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Pedro Mairal, escritor: “Los lectores te inventan como autor y no hay que interferir demasiado en esa invención”

Pedro Mairal, escritor: “Los lectores te inventan como autor y no hay que interferir demasiado en esa invención”

Foto de portada: Daniel Mordzinski

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) muestra desde el primer saludo una gran cercanía. Aprieta la mano con fuerza y mira a los ojos y sonríe, y de vez cuando, en el transcurso de la charla ríe abiertamente. Se ve que le gusta la conversación y que es generoso a la hora de mencionar otros autores. Mairal está construyendo una obra en la que los lectores agradecen la belleza y la precisión con que maneja el lenguaje, a lo que se añade la extraordinaria fuerza en todas las historias que escribe.

En 1998 ganó el Premio Clarín con su primera novela, Una noche con Sabrina Love (recuperada por Libros del Asteroide en 2018), con un jurado en el que se encontraban escritores de la talla de Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. Publicó también La uruguaya en 2016 en la misma editorial, con la que ganó del premio Tigre Juan.

Pedro Mairal es además cuentista y poeta y escribió otras novelas que serán publicadas en España próximamente. La entrevista se produce por la publicación de Maniobras de evasión (Libros del Asteroide, 2019), un compendio de crónicas editadas por Leila Guerriero, una “autobiografía» que le justifica como uno de los escritores más brillantes y prometedores del actual panorama hispanoamericano.

En Maniobras de evasión Leila Guerriero ha puesto una mirada de editora muy certera sobre sus textos que había publicado en revistas y en su blog, El Señor de Abajo, entre 2001 y 2014. Guerriero le dijo que formaban una especie de autobiografía con saltos que tenía que rellenar, lo que le hizo escribir unos textos nuevos para ocupar esos huecos.

"Yo solo intuía que había un libro ahí, pero no lo podía armar. Era como una especie de acordeón que se me caía"

—Yo solo intuía que había un libro ahí, pero no lo podía armar. Era como una especie de acordeón que se me caía. Lo tuve unos dos o tres años dando vueltas, y llegó como un rayo milagroso un correo electrónico de Leila pidiéndome un libro para la universidad Diego Portales. Le mandé una avalancha de textos y ella con toda la crueldad de editora empezó con el hacha: «Este no va, este no va…». Encontró en esas estrellas, digamos, una constelación, un dibujo. Ahora el libro está muy armado, muy bien conseguido el orden de los textos, y vio, efectivamente, que había saltos en esta especie de autobiografía involuntaria. Me dijo: «Acá mencionas la enfermedad de tu mamá pero no decís nada, hablas del premio Clarín muy solapadamente», y me hizo expandir esos temas. Y los que Leila me pidió que escribiera son los mejores, sobre todo el de mi madre. “Adiós, señora Ana” tiene más gravitación. Y así fue como se armó el libro durante un año. Tiene algo de coautoría con Leila por la gran mirada de editora.

—¿Lucas Pereyra, el protagonista de La uruguaya, se llama así por Un tal Lucas, de Cortázar?

—[Ríe]. No, pero puede ser que ese nombre haya estado ahí porque me pareciera literario gracias a Cortázar.

Foto: Daniel Mordzinski

—De todas formas, como “queremos tanto a Julio” me gustaría que me hablase un poquito de él, como influencia literaria y, tal vez, también moral.

"Cortázar tiene una manera de romper las frases, de deshacerlas, de empezar una frase pero llevarla para otro lado con el gerundio, tiene un entusiasmo verbal con el que tengo que tener cuidado"

—Fuertísima influencia. De hecho es el único autor que a eso de los 25 o 30 años tuve que tratar de sacarme de encima cierta estructura sintáctica. Cortázar tiene una manera de romper las frases, de deshacerlas, de empezar una frase pero llevarla para otro lado con el gerundio, tiene un entusiasmo verbal con el que tengo que tener cuidado porque todavía lo tengo pegado. Trato de aprovecharlo, y lo digo a mucha honra.

—Me gusta lo del entusiasmo verbal. Usted también lo tiene.

— A mí me gusta ir por ese lado a veces. Hay que tener cuidado, porque cuando empezás te puedes poner medio cortazariano y en cuanto suena cortazariano hay que frenar, porque le salía bien a él. Y me cae bien el personaje Cortázar, su último libro Los autonautas de la cosmopista… Me gusta leerle, ver sus fotos… Todo me gusta de Cortázar.

