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Pasaporte austrohúngaro (3)

Pasaporte austrohúngaro (3)

En la terraza de un bar, una mujer le dice a otra —y las dos han cruzado la frontera de los setenta—: sólo nos quedan los recuerdos, hija.

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El poder —le digo a ella, que ahora lo detenta— sólo es una puerta y cuando la abres, descubres que detrás no hay nada. Absolutamente nada. El poder —ese vacío— se sustenta en la debilidad o el miedo o el interés de los que creen que hay otra cosa. Son los demás los que han creado ese holograma y consideran que el holograma es algo real, cuando quien lo tiene sabe que no es nada. Una nada desde la que puede hacer cualquier cosa.

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Durante el siglo XVIII tres monjas clarisas de Menorca se escaparon del convento para unirse a tres oficiales británicos. El arzobispo las reclamó al gobernador. La respuesta de éste fue que nada podía hacer porque las tres mujeres se habían convertido al anglicanismo, ‘que es la religión verdadera’ —dijo—, y por tanto no podía castigarlas nunca por una cosa bien hecha.

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Siempre se habla de los celos entre escritores, pero apenas se hace de los celos críticos. El crítico que la primera vez que escribió sobre el libro de un autor lo hizo a la contra —en ese estilo ad hominem, tan frecuente en casa— no ha de cambiar nunca de opinión. A medida que los libros de aquel autor se lean y  obtengan cierto reconocimiento y buenas críticas, a lo más que ha de llegar el crítico es al silencio público (otra cosa serán las deyecciones privadas). No escribirá jamás sobre ninguno de esos libros y si lo hace será para citar a su autor en un pelotón sin mérito, pues los pelotones nunca lo tienen. El crítico está imposibilitado para rectificar y no lo hará; siempre leerá, de leerlos, los libros del autor por él silenciado buscándoles la tara escondida. Al revés que con los de su escudería particular, sobre los que ha de escribir bien hasta que se retire, pues son su espejo y acaban siendo la razón de su existencia como crítico.

Pocos años antes de morir y después de una vida de minusvaloración y ninguneo —perdón por el palabro, por otro lado tan gráfico—, el músico Anton Bruckner fue reconocido como tal por academias, universidades et alii, y hasta el emperador lo recibió orgulloso en palacio, otorgándole su protección a partir de aquel momento. El día del estreno de su Octava Sinfonía —faltaban cinco años para que Bruckner muriera— Viena se vino abajo, pero minutos antes de que eso sucediera, un tal Hanslick, crítico estrella de su época, abandonó la sala de forma que todos los asistentes se dieran cuenta del desplante. La sinfonía aún no había acabado y Hanslick, que ya se había opuesto a que Bruckner fuera nombrado doctor honoris causa, no sé si silenció el estreno en su página o descuartizó la sinfonía, pero por ahí debió andar la cosa. Somos bastantes los que no seremos Bruckner jamás, pero hemos conocido a algunos Hanslick. Y todos sabemos de Bruckner ahora, pero apenas nadie recuerda a Hanslick, que en su momento tuvo el poder de crear famas y destruirlas. (Sin olvidar que el reconocimiento público de su obra, nunca pudo representar para Bruckner, más intensidad de vida que su propia escritura).

