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Primeras páginas de El relojero de la Puerta del Sol, de Emilio Lara

Primeras páginas de El relojero de la Puerta del Sol, de Emilio Lara

La España absolutista de Fernando VII no es una tierra de oportunidades para José Rodríguez Losada. El país, dominado por la mediocridad y arruinado por las guerras, frena las ansias de prosperar y de libertad de un hombre que, tras una vida azarosa, se ve obligado a exiliarse en Londres para sobrevivir. En la capital del imperio británico su tenacidad le hará tener éxito y se convertirá en el relojero más famoso de Europa.

1866 será un año crucial para nuestro protagonista. Recibe el encargo urgente de arreglar el Big Ben, tarea que inicia mientras ultima la obra cumbre de su vida: el reloj de la Puerta del Sol de Madrid, dotado de un mecanismo revolucionario. Pero su pasado no le abandona en el neblinoso Londres victoriano, porque todo indica que pretenden atentar contra él. ¿Quiénes buscan su muerte? ¿Por qué pretenden que fracase?

Emilio Lara, en esta arrebatadora novela, nos relata la vida de un hombre fascinante que sorteó innumerables penalidades y peligros, que conoció el amor en la madurez y que entabló amistad con los personajes más afamados de la época.

Esta es la historia de un hombre que persiguió un sueño.

A continuación, puedes leer las primeras páginas de El relojero de la Puerta del Sol, de Emilio Lara, que saldrá a la venta a principios de octubre.

 

Era un hombre con una gran determinación para luchar contra el destino. Su mayor afán consistía en medir el tiempo, atraparlo en bellos relojes. Nació en una época en la que los amigos íntimos paseaban cogidos del brazo mientras conversaban con calma, ajenos a las prisas, pero vivió en un mundo que cambiaba a velocidad vertiginosa debido a las revoluciones y al vapor.

En verdad, no tuvo una vida fácil.

 

1

Iruela, León

Marzo de 1814

 

El anochecer se echaba encima con hachazos negros. Aunque soplaba un viento frío estaba empapado en sudor. Las vacas caminaban lentas y la música de los cencerros sonaba a concierto desafinado. De las chimeneas salía humo y por las estrechas ventanas se entreveía el tembloroso resplandor del fuego y de los candiles. La aldea, de casas de piedra con tejado de losas de pizarra o de caña de centeno, estaba sumida en un silencio hermético. Flotaba un olor a leña de pino. Cuando vio a su padre esperándolo en la puerta de la casa, se puso a temblar. Regresaba con un animal menos.

—Llegas tarde.

—Lo sé, padre.

Metió al ganado en el establo bajo la severa mirada paterna. El aire espeso olía a boñiga y a paja. Le flaqueaban las piernas y tragó saliva al entrar en su hogar.

Su madre, con la pañoleta negra sobre los hombros, preparaba la cena en la lumbre. Sentada en una silla de anea con gesto ausente, removía el guiso de la olla puesta sobre las trébedes. La mujer tenía a su lado a dos de sus hijos pequeños, que, hambrientos, observaban cómo hervía el potaje y chisporroteaban los troncos. Las llamas iluminaban la escopeta de caza colgada de la pared y un crucifijo de latón. El padre, con la mirada encendida, colgó los pulgares del cinturón, en actitud retadora.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó.

Los latidos de su corazón repicaban en su pecho cuando respondió:

—Se ha perdido una ternera, y he estado buscándola.

Su padre se quitó el cinturón con rapidez y comenzó a azotarlo con furia. Su madre ni siquiera reaccionó. Se limitó a seguir removiendo el guisote con el cucharón, Lo azotaba ante el mutismo de la madre, que movía con un cucharón el guisote sin mirar hacia ellos, temerosa de la violenta reacción del marido. Los dos pequeños, atemorizados, se abrazaban a ella sin soltar una sola lágrima. Estaban acostumbrados a los estallidos de ira de su progenitor.

—¡No me pegue más padre!

—¡Vas a ser mi ruina! —gritaba mientras descargaba cintarazos sobre los brazos con los que el muchacho se cubría la cabeza, para que la hebilla no le abriese una brecha—. ¡Eres un inútil! ¡Un verdadero inútil!

—¡No me pegue, padre! ¡La buscaré! ¡Iré a buscarla ahora mismo!

—¡No sirves para nada!