—Y como usted, también escribió poesía.

—Sí, estaban sus poemas solapados. Hasta que saca Salvo el crepúsculo, había dejado los poemas medio escondidos, ¿no? El narrador se comió un poco al poeta.

—Era bueno el título de su libro, ese libro de poemas que saca del haiku de Matsúo Basho: “Este camino / no lo recorre nadie / salvo el crepúsculo”.

—Es un haiku precioso de Basho, sí.

—Desde que en 1998 publica Una noche con Sabrina Love hasta La uruguaya pasan 18 años, aunque entre medias salen dos novelas, que no están publicadas en España: El año del desierto (2005) y Salvatierra (2008), y los cuentos Hoy temprano (2001), más los libros de poemas Consumidor final (2003) y la trilogía Pornosonetos (2003, 2005 y 2008). Le marco esta distancia porque, pese al tiempo transcurrido, veo en Sabrina y en La uruguaya vasos comunicantes, algo que si las hubiese leído sin conocer el nombre del autor tal vez las habría unido, porque tienen una misma manera de ver el mundo.

—Hay una continuidad, se podría decir que es la misma historia pero la primera está protagonizada por un adolescente con toda la candidez del mundo, que sale por primera vez a la vida, y la segunda ya es un cuarentón desencantado. Entonces, en broma, digo que es una trilogía: la próxima quizá cuando tenga 60 años… [Ríe].

—Como la canción de los Beatles, «Cuando tenga 64 años»…

"El tema de La uruguaya es más duro, tiene que ver con una pareja que se derrumba"

When I’m sixty-four, jaja. Digo: «Cada 20 años escribo una historia de un hombre que va hacia una mujer, ¿no?». Lo que pasa es que el tema de La uruguaya es más duro, tiene que ver con una pareja que se derrumba. Quizá es eso, como si fuera el mismo tipo al que la vida ya le pegó el revolcón, le pasó el tren por arriba…

—No he leído El año del desierto ni Salvatierra. ¿Sus historias tienen que ver con las otras dos novelas en cuanto a dibujo de los personajes protagonistas, ese antihéroe entre porteño y manchego (lo digo pensando en don Quijote), al que no le salen las cosas demasiado bien?

"Los españoles se reconocen, entienden el humor, la distancia que hay entre lo deseado y lo que sucede"

—No, son novelas muy distintas. Salvatierra es la historia de un pintor que pinta toda la vida un cuadro continuo, y la novela empieza cuando los hijos heredan un galpón lleno de esas pinturas y no saben qué hacer con eso. Está la vida entera de un tipo ahí pintada. Tiene que ver más con el arte y con el hecho de no mostrar la obra, de no publicar. Y la búsqueda de un hijo con respecto al padre. Luego, El año del desierto es una suerte de novela simbólica o política, si quieres, con la Argentina que tiene que ver con la crisis. Comienza en la actualidad y va hacia atrás, es una especie de gran retroceso que termina en tiempos casi precolombinos y todo sucede muy rápido. En un año. La ciudad retrocede y vuelve a ser una ciudad colonial y desaparece. La protagonista es una mujer y tiene claramente otro tono. El tono antihéroe y quijotesco está en Maniobras, está en La uruguaya, también está en Una noche con, y en algunos cuentos. Es un tono que me gusta y noto que los españoles se reconocen, entienden el humor, la distancia que hay entre lo deseado y lo que sucede.

Foto: Daniel Mordzinski

—Todos los novelistas que escriben poesía eligen este género como la máxima expresión del lenguaje, como esencia y compendio de todo lo demás. Mario Benedetti escribió en verso una larga historia “novelada” en El cumpleaños de Juan Ángel. ¿Usted ha escrito algo así?