Anton Bruckner

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Empiezo mis vacaciones en nuestro finis terrae particular. Las montañas nos separan del mundo y al frente, el mar abierto. El pequeño puerto de pescadores podría serlo griego o turco. No llega el periódico, no tengo internet y tampoco televisión ni radio. Miento. Desde hace dos años tengo un reproductor de cedés, que lleva incorporada una radio. Pero hasta hoy no la había encendido nunca. Acabo de recibir un mensaje de D en el móvil: ‘rumores de golpe de estado en Turquía’. Lo primero que pienso es en Pamuk: si estará en Estambul o por el mundo. Después pongo la radio, que se oye a duras penas. Una radio en la noche, una de las figuras simbólicas del siglo XX. A medida que las noticias avanzan, pienso en los Jóvenes Turcos o la repetición de la Historia, abocada esta vez —parece— al fracaso. Dicen que distintas zonas de Estambul y Ankara están controladas por los golpistas; hablan del vuelo bajo de los cazas y de disparos entre policía —fiel al régimen— y sublevados. Hay un bando de guerra y la televisión pública está en manos de los golpistas, aunque no así las privadas y religiosas. Internet ha caído. De repente habla Erdogan mientras se dirige en coche a Ankara. Pide que la gente se lance a la calle a detener el golpe. El primer ministro, por su parte, asegura que no ahorrará la sangre para devolver las cosas a su sitio. D me escribe un sms diciendo que las mezquitas se han sumado al llamado del presidente. La BBC, comenta, menciona el término autogolpe. Se habla en la radio de Ataturk y del moderno mundo antiguo que regresa —en vano, parece— frente a la contemporaneidad campesina —sus seguidores proceden del interior del país y en los últimos años han copado ciudades y estructuras políticas— del nuevo islamismo turco. Todo es eléctrico y excitante hasta que pienso que estamos en julio de 2016 y en otros escuchando en la radio noticias procedentes no de Turquía sino del norte de África, en julio de 1936. Entonces sé que esto es un desastre —la técnica del falso golpe de estado como depuración de todo lo que no se ha podido depurar democráticamente— y la regresión hacia la Turquía otomana. Y Europa, desde su debilidad, es cómplice. Me temo que los ilustrados turcos —su clase culta y educada, quiero decir— deben de estar encerrados en sus casas: como en Polonia o Hungría tras la invasión soviética. Simplemente no interesan. Se dice que en las calles hay apaleamientos y algún degollamiento a manos de ese ente abstracto y sin culpa llamado masa. Bendecida, en este caso, por el poder. Apago la radio y me voy a la cama.

Turkish soldiers secure the area as supporters of Turkey s President Recep Tayyip Erdogan protest in Istanbul s Taksim square early Saturday July 16 2016 Turkey s armed forces said it fully seized control of the country Friday and its president responded by calling on Turks to take to the streets in a show of support for the government A loud explosion was heard in the capital Ankara fighter jets buzzed overhead gunfire erupted outside military headquarters and vehicles blocked two major bridges in Istanbul AP Photo Emrah Gurel

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En la publicidad de un ensayo sobre curiosidades lingüísticas leo: ‘¿hablaba Lope de Vega japonés?’ Es fantástico. Ni siquiera a David Mitchell se le habría ocurrido algo así. Quien, por cierto, en su última novela, Relojes de hueso, cita a Pérez-Reverte (y tácitamente y sin saberlo, también a Javier Marías). Uno de sus protagonistas, escritor británico, ha visto un piso en la madrileña  Plaza de la Villa que le gustaría alquilar: ‘cuando levantemos esas persianas cada mañana… será como vivir en una novela de Pérez-Reverte’, le dice a su amante, una editora española. Al leerlo esta tarde, pensé que se le había colado el Estado Mayor de Zenda.

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No soy malo, soy escritor, me oigo decir.

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Sueño. Una pintora pinta el cuadro de una fiesta en el París proustiano. Estilo Henri Gervex. Vemos cómo las figuras bailan —ellos de frac, ellas con traje largo o más cortas, tipo charlestón—, hacen corros, charlan, fuman y beben champán. Moviéndose entre ellas, está también la pintora, una judía rusa, alta y muy chic. A la salida del baile —el cuadro sigue pintándose a nuestros ojos— una voz la insulta. Ella se gira buscando esa voz y al mismo tiempo que lo hace, a todos los personajes de la fiesta les cambia la nariz y se convierte en un cuerpo excesivo, ajeno a su físico y al mismo tiempo el rasgo que determina el cuadro, lleno ahora de narices, digamos, armenias y exageradas. Se lo comento a V, que aparece repentinamente en el sueño, mientras caminamos junto a un lago centroeuropeo: ‘sí, ella era muy amiga de Nabokov en su juventud; incluso una vez hicieron la prueba del cuatro (sic). Ella y tres amigas se fueron a la cama con él, para ver si era capaz de amarlas a todas. Nunca se supo el resultado, o sea que no’, me dice.

