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Paz y Fuentes: una correspondencia más allá de la vida

Paz y Fuentes: una correspondencia más allá de la vida

Leyendo la correspondencia entre Carlos Fuentes y Octavio Paz, el crítico peruano Julio Ortega comprendió que lo que había existido entre el autor de Aura y el de Piedra del sol había sido una amistad “extraordinaria y extravagante”. A pesar del pleito que los separó en la madurez de sus vidas, “un derroche” de personalidad por parte de ambos, siempre ha tenido más sentido reconstruir esa relación, más difícil y rara que el amor, como decía Alberto Moravia, pues fue una amistad “intensa, creativa, filial y fraterna”. Como todo mundo sabe, a Paz y Fuentes los distanció la política y el entusiasmo envidioso y un tanto venenoso de sus seguidores. Por esa razón, Ortega y Enrico Mario Santí acordaron proponerle a Marie-José Paz y Silvia Lemus, las viudas de Octavio y Carlos, reunir la formidable correspondencia entre ambos, “un documento vivo de la cultura mexicana y una lección de civilidad”. Ortega se estaba encargando de las cartas de Fuentes y Santí de las misivas de Paz, para que el lector protagonizara un diálogo, verdadera herencia del humanismo apaleado, siempre redimido por México. Pero el proyecto se ha detenido, y como tantos proyectos culturales se ha quedado en el limbo con la llegada de la nueva administración mexicana.

"Un mantra recorre México: salvaguardar todo aquello que es indígena. La cruzada no tiene límites. Es políticamente correcto defender cualquier manifestación que tenga que ver con el pasado cultural anterior a la llegada de los españoles"

Por una parte, el legado de Paz quedó intestado tras la muerte de Marie-José, el 26 de julio del año pasado. Por otra, los recursos no se disponen y las autoridades responsables de moverlos (principalmente la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto) han estado en Babia o siguen la inercia de austeridad dictada por el ejecutivo y no se atreven a disponer de los dineros o no tienen la enjundia para darles impulso. Silvia Lemus habló sobre el libro con las cartas entre Fuentes y Paz, y dijo que el volumen se había pensado cuando Marie-Jo Paz y ella hablaron, y aseguró que ambas estaban muy entusiasmadas en que se realizara lo más pronto posible; pero Marie-Jo ya no está aquí, así que eso está detenido porque no había un testamento en el que se indicara quién se quedaba con el legado de Octavio Paz. Y el proyecto está a la espera de que se decida, por una parte, quiénes representarán a Octavio Paz para realizarlo. En tanto que Lemus ha dicho que estará encantada de que salga adelante. Así que la propia Frausto, al ser cuestionada, ha dicho que el tema de Octavio Paz está caminando conforme a la ley; pero que prefiere esperar. ¿Hasta cuándo? ¿Es que espera una carta conjunta de Paz y Fuentes desde el más allá que le diga qué debe hacer? Ya lo decía Balzac, ese autor al que tanto amó Fuentes: “La burocracia es una máquina gigantesca manejada por pigmeos”.

Las lenguas indígenas

Un mantra recorre México: salvaguardar todo aquello que es indígena. La cruzada no tiene límites. Es políticamente correcto defender cualquier manifestación que tenga que ver con el pasado cultural anterior a la llegada de los españoles. Como si México no fuese un país mestizo. Como si los indios de México siguieran anclados en una cultura precristiana, prehispánica, predemocrática. El malentendido es monumental, porque ni se explica ni se aclara qué presupuestos son los que deben valorarse de aquel pasado: si el politeísmo, las guerras floridas, la idea imperial, las castas o sencillamente la pureza de sangre adquirida mediante una lengua de las que se hablaron en la Mesoamérica antigua y que con los siglos han seguido hablándose en algunos pueblos, que no obstante asumieron que podían entenderse mejor con el resto del mundo en otra lengua más práctica y moderna: el español. Así estamos. Y por ese mantra resulta que en breve (del 9 al 11 de agosto) se realizará en México una Feria de las Lenguas Indígenas Nacionales (FLIN), una oportunidad, aseguran sus organizadores, para “examinar el lingüicidio” contra las “comunidades originarias”, según ha dicho Juan Gregorio Regino, director del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, quien sostiene que durante sus actividades se podrá “celebrar la resistencia de las 68 lenguas indígenas que aún nos quedan, gritar el sufrimiento que sus hablantes han vivido y denunciar la discriminación y la indiferencia”.

"¿Qué vale más: haber estado en comidas, cenas y mítines en torno de una mesa de domingo tras domingo o un proyecto sólido encabezado por un currículum profesional pertinente para un cargo?"

No quiero que se tome a guasa, pero en ese encuentro ¿cómo se comunicarán uno que habla náhuatl y otro que habla zapoteco? ¿A quién se acusará de indiferencia cuando se declamen poemas en huichol o tzotzil? ¿Habrá 68 traducciones simultáneas? Lo cierto es que durante tres días se realizarán 167 actividades en el Centro Nacional de las Artes (Cenart), el Museo Nacional de Arte, el Centro Cultural Los Pinos y la Cineteca Nacional, entre danza, presentaciones editoriales, conciertos, conferencias, conversatorios, talleres, teatro, cine y poesía. Para mí lo más valioso es, sin duda, avanzar y, como ha expuesto Chantal Chastenay, Consejera Ministra de la embajada de Canadá en México, tras un proceso de reconciliación y reconocimiento del daño que les fue hecho a las comunidades indígenas a lo largo de los años, hablen o no una lengua anterior al español, y pedirles disculpas por los errores que se hicieron por gobiernos pasados, lo que equivale a pedir perdón a todos los pobres de México por joderles la vida como se les ha jodido, se deben “encontrar pasos para seguir adelante y construir un proceso positivo de reconciliación”. Sabemos que el gobierno mexicano está comprometido por revitalizar las 68 lenguas indígenas habladas por casi ocho millones de habitantes de México (según datos del INEGI), lo que debe hacerse en una sola lengua para que todos podamos entenderlo. Hablando en presente no solo de sus lenguas, sino de su futuro como pueblo mexicano, y no en un pasado perfecto que apeste a demagogia.

Dedazos

¿Por qué los súper jefazos de las instituciones culturales mexicanas siguen nombrando a dedo a los altos cargos del funcionariado? ¿Por qué siguen apareciendo nombres de amigos y amigas de los círculos más íntimos de los gerifaltes entre las gerencias editoriales, direcciones generales, coordinaciones, despachos y jefaturas? ¿Qué vale más: haber estado en comidas, cenas y mítines en torno de una mesa de domingo tras domingo o un proyecto sólido encabezado por un currículum profesional pertinente para un cargo? Busquen y rebusquen. Los nombres, y el dedo amigo detrás de ellos, están ahí.

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