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La manipulación que no escandalizaba a nadie

La manipulación que no escandalizaba a nadie

Periodismo herido busca cicatriz. Así titula su nuevo libro, prologado por Iñaki Gabilondo y publicado por Plaza y Valdés, Javier Mayoral, director del departamento de Periodismo y Comunicación Global en la Universidad Complutense. En esta obra busca soluciones acompañado con las aportaciones de once periodistas españoles con una sólida trayectoria profesional: Iñaki Gabilondo, Lucía Méndez, Soledad Gallego-Díaz, Enric González, Álex Grijelmo, Ignacio Escolar, Vicente Vallés, Paco González, Rosa María Calaf, José Antonio Zarzalejos y Jesús Maraña. Zenda ofrece un adelanto del libro.

La manipulación que no escandalizaba a nadie

Lo presenté como el autor de un libro (El violento oficio de escribir) al que debían echar un vistazo. Nunca se sabe. Conté un poco su historia, su singularidad. Todos conocían la etiqueta de «novela de no ficción», pero la asociaban directamente a Truman Capote y al nuevo periodismo americano. Cuando les hablé aquella tarde del argentino Rodolfo Walsh, la mayoría puso una cara que conozco bien. No es un gesto de rechazo. Ni tampoco de aprobación. Es una mueca que viene a significar algo parecido a esto: Continúe, por favor, pero acabe pronto.

Que tenemos cosas interesantes que hacer, les faltaba insinuar. Pero, ya que había comenzado con la presentación, decidí llegar hasta el final. Por lo menos había que intentarlo. Mientras les contaba la historia de «los fusilamientos de José León Suárez», tomé el ejemplar de Operación masacre que tenía en las manos, busqué el «Provisorio epílogo» y me dispuse a leer uno de sus párrafos. Miré a una chica que días antes había retuiteado una frase de Walsh. Supongo que le gustó aquel enunciado tan rotundo, tan redondo, aunque quizá desconociera el contexto en el que originariamente fue publicado.

A finales de 1955 escribí un artículo periodístico con el que me propuse realizar un homenaje a tres hombres de la aviación naval, muertos en la campaña del Sur, combatiendo con simple y comprobable heroísmo. Por causas que más vale no recordar, las autoridades del ministerio de Marina vetaron esa nota, primero verbalmente y después por escrito. Ellos entendieron que los caídos, sus propios muertos, podían prescindir de tal homenaje —que sus enemigos acaso no les hubieran negado— y yo entendí que podía prescindir de la opinión del ministerio de Marina. Porque tanto entonces como ahora creo que el periodismo es libre, o es una farsa, sin términos medios. Y el artículo, naturalmente, salió publicado con mi firma, a pesar de la expresa desautorización que aún tengo en mis manos.

Enfaticé al llegar a la penúltima frase: «El periodismo es libre, o es una farsa, sin términos medios». La alumna del retuit miró un poco desconcertada, preguntándose tal vez dónde había leído u oído ella esas palabras. Entiendo su confusión, porque además en Twitter circula una cita no literal. No obstante, debió de acordarse en seguida, porque sonrió apenas un par de segundos después. La invité entonces a participar. «Creo que Lucía conoce esa frase, ¿verdad?», dije. Ya me había dado cuenta de que no era el día más adecuado para hablar de Rodolfo Walsh como un llamativo antecedente del nuevo periodismo americano. Otra vez será. Pero vayamos hoy a esa idea: o es libre o es una farsa. «Entonces no tenemos problema —añadí—, porque nuestro periodismo es libre». Provoca, que algo queda.

Lo mejor del breve debate que se generó entonces vino cuando un alumno de la segunda fila se atrevió a contradecir a los demás compañeros. «Está muy bien todo eso que estáis comentando, queda fenomenal, muy ético, pero con ese planteamiento no se gana uno la vida, porque la primera vez que te niegues a hacer algo (por aquello de no ir contra tus principios profesionales) será también la última», dijo. Como antes había insinuado que estaba haciendo prácticas en un medio, me atreví a preguntarle si había visto o vivido ya alguna situación de ese tipo. «Esto que estamos planteando aquí —añadí mirando a otra parte del aula— no es un asunto teórico, ajeno a la realidad, sino que tarde o temprano nos va a ocurrir a todos, así que conviene que vayamos pensando qué haremos en ese momento: cuando te pase a ti, ¿qué harás?».

El alumno de la segunda fila interpretó que la pregunta no era retórica, ni dirigida al conjunto de la clase. Pidió la palabra de nuevo y argumentó que no creía que en el periodismo español hubiera graves problemas en relación con este asunto. Extraño: aún no habíamos utilizado la palabra «manipulación», pero ya estaba en la cabeza de todos. «No me parece —prosiguió— que tengamos que rasgarnos las vestiduras por algo que no es una práctica generalizada». Insistí entonces en mi primera pregunta: ¿Has visto o vivido un caso de clara manipulación informativa? La respuesta del alumno me impresionó: «No, aunque sí es verdad que alguna vez no me han publicado algún texto». ¿Porque estaba mal? ¿Porque no era interesante? ¿Porque podía molestar? «No se publicó, supongo, porque podía molestar», respondió.