— Sí, hice una novela en sonetos que se llama El gran surubí, va a salir el año que viene. Me pidió Hernán Casciari para la revista Orsai una especie de novela por entregas a lo largo de un año y no me salía en prosa, y como yo ya había escrito muchos sonetos —tengo un libro que se llama Pornosonetos— pensé: “¿Qué pasa si lo intento como si fueran estrofas?”. Y así salió: la narrativa va corriendo a lo largo de los sonetos. Y los sonetos son sonetos…

—…Catorce versos…, un soneto me manda hacer Violante…

"El soneto dialogó conmigo, fue como encontrar un frontón donde rebotar la pelota"

—Sí, «me manda hacer Violante», sí, ja ja. Y así fue como salió esa historia, no por esnobismo, sino porque no me salió de otra manera. El soneto dialogó conmigo, fue como encontrar un frontón donde rebotar la pelota. Eso se llama El gran surubí, son 60 sonetos y tiene algo de novela. Es la historia de un tipo y una barca y sus avatares. Me gustó mucho hacerlo, porque confluyeron ahí las aguas de dos ríos que para mí no estaban tan unidas, la narrativa y la poesía, y confluyeron con toda naturalidad, como si siempre hubieran estado juntas. Lo que pasa es que yo no había encontrado un canal donde hacerlas confluir.

—Sus hijos viven también en sus libros. Son un soporte claro en su vida, un anclaje con la realidad.

—Sí, a mí los hijos me salvaron de ser un neurótico muy egocéntrico y maniático. Los hijos llegan a destruirte la vida, por suerte, ja ja. Como dice un amigo, los hijos no es que te arruinen la vida, te arruinan la muerte, porque no te podés suicidar, ja ja. Eso me encantó. Hay algo ahí como una ruptura de las estructuras, como que sacuden todo y te obligan a reactualizarte, a conocer nuevos dibujitos animados, te obligan a ir al cine y ver unas películas para niños. A mí esto me hace mucho bien. El otro día amanecí y en la mesa de la cocina había unos monstruos de plastilina, y me impactaron cómo eran, los había hecho mi niña de seis años… Tenían una libertad, eran como de Miró; por supuesto que aquí está el padre baboso que se conmovió con la genialidad de la hija. Digo que había una libertad creativa y una combinación de colores que era propia de los artistas que ya están de vuelta. Tenían una energía creativa que yo dije: «Ojalá yo pudiera crear con esa libertad». A mí me nutre mucho esa libertad y también la capacidad para usar las palabras, inventarlas. Mi hija inventa palabras, como todos los niños. En vez de pétalos dice «pétaflors». Esas cosas me quitan de mi centro egocéntrico, levantarme a la mañana y llevarlos a la escuela, si no yo sería un tipo que tendría todo en regla, todos sus discos perfectos, una vida inconmovible… y a la vez un poco desértica.

La uruguaya transcurre en un solo día, como el Ulises de Joyce. ¿Pensó en ello al escribirla?

"Aristóteles dice que la tragedia tiene que suceder en un lugar, a un personaje y en un día"

—No pensaba necesariamente en el Ulises, aunque lo conozco bien el libro. Que dure una día le da mucha compresión a la historia, la comprime y le da mucha tensión. Es una de las categorías aristotélicas. Aristóteles dice que la tragedia tiene que suceder en un lugar, a un personaje y en un día. Ahí, de alguna manera, estoy respetando esa categoría. Esas categorías, cuando las tratás de respetar, le dan una cohesión a la historia y la comprime de una manera que provoca muchas ganas de seguir leyendo porque algo que sucede en un día tiene un vértigo, ¿no? A mí también me sirvió de plataforma desde donde moverme hacia delante y hacia atrás en el tiempo, porque es un truco: la novela sucede en un día, pero en realidad está la vida entera metida. Y era como una suerte de base melódica, como si fuera una… Viste que los músicos de jazz tienen una base melódica y de pronto salen con un solo de trompeta, se van lejos y después vuelven a caer en la base melódica. El día en que sucede la historia era mi base melódica: yo podía irme para atrás en el tiempo, en un flashback, y luego volver al relato de ese viaje, de ese día, y todo caía en su lugar. Me ordenó.

—En “Las cosas cuando terminan”, que es el último texto de Maniobras de evasión, menciona el final del Ulises cuando Molly Bloom dice: “Para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí”. Es un cierre apoteósico que le agradezco porque lo he buscado en mi biblioteca para recorrer otra vez aquella antigua traducción de José María Valverde para la primera edición de Lumen en 1976.

