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Primeras páginas de Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes

Primeras páginas de Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes

Thriller y novela de espías, Los pacientes del doctor García es tal vez la historia más internacional y trepidante de Almudena Grandes, su narración más ambiciosa, en la que conecta acontecimientos reales y desconocidos de la segunda guerra mundial y el franquismo, para construir las vidas de unos personajes que no sólo comparten la suerte de España, sino también la de Argentina.

 

A continuación, puedes leer las primeras páginas de Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes.

 

I

Hospital de sangre

ES 25 DE JULIO DE 1936 Y JOHANNES BERNHARDT ESTÁ EN BAYREUTH.

El compositor Richard Wagner, al que esta pequeña ciudad del este de Alemania debe su fama universal, tiene mucho que ver con la visita de Bernhardt. De hecho, el coche en el que ha viajado desde Múnich se detiene precisamente ante la fachada de Wahnfried, la hermosa villa que el músico edifica aquí gracias al patrocinio del Rey Loco, Luis II de Baviera.

En 1936, la dueña de Wahnfried es Winifred Wagner, viuda y heredera de Siegfried, único hijo varón del compositor, al que su cuerpo da cuatro hijos antes de que su alma se entregue a otro amor. El acontecimiento más importante de su vida sucede en 1923, cuando un enérgico joven de treinta y cuatro años se presenta a la familia Wagner tras asistir a una función del Festival de Bayreuth. Es el líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, pero el motivo de su visita no es político. Está convencido de que no existe una obra comparable a la de Richard en toda la historia de la música y quiere dejar constancia de su fervor ante los herederos del compositor. La joven esposa de veintiséis años asiste en segundo plano a una apasionada declaración que inspira en ella una pasión aún más desmedida. Desde ese momento, Winifred vive exclusivamente por y para Adolf Hitler.

La íntima amistad del Führer con Winifred Wagner hace circular en Alemania toda clase de rumores durante más de una dé- cada. Johannes Bernhardt seguramente los conoce, y su ignorancia acerca de la dosis de verdad que puedan encerrar incrementa quizás su nerviosismo en la antesala donde espera la llegada de la pareja, que asiste en esos momentos a una impecable representación de Sigfrido. Desde allí no se escucha la orquesta, las voces de los intérpretes que han logrado arrancar a Hitler de Berlín para traerlo, una vez más, al Festival de Bayreuth y a la amorosa hospitalidad de Frau Wagner. Johannes Bernhardt ha hecho un viaje mucho más largo para estar aquí.

Hasta la mañana del 23 de julio de 1936, la trayectoria de este empresario alemán de treinta y nueve años es una anodina sucesión de fracasos. Sin perspectivas en su país, en la primera mitad de los años treinta emigra a España, pero tampoco tiene suerte en la Península. Va a buscarla en el Protectorado español de Marruecos y fija al fin su residencia en Tetuán, donde no consigue nada mejor que un empleo en una empresa alemana de importación y exportación. Pero Bernhardt, veterano miembro del Partido Nazi, actúa además como el hombre en Tetuán de la AO —Auslandsorganisation der NSDAP—, la organización exterior de su partido, y mantiene excelentes relaciones con el mariscal Hermann Göring. Así, el 17 de julio de 1936, la sublevación del Ejército español en Marruecos le ofrece la oportunidad que ha buscado durante años con mucho esfuerzo y poco éxito.

Bernhardt se apresura a ponerse en contacto con los militares rebeldes. No es, ni mucho menos, el único nazi que vive en España, ni siquiera el único del Marruecos español, pero sí el más rápido, el más audaz, el que obtendrá por ello el favor de la fortuna. Sin más argumentos, ninguna garantía más allá de su propia vehemencia, se ofrece para hacer de intermediario entre los militares golpistas y el mismísimo Führer, y ese alarde cambiará su vida para siempre.