Sí que me impresionó. Me impresionó la naturalidad de su confesión. Sentí que aquel joven periodista hablaba de algo que para él era absolutamente normal, intrascendente, consustancial al oficio. «No me han publicado algunos textos», dijo. «Supongo que porque podían molestar». Lo que me impresionó no fue tanto el contenido como el tono que había utilizado. Como si esa circunstancia de la que hablaba fuera previsible, casi lógica. Tal vez por eso, por entender que se trataba de una práctica ordinaria, ni siquiera se había atrevido a preguntar por qué no le habían publicado esas piezas. Ni una leve mueca de fastidio ante el tijeretazo del jefe de sección. O del jefe del jefe de sección. Qué más da.

Claro está que ese estudiante de periodismo no tiene culpa de nada. Al contrario: al menos mostró valentía para decir en clase lo que pensaba tras escuchar varias intervenciones de otros compañeros muy críticos con los periodistas y con los medios de comunicación españoles. Le agradezco la sinceridad y el atrevimiento. Y le agradezco en especial que me haya obligado a pensar de nuevo: tal vez no le falte algo de razón. Quizá no es tan grave la manipulación en sí misma, porque —como escribió Antonio Machado— siempre se miente más que se engaña. Engañan las primeras mentiras. Luego ya todo es un juego.

La actitud de ese chico refleja bien lo ocurrido en España durante decenios. Nos fuimos acostumbrando al juego a medida que íbamos descubriendo las mentiras. Acabamos aceptando que hay líneas editoriales tan vigorosas que logran moldear los hechos a su imagen y semejanza. Hemos visto cómo la realidad se empleaba, con sistemático descaro, para confirmar la posición editorial de cada periódico. Escribir para probar, no para contar: justo lo contrario de lo que pedía Quintiliano. Durante demasiado tiempo hemos aceptado también que los medios audiovisuales de titularidad estatal actuaran sistemáticamente como radios y televisiones gubernamentales, lo cual suponía algo mucho más grave que el desprestigio de empresas periodísticas concretas, puesto que se aniquilaba de paso el concepto de «medios públicos».

Nos hemos ido acostumbrando. He ahí el problema. ¿Has visto o vivido un caso de clara manipulación informativa? «No», respondió. Así empezó su respuesta. Luego ya admitió lo que todos sabemos: que algunas noticias no se pueden publicar —y no se publican— porque molestan, porque no conviene, porque no encajan en la línea ideológica de un determinado medio de comunicación. Con mayor o menor grado de resignación, hemos acabado aceptando que así funciona este juego. Nos fuimos acostumbrando los periodistas y también los ciudadanos.

Los periodistas hemos tejido una red para protegernos. Para transigir sin necesidad de amenazas explícitas, siempre tan desagradables. Puesto que sabemos perfectamente qué es lo que no se puede o no se debe decir, para qué decirlo. No tiene sentido invocar a los censores. Mucho mejor actuar de forma preventiva. Mejor construir nuestras propias limitaciones o prohibiciones. En una redacción viva siempre hay alguien dispuesto a incumplir esta norma, pero ese hombre o esa mujer valiente suele pagarlo caro. Los demás, como es lógico, toman nota de lo sucedido. Para la próxima vez en la que duden, ya sabrán a qué atenerse. En una redacción viva se aprende sobre todo a sobrevivir. Los plumillas que hayan leído a Maquiavelo tendrán ventaja.

Los ciudadanos, hoy, consumen informaciones en soportes digitales en los que predominan la confusión y el desorden. Las noticias llegan por doquier. Con mucha frecuencia, a través de las redes sociales. La lectura más o menos planifi cada del viejo periódico impreso en papel se sabe ya en peligro de extinción. La radio y la televisión clásicas compiten con el podcast y con la denominada «televisión a la carta». El cotexto (aquello que envuelve a un enunciado concreto) se ha vuelto imprevisible. En ese nuevo entorno resulta aún más difícil separar lo verdadero de lo falso, la información rigurosa de la cretinez banal y fraudulenta. El mensaje silencioso que llega al lector, al oyente o al espectador se parece a algo que escribió Alan Poe en uno de sus cuentos: «No crea usted nada de lo que oiga, y solo la mitad de lo que vea». Entre tanta faramalla, cabe tal vez pedir ayuda a los ciudadanos, pero lo lógico es que sean los periodistas (y los medios de comunicación) quienes den el primer paso.

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Autor: Javier Mayoral. Título: Periodismo herido busca cicatriz . Editorial: Plaza y Valdés. Venta: Amazon y Casa del libro

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