Henri Gervex

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Al ser interpelado por los derechos humanos en su país, el embajador chino contesta: ‘cada mañana, al levantarnos, hemos de dar de comer a mil millones de chinos. ¿Conoce usted mayor derecho humano que éste?’. La imbatibilidad de Confucio, que atraviesa los siglos y todos los regímenes políticos.

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El poder —por pequeño o grande que sea— tiene un lenguaje que excluye cualquier otro lenguaje. El primero de todos, el de la moral.

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En las ciudades donde ha habido guerras, lo falso camufla y oculta lo verídico. En la reconstrucción de algunos barrios históricos de Mostar, por ejemplo, o de Dubrovnik, o de Beirut. All fake. Pero en las que hace tiempo que permanecen alejadas de cualquier guerra, ocurre algo parecido. En Palma abundan los boomerangs en las tiendas de souvenirs y la belleza de Santillana de Mar permanece casi oculta por las innumerables tiendas de camisetas, pañuelos y recuerdos horrísonos de hay en la mayoría de sus casas y palacios. Si lo dices, eres un canalla que quiere hundir la economía local.

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La bella Sophie Marceau, a los que curiosean en su vida privada: ‘mejor lean a Tolstoi’.

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X me cuenta que ha soñado con el pintor Z. Durante su juventud, X tuvo junto con una amiga una tienda donde vendían mantelerías, tapetes, pañuelos bordados y mantones de Manila a los turistas. X era rubia y guapa y vestía con una elegancia distinta. Z iba de vez en cuando por la tienda y se sentaba un rato con ellas a charlar. Z rondaba a X y uno de sus trucos era llevarse algo diciéndole a ella que lo pasara a buscar luego. X siempre enviaba a la empleada y nunca fue a rescatar nada, a sabiendas de lo que le esperaba en esa casa. Z lleva muerto unos quince o veinte años y X tiene ochenta y cinco. Hoy me ha contado que ha soñado con Z. Ha soñado que iba a su casa a recuperar un pañuelo que él se había llevado. ‘Y me ha abrazado, solícito y aturullado y me he sobresaltado y despertado angustiada’, me dice, una vida entera después

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Las guerras modernas. Los hijos pequeños de unos amigos que han venido a visitarnos juegan a guerras con los hijos de los vecinos del otro lado de la calle. Lo hacen desde las terrazas respectivas y se oyen cuchicheos, risas y simulacros de espanto. De repente se acercan hasta donde estamos y nos dicen muy alarmados: ‘los niños de enfrente tienen una cámara y nos hacen fotos para colgarlas en internet’. Lo dicen con el tono de quien avisa de la existencia de armas de destrucción masiva. Y tienen razón.

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Sueño que un misterioso urbanista ha trazado en todas las ciudades españolas una amplia ‘Avenida del Báltico’ por donde sólo circulan los tranvías. Y en ese nuevo fragmento que las unifica está el rostro de la Rusia zarista.

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A medida que avanza la temporada de verano en el puerto, los sueños adquieren más intensidad y sentido. Esta madrugada ha sido su faceta de lenguaje de los muertos. He soñado con mi primo F, que murió hace un mes. El rostro luminoso, la sonrisa abierta, la mirada tranquila y limpia, y un bigote negro que creo recordar llevó en alguna ocasión. Vestía una camisa azul marino con dibujos blanco mate. Hablábamos como si el muerto no fuera él sino su hermano, o como si él fuera su hermano y no él. Hablábamos de cómo se encontraba su madre y de cómo estaban en casa y la sensación que transmitía era que ninguno de ellos estaba bien, salvo él. Entonces he caído en la cuenta de que era él, el muerto. Y he cruzado el patio del colegio de arquitectos donde se celebraba un concierto de viola de gamba.

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