El primer golpe de suerte de Bernhardt es que el comandante militar de Canarias sea, precisamente, Francisco Franco. El segundo, que cuando este todavía no es, ni mucho menos, la cabeza principal de una rebelión que dirige el general Mola por delegación del general Sanjurjo —jefe supremo de los rebeldes, muerto en un accidente de avión tres días antes—, acceda a reunirse con él en Tetuán, el 23 de julio por la mañana. El tercero, encontrar un avión de Lufthansa disponible y convencer a su piloto, Alfred Henke, de que le lleve a Berlín junto con el jefe del Partido Nazi en el Protectorado, Adolf Langenheim, y el capitán de avia- 001-768_Pacientes_doctor_Garcia.indd 24 17/7/17 11:45 25 ción Francisco Arranz Monasterio, jefe de las fuerzas aéreas sublevadas en Marruecos. Una vez completa la tripulación, sus miembros se hacen una foto ante el aparato en el que van a cruzar media Europa. En ella, Bernhardt posa con una sonrisa y un sobre en la mano.

A partir de ahí, la suerte, antaño esquiva, se alía descaradamente con él. A las cinco de la tarde del mismo día 23, el Junkers JU-52 despega del aeródromo de Tetuán en dirección a Sevilla, donde Henke se arriesga a un aterrizaje forzoso, porque la pista de Tablada carece de luces de balizamiento y el motor del avión presenta una avería. Reparada en el mismo aeródromo, prosigue el vuelo hasta Marsella, donde está previsto repostar combustible. Los franceses exigen cobrarlo en francos, Bernhardt y sus compañeros no consiguen cambiar dinero, parece que su viaje termina allí, pero esos problemas también se resuelven, también de milagro, y logran proseguir hasta Stuttgart pese a que Henke, en principio, se niega a aterrizar en suelo alemán por miedo a las represalias que Lufthansa pueda ejercer contra él, un piloto civil que ha abandonado su base sin permiso. Desde Stuttgart, el vuelo hasta la capital de Alemania es un paseo.

Rudolf Hess, máximo responsable del NSDAP en Berlín en ausencia de Hitler, recibe a Bernhardt —autoproclamado jefe de la expedición pese a que Langenheim ocupa un cargo superior en el Partido— y decide apoyar su causa. Ofrece a los recién llegados su avioneta particular y los acompaña a Múnich, donde les espera un coche que les deposita en Wahnfried al atardecer del 25 de julio, mientras Adolf Hitler disfruta de la música de Wagner en el palco de su amiga Winifred.

Ella ha preparado una pequeña recepción para su invitado, pero al Führer le interesa más la carta que Bernhardt le trae desde Tetuán. Escrita a mano por el propio Franco, su contenido no rebasa la mitad de una cuartilla, dejando un espacio libre para añadir la traducción. Pero su portador, que se tomó el trabajo de copiarla, nunca la vertió por escrito al alemán. En el momento culminante de su existencia, prefirió leer directamente en su lengua materna estas palabras de Francisco Franco.

Excelencia,

Nuestro movimiento nacional y militar tiene como objeto la lucha contra la democracia corrupta en nuestro país y contra las fuerzas destructivas del comunismo, organizadas bajo el mando de Rusia.

Me permito dirigirme a V.E. con esta carta, que le será entregada por dos señores alemanes, que comparten con nosotros los trágicos acontecimientos actuales.

Todos los buenos españoles se han decidido firmemente a empezar esta gran lucha, para el bien de España y de Europa.

Existen severas dificultades de transportar rápidamente a la Península las bien comprobadas fuerzas militares de Marruecos, por falta de lealtad de la Marina de Guerra Española.

En mi calidad de jefe superior de estas fuerzas ruego a V.E. me facilite los siguientes medios de transporte aéreo:

10 aviones de transporte de la mayor capacidad posible; además solicito:

20 piezas antiaéreas de 20 mm.

6 aviones de caza Heinkel.

La cantidad máxima de ametralladoras y de fusiles con sus municiones en abundancia.

Además bombas aéreas de varios tipos, hasta 500 kg.

Excelencia,

España ha cumplido en toda su historia con sus compromisos.

Junto con esta carta, Bernhardt entrega a Hitler un croquis de la situación de la guerra, dibujado también a mano por Franco. El Führer, muy impresionado, se guarda ambos documentos.

Al día siguiente, ordena que se trasladen a España no diez, sino veinte aviones de transporte con sus tripulaciones completas y todo el material bélico que se pueda cargar en ellos.

A lo largo de la siguiente semana, esos veinte Junkers alemanes llevan desde Marruecos hasta Sevilla a unos quince mil soldados.

Francisco Franco no olvidará jamás el favor que le ha hecho Johannes Bernhardt.

