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Piratas de libros en México

Piratas de libros en México

Los piratas avanzan en el abordaje de la industria editorial mexicana. Las cifras son preocupantes: el 41% del mercado editorial librero lleva bandera Jolly Roger, y en aguas digitales la estampa de la calavera y los huesos cruzados ondea en un 48% de la producción editorial que se vende a través de ese medio. Según el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, ocho de cada diez mexicanos consumen productos piratas, lo que significa que se trata de un auténtico imperio construido a base de expolio y saqueo. En el mundo editorial, las cifras no dejan lugar a dudas: casi la mitad del trabajo de los editores, de los diseñadores, de los libreros y, muy importante, de los autores mexicanos, se lo está robando la delincuencia organizada, como ha denunciado Quetzalli de la Concha, presidenta del Centro Mexicano de Protección y Fomento de los Derechos de Autor (CeMPro), quien pinta así la situación: “Cuando veo a una persona en la vía pública vendiendo libros, esa persona no es quien imprime ni quien distribuye los libros: es el último eslabón de la cadena ilegal de venta del libro apócrifo: el problema es que quien invierte dinero y obtiene ganancias de esto es la delincuencia organizada. Estamos hablando de blanqueo de dinero a través de la comercialización de libros apócrifos; de que cuando le compro a esta persona en vía pública pongo mi dinero en tráfico de armas, de personas, en tráfico de drogas y en todo lo que implican las redes de delincuencia organizada que tanto lastiman a nuestro país”. ¿Y qué hace la ley? Poco, pero cuando se han llevado a cabo operativos contra los piratas del libro, el decomiso sorprende, porque hay bodegas ilegales donde se acumulan hasta 20 toneladas de libros, y solo en un año se aseguraron hasta 70 toneladas de ejemplares apócrifos. En la actualidad, como dice De la Concha, no parecen soplar buenos vientos para el buque editorial, y el sector demanda un mayor apoyo de las autoridades, en gran parte porque el nuevo gobierno no parece muy sensibilizado con el tema. Por esa razón, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), la Asociación de Librerías de México (Almac) y el CeMPpro, promueven la campaña Punto final a la piratería, cuyo objetivo es impulsar acciones para que desde las instancias gubernamentales se emplee una mayor contundencia contra los bucaneros, quienes al menos desde 2014 distribuyen con total impunidad libros apócrifos made in México en toda Centroamérica, debido a que no se están dando los controles de aduana eficientes, a pesar de ser uno de los grandes compromisos de las autoridades con la industria creativa. El problema es que para hundir los barcos de estos piratas hará falta algo más que una armada bien pertrechada.

GUILLERMO FADANELLI, UNA VUELTA DE TUERCA AL THRILLER

"El problema es que para hundir los barcos de estos piratas, hará falta algo más que una armada bien pertrechada"

En El hombre mal vestido (Almadía), la más reciente novela de Guillermo Fadanelli (1960) el autor de obras como MalacaraLodo La otra cara de Rock Hudson da una vuelta de tuerca al género del thriller: su personaje, Esteban Arévalo, un hombre sin oficio con apariencia de pordiosero, paseante sin rumbo por las calles de Ciudad de México y, sobre todo, sospechoso de al menos ocho asesinatos, sirve a los intereses del narrador para hacerse una serie de preguntas sobre el azar, los muchos otros que habitan en un individuo, la justicia y la derrota que trae consigo la aspiración de conocer a otro ser humano y la realidad de quienes cumplen un horario, fundan una familia, se emborrachan los fines de semana y se mueven siguiendo un propósito. Como apunta mi admirado Roberto Pliego, “después de todo, El hombre mal vestido es una novela sobre el oficio de narrar una vida escurridiza en la que Fadanelli contrapone una indagación en el sentido filosófico del término”. Es decir, plantea al lector una serie de problemas que van mucho más allá de su intento por averiguar, mientras lee, qué carajos ocurre en la historia que le cuentan.

LA SAGA DÍEZ-CANEDO

"No olvida el objetivo último: producir ese objeto llamado libro, ya sea impreso o electrónico, y hacerlo útil, manejable y atractivo para ponerlo al alcance del mayor número de personas"
Nieto del poeta español Enrique Díez-Canedo e hijo del magnífico editor Joaquín Díez-Canedo —responsable de facto del canon literario mexicano de la segunda mitad del siglo XX con su inolvidable sello Joaquín Mortiz—, Joaquín Díez-Canedo Flores (1955), ha logrado mantener vivo el rasgo que marca a fuego a esta saga familiar: el amor por los libros y la literatura. Por esa razón, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), lo acaba de distinguir con el Premio Juan Pablos 2020 al Mérito Editorial, el máximo galardón que se entrega a los editores mexicanos, en reconocimiento a su labor de más de 35 años tanto en editoriales privadas como públicas. Físico de formación, Joaquín llegó al mundo de la edición empujado por la circunstancia de su poca cabeza para las matemáticas y su indisciplina a la hora de hincar los codos en fórmulas y temas que en su primera juventud le despertaban poco interés. Así que gracias a los trabajitos que su padre le había encomendado para mantenerlo a flote (galeras a corregir, algún dictamen, una portada), se familiarizó con el mundo editorial y fue cogiéndole el gustillo a los procesos de diseño, los tipos, los formatos, los papeles, los materiales; pero, sobre todo, se sintió fascinado por la conversación con los autores alrededor de sus libros, un privilegio que le permitió tener contacto con creadores como Octavio Paz, Alberto Ruy Sánchez, Ikram Antaki, Leonardo da Jandra o Mónica Lavín, siguiendo siempre las enseñanzas fundamentales de su progenitor: amar y cuidar los detalles a la hora de producir un libro y respetar por encima de todo a los autores y sus obras. Así que desde que tomó las riendas de la editorial que don Joaquín había fundado y más tarde en su periplo personal en otras empresas como el Fondo de Cultura Económica, la editorial Clío, el Grupo Patria, la Universidad Veracruzana o la UNAM, se preocupó de estar al día y vivió la evolución editorial de las últimas tres décadas, revisando galeras de linotipo, pasando por la fotocomposición, los primeros bosquejos en computadora, el procesamiento de imágenes, hasta llegar a las plataformas de libros electrónicos. Para Díez-Canedo la edición es al mismo tiempo “un trabajo solitario y solidario”, porque exige “la concentración absoluta en una sola tarea, que es parte de una cadena en la que interviene mucha gente”. Pero no olvida el objetivo último: producir ese objeto llamado libro, ya sea impreso o electrónico, y hacerlo útil, manejable y atractivo para ponerlo al alcance del mayor número de personas. Ahora solo le resta crear su propio sello, aunque no se atreve porque para fundar una editorial hace falta olfato empresarial y él reconoce no tenerlo, así que habrá que encontrarle un mecenas. Entre tanto, Joaquín escribe lo que llama su “currículum ampliado” para recordar un poco las cosas que ha hecho, la gente que ha conocido, los libros que han pasado por sus manos y lo que ha sido su vida pública. Habrá chicha, seguro.
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