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Un asesinato ritual

“El debut de un escritor prometedor. Una novela policíaca fresca, divertida y original”, Almudena Grandes. Ofrecemos las primeras páginas de Los malos pensamientos, de Juan Manuel Llorca.

Descubrieron el cadáver de buena mañana, que es una hora estupenda, porque si se da bien tienes todo el día para encontrar al asesino y te vas a casa con los deberes cumplidos. El hecho de que estuviera en pelotas, atado de pies y manos a la cama y con una cruz tallada a navaja en mitad de la frente, hacía suponer al observador avispado que el autor de los hechos había actuado con un nivel de ensañamiento notable. Eso sin olvidar que el cuerpo presentaba treinta puñaladas, lo cual es una exageración, porque seguro que a la octava o la novena la víctima era fiambre, pero se ve que al autor le gustaba hacer las cosas a conciencia e irse con la tranquilidad de que el muerto estaba bien muerto y a otra cosa mariposa.

Doña Rita, la dueña de la pensión, no paraba de morderse el labio inferior y suspirar como una loca.

Era una puta retirada que, cuando entendió que el cuerpo ya no le daba para hacer caja, montó la pensión pensando en huir de la calle, pero fue la calle y se le metió a vivir dentro, de manera que lo que ella esperaba que fuera un local serio y decente terminó siendo un picadero de mala muerte con un guineano sin papeles que hacía a la vez de recepcionista, palanganero y señora de la limpieza. Metro noventa medía el moreno, pero era más mujer que madre y rentaba el culo para completar el salario y tener un mejor pasar. Eso sí, si las cosas se ponían chungas y algún cliente se pasaba de la raya repartía unas guantazos que daba gusto verlos.

La cosa podía haber quedado en un asesinato más en los barrios bajos de la ciudad, pero el hecho de que el muerto fuera Ernesto Martín Villalta, protagonista de un escándalo considerable por haber cobrado una indemnización millonaria tras hundir el banco del que había sido director general, hizo pensar a Palacios, perspicaz el tipo, que se iba a liar parda.

Y dicho y hecho.

Al menos les dio tiempo de montar el cordón policial antes de que llegara la canallesca y así evitaron que hubiera fotos del muerto en todas las redacciones del país.

El que sí se hartó de hacer fotos de lo más artísticas y de tomar huellas dactilares donde las hubiera fue Godínez, que era como los del CSI sólo que en su versión ibérica, bajito y con menos glamour que una mierda de vaca.

—Aquí ha habido sexo —le dijo al entrar el subinspector Jiménez señalando dos condones usados al lado de la cama.

Godínez le miró como si no le viera y ni le contestó. El que sí lo hizo fue Palacios.

—¡Estoy para pocas bromas, Jiménez! ¡Se va a liar una buena y más nos vale que espabilemos en descubrir qué coño ha pasado aquí! Mañana esto es portada de toda la prensa nacional incluyendo la del corazón, la de sucesos y la hoja parroquial de la archidiócesis de Alcalá de Henares, y te puedes imaginar cómo se van a poner los jefes cuando vean el revuelo mediático que se va a formar. ¡Así que menos coñas y estate por la labor a ver si sacamos algo en claro entre tanta casquería! —dijo.

—Vale, jefe —contestó Jiménez con desgana.

—¿Has tomado declaración a la dueña de la pensión? —insistió el inspector Palacios.

—Sí, jefe —contestó Jiménez mientras sacaba su libreta—.

La susodicha, que dice llamarse Rigoberta Pérez pero a la que todo el mundo conoce como doña Rita, refiere que no se encontraba en el lugar de los hechos y que fue avisada de los mismos esta mañana a primera hora por Don Bonifacio N,guema, ciudadano guineano que oficia de gerente del establecimiento y que, en un estado de nervios considerable, la ha llamado por teléfono para comunicarle el suceso cuando…

—¡Corta el rollo funcionarial, Jiménez, y ve al grano que pareces del National Geographic!

—Coño, jefe, ya veo que hoy viene usted encantador.

—¡Pues te jodes y al turrón!

—Resumo, jefe, no se me excite. La puta vieja no sabe de la misa la media y lo único que le preocupa es que pueda afectar al negocio, que con la crisis parece que está la cosa fatal. A ella la ha avisado el negro maricón que tiene manejando este antro y que es el que se ha encontrado el marrón cuando ha ido a hacer el cuarto, que por cierto ya tiene curro el gachó porque para limpiar el lodazal de sangre que se ha organizado va a tener que echar jornada y media y lo mismo no le alcanza. Con el negrata, que se llama Bonifacio y que a partir de ahora le voy a llamar Boni, porque lo de negro maricón queda entre racista y homófobo y ya sabe usted que somos una policía moderna y democrática, también he hablado. El tipo está cagado de miedo, no sé si porque tiene menos papeles que una liebre y teme que le deportemos a su tribu natal o porque realmente sepa más de lo que cuenta.

—¿Y qué cuenta?— Se impacientó Palacios.