MADRID, 19 DE NOVIEMBRE DE 1936

La verdadera matanza empezó el día 16. En la Puerta del Sol, una bomba alemana de quinientos kilos abrió un agujero que dejó a la vista los raíles del metro sembrados de cadáveres. Desde entonces hasta que mi jefe me mandó a casa a dormir, los bombardeos no habían cesado, ni de día ni de noche.

—No quiero verte por aquí hasta las ocho y media —cuando estaba a punto de replicar, levantó la mano en el aire—. Vete a tu casa y métete en la cama. Es una orden.

A las dos de la mañana del 19 de noviembre de 1936, llevaba casi cuarenta y dos horas encerrado en el hospital de San Carlos. Había dormido un rato en un catre de la sala de guardias y había bebido litros de café. Lo demás había sido el infierno.

Cuando me quité la bata húmeda y sucia, empapada de manchas de sangre de muchas personas distintas, había perdido ya todas las cuentas. No habría sabido calcular cuántos miembros había amputado, cuántas heridas había cosido, cuántas veces me había visto obligado a decidir entre dos cuerpos destrozados para regalarle a uno —vamos, que yo creo que a esta la sacamos adelante— la vida, para darle a otro —a este lo dejamos, que no hay nada que hacer— la muerte. Al final, ya ni siquiera me acordaba de bajar el volumen de mi voz antes de emitir el veredicto.

Estaba tan cansado que no llegaba a percibir mi propio agotamiento, pero no tenía sueño. Me sentía misteriosamente despierto, como si me hubieran brotado un par de sentidos de más, capaces de suplantar a mis antiguos nervios para sumergirme en una vigilia insana y amarilla. Mis ojos percibían un resplandor apagado, imposible, nimbando los contornos de todas las cosas, mis oídos distinguían un eco en cada sonido, mis pies avanzaban sobre el suelo como si flotaran, como si nadaran en un estanque turbio, entre vapores de agua caliente. Todo era lento y frenético a la vez mientras seguían llegando cuerpos, y más cuerpos, y otros cuerpos destrozados, sus dueños a veces conscientes, otras no, y casi todos lloraban, chillaban, se quejaban, pero algunos sólo miraban a su alrededor en silencio, con los ojos muy abiertos. Esos eran los peores, porque presentían que iban a morir, y eran pocos pero eran muchos, eran tantos para ser tan pocos, nosotros tan inútiles para salvarlos, que a veces se me olvidaba todo, quién era yo, qué hacía allí, qué nos estaba pasando. Hasta que veía una posibilidad, un cuerpo casi entero, un corte limpio, un rosario de heridas de metralla, aparatosas pero superficiales, y entonces, en un instante, me acordaba de todo, vamos, deprisa, que con este podemos…

—Te lo digo en serio, Guillermo, así no me sirves para nada. Lo único que nos falta es que te desplomes y te abras la crisma. Hazme caso, por favor.

El último de aquella noche era un niño grande, un muchacho de trece o catorce años que había llegado sin pies, la pierna derecha reventada justo debajo de la rodilla, la izquierda hacia la mitad del muslo.

—Muy bien —levanté la vista de aquel destrozo para mirar a mi jefe y asentí con la cabeza—. Termino con este chaval y me voy, te lo prometo.

"En noviembre de 1936 todavía no sabíamos que los pilotos de la Legión Cóndor tenían instrucciones de no bombardear el barrio de Salamanca, donde residían las mejores familias de la ciudad y la de algún que otro advenedizo, como mi abuelo Guillermo."

Era muy guapo. Tenía la nariz pequeña, la boca carnosa, las pestañas largas, espesas, la frente ancha y una mandíbula cuadrada, varonil. Lo primero que pensé al verle fue que habría vuelto locas a las chicas de su calle si la puntería de un piloto que ni siquiera habría sabido pronunciar su nombre no le hubiera dejado tullido para siempre. Después me fijé en el papel que asomaba del bolsillo de su camisa, una hoja cuadriculada, arrancada de un bloc, doblada en cuatro, cinco líneas escritas a lápiz con una caligrafía picuda de colegio de monjas y una sola falta de ortografía. «1/4 de leche. 1/2 de arina. 1/2 de huevos. 2 huesos de jamón. Y el pan.» Después de leerla, volví a meter la nota en su bolsillo mientras le cosía los muñones pensé sólo en su madre, la mujer que se torturaría durante el resto de su vida por haber mandado a su hijo a la calle a hacer los recados precisamente ese día, precisamente a esa hora, si es que no había muerto en el mismo bombardeo.

