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Vanessa Montfort: “Corremos detrás de nuestras vidas sin llegar a alcanzarlas nunca”

Vanessa Montfort: “Corremos detrás de nuestras vidas sin llegar a alcanzarlas nunca”

Mi hermana me contó que había cazado a mi padre viendo vídeos de gatitos en Facebook. Lógico, pensé, ¿quién no querría ver a unos gatitos remolonear? Pienso en cómo la distancia prudente del teléfono móvil puede funcionar para mi padre en casos como este. No sé si sentirá ganas de acariciar a esos pequeños felinos. En ese caso, es posible que el visionado acabe por frustrarlo. Quizá la cosa vaya por otros caminos y sea justo al contrario. Quizá ese espacio insalvable entre mi padre y los gatitos sea, a estas alturas, un alivio para él. ¡Ya basta de crear nuevos lazos afectivos! Al fin y al cabo, en casa ya dispone de dos gatas a las que querer. Esos bebés del móvil funcionan sólo como despeje, como alunizaje temporal antes de regresar a los territorios domésticos y dispuestos al afecto.

No son los gatos la cuestión, en cualquier caso. Tampoco lo es mi padre —lo siento, papá—. Esta disquisición sobre la distancia afectiva que interpone la tecnología entre sujeto observador y sujeto observado viene a colación del lanzamiento de El sueño de la crisálida, la última novela de Vanessa Montfort (Barcelona, 1975). A ella le interesa dibujar esos desajustados circuitos de intimidad que se generan a través de las redes sociales. He pensado que quizá el fenómeno de los vídeos de gatitos pudiese servir como ilustración cómica para el caso. Sé que os habéis dado cuenta y que no hace falta que lo explique otra vez. Disculpadme por ambas cosas.

Pongámonos informativos: no sólo del palpitante lanzamiento de El sueño de la crisálida —a saber, su primera novela tras el estruendoso éxito de Mujeres que compran flores— vive la actualidad de Vanessa Montfort. Dramaturga amén de novelista, su adaptación de Firmado Lejárraga se estrenará en el Centro Dramático Nacional el próximo 23 de abril. Además, el pasado mes de febrero publicó, dentro del libro de relatos Hombres (y algunas mujeres), editado por Zenda, su cuento El coprotagonista. Así pues, tenemos probadas razones de estricta actualidad para hablar con ella. No es que lo esté sugiriendo, conste. Es que ya lo hemos hecho. Mirad aquí abajo.

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—¡Hola, Vanessa! Dado que las entrevistas tienen que empezar por alguna parte, he pensado que podríamos arrancar hablando de El coprotagonista. Este volumen, Hombres (y algunas mujeres), hace una cosa muy interesante, casi un ejercicio sindical. Que una mujer escriba desde el punto de vista de un hombre es, echando la mirada atrás hacia la historia de la literatura universal, algo transgresor. Que doce mujeres se organicen para hacerlo de manera conjunta es políticamente beligerante.

"A lo largo de nuestra juventud, estudiamos libros clásicos en los que los hombres han fabricado una serie de prototipos de mujeres. Aquí lo interesante es la mirada de la mujer sobre el hombre"

—A mí lo que más me ha gustado del libro ha sido… leerlo. Creo que es un libro que pega un tiro de gracia al concepto de literatura femenina, una cosa que a mí, personalmente, me exaspera. Me di cuenta cuando escribí mi primer libro alrededor de una serie de personajes femeninos, que fue Mujeres que compran flores. Hubo críticos que habían escrito sobre todas mis novelas previas y que me dijeron, sobre aquella: “Porque es tuya, que si no… no creo que la hubiese leído”. Todo porque el título contenía la palabra mujeres. Me preguntaban: “¿Mujeres que compran flores… es un libro para mujeres?” Eso es como decir que Soy un gato, de Natsume Soseki, es un libro para gatos. Oye, no sé… me parece que el tema de las mujeres puede interesar a toda la población, dado que somos el 50% de la misma y todo el mundo vive rodeado de nosotras. Creo que este libro desmonta por completo ese prejuicio, por su diversidad de géneros, de estilos, de puntos de vista, de temas… Creo que cualquiera que a día de hoy continúe sosteniendo que existe la literatura para mujeres debería leerse este libro. Deja bastante claro que ese es un concepto ya no frágil, sino vacío. La literatura para mujeres es una cosa que no existe.

