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Pérez Galdós: años y leguas

Aunque España era un país de analfabetos, sumido en la mayor miseria y pobreza, ni siquiera los más privilegiados, quienes mandaban, quienes tenían el poder, quienes habían nacido entre algodones y sábanas de seda y se lo podían permitir, eran capaces de leer un libro. Aun así, es fácil de imaginar ese tiempo de espera entre 1886 y 1887; es decir, entre la publicación de la primera parte y la segunda de Fortunata y Jacinta, en donde debieron cundir las ganas de continuar con las historias planteadas por don Benito. Su Fortunata y Jacinta, con permiso de los partidarios de Clarín y su Regenta, es, sin duda alguna, uno de los mayores monumentos literarios de la historia española y, por ende, la mejor novela que jamás se haya escrito, Quijote aparte.

Galdós, que ya tenía en su haber deliciosas novelas como El amigo manso (1882), Tormento (1884) y La de Bringas (1884), donde ya se intuye lo que está por venir, debió abordar su Fortunata como un reto, como una manera de consagrarse definitivamente y demostrar así su valía, sus muchas cualidades como narrador que muy poco tenía que envidiar a los grandes franceses que le habían precedido y que parecían inalcanzables.

Galdós no se acaba nunca. Es como un río cuyas cristalinas aguas se renuevan a cada instante. Cada época requiere una diferente lectura. Por eso el escritor canario no ha conocido eclipse alguno a lo largo del tiempo, ni siquiera con los del 98 que, en el fondo, admiraban su destreza y su compromiso. En todo caso, se han ido iluminando obras que parecían ocultas por las sombras del tiempo —Miau, por ejemplo, ha sido una de ellas— en detrimento de otras que han dado un paso atrás, resguardadas entre bambalinas, para volver a escena más adelante, en el momento propicio.

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La bonita y lujosa edición de Fortunata y Jacinta llevada a cabo, con todo esmero, sin escamotear ni un solo detalle, por Reino de Cordelia, hace justicia a la novela y, ya de paso, también a Galdós. Dos tomos en un solo estuche, de medio millar de páginas cada uno, con ilustraciones de Toño Benavides y con un prólogo del escritor José María Merino que, aunque breve, resulta íntimo, muy personal, y, al mismo tiempo, a la altura de los mejores estudios llevados a cabo hasta el presente sobre este relato.

Pero vayamos por partes. Benavides (León, 1961) ha sido colaborador en periódicos como Diario 16, El Mundo, The New York Times y El Economista. Los dibujos que aquí nos presenta son a todo color, con dominio de los tonos oscuros. Son dibujos sugerentes, vaporosos, de tono clásico, de una enorme elegancia. Tienen algo de caricaturescos. El retrato que Benavides exhibe de Galdós no le va a la zaga al resto de las ilustraciones. Un retrato verdaderamente magistral hecho a lápiz, en donde el rostro de don Benito parece cansado, con la mirada fija en nosotros y la mano izquierda sobre su cabeza, como si ésta fuera la bola del mundo, el morral de su imaginación, y la derecha sobre una mesita de café, con un libro cuya portada tapa con sus dedos.

María Robledano y Jesús Egido, responsables de la edición, en una breve nota al inicio del primer volumen, dejan claro que siguen de cerca la fijada por la catedrática Yolanda Arencibia para la edición del Cabildo de Gran Canaria, “que, a su vez, se basa en la primera de la novela publicada por la editorial Guirnalda en 1887 en volúmenes independientes”.

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Entre las páginas 13 y 21 transcurre el prólogo de Merino, escritor, como tantos otros, que mucho debe a Galdós. Merino no tiene reparo en declarar que “la lectura de los clásicos, aparte de devolvernos el elemento temporal, nos permite entrar en un mundo creado por aquel lejano autor y familiarizarnos efectivamente con pensamientos, actitudes, conductas… que en la realidad han transcurrido muchos años o siglos o siglos antes de nuestra existencia”.

Merino se declara joven lector de Galdós. En aquel tiempo tuvo que recurrir a las Obras completas de Aguilar de los años 41 y 42, que se hallaba en la biblioteca familiar. Al mismo tiempo, se lamenta el escritor leonés de que autores tan significativos y de tanto renombre como Rosa Chacel, Juan Benet y Francisco Umbral alentaran con sus comentarios la difusión del apelativo de “garbancero” referido a Galdós e inventado, como no podía ser de otro modo, por Valle-Inclán.

Volver a Galdós y a su Fortunata le ha resultado “deslumbrante”, de ahí que aproveche la ocasión que se le brinda para enviarle un mensaje, nada subliminal, al todopoderoso, recién fallecido, Harold Bloom, quien, como nos recuerda Merino, dedica 16 páginas a Tolstói y solo menciona, de paso, el nombre de Galdós.

Y aún tiene tiempo Merino de poner sobre el tapete los mayores méritos de Pérez Galdós: el discurso, el diseño de los personajes —“ninguno descuidado por el autor”—, la atmósfera humana y moral, así como la composición del espacio social. Más no se puede pedir. Y concluye: “A Don Benito, aficionado al dibujo y autor de algunas imágenes interesantes, le hubiera resultado muy satisfactorio encontrarse una edición de su gran novela como esta”. Santa palabra.

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Autor: Benito Pérez Galdós. Ilustraciones: Toño Benavides. Prólogo: José María Merino. Título: Fortunata y Jacinta: Dos historias de casadas. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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