El hombre, jadeando por la rabia y el esfuerzo, dejó de golpear, agitó la correa y dijo:

—Si vuelves sin ella, te mato. ¡Juro que te mato!

El joven abrió la puerta, se precipitó al exterior y comenzó a andar apresuradamente, mientras las ráfagas de dolor recorrían sus brazos de forma intermitente, como mordiscos de víboras. Tenía la boca seca de miedo. En el horizonte una línea de luz amarillenta era el último vestigio del día moribundo. El cielo viraba del morado al azul oscuro, y de las cumbres nevadas del Teleno llegaban rachas de viento frío.

Estaba convencido de que la ternera debió de extraviarse cuando él, absorto, intentaba reparar dos cencerros. No tenía perro guardián, así que no descubrió la pérdida hasta después del almuerzo. La buscó con ahínco, y no sólo en el prado, sino también en la vaguada. Ni rastro de ella. ¿Se la habrían robado? Imposible, pensó. No había ningún otro pastor a menos de cinco leguas. ¿Cómo había podido sucederle algo así?

Acuciado por el temor a la paliza mortal que recibiría, echó a correr en dirección al prado donde habían estado pastando las vacas. La luna llena se distinguía cada vez con mayor nitidez. Dispondría de luz para la búsqueda.

Las estrellas se iban ocultando tras una capa de nubes que amenazaban lluvia. Llegó al prado y lo recorrió a la carrera, pero no encontró a la ternera. La hierba exhalaba un aroma dulce. Un sudor helado le recorría el espinazo. Respiraba de forma entrecortada. De pronto, comenzó a llover. Las gotas caían en el pastizal y la tierra desprendía un olor a fertilidad. Entonces decidió encaminarse a un valle cercano donde antes no había buscado, y poco después de media hora encontró los restos de la ternera junto a un riachuelo.

La habían devorado los lobos.

El pánico le agarrotó los músculos. Se quedó ahí, paralizado, delante de los despojos iluminados por la luz de plata sucia de la luna. Los salvajes cinchazos que le había propinado por su padre le dolían cada vez más. Soplaba un viento que le helaba hasta los huesos. Resonó un trueno en la lejanía. Él no dejaba de contemplar el amasijo de restos sanguinolentos y huesos. El agua iba empapándolo. Llovía con un ímpetu bíblico. Y sin embargo, aquella lluvia parecía incapaz de enfriar sus pensamientos. Estaba convencido de que su padre cumpliría la mortal promesa.

Su corazón latía a galope tendido. Tomó aire varias veces con la boca abierta al creer que le faltaba, que no le llegaba a los pulmones. Y con una súbita determinación nacida en lo más hondo, remontó el valle en dirección contraria a su aldea, jurándose a sí mismo que no volvería jamás.

Llovía bajo la luz embetunada de la noche. A lo lejos aullaban los lobos.

 

Sinopsis de El relojero de la Puerta del Sol

Londres, 1866

José Rodríguez Losada se ve obligado, una y otra vez, a huir de su pasado. Tras abandonar de niño el hogar familiar, se verá obligado por razones políticas a exiliarse de la España absolutista de Fernando VII. Ahora vive en Londres, una ciudad más avanzada y en la que vislumbra un futuro más esperanzador. Hábil como pocos y siempre entusiasta, debe acabar un encargo urgente: reparar el Big Ben, el reloj más famoso del mundo.

Pero nadie puede escapar de su pasado y, entre la niebla londinense, una sombra lo observa para acabar con su vida. Y, mientras tanto, José sólo vive y trabaja para su sueño: la construcción de un reloj con un mecanismo revolucionario. ¿Conseguirá José sortear todos los peligros que lo rodean y conseguir su sueño? La historia dice que sí, ya que su sueño será conocido como el reloj de la Puerta del Sol. Pero ¿cómo conseguirá eludir todos los peligros y conseguir hacerlo realidad?….

Emilio Lara nos adentra en la historia de un hombre tan real y fascinante como desconocido para la mayoría de los lectores. Un hombre que no sólo creará los dos relojes más famosos del mundo, tal como los conocemos actualmente, sino que sorteará todo tipo de dificultades para lograr su sueño, conocerá el amor en su madurez y se relacionará con los personajes más ilustres de su época. En definitiva, la historia de un hombre contra su destino y dueño de sus horas.