—También sirve para girar un poco el modus operandi tradicional de la literatura con perspectiva de género, habitualmente asociada a cosas escritas y protagonizadas por mujeres. Este es un libro con perspectiva de género cuyos protagonistas son todos masculinos.

—Porque este libro suponía, de alguna manera, implicar al otro género en el cuento. A lo largo de nuestra juventud, estudiamos libros clásicos en los que los hombres han fabricado una serie de prototipos de mujeres. Aquí lo interesante es la mirada de la mujer sobre el hombre. Más allá de eso, también me interesa que, en referencia a este libro, sea imposible sostener que se trata de literatura femenina, pese a estar escrito por mujeres. Porque, tradicionalmente, ese concepto se ha asociado a un tipo de literatura más light, menos interesante o menos intelectual. Casi literatura de revista para chicas. De revista de peluquería.

—También sería interesante redefinir qué es intelectual más allá de los estándares arraigados a la mirada masculina.

—Todo el arte ha estado siempre asociado a esa idea de lo intelectual. Pasa mucho en el teatro, donde las mujeres han tardado mucho más en entrar de lo que lo han hecho en la novela. Las dramaturgas de mi generación han empezado —o hemos empezado— a estrenar en grandes teatros españoles hará… 5 o 6 años, rondando los 40. Antes de eso ya habíamos estrenado en todo el mundo. En sitios aparentemente más complicados como Londres, Nueva York, París o Berlín. Ahí sí notas, en tus propias carnes, lo difícil que resulta para una mujer acceder a determinados campos asociados a lo intelectual. Determinados campos que, claro está, también implican reuniones de café y tertulias… predominantemente masculinas.

—En tu relato enhebras esos dos mundos, la literatura y el teatro, y das la vuelta con perversidad a la dominación negadora de la identidad que suele darse en relación hombre-mujer. Al proyectarse la dominación en la dirección opuesta, es decir, de mujer a hombre… la tesis gana fuerza crítica.

—La protagonista, la tal Kerr, es una mujer bastante desagradable. A mí, personalmente, me produce auténticas arcadas. Sin embargo, me apetecía escribir sobre esa negación de la identidad que tanto se da en el mundo artístico. De repente, alguien se declara mentor de otra persona y, en el fondo, lo que está haciendo es tratar de fabricar al otro a su manera. Pasa mucho en el amor: nos inventamos al otro, la mayoría de las veces somos invisibles entre nosotros. A partir de un par de sugerencias que representan lo que yo veo de ti, hago a posteriori un constructo de todo lo que me gustaría que tú fueras para poder estar contigo. Es algo que hacemos todos: nos autoengañamos y, al final, acabamos engañando también al otro, haciéndole creer que es aquella persona que nosotros queremos que sea. El narrador de El coprotagonista es una especie de reverso del mito de Pigmalión… ¡una especie de Galateo! Se va negando hasta llegar a asumir una identidad totalmente distinta a la suya propia. Acaba negando hasta su propio nombre.

—La relación entre ellos está jerarquizada ya desde antes de empezar. Como si él entrase a ella en contrapicado y, a partir de ahí, se generase una dominación que ya define la relación en adelante.

"Cuesta muchísimo imaginarse una violación cometida por una mujer"

—Por eso me interesaba colocar a una mujer partiendo de una situación de poder, ya no sólo en lo personal sino también en lo profesional. Eso es lo que tradicionalmente ha ocurrido a las mujeres: entran en una relación, laboral o personal, ya en inferioridad de condiciones. Históricamente siempre ha sido la mujer la que adapta su ruta vital al otro. Ahora parece que ese perfil de mujer está empezando a desaparecer, pero todavía quedan conatos de ella por una cuestión de educación… y de siglos. En el lado opuesto, ha surgido esa nueva mujer casi obsesionada con su independencia, que no deja que la ayuden y que tiene miedo a cualquier compromiso que suponga delegar decisiones respecto a su vida o su libertad, que suponga dejar la soberanía de su vida a otro. Esas dos mujeres enfrentadas están, ahora mismo, tratando de encontrar un punto medio entre ambas.

—Exactamente la misma situación pero escrita desde una perspectiva de dominación masculina tendría una lectura ética totalmente opuesta a la de tu relato. En este sentido, se subraya la importancia de lo contextual para la literatura. Una cosa bebe de la otra, y también interactúan. Las palabras, en cierto modo, no significan lo que significan las palabras, sino cómo se comprenden en función de lo que sucede alrededor.