—Claro, la novela de Joyce es toda un gran NO, muy masculino, un tipo que no puede volver a la casa porque está su mujer con otro tipo, que no puede concretar su huida… Hay mucho no en la novela y Joyce hace la genialidad de meter ese gran SÍ al final en el monólogo de Molly Bloom, es como un río de palabras que fluye. ¿Es de Valverde la traducción?

—Sí, de Valverde.

—Y esta es la calle Valverde, ¿no? [La entrevista pasa en el hotel 7 Islas, de la calle de Valverde, 14]

—Sí, y así se titula también una novela de Max Aub.

—Está todo unido, está todo aquí, ja ja.

—Ese texto de “Las cosas cuando terminan”, entre Don Segundo Sombra y Ulises dice que “solo el protagonista y el lector saben que todo está terminando. Para los demás, el mundo sigue”. Para mí es un cierre muy emotivo, un dolor, una lágrima, una declaración, un poema…

"A mí me gustan mucho esos finales que transcurren dentro del pecho del lector"

—Qué bueno. A mí me gustan mucho esos finales que transcurren dentro del pecho del lector. Cuando uno dice, «¡ah!, se acabó esta historia». Un poco provino de mi hijo, cuando empezó la doble escolaridad, mañana y tarde. Le pregunté el primer día “cómo te fue”, y me dijo: “Bien, pero cuando termina, sigue”. Eso me fascinó, me ubicó en ese lugar de qué es un final: el final empieza mucho antes del final. La música lo sabe bien eso: cuando empieza una gravitación tonal que va a terminar en ese final, se viene como anunciando desde antes, por eso ese libro que encontré y que creo que menciono ahí, que es la última página de unos libros, no funciona porque es como si pusiera solo el chanchán del tango final. No, no, ese chanchán viene anunciado desde antes, viene con una especie de curva, de algo que se está inclinando por caerse y se termina de caer en los últimos acordes. Si ponés los últimos acordes en la última página de textos muy buenos no funcionan porque quizá el libro viene terminando desde la primera frase.

Foto: Daniel Mordzinski

—¿Quién es Ramón Paz?

—[Ríe]. Una amiga me dijo: “Sos más vos que nunca”, ja ja.

—No se habrá escondido detrás de ese seudónimo para publicar los Pornosonetos.

—Tratando de ocultarme me mostré más que nunca. Sí, fue el seudónimo que elegí para los pornosonetos, unos pornosonetos que yo leí con máscara de catch y ahora en un documental de Mordzinski salgo con la máscara recitando los pornosonetos. No me acuerdo si me sacan la máscara, me desenmascaran…

— [Daniel Mordzinski interviene]: Porque perdés el combate.

—Claro.

—Quiero mencionar la fusión entre el narrador y el escritor: Lucas Pereyra compra un ukelele en Montevideo. ¿Lo lleva con usted en sus viajes, ya ha aprendido a tocarlo?

—Lo llevo siempre en mis viajes, salvo en este, y me arrepiento no haberlo traído porque no me entraba en la valija, pero siempre lo llevo y me salva, lo que pasa es que date cuenta de que en este viaje no iba a tener tiempo porque Libros del Asteroide me puso una agenda… Pero realmente me hace mucho bien.

—¿Es ya un virtuoso?

"Yo dejé la guitarra cuando me di cuenta de que no podía tocar como Paco de Lucía"

—Ya que no lo tengo encima puedo decir que sí, no lo tengo que demostrar, pero sí lo manejo bastante bien…, yo venía tocando la guitarra de antes, entonces el ukelele no te resulta tan difícil, pero es un instrumento que me salvó porque tiene algo de juego. Yo dejé la guitarra cuando me di cuenta de que no podía tocar como Paco de Lucía, esa frustración el ukelele no te la provoca porque tiene algo de juguete, parece que estás jugando, y ahí recuperé esta idea de play music de los ingleses, que es jugar, y recuperé el juego en la música. Fue muy importante volver a jugar. Y volví a meter melodía en los poemas y empecé a hacer canciones, algo que no hacía desde los 17 años.

—Yo que he intentado tocar la guitarra desde hace mucho tiempo, cuando supe que Paco de Lucía ensayaba ocho horas diarias…

—Jajaja. Y además había empezado a los 8 años. Yo creo que la muerte que más me dolió de un artista es la de Paco de Lucía. Atahualpa Yupanqui también. Creo que ayer vino la hija de Paco de Lucía a la presentación del libro.

