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Poeta entre murallas

En la esquina de Santa Clara con Alfonso de Castro no queda ni una viga de la casa en cuyas habitaciones vino al mundo, el 30 de enero de 1934, el poeta Claudio Rodríguez. La piqueta se llevó el edificio en algún momento del siglo XX y hoy se levanta en su lugar una moderna construcción que poco debe de parecerse a aquel vetusto inmueble en el que Zamora vio nacer a uno de sus hijos más queridos. Hay ciudades que pueden recorrerse a través de las huellas que en sus calles dejaron las palabras, y aunque el autor de Alianza y condena abandonó pronto los escenarios de su infancia y juventud para tomar el camino de Madrid, la recurrencia con que regresó a su cuna mesetaria, y la sustancia que ésta fue dejando impresa en sus versos, propician que las memorias de uno y otra se confundan y que la pequeña capital mesetaria, una sutil fantasía románica y modernista anclada a la mansa ribera del Duero, custodie en su trazado la majestuosa evocación de un verbo tan exquisito como definitorio.

La Golondrina (Antonio Pedrero, 1960)

En cualquier caso, la de la casa natal no es una carencia demasiado relevante porque el niño Claudio no la habitó durante mucho tiempo. Primogénito de cuatro hermanos, las estrecheces del hogar pronto aconsejaron buscar acomodo en un nuevo espacio que sí ha sobrevivido hasta nuestros días y donde es de ley iniciar este rastreo zamorano de una de las voces más particulares de la Generación del 50. La Casa Peña, también llamada Casa del Americano, fue un encargo que el indiano José de la Peña le hizo al arquitecto Antonio García Sánchez-Blanco cuando regresó a su terruño natal desde el México en el que había hecho fortuna. En nuestro tiempo, su impresionante silueta de trazas coloniales pasa bastante inadvertida, al encontrarse medio oculta entre los edificios que la constriñen en el margen septentrional del parque de la Marina, pero en su época tuvo que ser una de las piezas más admiradas del sutil rompecabezas estético con que el urbanismo zamorano tejió las fachadas de la ciudad en el primer tercio del siglo pasado. Es el mismo periodo al que se adscribe la planta del Instituto de Educación Secundaria Claudio Moyano, que se encuentra a unos pocos pasos y hace gala de un delicado estilo historicista. Su andadura comenzó en 1919, aunque había comenzado a edificarse en 1902, y en sus aulas se matriculó un adolescente Claudio Rodríguez en 1944 para iniciar sus estudios de bachillerato. No fue una época fácil: tres años después murió su padre, la familia cayó en la ruina y él tuvo que compaginar sus estudios con la administración de las fincas que los suyos poseían en el campo, lo que sin duda alimentó su apego a la tierra y la querencia por las largas caminatas de las que muy pronto se empezaría a nutrir su literatura. Sus estudios en el Claudio Moyano compensaron el drama familiar, porque allí conoció a dos profesores que resultarían fundamentales para su vocación. Con Ramón Luelmo aprendió los entresijos de la métrica y comprendió que el lenguaje podía adquirir tonalidades melodiosas. José María Gómez López lo introdujo en el conocimiento de los filósofos y le proporcionó lecturas que contribuirían a forjar el molde de su propia poética. No es mera casualidad, pues, que fuera en sus tiempos juveniles, en esos mismos pupitres, cuando comenzara a esbozar los versos de lo que luego sería ese monumento de la lírica española titulado Don de la ebriedad.

Vista de Zamora desde el merendero de Los Pelambres.

"Por aquí hay que seguir hasta dar con la plaza Mayor, que fue en siglos cada vez más remotos la puerta de entrada a la Zamora de doña Urraca, el romancero y las leyendas."