—Si inviertes los roles se vería como un caso de violencia psicológica machista. En este caso, me ha sorprendido ver que hay gente a la que, al menos de inicio, el relato les ha resultado erótico y atractivo, aunque luego se va convirtiendo en algo inevitablemente perturbador por esa sensación claustrofóbica de estar encerrado en alguien. Es posible que un hombre, al acercarse a un relato sobre este tema, no lo vea como algo tan terrible y tan grave porque no percibe el peligro real, dado que parte de una posición de poder, o al menos psicológicamente lo siente así.

—Como si los hombres percibiesen erotismo frente a esas actitudes porque identifican en ellas cierta masculinidad, cierto entorno de camaradería.

—Puede ser. Igual que cuesta muchísimo imaginarse una violación cometida por una mujer.

—Al revertir todos estos roles puedes retroceder a la esencia, al abuso afectivo más allá del constructo de género y la direccionalidad tan marcada que la historia social le ha colocado encima.

"Creo que los valores humanos son otros, nada que ver con los valores políticos o religiosos: tienen que ver con la convivencia y con una serie de cuestiones que, o bien han dejado de estar de moda, o directamente a la gente no le importan"

—Actualmente, el abuso es un tema que me preocupa mucho. Creo que, desafortunadamente, se da de manera muy habitual, tanto en el trabajo como en el colegio. Una de las cosas que más me afectó leyendo para El sueño de la crisálida fue el dato de que más del 70% de las personas que sufren mobbing —acoso laboral— no saben que lo están sufriendo. Es algo muy perverso, igual que en El coprotagonista: hasta que el narrador se da cuenta del abuso que está sufriendo… pasa mucho tiempo. Atraviesa, mientras, muchos estados: siente que se lo merece, se siente querido, necesitado… En un abuso laboral, la mayoría de la gente siente que algo estará haciendo: exceso de ambición, posesión de un puesto de trabajo inmerecido… así que, sencillamente, deja que todo eso le ocurra sin hacer nada al respecto. Hay un elemento un poco judeocristiano en la forma que tenemos de asumir que nos merecemos las cosas que nos pasan. El abusador tiene sus estrategias para lograr infundirte esa culpabilidad: ¡nadie abusa de otro dándole un puñetazo el primer día! La destrucción del individuo que tienes delante es un proceso quirúrgico y lento, que termina cuando se hace tan pequeño al otro que ya no pueda defenderse. Ahí es cuando llega el puñetazo.

—Como si todo ese tipo de actitudes estuviesen inscritas en nuestro concepto de sociedad y las percibiésemos como una simple interacción con nuestro entorno.

—Y me preocupa, porque creo que cada vez sucede más. No sé si se debe a la educación o a que directamente se confunde el hecho de tener valores con pertenecer a una religión y cuestiones así. Creo que los valores humanos son otros, nada que ver con los valores políticos o religiosos: tienen que ver con la convivencia y con una serie de cuestiones que, o bien han dejado de estar de moda, o directamente a la gente no le importan. O quizá sea que vamos tan deprisa que no nos da tiempo a que nos importe. No me gusta sonar catastrofista, pero de verdad pienso que estamos atravesando una crisis de valores importante que arranca en el colegio, y se está viendo en el bullying.

—Quizá una sobreestimulación de la interacción social como la que se da actualmente juegue de manera paradójica de cara a la construcción de nuestra identidad individual. Este es un tema que atraviesa El sueño de la crisálida: cómo permanecemos todo el tiempo en contacto con las personas que tenemos a nuestro alrededor y, sin embargo, percibimos ese contacto como una cuestión casi competitiva, como el planteamiento de una serie de rivales que la vida nos va colocando y a los que debemos desbancar para avanzar en ella.

