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Poemas para ser leídos en un centro comercial

Poemas para ser leídos en un centro comercial

Poemas para ser leídos en un centro comercial, del poeta Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976), es un libro que se inició, según explica su autor, cuando, paseando por un centro comercial, tuvo la impresión “de estar atravesando las ruinas rutilantes de nuestra memoria sentimental, poblada por escenas y personajes de un imaginario compartido”.

Concebidos y escritos a lo largo de una década, los poemas de este libro continúan una veta que ha seguido desarrollándose en paralelo a las entregas posteriores de Pérez Azaústre, nacida de la fecunda imbricación del arte popular en el discurso emotivo: “Predominaba, digamos, un cierto intimismo culturalista popular. Ya entonces lo titulé Poemas para ser leídos en un centro comercial, porque hay veces que un título nombra un libro, como sucede en este caso. El título ha sido faro, guía, pulso y orientación”. Hay en los poemas, señala el autor, “dos ideas más o menos evidentes: la imagen del centro comercial como lugar de reflexión indirecta para una parte de la cultura contemporánea, o lo que hemos entendido como cultura desde un planteamiento popular —el cine especialmente—, y la reciente devastación de esos espacios, poco a poco abandonados, porque las formas de consumo se han individualizado. Hay también una nostalgia del rito simbólico de las salas de cine, que parecen definitivamente abandonadas como lugar de encuentro”.

Elogiado por maestros de la talla de Gimferrer y Caballero Bonald, Azaústre combina en este libro el rigor y el brillo de estilo presentes en toda su obra, con la capacidad para llegar a un público amplio.

Zenda adelanta este poema como invitación a una lectura mucho más amplia del universo —poético y narrativo— de este interesante escritor.

 

EDADES DE PAUL NEWMAN

Creíamos que no podía morir,

que no iba a morir nunca.

Ha dicho Robert Redford que tras él,

tras su existencia fúlgida y humana,

el mundo es un lugar mejor en que vivir;

pero también la tierra se ha quedado más fría,

mucho más esteparia, a la intemperie.

Algo hemos perdido con la muerte de Paul;

algo quizá íntimo, mucho más interior

de lo que supone en un actor.

Paul Newman es una pasión

como el cine también:

se han escrito a sí mismos con sus trazos

hendidos y dorados, pero también sangrientos.

Creíamos que Paul Newman no podía morir,

que era inmortal, que siempre estaría ahí

con su gorra de béisbol y sus gafas de sol,

avejentado pero todavía esbelto,

animador discreto de carreras de coches,

piloto en la estación septembrina del frío,

con una aparición fugaz en una cinta

que no sería la última,

habitando su reino con Joanne Woodward,

en tardes de domingo alfombradas de hierba.

Mi Paul Newman de infancia:

La leyenda del indomable.

No solo por la escena de los cincuenta huevos,

sino por la pelea en el presidio,

por cómo iba encajando sin quejarse

la paliza que le dio George Kennedy;

frente a ese pugilato de Wayne o de Kirk Douglas,

este hombre se dejaba sacudir,

era vulnerable y lo asumía

pero sin rendirse y sin caer.

Mi Paul Newman para una juventud:

el que fue compañero de su amigo en Montana,

Dos hombres y un destino, llamados para El golpe.

Ahora: el de La gata sobre el tejado de cinc

o Dulce pájaro de juventud.

Y dentro de unos años,

en una madurez imaginada,

me seguirán gustando Harry e hijo,

Veredicto final y Al caer el sol.

Un mes antes del fin

decidió renunciar al hospital.

Quería morir tranquilo.

Fue entonces cuando muchos nos despedimos de él.

Todos podemos ser partidarios del mito

y la felicidad, y de hecho qué felices

nos hacen ciertos mitos; pero qué pocos hombres

han dejado tras ellos

ese rastro de honrada bonhomía.

Nunca brindé con él, pero parece

que se haya muerto alguien querido extrañamente.

 

Autor: Joaquín Pérez Azaústre. Título: Poemas para ser leídos en un centro comercial. Editorial: Fundación José Manuel Lara. Colección Vandalia. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro