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Jane Barkin con Serge Gainsbourg

De una conversación: ‘siempre he sido lo suficientemente fea, como para que no se me acercaran los imbéciles’.

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Leo que los escarabajos peloteros usan las estrellas para orientarse. Parecen poetas: entre la mierda y el cielo.

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He soñado con Jane Birkin en una terraza de Burdeos, frente al Garona. Comíamos con el editor Christian Bourgois y alguien más que no recuerdo. Yo le decía a madame Birkin que era uno de los que había estado enamorado de ella en mi juventud.

—Sí, de mí y de Françoise Hardy, me ha contestado sonriente. Éramos tándem entre los jóvenes mitómanos, tan refinados como cargados de testosterona, ha añadido.

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Señales de la edad: las cejas clarean, pierden pelo. Después aparecen las primeras canas en ellas: una o dos bastan para saber que han empezado las pequeñas devastaciones. Luego, las cejas pierden su perfil —tan nítido antes— y se desordenan y despeinan. El daño ya es irreparable.

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Encuentro con un antiguo compañero de colegio. ‘Este verano he vuelto a leer Las confesiones, de Rousseau‘. Y al decirlo arruga la nariz. “Lo mucho que me gustaron cuando era joven; lo que me han disgustado ahora”, afirma. Y en esa frase se encierra un posible retrato de mi generación.

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Continúo leyendo los Diarios de Susan Sontag: hay algo caótico que rige su inteligencia, que es enorme. Al comentárselo a D, me dice: ‘pero la sensación ante una inteligencia que no se rige por un orden, sea cual sea éste, es la del amateurismo’. Es cierto, pero ella lo sabe: en una de sus notas cita el concepto de inteligencia moral. “Tener inteligencia moral —dice— genera autoridad genuina en un escritor”.

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El tiempo: tu cuerpo empieza a ser un Lucian Freud.

Lucian Freud. Reflection (Self-portrait), 1985

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Sueño: estoy en una plaza o campo veneciano que en un extremo da a un canal. Hay dos o tres palazzi y sobre la fachada de uno de ellos cuelga una pancarta con la reproducción de una pintura magnífica, muy teatral, de esa misma plaza y sus palacios y el agua al fondo. La pintura anuncia una exposición que se celebra en uno de ellos, donde es pieza principal. Su reproducción es espectacular y se produce un bonito efecto especular entre pintura y espacio urbano, pero aún así la gente hace cola para ver la pintura. A ciegas, sin contemplar su entorno. Me despierto.

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Cuando una pareja se separa —me dice E— uno de los dos tiene plena conciencia de la pérdida, mientras que el otro no tiene apenas ninguna. El primero sabe todo lo que se está destruyendo; el segundo cree que lo que deja atrás puede encontrarlo en otro lado.

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“La Historia es una pesadilla de la que intento despertar” (James Joyce).

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La avidez en el comer está intrínsecamente unida a la codicia.

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Se confió a él como a un hermano mayor y efectivamente se comportó como tal: Caín con Abel.

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Un hombre joven habla en la calle con otro que parece por sus gestos y comentarios, albañil o maestro de obras. Mientras miran y señalan una fachada, el joven —que apenas escucha a su interlocutor— le dice: “yo pago por horas, no por dificultades“.

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Teoría rock de la reencarnación: ser un objeto: el sillín de bicicleta de las mujeres que nos gustan.

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Que el poder se nos acerque es una forma más para ironizar sobre el poder en sí mismo, ese derecho a la legítima defensa. “Monsieur le president“, por ejemplo, y una histriónica reverencia. El poder ha de convertirnos en bufones para no acabar en siervos, que es su deseo. 

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Una historia de amor debería estar libre de las sombras del pasado de uno de sus protagonistas. Los amantes viven al margen del mundo y fuera de sí. Cuando el mundo o su propia vida comienzan a interferir, es que ha comenzado el fin de la historia.

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Políticamente austrohúngaro; anglófilo en lo poético y afrancesado en lo cultural. La sentimentalidad y el paisaje, mediterráneos.

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Rechazar el amor es una forma de resignarse a la muerte.

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El periodismo es un oficio noble —y arriesgado— cuando denuncia el mal, cualquiera de sus formas. Por contra es de los más innobles, cuando con el pretexto de denunciar el mal crea otro mal distinto que es mayor y además, le reporta beneficios.

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Cuando escucho la expresión “tener información” o alguna de sus derivadas, padezco una súbita erisipela mental, parecida a la que me ataca cuando leo la expresión “recursos humanos“.