"Intentamos llenar cada segundo de nuestra vida de algo supuestamente productivo. Como si se nos escapara el tiempo. Estamos en una especie de carrera detrás de nuestras propias vidas sin llegar a alcanzarlas nunca"

—Cuando una persona vive en un sistema dictatorial como el que se impuso en España durante décadas, tiene una sensación de falta de libertad. Creo que lo que nos pasa ahora es que tenemos una sensación de falsa libertad. Y pienso que quizá sea incluso más peligroso, porque ante ella no te defiendes. Pasa lo mismo con la conexión: tú te puedes sentir aislado porque vives en un régimen que te impide comunicarte con el mundo ni salir al exterior. En esa situación, al menos tienes claro que debes combatirlo. Ahora mismo… tenemos una falsa sensación de estar conectados, tanto con los demás como con el mundo en general. Existe una obesidad informativa, una hiperconexión, una aceleración del mundo. Cuando trabajo me siento más aislada que nunca, pese a tener WhatsApp y todas las demás redes. Es verdad que tengo todo eso, pero no veo a la gente que querría ver. No tengo tiempo para las personas que quiero. A toda esa espiral, en cierto momento, le he pegado un hachazo. Tenía que cortarla.

—Es un tema complejo, porque quizá sin la presencia de las redes y sin la democratización del espacio pùblico de diálogo que implica, también sería muy difícil que todas estas cosas pudiesen estar discutiéndose.

—Claro, por eso siempre digo que la tecnología puede utilizarse para hacernos más libres. La cuestión es que creo que se está empleando en el sentido contrario. Creo que estamos en un momento de absoluta adicción digital. El otro día, en Nueva York, hablaba con Javier Agüera, un joven emprendedor e informático español que, a los 16 años, montó su primera empresa de móviles seguros y no rastreables. Él mismo, que se dedica fundamentalmente a la investigación en torno a la telefonía móvil, tarda aproximadamente tres días en responderte si le envías un WhatsApp. Le pregunté qué le apetecería hacer en el futuro. Su respuesta fue que le gustaría trabajar el tema de la soledad en las grandes ciudades, particularmente entre las personas jóvenes. Me dijo que la tecnología está interviniendo directamente en enfermedades psiquiátricas como la depresión o la ansiedad.

—Quizá el problema sea de enfoque: no asumir las herramientas que tenemos como elementos proactivos y dejarse llevar por ellas. Volvemos, así, a aquello que hablábamos al principio de que estamos tan programados y corremos tanto a todas partes que, al final… no estamos en ninguna de ellas de manera íntegra.

"Al final, las carencias son afectivas en la mayor parte de las ocasiones. Están en no encontrar sosiego, en no poder pararse a pensar en lo que quieres porque estás demasiado pendiente de lo que esperan de ti"

—Es lo que llamamos tiempo de calidad. Prefiero estar diez minutos con alguien y no serle infiel porque, al mismo tiempo, esté con la cabeza puesta en otras 30 personas. Creo que mi cabeza no da para tanto. Quiero decir: si tiene que darlo, lo da. Pero es una manera de saturarnos de estrés innecesario. También de intentar llenar cada segundo de nuestra vida de algo supuestamente productivo. Como si se nos escapara el tiempo. Estamos en una especie de carrera detrás de nuestras propias vidas sin llegar a alcanzarlas nunca.

—En El sueño de la crisálida aplicas un juego de espejos en ese sentido, dado que una de las protagonistas, Patricia, está plenamente introducida en ese mundo acelerado —las redes, la publicidad…—, mientras que la otra lleva toda su vida recluida. Ella, Greta, es un personaje que no ha recibido el impacto de todo esto y que, sin embargo, tiene las mismas carencias que Patricia.

—Claro, porque las dos están aisladas. Una, detrás de un muro; la otra… como lo estamos todos. Cada abeja en su celda, produciendo. Al final, las carencias son afectivas en la mayor parte de las ocasiones. Están en no encontrar sosiego, en no poder pararse a pensar en lo que quieres porque estás demasiado pendiente de lo que esperan de ti.

—Dentro de esa celda… incluso la calma se capitaliza. Es el caso del personaje de Serena, esa influencer solitaria que asiste a un curso de meditación sólo para fingir ante su público que encuentra un momento de pausa en medio de sus rutinas tan aceleradas. Realmente, todo es un espejismo. Programarte la calma es… básicamente lo opuesto a la calma.

—¡Llego corriendo al centro de meditación, me siento treinta minutos y después vuelvo a salir corriendo! Es eso, exactamente: capitalizar los momentos. Ahora me toca relajarme; ahora seguir. Como el hámster en su rueda. El caso de los influencers es extremo en ese sentido, porque nunca dejan de trabajar, nunca se despegan del todo. Serena, cuando llega al centro de meditación, creo que de verdad necesita agarrarse a un clavo ardiendo. Sin embargo, vuelve a lo mismo. Lo capitaliza todo, se saca una foto con el Buda. Los que no somos influencers y no hemos hecho de las redes nuestra profesión… es como si necesitásemos clientes para nuestro ego. Nos hemos vuelto publicistas de nuestras propias vidas; necesitamos que alguien apruebe hasta el café que nos estamos tomando.

