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Pienso, luego Descartes existe

Pienso, luego Descartes existe

(apuntes de filosofía para jóvenes, séptima entrega)

 

Bien se podría decir también, quizás de un modo un tanto hiperbólico y probablemente poco cartesiano, que pensamos como pensamos porque existió Descartes. En este sentido, se considera a este gran pensador francés, nacido en la antesala del siglo XVII, como el padre de la filosofía moderna y el impulsor del movimiento racionalista, punto de partida de todo el desarrollo del pensamiento occidental en los siglos posteriores.

Gran filósofo, gran físico, gran matemático, creador de la geometría analítica, se le asocia con los famosos ejes cartesianos que, si bien en nuestros años de estudiantes nos parecían instrumentos de tortura, vistos ahora con la perspectiva de los años, nos deslumbran por su maravillosa forma de representar y analizar las figuras geométricas y todo tipo de funciones. La leyenda cuenta que Descartes los inventó mientras observaba el vuelo de una mosca en el techo de su casa, tratando de fijar su trayectoria. En el campo de la física impulsó una visión mecanicista de la naturaleza: el universo sería una gran máquina cuyo funcionamiento se rige por leyes matemáticas que pueden ser identificadas y estudiadas.

"A los dos meses de su estancia en Suecia, Descartes amenazó con abandonar la corte. La reina, finalmente, decidió aceptar las clases de filosofía, pero las fijó a las cuatro de la mañana"

Descartes tuvo una vida bastante azarosa, lo que no se compadece muy bien con la supuesta apacibilidad de la vida de un filósofo. Sus propuestas, que rompían de forma tan radical con la escolástica medieval, no gustaron, cómo no, al estamento eclesial y hubo de sufrir presiones y acosos de todo tipo. Viendo cómo los huesos del pobre Giordano Bruno se habían dorado en la hoguera de la intolerancia a causa de sus avanzadas ideas, y que se había humillado a Galileo obligándole a retractarse de su apoyo al heliocentrismo de Copérnico, tuvo que suavizar sus propuestas e incluso llegó a dejar de publicar algunas de sus teorías, que sólo salieron a la luz póstumamente.

Debido a estas presiones buscó otros aires más propicios, aceptando la invitación de la reina Cristina de Suecia, que le propuso ser su preceptor de filosofía. Allí vivió una rocambolesca experiencia, poco digna de su condición de gran pensador. Como retrasó seis meses su viaje a la corte sueca, cuando llegó, la reina ya había perdido el interés por la filosofía. Se le ofreció un viaje de seis meses por Suecia, pero él se negó. Ante esta situación, y para aprovechar la estancia de Descartes en la corte, la reina tuvo la brillante idea, tal es el crédito que puede conseguir un buen filósofo, de mandarle componer la música de un gran ballet para conmemorar la paz de Westfalia. Descartes, honesto respecto a su talento musical, rehusó, pero no pudo evitar tener que componer el libreto. Lo hizo con tan mal tino que fue un éxito completo y a punto estuvo de ser obligado a seguir con esa tarea.

"El cartesianismo devolvió a la Razón todo el potencial creador que le había sido hurtado por parte de la filosofía escolástica cristiana"

A los dos meses de su estancia en Suecia, amenazó con abandonar la corte. La reina, finalmente, decidió aceptar las clases de filosofía, pero las fijó a las cuatro de la mañana, en uno de los inviernos más crudos del siglo. Descartes, que presumía de dormir más de diez horas al día y no levantarse de la cama antes del mediodía, tuvo que plegarse a los deseos reales (y eso que Aristóteles había recomendado, como él mismo había hecho, que los filósofos pasaran por la experiencia de vivir en un palacio al lado de un monarca).

Su mente cartesiana no fue suficiente para sobreponerse al frio clima nórdico y cayó enfermo, supuestamente de neumonía. Los médicos quisieron aplicarle sangrías, a lo que se opuso con un toque de chauvinismo: “Caballeros, no derramen sangre francesa”. Finalmente, murió en medio de muchos rumores sobre las causas de la enfermedad. A finales del siglo XX, un investigador, revisando los síntomas de su muerte, descritos en su momento, llegó a la conclusión de que fue envenenado con arsénico. ¡Tales son los peligros de la condición de filósofo!