Después de haber respirado durante tantas horas la atmósfera viciada, caliente, del hospital, el aire de la calle me hizo casi daño y me sentó bien al mismo tiempo. Hacía mucho frío, aquella noche volvería a helar, pero el portero me ofreció un cigarrillo y se lo acepté. No tenía prisa, entre otras cosas porque no sabía cómo iba a arreglármelas para llegar a casa.

—En un taxi —pero Bernabé siempre lo sabía todo y me dio, junto con la solución, un informe abreviado de cómo se habían puesto las cosas durante mi encierro—. En el primero que llegue, no se preocupe. El Ayuntamiento ha tirado de ellos porque las ambulancias no dan abasto, y los coches fúnebres, ya no digamos. Llevan todo el día yendo y viniendo, trayendo heridos, llevándose cadáveres. En el cementerio han empezado a cavar fosas comunes, ¿sabe?, porque no pueden enterrar como es debido, de tantos muertos como hay…

Mientras terminaba de decirlo, avanzó unos pasos con el brazo en alto para parar un taxi que iba, en efecto, a la morgue del hospital, y convenció a su conductor de que era mucho más importante que me llevara a mí a la calle Hermosilla. Él aceptó sin rechistar y no quiso cobrarme la carrera.

—Fíjese en mi cara —dijo solamente, con una sonrisa—, y si me encuentra mañana encima de una camilla, tráteme bien.

—Ojalá no haga falta, muchas gracias.

La calle estaba desierta, pero su aspecto no parecía distinto al que habría ofrecido en la madrugada de cualquier otro jueves de otoño excepto por las detonaciones de las bombas que se oían muy lejos, los resplandores que iluminaban el cielo de otros barrios de la ciudad. En noviembre de 1936 todavía no sabíamos que los pilotos de la Legión Cóndor tenían instrucciones de no bombardear el barrio de Salamanca, donde residían las mejores familias de la ciudad y la de algún que otro advenedizo, como mi abuelo Guillermo, el respetabilísimo comisario de policía que había podido comprarse un buen piso en aquel barrio gracias a los secretos ingresos de su triple vida.

«Tengo un agujerito, aquí, aquí, que me habla por las noches y no me deja dormir…» Ningún vecino de Hermosilla 49 habría sospechado que la letra de aquel cuplé, y las de otros aún más picantes, fueran obra de don Guillermo Medina, policía a jornada completa y dramaturgo por vocación en sus ratos libres, que cada temporada tenía mucho gusto en invitarles al estreno de un dramón histórico, en verso o en prosa, que firmaba con su propio nombre. «Y me dice, ¿qué me dice?, pues me dice, chica, ocúpate de mí, que así no puedo seguir…» Pero aquellas obras tan serias representaban un porcentaje muy pequeño de los ingresos que mi abuelo percibía por otros textos que firmaba con seudónimo, vodeviles, libretos de revistas atrevidas y, sobre todo, letras de cuplés como aquel, que se había hecho célebre. «Y di que sí, y di que sí, tápame este agujerito que no me deja vivir…»

Aquella producción literaria clandestina, de calidad muy superior a la de su obra dramática y cuya escritura le divertía mucho más, aunque se sintiera culpable por ello, había pagado el bienestar de su familia, una casita en Zarauz, mi carrera de Medicina y el principal derecha de un edificio que parecía aquella noche tan tranquilo como si perteneciera a una realidad aparte, una ciudad distinta de la mía. Tardé muy poco tiempo en comprobar que no era así.

—¡Señorito Guillermo! ¡Señorito Guillermo!

Ni siquiera había tenido tiempo para quitarme los zapatos. Estaba colgando el abrigo en el perchero cuando escuché el eco amortiguado de unos nudillos que tanteaban la puerta como si no se atrevieran a golpearla, y un susurro entrecortado y desconcertante, casi llanto.

—¡Señorito Guillermo, ábrame, por Dios bendito!

Ni siquiera después de reconocer esa voz llegué a creer que estuviera reclamándome de verdad aquella noche, a las dos y media de la madrugada, pero estaba tan cansado que abrí la puerta sin pensar y comprobé que había acertado. El piso de enfrente estaba vacío desde que su dueño se marchó de veraneo con una puntualidad prodigiosa, tres días antes del golpe de Estado que había desencadenado la guerra. No se me ocurría ningún motivo para que su criada estuviera frente a mí con una crisis nerviosa, la cara bañada en llanto, pero así era.