—Una vida herida por el marketing. 

—Conviertes tu casa en un bodegón. Dices: “Esta soy yo, esta es mi casa”. Se ha convertido en una necesidad comunicar nuestra vida. El espacio privado ya no tiene ningún sentido. Bueno, está claro que sigue habiendo gente que sabe utilizarlo. Todo el rato estamos hablando de los extremos, pero es que si yo no hablo de los extremos en esta novela… no tengo historia.

—Realmente… no sé si son extremos.

—Claro, tienen algo de espejo de la realidad. Lo que quiero decir es que las dos protagonistas han vivido una situación límite. El de Greta, por cierto, es un caso real. Puedo tener imaginación para crear algo de ciencia-ficción, pero no para meterme en un convento. Patricia… es un reflejo algo deformado de todos nosotros.

—Si Mitología de Nueva York se planteaba como una metanovela, esta… en cierta medida también lo es. La presentas con un prólogo escrito por la propia narradora; todas las citas que abren cada capítulo son de los protagonistas del libro… y existe un reflejo claro entre narradora y autora. Entre Patricia y tú.

"El que tiene todos los rasgos de lugar común dentro de un grupo es el que triunfa. Hay, pues, un rey de la normalidad y un grupo de normales acólitos"

—Sí. Así como en Mujeres que compran flores no existía una identificación total por mi parte con ninguna protagonista, aquí no me importa decir que sí. La voz de Patricia tiene mucho de mi propia voz. No le he prestado mi vida privada porque yo estoy muy alineada con Stephen King, cuando dice que ninguno de nosotros tenemos un buen argumento como personajes. Si cuento mi vida sin más, no valgo un pimiento. A Patricia lo que le he prestado es mi relación con el mobbing. Cuando la persona real que inspiró a Greta me contó su historia, siendo un universo tan distinto al mío y siendo yo agnóstica… me sentí identificada con muchas cosas. Me di cuenta de que habíamos vivido un acoso y derribo muy similar. En España no nos gusta ni lo que destaca por arriba ni lo que destaca por abajo. Para estar tranquilo hay que pertenecer al status quo. En el momento en que se destaca, se es atacado. La rareza, para bien o para mal, se ataca hasta que esa persona se supone que ha conseguido algún tipo de éxito profesional. Ahí, lo raro se convierte en algo positivo. Pero hasta entonces hay un arduo camino.

—Existe, por así decirlo, un círculo vedado de personas que tratan de preservar el orden establecido, quizá un estado de mediocridad permanente que repele a quienes tratan de quebrarlo.

—A veces es envidia, otras es simplemente el shock que produce encontrarse a alguien distinto. Y digo distinto en el sentido de que pertenezca a una minoría, por lo que sea: raza, altura, gustos… Creo que se intenta desesperadamente atraer a esa persona al grupo, porque el diferente te hace plantearte preguntas que nadie quiere plantearse. Estás muy cómodo en tu posición de normalidad. Si lo piensas, este es un rasgo de la adolescencia. Los adolescentes se mueren por pertenecer al grupo. Se visten iguales, dicen las mismas tonterías… El que tiene todos los rasgos de lugar común dentro de un grupo es el que triunfa. Hay, pues, un rey de la normalidad y un grupo de normales acólitos. Ese mismo rasgo, aplicado a una sociedad… la convierte en una sociedad adolescente, poco madura en cuanto a cómo admite o encaja la diversidad.

—En ese sentido, un esfuerzo importante tanto de El sueño de la crisálida como de Mujeres que compran flores es el de crear un circuito de diálogo entre mujeres que vienen de diferentes lugares, de diferentes razas, con diferentes formas de ver la vida y que, sin embargo, encuentran un espacio compartido en el punto común de haber sido dominadas en el pasado.

