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Playa batalla

Siempre he pensado que la playa es un reflejo distorsionado de la sociedad.

En la playa, la gente no ocupa el lugar en el que la vida les ha colocado, sino el que le gustaría ocupar. Es un terreno para la venganza, para desquitarnos de las injusticias que consideramos que nos persiguen en nuestro día a día, y para soñar con ser otros.

"Esos son los que van a la playa como turistas, a tirar la toalla en cualquier sitio y a meterse al agua por donde sea. Como si todo el mar fuera lo mismo"

La playa empieza a ser conquistada antes incluso del amanecer, cuando es divisada con ojos afilados desde el parapeto de un visillo por ese aguerrido padre de familia que ha madrugado y que ya está listo. Ya tiene el plan trazado, y el objetivo, y saborea ese café tempranero como paladeando la inminente victoria. Aunque se trate de un triunfo sobre un campo yermo; sobre un campo desierto y estéril. Eso no lo ven sus ojos cegados por la ambición de recuperar aquel palmo de arena que abandonó el día anterior, y que presenta el conjunto perfecto de características, minuciosamente descubiertas a lo largo de años de observación: la distancia al chiringuito, la distancia a la orilla en la sección del agua en la que nunca hay algas, la posición idónea respecto a los vaivenes de la marea.

Otros no lo entienden, claro. Otros piensan que exagera; que es un idiota. Esos son los que van a la playa como turistas, a tirar la toalla en cualquier sitio y a meterse al agua por donde sea. Como si todo el mar fuera lo mismo. Esa es la gente que desconoce las reglas; la que se coloca cada vez en un sitio diferente, donde les va dando la gana, a veces incluso atreviéndose a cubrir la vía de acceso que el aguerrido padre ha previsto desde la pequeña provincia de su sombrilla hasta la costa. Son esos los momentos en los que hay que negar con la cabeza y levantar el brazo para señalar al invasor; para explicarle lo que está haciendo, porque no lo entiende. Es evidente, por su manera de mirar, que no lo entiende. Dirige sus ojos atónitos hacia el aguerrido padre, y luego contempla cómo el aguerrido padre solicita el apoyo de la aguerrida madre de la provincia vecina, que también desde la protección de su sombrilla levanta la mano hacia el usurpador, y trata de avergonzarle por lo que está haciendo. Y le repite las reglas en voz alta. Bien alta. Porque el invasor sigue ahí, quieto como una estatua y sin comprender su pecado, igual que un perro avergonzado que todavía no sabe por qué tiene que estarlo.

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"Porque, en verano, nos cuesta más trabajo hablar. Nos cuesta más trabajo todo. Pensamos que nos merecemos perder las ganas y rendirnos"

Es curioso que, siendo la playa un espacio tan público que no puede pertenecer a nadie, se convierta, precisamente, en el más susceptible de ser conquistado por todos. Pero el verano es de esa manera. El verano es ese tiempo en el que los problemas grandes desaparecen y dejan a la vista los pequeños, que entonces cuentan con espacio suficiente para crecer y llegar a ocupar tanto como los grandes. Las minucias del día a día se transforman en dramas, y nos molestan nimiedades como tener que caminar unos metros más allá para encontrar un hueco, o que la arena se nos suba a la toalla, o que la gente hable demasiado alto, o que las nubes tapen el sol, o que sepamos que sólo contamos con la posibilidad de pasear en una de las dos direcciones que nos ofrece la costa, porque ir hacia la otra implica el riesgo de toparnos con aquella persona a la que ahora no tenemos ganas de ofrecer conversación. Porque, en verano, nos cuesta más trabajo hablar. Nos cuesta más trabajo todo. Pensamos que nos merecemos perder las ganas y rendirnos. Pero la realidad es que no estamos dispuestos a rendirnos del todo. Ése es el mayor engaño de las vacaciones: el de convencernos de que nos estamos brindando la oportunidad de que todo nos dé igual, aunque lo que hagamos sea incrementar nuestro nivel de intolerancia para concentrarlo en un conjunto más pequeño de cosas. Nos volvemos menos proclives a soportar la más mínima de las molestias, porque hemos sido educados en el credo de que las molestias son para el resto del año.

Y ese credo es el germen de la hostilidad de los playeros. El que los lleva a aferrarse a sus convicciones de verano, que son más férreas que las del invierno. Porque son suyas. Porque no estando escritas en ninguna parte es como pueden redefinirlas cada día. Confirmarlas una y otra vez, como fehaciente demostración de cara al momento en el que algún extranjero a su pequeño mundo se atreva a intentar romperlas.

Porque ese extraño no tiene el mismo derecho que ellos a crearlas, porque el extraño no ha pasado por el mismo proceso de ensayo y error que les ha convertido a ellos en los sabios de aquel desierto. Es imposible que aquel recién llegado sea capaz de improvisar una nueva regla que tenga encaje sin resquebrajar el puzle de las que ya existían.

Si el extraño lo intenta, será que el extraño está siendo egoísta. Está pensando sólo en sí mismo.

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"Esa gente piensa que aquí hemos venido todos a lo mismo: a sentarnos mirando en la misma dirección y a escuchar el mar, y a olvidarnos durante un rato de nuestros problemas"

La libertad de un lugar sin ley es la que los hace libres para ordenarlo. Para darle sentido. El sentido que tiene todos los días, asignándole, así, una cotidianidad. Pero no una como la del invierno, ojo. No una en la que haya que madrugar para desplazarse todos los días al mismo sitio, o en la que haya que tenerlo todo preparado el día anterior. No se trata de eso. Esto es diferente; esto es para relajarse. Pero para relajarse bien. Con organización. Que la anarquía y el descanso nunca han ido de la mano. Eso es lo que piensa esa gentuza que viene a la playa como quien va al servicio, y encima tiene la osadía de lanzar miradas de desdén hacia los lugareños, y a la amplitud del lugar que ocupan, y al nivel de preparación con el que se asientan.

Esa gente cree que la playa no es más que una extensión de arena paralela al mar, sin ninguna sombra y semejante en todas direcciones, en la que cualquier empeño por elegir un mejor lugar es en vano, porque no hay verdadera diferencia entre un sitio u otro. Esa gente piensa que aquí hemos venido todos a lo mismo: a sentarnos mirando en la misma dirección y a escuchar el mar, y a olvidarnos durante un rato de nuestros problemas.

Como si fuéramos todos iguales.

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