—¿Qué te pasa, Experta?

Su manera de responder fue dejarse caer entre mis brazos mientras volvía a llorar con tantas ganas que los sollozos no le consintieron articular palabra. Cerré la puerta con el pie, la senté en una de las butacas del recibidor, le sujeté la cara con las manos, se lo pedí por favor y ni aun así logré que hablara. Cuando volví de la cocina con un vaso de agua y la obligué a bebérselo, tampoco progresé mucho.

—¡Ay, señorito Guillermo! ¡Ay, señorito! —me agarró de los brazos como si necesitara apoyarse en ellos para levantarse, y ya no me soltó—. Ayúdeme, por el amor de Dios, señorito Guillermo, venga conmigo, venga…

—Experta, llevo dos días sin dormir —pero ya me arrastraba consigo hacia la puerta—. Mañana…

—No, no puede ser mañana, señorito, no puede ser mañana, venga, venga conmigo, por lo que más quiera…

Hasta que la muerte le impidió darle la última revancha, mi abuelo había jugado una partida de ajedrez con don Fermín todos los domingos por la tarde, una semana en nuestra casa, otra en la suya, alternando las sedes igual que los equipos de fútbol. Como suele suceder con los rivales eternos, su nivel era muy parejo, aunque por lo general don Guillermo ganaba seis partidas de cada diez. Yo llegaría a mejorar ese porcentaje, pero mucho antes de que se le ocurriera enseñarme a mover las piezas, me aficioné a acompañar a mi abuelo en las partidas en campo contrario. Su criada no cocinaba tan bien como la nuestra y casi siempre se le quemaban los picatostes, pero la compañía de Amparito compensaba los desastres de la sartén de Experta. Aquella niña también vivía con sus abuelos, aunque no era huérfana. Su padre, ingeniero, trabajaba para una compañía alemana que explotaba unos yacimientos de mineral en la provincia de Huelva, y su mujer, que vivía con él en una casa levantada al borde de la mina, a kilómetros del pueblo más cercano, iba dejando a sus hijos en Madrid a medida que empezaban a ir al colegio. Amparo era la pequeña y la única persona de mi edad con la que podía encontrarme los días que no tenía clase. Estaba acostumbrado a jugar solo, pero me gustaba más jugar con ella.

En aquella época nos llevábamos muy bien e inventábamos juegos nuevos todas las semanas, aunque lo que más nos gustaba era escondernos, encerrarnos en un armario, en la despensa, detrás de los cestos del cuarto de la plancha, y quedarnos muy quietos, cogidos de la mano, hablando en susurros hasta que escuchábamos los gritos de los adultos que nos buscaban por toda la casa. Nuestro escondite favorito era la parte inferior de una gigantesca librería de madera que ocupaba por completo una de las paredes del despacho de don Fermín. Aquel mueble hecho a medida tenía un cuerpo inferior, de casi un metro de alto y otro de ancho, cuyo interior estaba hueco, porque los libros que había en aquella casa no bastaban para rellenar los estantes superiores que ascendían hasta el techo escalonadamente, como los perfiles de una pirámide azteca. Y mientras nuestros abuelos permanecían absortos en el tablero, los dos reptábamos por el suelo, abríamos la puerta central muy despacio para que no chirriaran los goznes, y después de cerrarla con el mismo sigilo, nos sentábamos dentro, a esperar.

"Aquella tarde, sin embargo, se empeñó en que nos sentáramos a mirar la partida frente a frente, como dos escuderos, cada uno al lado de su abuelo. Y justo antes de que el mío diera el primer jaque, en un momento en el que nuestras miradas se cruzaron, se recostó en su silla, se subió la falda, abrió las piernas y me enseñó las bragas."