—Ellas se encuentran en su rebeldía. En decir: no, no quiero pertenecer a este grupo. Ahora voy a exagerar mis diferencias. Sin embargo, El sueño de la crisálida busca dejar de ser la historia entre dos mujeres: ellas son el disparador, pero todos los personajes a su alrededor también habitan los márgenes del status quo, desde la propia Serena, que muestra un rasgo de humanidad en su teórico mundo perfecto —sube una foto desmaquillada y triste a su Instagram—; a Leandro, un científico que asume verdaderos y caros esfuerzos para no experimentar con animales.

—Hay una cosa que me llama mucho la atención, no sé si pretendida: tanto en el caso de Patricia como en el de Greta, las personas que bloquean sus respectivos caminos vocacionales son también mujeres —Inés y Dominga—, quizá los dos personajes con menos relieve de la novela, al funcionar más como contrapeso que como personajes per se. Sin embargo, el hombre es una presencia etérea, más bien un opresor silencioso que no se adentra en esa batalla directamente.

—No creo que las mujeres seamos particularmente enemigas de nosotras mismas, pero sí que percibo que el encontronazo —al menos a nivel laboral— se produce más veces entre mujeres que entre hombres. Además, no quería que se confundiese esto con una cuestión de género. En el caso de Greta, al ser una historia real que se desarrolla en un mundo exclusivamente compuesto por mujeres, no había más que rascar. En el caso de otros personajes… si hubiese puesto un encontronazo laboral entre hombre y mujer, rápido se llevaría a una cuestión de género que no es, en mi opinión, el tema de esta novela. No es una batalla de sexos. El hecho de que sean dos mujeres las protagonistas es una casualidad. No es la historia de dos mujeres, sino de dos seres humanos.

—Bueno, pero sí tiene sentido que sean dos mujeres, teniendo en cuenta la construcción de la sociedad en la que vivimos. La mujer está más preparada para adentrarse en un espacio de diálogo que el hombre, que al estar colocado en una posición de privilegio está mucho menos dispuesto a plantearse todo esto.

"No creo que esto esté superado, ni mucho menos, pero sí pienso que el diálogo no tiene que ser entre nosotras mismas, sino entre todos. De lo contrario, estás cortando ese flujo de información que se ha producido"

—No lo sé, no lo tengo tan claro. Cuando hablo con compañeros míos periodistas… resulta que han vivido cosas muy parecidas a las mías y también necesitan ese diálogo. Me daba mucho miedo el hecho de que fuesen dos mujeres y estuve a punto de cambiarlo, pero al final pensé que no tenía sentido hacerlo sólo por lo que se pudiese comentar al respecto. No me apetecía que se llevase esta historia otra vez a algo entre mujeres. En mi opinión, abre bastante más el abanico. Estoy hablando de personas que hacen cadena, de rehumanizar ciertos aspectos de la sociedad. De cosas aparentemente sencillas que hemos abandonado. De tener unas creencias propias que no pasen por pertenecer a una iglesia o una religión.

—Buscas imprimir a tu novela una mirada progresista quitando capas. En lugar de enfrentar directamente un punto de vista beligerante, tratas de saltarte pasos y de asumir que esa beligerancia ya ha surtido efecto, llegando a un nuevo lugar de conversación en el que ciertas cosas ya están superadas.

—Estamos en el camino. No creo que esto esté superado, ni mucho menos, pero sí pienso que el diálogo no tiene que ser entre nosotras mismas, sino entre todos. De lo contrario, estás cortando ese flujo de información que se ha producido. Hay que seguir luchando porque no se extirpe de la sociedad a los diferentes, porque se proteja la diversidad. Y es importante asumir que hemos llegado a un punto civilizado en que las mujeres hemos conseguido romper muchas barreras —¡hemos roto muchas, no soy nada catastrofista!—. ¿Que si tenemos que seguir luchando? Por supuesto. Pero decir que hay que seguir luchando no implica significar que no hayamos conseguido nada. Parece que si dijésemos eso… todo el mundo fuese a relajarse. Y no es eso.

—Las batallas sociales son, en ese sentido, como el conocimiento: cuantas más cosas sabes, más se abre el abanico de cosas por saber. Aquí, una vez las batallas más fundamentales se resuelven, aparecen otras más concretas que ayudan a que ese equilibrio se reproduzca en todos los ámbitos, incluso en aquellos en los que nunca se habría imaginado este debate.

—Claro, y eso es inspirador, y es bonito ser consciente. Eso nos hace tener ganas de seguir.

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Mi hermana me ha enviado una fotografía de mi padre acariciando a nuestra gata.