldemort y recuperar a aquellas almas perdidas que erran por el mundo inmaterial de las plataformas digitales. Porque los lectores están ahí, aunque parezca que no.

Problema 8. Un falso problema: el lector en peligro de extinción

Cuando hablo con Xavier Vidal en una conocida pastelería barcelonesa (“mi mujer no me deja venir solo aquí”, dice, examinando golosamente el mostrador con los pasteles) enseguida me aclara que, para él, el principal problema para mantener una librería es que no hay lectores o, más bien, que los lectores que hay se los tienen que repartir entre más. “En Barcelona en los últimos cinco años han abierto veinticinco librerías. Hemos pasado el último año de casi tres mil a más de tres mil. Y además está la venta por internet. La piratería no es el problema, y sobre todo para un determinado tipo de librerías. Piratean best sellers, no es la gente que compra Libros del Asteroide, Galaxia…”

Aquí nos metemos en lo que quizá es el problema principal y que he dejado para el final: ¿se lee menos?, ¿hay menos lectores?, ¿afecta a las librerías de proximidad la forma en la que leemos?

Ya comentaba antes que el libro digital no es el problema; hace diez años se pronosticaba la desaparición del libro en papel; en Estados Unidos se decía que el libro electrónico se había comido el cincuenta por ciento del mercado, pero era una apreciación errónea: lo cierto es que los lectores de libros electrónicos compraban también más libros en papel. Y, si miramos las cifras, no parece que debamos ser pesimistas: el número de lectores frecuentes ha aumentado en España un 1% anual en los últimos siete años hasta llegar al 49,3% y al mismo tiempo se ha reducido el número de personas que dice no leer nunca al 32,8% en 2018. No es para dar saltos de alegría, pero la tendencia es positiva. Y aunque Xavier Vidal se fije en el aumento del número de librerías que se reparten el pastel, lo cierto es que no se han alcanzado ni mucho menos los niveles previos a la crisis, debido al gran número de cierres que hubo durante el primer quinquenio de esta década. Por ejemplo, en Madrid, a pesar del aumento de librerías registrado en 2015 y 2016, si comparamos con 2013 ha habido una caída del 8,5%, y veníamos ya de cifras descendentes.

"Lo que sucede no es que haya menos lectores, sino que, a pesar de su aumento, gastan menos en las librerías"

Entonces, hay más lectores y menos librerías. ¿No deberían nuestros libreros supervivientes nadar en dinero, como el tío Gilito? Sigamos examinando la situación. Si en 2012 las compras en librerías independientes ascendían a unos 900 millones de euros, en 2016 eran de 811, una caída del 10%, mientras que las ventas por internet han subido en ese periodo casi un 10%.

Entonces está claro que lo que sucede no es que haya menos lectores, sino que, a pesar de su aumento, gastan menos en las librerías. Y por mucho que se diga que la pérdida de facturación total se ve compensada por la reducción de librerías que se reparten lo facturado, la conclusión es que gracias a la recuperación lo que se está alcanzando es una facturación media similar a la que había en medio de la crisis. Si además tenemos en cuenta que muchas librerías han perdido los ingresos adicionales de los libros de texto y que sus ventas a bibliotecas peligran en muchas comunidades autónomas, tenemos que aceptar que la situación es grave.

Otro dato preocupante es que los adolescentes compran más por internet que sus padres, y esos son los lectores del futuro. Entonces, ¿sacamos la tumbona a la terraza para ver llegar el apocalipsis?

Abre los ojos

La pesadilla de Xavier Vidal está sacada de una película: en Abre los ojos, de Amenábar, un personaje camina por la Gran Vía madrileña. No se ve ni un coche. Ni una persona. Una ciudad desierta.

Y eso es lo que tenemos que decidir, dice Xavi, qué tipo de ciudad queremos. Él defiende el comercio electrónico, tiene una página web que le ayuda a difundir sus libros y a mejorar las ventas. Pero la ciudad en la que predomina el comercio electrónico es ésa, una ciudad en la que no te cruzas con nadie, en la que no hay encuentros ni interacción directa.

Además, cuando hablamos de librerías no debemos pensar en ellas sólo como lugares de venta, perfectamente sustituibles por un clic. Si mencionaba antes que organizan actividades culturales (lecturas, presentaciones, clubes de lectura, cuentacuentos, talleres) no se trata meramente de estrategias para aumentar la facturación: muchos libreros se entienden como agitadores culturales; es verdad que en las grandes ciudades la oferta cultural es muy amplia, pero hay miles de localidades en las que esa oferta surge de la librería.

