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Para ver más allá de lo inmediato

Para ver más allá de lo inmediato

Mapa secreto del bosque es la aventura de un novelista que se echa a caminar, con su perro, para buscar la otredad en el mundo de todos los días, aprovechando el instrumental que está al alcance de cualquiera: el desplazamiento, la poesía, la música, el abrazo, la emboscadura… En suma, refugiarse en el bosque para regresar, brevemente y de manera cotidiana, a esa criatura cósmica que, a pesar de la revolución tecnológica que ha transformado nuestras costumbres, no hemos dejado de ser. El autor mexicano ha escrito este libro, que subtitula “Un ensayo de combate para ver más allá de lo inmediato”, del que Zenda recoge los tres primeros pasos de esta andadura por bosques y ciudades

Se detuvo, trató de comprender el sentido del
paisa­je, escuchó el silencio.
Juan Carlos Onetti

No hay
ni un alma entre los árboles, y yo
no sé adónde me he ido.
Octavio Paz

Henri Bergson distinguía entre dos tipos de orden. Un espacio, digamos un escritorio, en donde cada cosa está en su sitio, tiene un orden geométrico. En cambio, en el espacio en donde los objetos tienen una disposición aparentemente caótica, reina otro tipo de orden: el orgánico. Pensemos en un escritorio invadido por pilas de papeles, columnas bamboleantes de libros, montones de carpe­tas, tres o cuatro gafas con distintas averías, un lío de cables de di­ versos aparatos, un pasaporte y una taza de café, ya frío, a medio beber . Este escritorio ni está tomado por el desorden ni es un caos, es un espacio que se articula a partir de un orden dinámico, un orden vivo que crece y decrece, que se relaja y se contrae de ma­nera orgánica y, en sus propios términos, armónica.

Llamar orden solo a la disposición geométrica de los objetos, y desorden a lo que está ordenado de manera orgánica, no es más que un prejuicio.

A diferencia del geométrico, el orden orgánico estimula per­manentemente el pensamiento de quien lo pone en práctica, por­que está obligado a descubrir rutas, a imaginar estrategias y asocia­ciones excéntricas con el fin de llegar al objeto que busca.

El orden orgánico funciona, la prueba es que la gente que habi­ta estos espacios aparentemente desordenados encuentra siempre el objeto que está buscando y a veces, además, recupera otro que tam­bién le sirve en ese momento o que llevaba tiempo perdido .

El orden geométrico nos permite encontrar rápidamente lo que buscamos, en cambio el orden orgánico es una constante in­vitación a la aventura.

«De una manera general, la realidad está ordenada en la exacta medida en que satisface nuestro pensamiento. El orden es, pues, un cierto acuerdo entre el sujeto y el objeto», nos dice Bergson en un libro que escribió hace más de cien años (L’évolution créatrice, 1907) .

Bergson nació en 1859 y la parte sustancial de su obra la plas­mó a principios del siglo XX; a pesar del tiempo que nos separa muchas de sus ideas parecen escritas para nosotros, los habitantes del siglo XXI. Bergson fue uno de los hijos filosóficos de Heráclito: sostenía que la vida, más que una danza de partículas, es un pro­ceso, que todo cambia permanentemente, pues nuestra verdadera substancia es el movimiento.

Anoto la máxima de Heráclito, por si acaso, aunque sé que es de todos conocida: «En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos».

Años más tarde la ciencia daría la razón a Bergson y a Herá­clito, al demostrarnos que el 90 por ciento de los átomos que constituyen nuestro cuerpo se renuevan cada año. Si la materia de la que estoy hecho se renueva continuamente, ¿sigo siendo la mis­ma persona?

Los libros de Bergson nos invitan a combatir la petrificación, a observar que ese apego que tenemos por las cosas, que él llamaba «la lógica de los sólidos», se debe a que estas nos dan la sensación de permanencia, matizan nuestra inevitable fugacidad, que, sin esa lógica que hemos inventado, nos obligaría a vivir en un vértigo permanente.

Bergson nos recomienda relativizar las experiencias por la vía del humor, de la risa, del baile, y nos sugiere que, en cuanto al tiempo, en lugar de fijarnos en su paso por el reloj, nos concentre­mos en su duración.

En 1913 el tumulto que quería asistir a su conferencia Spiritualité et liberté, que dictaba en riguroso francés, ocasionó un severo caos en un teatro de Manhattan. Su impronta en aquel país era de tal calado que en 1917 convenció al presidente Woodrow Wilson para que Estados Unidos se uniera a los Aliados. Bergson era un pensador de aire oriental, un poco budista. Hurgando en su bio­grafía descubrí que uno de sus alumnos, en la época en la que daba clase en París, fue el poeta Antonio Machado, que años más tarde, en Proverbios y cantares, aplicaría esa fugacidad heraclitiana que le había enseñado su maestro en esta advertencia que forma parte de sus versos más famosos: «pero lo nuestro es pasar» .

Extendiendo la idea del orden que tenía Bergson, puede vis­lumbrarse una vida geométrica, fundamentada en las rutinas, en las costumbres, en la inercia, cuya contraparte sería la vida orgánica en la que intervienen la imaginación, la creatividad, la espontaneidad y, otra vez, la aventura .

La vida geométrica va en contra de ese proceso imparable que hacía notar Heráclito, y sin embargo permite a las personas con­ducirse de forma práctica y eficiente; elegir, por ejemplo, la ruta más rápida para llegar de un punto a otro, sin ponerse a conside­rar que casi siempre son más interesantes los caminos orgánicos, en los que descubrimos cosas nuevas, en donde hay que imaginar, improvisar, caminar errando mientras crece la atractiva posibilidad de perdernos. Si es que esto todavía es posible en el milenio de los Google Maps.