La vida, al menos en su vertiente urbana, transcurrió por estos parajes mientras el que luego sería un magnífico poeta era tan sólo un niño y un adolescente. Por la calle de Santa Clara —que atraviesa el ensanche burgués que hizo crecer a partir del siglo XIX el viejo núcleo medieval y continúa siendo el eje a través del cual la pequeña ciudad dilucida sus comidillas cotidianas— jugaba con sus amigos y por allí se ha puesto su nombre a un pequeño recodo, muy apropiado para quien se alejó siempre de los oropeles y buscó la frescura de esas sombras que se dibujan bajo los árboles en los atardeceres del verano, que nace en una recóndita esquina de la plaza de Castilla y León. Por aquí hay que seguir hasta dar con la plaza Mayor, que fue en siglos cada vez más remotos la puerta de entrada a la Zamora de doña Urraca, el romancero y las leyendas, y que no ha dejado de ser nunca el punto de encuentro preferido por unos vecinos que ven en ella su más acabado epítome. “¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Qué hacemos todos / en medio de la plaza y a estas horas?”, escribió Rodríguez en un poema de su libro Conjuros. Aquí están los dos ayuntamientos —llamados, con escueta lucidez, el viejo y el nuevo— y una deliciosa iglesia románica que llaman San Juan de la Puerta Nueva y en cuyo interior aguarda su salida en Viernes Santo una de las esculturas más bellas de cuantas dan lustre a las procesiones de la Semana Santa local. En este enclave descubrió el poeta la enorme distancia que separaba a los hombres del campo de los de la ciudad, y en su solar asistió a las llamadas contratas de mozos que los terratenientes celebraban para escoger a las personas que habrían de trabajar en sus terrenos. Estuvo también aquí el bar La Golondrina, del que ya no queda nada. Era un establecimiento propiedad de Virgilio Pedrero y Carmen Yéboles que constituyó toda una institución laica en el tramo medio de la pasada centuria. El hijo de los dueños, Antonio Pedrero, salió artista y tuvo a bien pintar un cuadro en el que reflejó, dicen que con suma fidelidad, el aire del que día tras día se respiraba en aquella taberna de la que sólo queda ya el recuerdo. Entre los personajes que afloran en el lienzo, no es difícil distinguir a un joven Claudio Rodríguez cuya elegante pose parece prever el buen trato que le dispensaría la posteridad. A diferencia del bar que le dio nombre y motivo, la pintura sí se conserva, aunque no sea fácil verla porque el lugar donde se expone, la sucursal de Caja España en la calle de San Torcuato, está supeditada a los horarios de apertura al público de la entidad bancaria.

Plaza Mayor de Zamora.

"Se desciende a través de una larga rampa hacia Puente Viejo, a cuyo pie se alzan los llamados barrios bajos. Rodríguez solía frecuentarlos en sus paseos antes de cruzar al otro lado del río."

“Heme ante tus murallas, / fronteriza ciudad a la que siempre / el cielo sin cesar desasosiega”. Encaminarse desde la plaza Mayor hacia las profundidades del casco antiguo supone adentrarse en lo que en el medievo fue la Zamora intramuros, el meollo por antonomasia de la heroica ciudad que resistió las ansias expansivas de Castilla e inspiró con su rechazo al insólito invasor un ciclo de romances cuyas palabras saben recitar muchos de sus vecinos como si se tratara de un himno. Es una Zamora sugestiva y elegante, bien hermosa, que se configura mediante arterias angostas y vías principales cuyos nombres (Rúa de los Francos, Rúa de los Notarios) conservan los ecos del tiempo que conoció su gestación. No todo el mundo sabe que en los suntuosos aposentos del antiguo palacio provincial, al lado de la encantadora y carismática librería Semuret, nació otro escritor cuyos libros son de obligada lectura, el decimonónico Leopoldo Alas Clarín, ni que en el caserón que se alza al pie de la plaza de los Ciento tuvo una de sus moradas el filósofo Agustín García Calvo. En el camino encontraremos la Biblioteca Pública, donde está depositada parte de la obra original y la correspondencia del poeta y en la que tiene su sede el Seminario de Estudios Permanentes Claudio Rodríguez, y a su término nos encontraremos bordeando la soberbia catedral y saliendo a las murallas por la Puerta del Obispo. La vieja fortificación es una de las señas de identidad irrenunciables de la pequeña capital, que recibió por ellas el sobrenombre de “la bien cercada” y ha sabido preservarlas con tino y respeto. Se desciende a través de una larga rampa hacia Puente Viejo, a cuyo pie se alzan los llamados barrios bajos. Rodríguez solía frecuentarlos en sus paseos antes de cruzar al otro lado del río y dejarse ir por los merenderos populares, de los que sólo ha sobrevivido el de Los Pelambres. Queda al otro lado la ciudad, a la vez discreta y majestuosa, que se dibuja entre las aguas y los cielos mesetarios como una revelación inesperada. Frente a nosotros, al pie de la silueta catedralicia, se advierten las humildes casuchas del pequeño barrio de Olivares, que nació para dar acogida a artesanos y teneros y sobre cuyos tejados se yergue la espadaña de la iglesia de San Claudio, considerada la más antigua de la ciudad. Allí están también tres viejos molinos, tres aceñas medievales cuya contemplación descansa el alma y reconcilia al viajero con la conciencia extraviada de lo que alguna vez fuimos. Es aconsejable tomar asiento en cualquier banco de los que jalonan la ribera y dejar que el tiempo pase, sin más sonido que el arrullo del río y el canto de los pájaros que juguetean entre las copas de los árboles. Dicen que así acostumbraba a hacer Claudio Rodríguez, que llamó en sus versos “río Duradero” a este Duero que subraya ahora la evocación de sus andanzas. La poesía, como los ríos, también funda ciudades.

Las aceñas de Olivares.