"La situación de las librerías de proximidad españolas es difícil. Su rentabilidad es tan escasa que cualquier alteración puede arruinarla"

De hecho me sorprende que en una librería nueva como Lectocosmos no haya talleres y clubes de lectura, pero la explicación es sencilla: lleva abierta poco más de un año y aún está gestando sus actividades. Claro que Gloria quiere ofrecer clubes de lectura, invitar a escritores a pesar de que las comunicaciones con Lugo son trabajosas, organizar actividades, porque lo que le apetece es montar un proyecto cultural, fomentar la vida de barrio. La vida de barrio, eso es, precisamente lo que crean tantas y tantas librerías, un espacio para todos en el que hablar de libros, discutir en talleres, aprender (aparte de las librerías citadas, se me vienen a la cabeza tantas en las que he estado hablando de literatura solo o con otros autores, en conferencias o en talleres o en clubes de lectura —¿qué sería de la literatura española sin los clubes de lectura?: Cronopios, Moito Conto, Serendipia, Colette, Ramón Llull, Nakama…—. Pablo Bonet también insiste en que la librería es un foco de creación de cultura, refuerza el tejido social y hace más habitables los barrios. “Pero sigue siendo un negocio de aventureros y de pasión y vocación”, me dice. “Sabes que es arriesgado y que no te vas a hacer rico.

Pablo echa de menos la librería ahora que tiene ese trabajo de despacho; no echa de menos tanto vender como recomendar libros, conversar con los lectores, muchos de ellos ya amigos, que han ido creciendo con la librería. A él le parece muy importante el trabajo que hace en el gremio, porque está empeñado en mejorar la situación del sector. “Cuando estaba haciendo la liquidación Portadores de Sueños, dos sábados seguidos después de Reyes hubo una gran afluencia de lectores para ayudarles a reducir su fondo. Y Eva me decía que con que hubiese un sábado así al mes no habríamos tenido que cerrar. Y a eso le doy vueltas: cómo conseguir que una vez al mes haya esa afluencia de lectores.

—Un mini Sant Jordi al mes es lo que necesitamos, le digo.

Se ríe.

—Eso es, un mini Sant Jordi cada mes.

En resumen: la situación de las librerías de proximidad españolas es difícil. Su rentabilidad es tan escasa que cualquier alteración puede arruinarla. Es cierto que, como los dueños de cualquier negocio, tienen que modernizarse, ser creativos, buscar la forma de hacer que su clientela crezca, ofrecer un servicio más atractivo que el de cualquier gran superficie. Pero también los editores y distribuidores tienen una responsabilidad a la hora de entablar un diálogo con los libreros que tenga en cuenta, como decía Verónica García, que son el eslabón más débil de la cadena. Y la administración tiene en su mano dejar las palabras grandilocuentes sobre la importancia de la lectura y escuchar las necesidades del sector, diseñar auténticos programas de fomento de la lectura, tener en cuenta las necesidades de los libreros a la hora de planear las compras institucionales y la forma de distribuir los libros de texto. Los medios de comunicación tienen por su parte en su mano conceder a la literatura un apartado importante de su programación; ésta es una expectativa sin sentido hacia los medios privados, cuyo único interés —afirmen lo que afirmen— es la rentabilidad, pero sí se puede esperar de los públicos que asuman su responsabilidad social. Y, por supuesto, también los lectores somos fundamentales en la conservación de las librerías independientes, a las que debemos ir no como si les diésemos una limosna porque son pintorescas y simpáticas, sino porque buena parte de la vida cultural, ya suficientemente pobre, en las ciudades, sobre todo en las pequeñas, depende de ellas. Soy consciente de que mis libros, y los de la mayoría de los autores literarios, no podrían publicarse si no fuese por el empeño de esas librerías, que no sólo venden mi obra, nuestra obra, sino que la mantienen viva gracias a sus múltiples actividades, con o sin la presencia de los autores. Así que si quieren contribuir a mantener vivo el tejido cultural de nuestros barrios y si quieren que la oferta literaria siga siendo rica y arriesgada, compren libros a los libreros pequeños y medianos, aléjense de las grandes superficies y de las grandes cadenas. Y, sobre todo, salvo que busquen obras autopublicadas, no compren sus libros en Amazon. Si mis razones no bastan, Jordi Carrión les da muchas más.

 

Fuentes:

Mapa de librerías en España, 2016, Observatorio de la librería, Zaragoza 2017.

https://elpais.com/cultura/2019/02/12/actualidad/1549993561_109009.html

https://elpais.com/cultura/2019/01/22/actualidad/1548154324_976506.html?rel=mas

https://antinomiaslibro.wordpress.com/2018/03/19/sin-margen-no-hay-paraiso-sobre-le-congreso-de-libreros/

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2019/01/11/nadie-esperaba-cierre-los-portadores-suenos-1286786-1361024.html

Y, principalmente, las conversaciones con cerca de veinte libreros y libreras, y otros participantes en el sector del libro. Muchas gracias por responder a mis preguntas.