Machado tiene otros versos bergsonianos que invitan a elegir la ruta orgánica: «cuatro cosas tiene el hombre que no sirven en la mar: ancla, gobernalle y remos, y miedo de naufragar».

Fluir es importante, nos viene a decir el poeta, inspirado en la filosofía de su maestro, que a su vez recomienda: «cuando estamos fluyendo a lo largo del proceso (de la vida), la preocupación por el tiempo desaparece», hay que seguir siempre «la melodía continua de nuestra vida interior».

2

Elegí una montaña para fluir. Las veredas que hay trazadas entre los árboles del bosque, y que están representadas en un mapa de la zona, son el orden geométrico al que se atiene, siguiendo la lógica de los sólidos, la temerosa criatura humana. Desplazarse siempre por la misma vereda, recorrer cada día, de un punto a otro, el mis­mo camino, nos da una inequívoca sensación de permanencia.

Contra mi desplazamiento geométrico Camarón, el perro que me acompaña desde hace años en mis recorridos por diversos bos­ques, propone el desplazamiento orgánico, una ruta vital y al mar­ gen de la cartografía que cuadricula y constriñe, en el bosque y en la ciudad, los movimientos de nuestra especie.

La ciudad es, en rigor, una cuadrícula que nos obliga a despla­zarnos con un orden geométrico, pero si se observa cuidadosa­mente el territorio casi siempre existe la opción orgánica. Por ejemplo, una tarde estaba en la ciudad de Sofia, en Bulgaria, a punto de visitar los sitios turísticos que marcan todas las guías, pero tuve el deseo impetuoso de abandonar el circuito, de desertar, así que escapé del boulevar Vitosha para inventar una ruta verdadera por las entrañas del barrio que estaba entre el boulevard y la ave­nida Hristo Botev, lejos del tráfago de los automóviles que hacían un escándalo considerable y que ensuciaban, con unas manchas que iban de lo oscuro a lo amarillento, la nieve que cubría el pavi­mento. Me metí por una calle al interior del barrio, un barrio nor­mal de Sofia con casitas bajas que tenían un pequeño jardín al frente y por detrás un patio o jardín más amplio. Gracias a la uni­formidad que establece la nieve, una propiedad se fundía con la otra y todas formaban un larguísimo pasadizo blanco cuyo final quedaba fuera de mi vista. Seguramente había un borde, una mar­ca que establecía el límite entre una propiedad y otra, pero como había más de medio metro de nieve en el suelo, los límites se ha­bían borrado y esto me permitió hacer un desplazamiento ex­traordinario por todos los patios y jardines del barrio. Caminaba alumbrado por la luz de la luna que dotaba a la nieve de un fulgor fantasmal, iba husmeando en las ventanas que daban a los patios, una cocina, un baño, una habitación con escobas y trapeadores, una mesa en la que cenaban dos niños, otra en la que una pareja de ancianos miraba con extrañeza, como si se tratara de una criatura estrafalaria, el aparato de radio que estaba entre los dos, otra en la que un hombre solo bebía un vaso de rakia y otra donde una mu­jer, también sola, anotaba en una libreta algo que había descubier­to en el periódico. La experiencia era como ir avanzando por el reverso de la ciudad. Quizá sea en el reverso de las cosas, de los paisajes, de las personas, donde está la resistencia contra la vida geométrica.

3

Elegí una montaña y un bosque para fluir . En lugar de correr en un parque o por la calle, o de hacer spinning en un cuarto con otras diez personas desconocidas que sudan y gruñen y bufan. En lugar de nadar en la alberca del club, o de hacer ashtanga yoga, o de me­terme en una clase de zumba. En lugar de las pesas, el pilates o el taichí. En lugar de esas rutinas, muy respetables, pero dolosamente gregarias, que practica la gente para mantenerse en forma, yo subo la misma montaña cada día con Camarón, pero siempre intenta­mos inventar una ruta diferente.

Según la época, subimos el Tibidabo, en Barcelona; o atrave­samos los bosques del Empordà, rumbo a la frontera francesa; o los que hay alrededor de Toronto, en Canadá; o los de las cercanías de Valle de Bravo, en México; o esos bosques que brotan de una hier­ba color verde eléctrico que hay en Wicklow, en las afueras de Dublín . En todos estos bosques, que al final son uno solo, he des­cubierto los prodigios que iré anotando en este libro.

En el ranking de los deportes del siglo XXI, seguramente el subirse a una montaña cada día sea lo menos glamoroso, es una actividad básica, primitiva, de otro tiempo. No hay que pagar una inscripción ni se necesita ninguna clase de equipo, tampoco hacen falta las instrucciones de un gurú, bastan unos zapatos có­modos, unos pantalones, una sudadera si hace frío. Entre los ciuda­danos deportistas de nuestro milenio, siempre encaminados a la competitividad, a la fosa nasal dilatada y al récord en Instagram, se califica como «paria» a quien se sube al monte con su perro.

Durante una temporada subimos la montaña cada uno con un artefacto que iba siguiendo nuestros pasos por GPS y los iba regis­trando en un mapa que era la cartografía milimétrica de las rutas que seguíamos, de los caminos improvisados por el bosque que nos iban conduciendo montaña arriba. Más tarde, a la hora de revi­sar los mapas, invariablemente me producía asombro la querencia hacia la geometría que sugería mi ruta, a base de líneas rectas y ángulos rígidos, frente al trazo orgánico del perro, que avanzaba en círculos, que atacaba la montaña de una manera total, no le impor­taba si subía o bajaba, ni siquiera llegar a algún sitio; su propósito, pensé entonces, era integrarse al sistema del bosque, ser parte indi­visible de un todo.

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Autor: Jordi Soler. Título: Mapa secreto del bosque. Editorial: Debate. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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