El cartesianismo devolvió a la Razón todo el potencial creador que le había sido hurtado por parte de la filosofía escolástica cristiana. La Escolástica, tendencia dominante en la filosofía medieval, la había utilizado para explicar y fundamentar la verdad revelada por un Dios Supremo. Poco campo de acción le quedaba al raciocinio, reducido a la oscura tarea de dotar de ciertos visos de verosimilitud, falta hacía, a esa verdad revelada. Por supuesto, en caso de conflicto entre razón y fe, la fe era, faltaría más, el árbitro supremo.

"De este modo, utilizando la duda como metodología para descubrir qué conocimientos son ciertos y cuáles no, la duda metódica, construyó todo un sistema basado en la razón"

Así, durante los siglos precedentes a la aparición de Descartes, filósofos y teólogos habían dedicado sus esfuerzos a cuestiones tan enjundiosas como la demostración de la existencia de Dios (buena prueba de las dudas más que razonables que suscitaba tal extremo), o a aspectos de la realidad cotidiana tan inquietantes para el hombre común como puede ser la determinación del sexo de los ángeles, o si estas espirituales criaturas comían o dormían.

El espíritu aperturista del Renacimiento y los avances de la ciencia abrieron las primeras grietas en el monolítico edificio de la escolástica. Para derribar una construcción tan sólida, la única manera posible era dinamitarla, es decir, poner en cuestión todos los conocimientos adquiridos o heredados hasta la fecha. Descartes hizo tabula rasa de todo lo anterior, y puso en duda incluso el testimonio de los sentidos o su propia existencia y la del mundo exterior. De este modo, utilizando la duda como metodología para descubrir qué conocimientos son ciertos y cuáles no, la “duda metódica”, construyó todo un sistema basado en la razón.

Ahora bien, la propia duda ya genera una primera certeza: como dudamos, podemos estar seguros de que pensamos y, si pensamos, podemos colegir que existimos. Llegamos así al conocido principio cartesiano, «cogito, ergo sum”, aforismo tan citado como indefectiblemente mal pronunciado.

"El cartesianismo, sistema rígido y envarado donde los haya, tuvo una expansión limitada en su tiempo"

Por otra parte, necesitaba algún ente que garantizase la certeza del mundo exterior, de las cosas que percibimos por medio de los sentidos, porque, ¿quién podría asegurar que no son creaciones ilusorias de un “espíritu maligno” que nos quiere engañar, o simples sueños de nuestra mente sin correspondencia real? Para ello, Descartes no fue muy lejos y se conformó con recurrir a la idea de Dios, cuya existencia explica con un argumento muy similar y tan débil como el desarrollado por los escolásticos. A partir de ahí, convencido del orden racional del mundo, desarrolló una metodología basada en los procedimientos deductivos utilizados en las matemáticas para poder alcanzar un conocimiento tan cierto y seguro de la realidad como el que se podía alcanzar en el campo de las ciencias.

El cartesianismo, sistema rígido y envarado donde los haya, tuvo una expansión limitada en su tiempo. Sin embargo, se puede afirmar con rotundidad que, a partir de Descartes, toda nueva propuesta filosófica tuvo como referencia el racionalismo cartesiano, ya fuera para completar y dar coherencia a sus propuestas ya fuera para oponerse frontalmente a ellas. En este sentido, el racionalismo constituye el primero de los -ismos filosóficos que constituyen gran parte del corpus del pensamiento moderno (realismo, idealismo, materialismo, empirismo).

René Descartes murió a la edad de 54 años, cuando había planificado toda su vida para poder llegar a ser centenario. Está visto que la filosofía y la razón, en contra de lo que algunos pensamos, todavía tienen límites.

 

Próximo capítulo: Spinoza, creador del dios en el que creía Einstein.

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