—A mí no me importa que el autor se desnude en sus libros o que invente toda la trama. Lo que me importa cuando leo una novela es que, sea quien sea el que la escriba, me lleve por donde quiera, es decir, que me engañe desde el principio hasta el final y me haga creer ciegamente todo lo que ha escrito y funda realidad y ficción. Sus libros lo consiguen.

—Qué bueno que te parezca eso. Ese es el juego, como los niños cuando dicen “ahora somos piratas y vamos a quemar el barco”, y juegan, pero juegan creyéndoselo a tope. Esa disposición de lectura, hacer creer esto a fondo para mí es el lector ideal, digamos, y yo juego a eso. Cuando me preguntan cuánto hay de mí en La uruguaya, en el personaje de Lucas, yo no contesto porque creo que arruino el juego. Hay muchísimo de mí, claro, y hay cosas inventadas pero nunca digo qué pasó y qué no pasó en mi vida porque yo estoy creando una verdad literaria, no una verdad de derecho penal, si lo hizo o no lo hizo.

—Aquí, en la pared del hotel, hay un cartelito con una frase que dice: “La realidad debería estar prohibida”. No está mal para este juego de la verosimilitud de los textos literarios.

"El lector te inventa. Mi mamá tenía en la mesa de luz una foto de Albert Camus y su Albert Camus no era el mismo que el mío"

—Sí, ese morbo se inclina mucho hacia un costado un poco voyeur de si le pasó o no pasó al autor. Yo creo que eso es legítimo a la hora de leer. El lector te inventa. Mi mamá tenía en la mesa de luz una foto de Albert Camus y su Albert Camus no era el mismo que el mío. Estaría medio hipnotizada con el Mayo del 68. Sería un Camus del que estaría medio enamorada, pero no era el mío. Por eso digo que los lectores te inventan como autor y uno no tiene por qué interferir demasiado en esa invención.

—“Ensayo sobre las tetas” y “El culo de la arquitecta” son dos textos arriesgados de los que sale airoso: otra vez la fuerza de la literatura porque, ¿qué sería Lolita sin ella?

—Yo creo que al final son la poesía y el humor los que redimen esos textos, ¿no? No digo Lolita, sino los míos. Las mujeres que lo leen les causa gracia, entran también en el juego de esos textos de una mirada machista, si querés, porque hay una objetivación del cuerpo de la mujer, pero al fin es la gracia con que lo contás porque esos textos, hechos sin gracia y sin humor, serían ofensivos. De todas maneras no descartas que a la luz del nuevo paradigma a alguna mujer le pueda parecer… Pero si recibo alguna queja de un texto mío viene de hombres, de un hombre que sobreactúa feminismo, me resulta curioso; las mujeres no sobreactúan feminismo porque están dentro de eso, ¿no? Los hombres, cuando se ponen la mirada feminista no saben, son más papistas que el Papa. Se ponen en una postura innecesaria a señalar cosas que no corresponden. Pero bueno, ahí están los textos y me gustaría mucho saber la opinión de la gente al respecto. Están escritos sin duda bajo un paradigma anterior, no sé si escribiría hoy textos así.

—¿Va bien la adaptación al cine de La uruguaya?, ¿será Diego Peretti el director?

"Jorge Drexler ha hecho una canción, la adaptación al cine de La uruguaya"

—Eso va para adelante, lentamente, yo ya terminé el primer borrador de guion, que me dio mucho trabajo porque el relato del día de ese personaje que cruza a Montevideo y todo lo que sucede es fácil, pero hacer el mar de fondo de la culpa confesándole a la mujer lo que hizo es más difícil. Eso me dio más trabajo. Sí, Peretti codirigirá y Jorge Drexler ha hecho una canción, y ahí estamos. Ahora está en manos de productores y otros guionistas.

—Me gustaría volver a leerle pronto. ¿Podremos ver sus anteriores novelas recogidas en Libros del Asteroide?

—Está en los planes. Libros del Asteroide tiene que publicar Salvatierra y El año del desierto.

—Me alegro. No quiero hablar de su próxima novela.

—Le tienen pánico a mencionar la próxima porque saben que si la mencionan yo me trabo; ahora estoy ejerciendo ese estado neurótico.

—Tiene que cuidarse.

—Sí, gracias. El próximo libro está. Siempre está.

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