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Todo es poesía, menos la poesía. Y todos somos feministas, menos los aliados

Todo es poesía, menos la poesía. Y todos somos feministas, menos los aliados

Decido obviar los cero grados que marca el termómetro y salgo a fumar un cigarrillo, con el tercio de cerveza en la mano, a la puerta del bar en el que me encuentro porque un amigo me ha invitado a que le acompañe a un recital de poesía. Parece ser que nadie lee poesía, pero últimamente cualquier excusa es buena para recitarla y para escribirla.

Hace poco leí que un estudio de una universidad norteamericana confirmaba que en el 2030 será considerado como un extravagante cualquiera que no haya publicado un poemario o no haya participado en un recital. A mí, mientras pongan cerveza para poder aguantar el tirón, me parece estupendo.

"Uno de los chicos, el más guapo de los dos, se siente ofendido porque dentro de su grupo de amigos no se le considera feminista, sino aliado."

En la calle, tres jóvenes —dos varones y una fémina— llaman mi atención. Apoyados en un coche, intercambian opiniones de manera vehemente. Además del vicio del tabaco y la cerveza, tengo el de espiar las conversaciones ajenas. Así que disimulo estar a mi aire y finjo consultar mi teléfono mientras, de soslayo, oriento mis sentidos a su discusión.

Uno de los chicos, el más guapo de los dos, se siente ofendido porque dentro de su grupo de amigos no se le considera feminista, sino aliado. La chica trata de convencerle de su falta de motivos para el agravio.

—Puedes apoyar la causa, pero nunca podrás ser feminista porque no eres una mujer. Sin embargo, debes sentirte orgulloso de ser un aliado —Le dice. O algo similar.

El tercero, el más feo, intenta intervenir para poner cordura en un asunto que, a todas luces, carece de ella. Pero nadie le escucha. Con la discusión ya lanzada, a ninguno les interesan demasiado sus deseos de llevar la cosa a un terreno neutro. Me da la impresión, por sus miradas, que la disputa es una excusa tan buena como cualquier otra para acabar en la cama y que el amigo pacificador, como casi siempre, sobra.

"Me pregunto si tendré la suerte de que los versos hayan concluido ya. Pero son inagotables y los poetas los renuevan frente al micrófono más deprisa que yo los tercios."

Deduzco también que “aliado” no se trata de una locución que pertenezca exclusivamente a su ámbito grupal, sino que ha colonizado al menos una parte de la población entre la que, obviamente, no me encuentro. Lo primero que pienso es que me hago mayor y que mi desconocimiento del mundo actual ya no solo abarca la música, la literatura, las nuevas series o las nuevas drogas de diseño. Ahora también se extiende a la jerga idiomática. Lo siguiente que pienso es que tampoco es tan grave hacerse mayor y todavía lo es mucho menos el desconocimiento.

Mi pitillo se consume, el frío es excesivo y la conversación cae en un bucle aburrido, así que entro de nuevo en el bar con intención de renovar mi cerveza. Me pregunto si tendré la suerte de que los versos hayan concluido ya. Pero son inagotables y los poetas los renuevan frente al micrófono más deprisa que yo los tercios.

Por la mañana, cuando me levanto a las siete, C ya se ha ido a trabajar. Hay que pagar las facturas y siempre fueron malos tiempos para la lírica, por lo que, por el momento, ella mantiene la familia mientras yo sueño con vivir de la creación.

"Hasta donde alcanzan mis escasos conocimientos de historia, Alemania conquistó Polonia, por lo que, de algún modo supongo que en parte fue un aliado obligado."

Después de preparar el desayuno a mis hijos, recoger el lavavajillas, bajar la basura, poner una lavadora y acercarles al colegio, tecleo en el infatigable Google feminista y aliado. Como suponía la terminología no es exclusiva de los tres jóvenes con los que coincidí la pasada noche. Compruebo, a salto de links, que surge a raíz de los comentarios en la sección de una conocida tuitera en eldiario.es. Una tal Barbijaputa —a la que, dicho sea de paso, también desconozco—.

Justo en ese instante, y con la página de un periódico nacional abierta, se me cuela la noticia de que Polonia castigará con pena de hasta tres años de cárcel a cualquiera de sus ciudadanos que asegure que el país fue aliado o cómplice del holocausto o que utilice términos como “campos de concentración polacos”.

Hasta donde alcanzan mis escasos conocimientos de historia, Alemania conquistó Polonia, por lo que, de algún modo supongo que en parte fue un aliado obligado. Sea como sea, es la segunda vez en menos de veinticuatro horas que escucho o leo el término aliado. Así que acudo a la RAE para que me ilumine. Dos acepciones aparentemente dan respuesta a lo que busco:

  1. adj. Dicho de una persona: Que se ha unido y coligado con otra para alcanzar un mismo fin.
  2. adj. Dicho de un Estado, de un país, de un ejército, etc.: Que está ligado con otro para fines comunes.

En principio, y según la RAE, ser aliado o protagonista no parece relevante teniendo en cuenta que el fin es el mismo. ¿No es eso lo importante?

No tengo claro dónde situarme respecto a Polonia, mucho menos respecto a mí mismo. ¿Soy machista? ¿Soy feminista? ¿Soy aliado? ¿De quién? Decido no darle importancia y ponerme a escribir antes de que la mañana se me eche encima.

"Me vienen a la cabeza los versos de Gustavo Adolfo: Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía."

No se me ocurre nada y llamo a mi madre, que casi siempre tiene historias buenísimas que contar. La pillo entrando a clase de pilates. En un momento de la conversación recuerdo que ella me estuvo haciendo la cama hasta que me marché de casa y que pocas veces me dejaba recoger la mesa. Le pregunto si ella se considera feminista, machista o es una aliada del machismo. En caso de ser así, ¿si fue una aliada obligada como algunos polacos?

Lo único que obtengo por respuesta es su reproche porque hace más de un mes que no paso a visitarla, a pesar de vivir en la misma ciudad, y por eso no ve a sus nietos. Me hace prometer que iremos el domingo a comer fabes con almejas y cuelga porque el profesor de pilates ya ha llegado.

Cuando parece que por fin se me ocurre algo con lo que llenar el folio en blanco, me llama C. Me pregunta qué tal estuvo el recital y si las poesías estuvieron bien.

Me vienen a la cabeza los versos de Gustavo Adolfo: Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía. Que viene a ser lo mismo que mantiene desde hace años mi amigo Gonzalo Escarpa —bastante más entendido que yo en estas lides y más radical que Bécquer—: que todo es poesía, menos la poesía.

Le respondo que he decidido dejar de acudir a recitales poéticos porque lo único que me generan es confusión.