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Pesadillas de una noche de verano

Pesadillas de una noche de verano

Robert Lawrence Stine y yo nos conocimos hace 10 años en Ohio, Estados Unidos, mientras él escribía el libro No bajes al sótano de la colección Pesadillas. Estaba deambulando por el jardín de la casa abandonada donde descansan mis huesos cuando le agarré del tobillo con mis manos cadavéricas. Stine, en lugar de asustarse, comenzó a reír con una carcajada que me dio miedo incluso a mí. Le gusta mucho meterse en el papel y suele visitar el escenario de sus libros donde lleva también a sus hijos y a los amigos de sus hijos para que inspeccionen la zona y tomen nota de los rincones más tenebrosos.

A propósito, soy Rob, el esqueleto que aparece en la foto de abajo junto a R.L. Stine.

Stine y yo, 2007

Sé que sus libros de terror descansan en las mesillas de muchos de vosotros, que los cogéis de las librerías por lo sugerente de sus títulos, por los colores y porque son los únicos libros que brillan en la oscuridad como los ojos de los lobos por la noche. Y también porque sus capítulos están escritos con letras de terror.

 

La mayoría de sus libros los protagonizan chavales, a menudo hermanos o amigos que descubren cosas misteriosas en lugares aparentemente tranquilos. En La casa de la muerte, por ejemplo, los padres y los hijos se mudan a vivir a una casa antigua donde empiezan a suceder cosas misteriosas; luces que parpadean, presencias extrañas, y todo ante la mirada incrédula de los padres que se niegan a creer en las historias infantiles y absurdas de sus hijos. No es por tirarme el pisto pero el guion de esa historia, que todos conocéis de sobra, se lo chivé yo, que llevo muchos siglos muerto y conozco de pe a pa las historias de miedo. Es verdad que mis historias pueden parecer un poco antiguas, que se repiten cada dos por tres, pero no os engañéis, el miedo no ha cambiado nada y la gente sigue asustándose por las mismas cosas de siempre. El miedo no envejece nunca. El miedo es una momia. El miedo es eterno.

Muchos dicen que las historias de Stine son tan previsibles como las pelis que ponen en la tele los fines de semana después de comer, pero yo sé que hay algo en esas historias de miedo y suspense que genera adicción. Todos sabéis desde el principio lo que va a pasar pero encontráis placer dando razón a vuestras predicciones, acertando la quiniela del miedo:

—Lo sabía —decís orgullosos del hallazgo—, sabía que ese era el asesino.

Pero, a pesar de saberlo, os he visto a todos abrazados a cojines, tapándoos los ojos e incluso saltando del sofá cuando algo os asusta. Y después, antes de ir a dormir, revisáis bien debajo de la cama y en los armarios, porsiaca ¡Cómo os morís de miedo los vivos!

Fijaos si conozco historias espeluznantes, de tantos siglos que llevo muerto y aburrido, que además de ayudar a Stine he estado también hueso con hueso con directores de la talla de Steven Spielberg. Soy una enciclopedia de terror. Yo le di la clave del miedo y le dije:

—Steven, filma una historia con un niño y un fenómeno paranormal; por ejemplo, qué sé yo, una tele que se apaga, un cementerio bajo los cimientos de una casa, un extraterrestre arrugado, etc. Algo ajeno a los vivos, algo de otro mundo.

Entonces Spilberg hizo varias pelis siguiendo mis consejos, Poltergeist y E.T (1982). En ambas aparece un niño o un grupo de niños asustados en un primer momento que poco a poco se van familiarizando con lo paranormal hasta convivir con ello. Pero el susto inicial no se lo quita nadie. Ese susto que desencaja la mandíbula, paraliza los músculos y lleva todo el movimiento al corazón, que parece irse de rally y abandonar el cuerpo. Y si viene acompañado de un grito agudo mejor que mejor.

Fotograma de Carol Anne en Poltergeist, 1982

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Fotograma de Gertie la primera vez que ve a E.T., 1982

Mi colega Stine, que siempre se sienta a escucharme con cuaderno y boli, ha sabido recoger todo mi conocimiento universal sobre el miedo en los tomos de la colección Pesadillas. No tiene la prosa de Oscar Wilde, Bram Stoker o la Patricia Highsmith, pero sus libros dan un miedo que te cagas.

—Toma nota, Stine, voy a enumerarte las cosas que dan miedo desde el principio de los tiempos —le dije dos días después de conocernos.

Y él escribió en su libreta con letra de terror:

  • Los fantasmas
  • Los monstruos
  • Los espantapájaros que reviven
  • Los pianos de cola
  • Las casas encantadas
  • La metamorfosis de humanos en bestias
  • Los gnomos
  • Los muñecos que hablan

Y después escribió un libro con cada una de las cosas que le aseguré que acojonaban. Uno de mis favoritos es La noche del muñeco viviente I y II  porque los muñecos diabólicos me han gustado siempre y porque en su día tuve el placer de coincidir con Chucky y mi esqueleto sintió un escalofrío mayor que cuando conocí a Drácula en 1460.

Chucky, el muñeco diabólico (1988) y mis dos libros favoritos de Stine

¿No creéis que Stine y yo somos la pareja perfecta de muertos vivientes?, ¿conocéis mejor biblioteca de terror que la nuestra? Gracias a sus libros yo me muero de miedo cada noche, y eso que muerto ya estoy.

En fin, queridos, que ya va siendo hora de apagar la luz. Dulces Pesadillas.

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