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Tiempo de adrenalina

Tiempo de adrenalina

Hay escritores que a lo largo de su vida como creadores sólo se han dedicado a dar palos de ciego, cambiando de estilo, como quien se cambia de ropa interior, adaptándose a las modas, según la dirección en la que sople el viento, o alejándose, hasta extremos insospechados, de las mismas para dar una sensación de malditismo, de rara avis; buscando, en definitiva, nuevos cauces para su literatura cuando el verdadero problema está, sencillamente, en la falta de talento.

Ginés Sánchez (Murcia, 1967) se halla en las antípodas de lo apuntado con anterioridad. Ha sido, desde sus inicios, fiel a un determinado tipo de literatura, escrita a contracorriente, sin excesivos guiños ni concesiones al lector, que no tiene otro remedio que aprender a navegar por su cuenta para no naufragar en un mar llevado a su mínima expresión, en donde no sobra ni falta una coma. En donde, en definitiva, no hay ni una sola palabra de más para que no se active el siempre temido sonajero de quienes carecen de criterio y, sobre todo, de imaginación.

Así ha sucedido desde la aparición, hace poco menos de una década, de su espléndido, original e inquietante Lobisón, al que le han seguido otras obras que han servido para que la crítica más rigorosa y los lectores más exigentes hayan encumbrado a este escritor hasta el lugar que verdaderamente merece a base de esfuerzo, tesón, constancia y otras muchas renuncias. Títulos posteriores como Los gatos pardos, con el que obtuvo el Premio Tusquets, con los parabienes y los elogios de gente muy poco sospechosa y escasamente predispuesta a bailarle el agua a cualquiera, como Juan Marsé y Almudena Grandes, Entre vivos, Dos mil novecientos seis —una distopía que, como en alguna parte dejé escrito, hubiera podido firmar el mismísimo Juan Rulfo— y Mujeres en la oscuridad, relato en el que ya demuestra una enorme soltura narrativa y su dominio de la técnica cuando todavía no ha dicho su última palabra.

"El argumento de Las alegres no puede ser más sencillo. Estamos en un lugar llamado Cheetah, ubicado en alguna parte de América Latina, con mujeres que son sistemáticamente asesinadas"

No nos debe extrañar, pues, que Ginés Sánchez haya sido comparado no sólo con el ya mencionado Rulfo o con el Faulkner de El sonido y la furia, sino, asimismo, con autores que, tras su muerte, no parecían haber dejado rastro alguno para alimento de posibles discípulos, como es el caso de Roberto Bolaño. El maestro Pozuelo Yvancos, con su habitual ojo clínico del que hace gala en su oficio de crítico, fue uno de los primeros en percibir con claridad la huella del malogrado autor de Los detectives salvajes en alguna de las obras de Ginés Sánchez. Ambos están unidos, no sólo por la evidente presencia del miedo y de la muerte, de una suprema violencia tratada con una frialdad que resulta inquietante y conmovedora, al estilo de Truman Capote y su A sangre fría, sino también por otros rasgos fáciles de detectar en uno y en otro autor: el firme compromiso del artista, la apuesta por la creatividad y el desprecio de lo convencional, la precisión, la escasez de descripciones, la aparición de protagonistas de actitudes inquietantes y perturbadores, y, sobre todo, el interés de ambos narradores por poner en claro, bien a la vista, sin tapujos ni rodeos, lo más denigrante de la condición humana.

El argumento de Las alegres no puede ser más sencillo. Podría resumirse en un par de líneas. Estamos en un lugar llamado Cheetah, ubicado en alguna parte de América Latina, con mujeres que son sistemáticamente asesinadas, con un acendrado machismo que supera los peores pronósticos. La aportación de Ginés Sánchez no consiste en ofrecer un relato de estilo periodístico al uso; antes bien, apuesta por buscarle los tres pies al gato y sacarse de la manga, con la elegancia de un buen mago, una especie de grupo salvaje integrado por mujeres y algunos hombres que, hartos, han decidido dejar a un lado los gritos, las reivindicaciones, las pancartas, los manifiestos y las quejas, y pasar a la acción en una etapa de post feminismo radical que no le hace asco alguno a la más desatada e incontrolable violencia. En esa sopa caliente, con ese caldo de cultivo, nacen Las Alegres, quienes, fustigadas por ese tiempo de adrenalina,  “pretenden generar el terror en todos los hombres sin distinción alguna”. Es decir, lo que aquí se denomina “terrorismo de género”.

"Ginés Sánchez procura mantenerse al margen, aunque no le faltarían razones para hundir sus manos en el fango ante un asunto de actualidad que no deja impasible a nadie"

Ginés Sánchez procura mantenerse al margen, aunque no le faltarían razones para hundir sus manos en el fango ante un asunto de actualidad que no deja impasible a nadie. Esa frialdad y ese distanciamiento le permiten construir un discurso que se centra en la forma, en la estructura y en el armazón caleidoscópico de su novela, que, de algún modo, nos recuerda a obras como La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, o el delicioso Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa. Papeles sueltos, trozos de entrevistas radiofónicas, documentos diversos, conversaciones a media voz, cogidas al vuelo, fragmentos extraídos de ciertas obras posiblemente inventadas, así como el proceder y los diálogos, frescos, repletos de espontaneidad, que retratan a sus personajes —el padre Orellana, “el cura de las mujeres”, tiene su referente en García Márquez—, conforman todo este rico y variado material que el lector avisado debe ir colocando con mucho tiento en su sitio para ver con claridad el verdadero mensaje, el auténtico rostro del problema.

En el capítulo 109 de Rayuela, con la ironía propia de un siempre inspirado Cortázar, el escritor argentino habla sobre los llamados efectos de “estructuración visual”. Y lo hace en estos términos, que bien podrían servirnos para aclarar lo que se cuece y, sobre todo, cómo se cuece en la espléndida novela de Ginés Sánchez: “En alguna parte Morelli procuraba justificar sus incoherencias narrativas, sosteniendo que la vida de los otros, tal como llega en la llamada realidad, no es cine, sino fotografía, es decir que no podemos aprehender la acción sino tan sólo sus fragmentos eleáticamente recortados”.

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Autor: Ginés Sánchez. Título: Las alegres. Editorial: Tusquets. VentaTodostuslibros y Amazon

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