Aquel juego que, como casi todos, se le había ocurrido a Amparo, tenía la virtud de reunir la emoción y la quietud, un hallazgo capaz de suspender el tiempo, que dejaba de pasar cuando nos apretábamos en un cajón de madera que me enseñó algo todavía más precioso. El olor de la cera se confundía con el de la infusión de manzanilla en la que ella se lavaba el pelo para perfumar una oscuridad compacta, que se tornaba ambigua, luminosa, mientras ambos respirábamos al unísono, compartiendo una complicidad aún más extraña, más grave también por la precariedad de la frontera que nos aislaba de todo lo demás. Mi abuelo, el suyo, Experta, la merienda y los balcones que se volcaban sobre una acera repleta de desconocidos, estaban al otro lado de una simple puerta de madera, y sin embargo, hasta que alguien la abría, era como si la realidad se hubiera desvanecido para dejarnos solos, para dejarme a solas con el cuerpo de Amparo y con mi propio cuerpo, nuestras manos entrelazadas, nuestros dedos apretándose como si pretendieran fundirse entre sí cuando alguien, fuera de aquel mundo que ya era el único que existía, pronunciaba nuestros nombres en voz alta. En aquel mueble del despacho de don Fermín, con Amparo, por Amparo, yo descubrí la naturaleza de la intimidad. Después, todo se acabó de repente.

Tenía un año menos que yo, pero era mucho más espabilada. Me lo demostró de una vez por todas un domingo de otoño de 1927, cuando yo iba camino de los catorce años y ella acababa de cumplir doce, y fue en mi casa, en un despacho abarrotado de libros desde el suelo hasta el techo. Para aquel entonces, los dos sabíamos ya jugar al ajedrez, y hasta echábamos una partida de vez en cuando aunque a ella no le gustaba, porque siempre acababa perdiendo pese a que hacía trampas todo el tiempo. Me pedía que le trajera algo de la cocina, unas galletas, un vaso de agua, una onza de chocolate, y me cambiaba la reina de sitio o me quitaba una torre. Al volver, yo recuperaba la pieza que me había quitado o devolvía a la reina a su lugar, para que ella protestara mucho, me llamara tramposo y tumbara a su rey para acabar antes.

Aquella tarde, sin embargo, se empeñó en que nos sentáramos a mirar la partida frente a frente, como dos escuderos, cada uno al lado de su abuelo. Y justo antes de que el mío diera el primer jaque, en un momento en el que nuestras miradas se cruzaron, se recostó en su silla, se subió la falda, abrió las piernas y me enseñó las bragas. Era un juego más, pero yo no conocía sus reglas e interpreté la visión de aquel inmaculado triángulo de algodón blanco como una agresión. Durante un instante, la vergüenza que ardía en mis mejillas contrastó con el estupor que había privado de color al rostro de Amparo, pero fue sólo un instante, y no pude invertirlo en descifrar su palidez porque lo necesité para levantarme de la silla e irme corriendo a mi cuarto. Luego, tumbado en la cama, boca abajo, repasé aquella escena, la entendí a medias, y una vergüenza distinta, la del pardillo torpe, ignorante, que acababa de consumar un ridículo espantoso, me torturó durante toda la semana. El domingo siguiente no fui con mi abuelo a casa de don Fermín. Luego se murió la abuela de Amparo y las partidas se interrumpieron durante una temporada para reanudarse sin mí. Desde entonces hasta la madrugada del 19 de noviembre de 1936, no había vuelto a traspasar el umbral de aquella casa.

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Sinopsis de Los pacientes del doctor García:

Tras la victoria de Franco, el doctor Guillermo García Medina sigue viviendo en Madrid bajo una identidad falsa. La documentación que lo libró del paredón fue un regalo de su mejor amigo, Manuel Arroyo Benítez, un diplomático republicano al que salvó la vida en 1937. Cree que nunca volverá a verlo, pero en septiembre de 1946, Manuel vuelve del exilio con una misión secreta y peligrosa. Pretende infiltrarse en una organización clandestina, la red de evasión de criminales de guerra y prófugos del Tercer Reich que dirige desde el barrio de Argüelles una mujer alemana y española, nazi y falangista, llamada Clara Stauffer. Mientras el doctor García se deja reclutar por él, el nombre de otro español se cruza en el destino de los dos amigos. Adrián Gallardo Ortega, que tuvo su momento de gloria como boxeador profesional antes de alistarse en la División Azul, para seguir luchando como voluntario de las SS y participar en la última defensa de Berlín, malvive en Alemania, ignorando que alguien pretende suplantar su identidad para huir a la Argentina de Perón.

Autora: Almudena Grandes. Título: Los pacientes del Doctor García. Editorial: Tusquets. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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