—Cuenta que el finado llegó sobre la una y media de la madrugada con una chavala jovencita, de unos veintitantos y con buena pinta, nada que ver con el ganado que se mueve por aquí. El Boni dice que más parecía una estudiante buenorra que una lumi. Ropa guapa, estilosa y modosita. Como el Martín Villalta también iba hecho un pincel, al negro, perdón, al recepcionista de color negro, aquello casi que le cuadró. Se ve que nuestro amigo no es lector habitual de la prensa económica ni espectador de telediarios, porque no reconoció al futuro muerto. La parejita subió a su cuarto y si te he visto no me acuerdo. Esta mañana el Boni ha llamado a la habitación y como el que tiene tos y se rasca el culo, allí no contestaba nadie. Imaginó que se habrían ido mientras él descabezaba un sueñecito en la recepción inducido por una hierba de buena calidad que le proporciona un kabileño amigo suyo, pero cuando abrió la puerta se encontró el pastel y llamó a la tal doña Rita, que fue quien avisó al 112 —concluyó Jiménez.

—¿Nunca los había visto antes por aquí?

—Dice que no, pero que es tanta la gente que entra y sale que no puede asegurarlo. Yo le he preguntado que si es tan habitual ver clientes con trajes de mil euros, pero el capullo me ha sonreído y me ha dicho que los ricos también follan y no necesariamente en el Palace.

Jiménez hizo un gesto de desprecio y añadió:

—Me he quedado con ganas de sonarle la cara, pero ya sabe usted cómo son ahora las cosas.

Palacios negó con la cabeza tratando de pasar por alto el comentario de su subordinado y dijo:

—Supongo que por aquí pasará de todo. En cualquier caso al recepcionista te lo llevas para comisaría con la excusa de los papeles y me lo aprietas un poco. Esta gente está acostumbrada a ver, oír y callar, pero con el susto en el cuerpo es posible que haga memoria.

—De acuerdo, jefe —dijo Jiménez.

—¿Habéis hablado con el resto de los clientes? Alguien ha tenido que escuchar algo, treinta puñaladas no se dan como si tal cosa —insistió Palacios.

—El resto de los clientes no existe, jefe. Aquí la gente viene, hace lo suyo y se marcha. Para mí que más de dos horas en este tugurio está considerado estancia de larga duración y el libro de registro brilla por su ausencia. Y en cuanto a oír no tiene más que asomarse por aquí cualquier noche. Ahora porque está la calle plagada de nuestros coches y la gente se corta, pero esto es un gallinero a todas las horas del día y lo que se escucha es una mezcla de salsa, bachata, música moruna y broncas de camellos. Por ese lado hay poco que rascar y tampoco es que la gente del barrio vaya a ser de lo más comunicativa con la policía. Aquí, el que más y el que menos tienen más trampas que una película de chinos y no quieren vernos ni en pintura.

—Así me gusta, Jiménez, que me des buenas noticias —dijo el inspector.

—Es lo que hay. También le cuento que el muerto llevaba encima la cartera con toda su documentación, las tarjetas de crédito y una cantidad de dinero importante que el asesino no se ha tomado la molestia de llevarse. Se ve que de lo que se trataba era de matarlo sin más.

—Todo estupendo, Jiménez, esto tiene una pinta horrible —concluyó Palacios.

Godínez seguía a lo suyo, foto va, foto viene, buscando el ángulo preciso que pudiera aportar más información de cómo se encontraba fielmente el escenario del crimen.

Llevaba años en el oficio y había desarrollado un instinto que le permitía descomponer cualquier espacio en piezas de puzzle que capturaba una por una con su cámara y luego reconstruía con minucia de relojero.

En la comisaría le consideraban un raro, sobre todo porque lo era, y todo el orden suizo que aportaba en su trabajo se convertía en desidia y descuido absoluto en su vida cotidiana.

Malvivía en un apartamento cochambroso del centro de la ciudad, con una cocina americana que jamás había sido usada y alimentándose a base de una estricta dieta de bocadillos variados entre los que destacaba la especialidad de la casa: caballa en aceite con pimientos morrones, un clásico de la cocina española. La gabardina de Colombo le hacía los mandados a la suya y, si pudiera hablar, contaría la historia de Madrid de asesinato en asesinato.

La llegada de las cámaras digitales supuso para Godínez una hecatombe.

Él, que había montado el laboratorio fotográfico en un armario empotrado y que jamás había encendido un ordenador, tuvo que reciclarse y aprender a manejar esas máquinas que hasta entonces consideraba infernales. Pero, tras una resistencia numantina entendió que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, y se puso manos a la obra.

En poco tiempo habló el lenguaje de la maquinita y se puso al día en cualquier programa de tratamiento de imágenes.

Así descubrió un mundo nuevo que le cambió la vida o, mejor dicho, que le permitió crearse otra que empezaba y acababa en la mesa camilla de su casa, pero que agrandó su universo hasta límites insospechados.

Por otra parte dotó a su trabajo de un plus de calidad: ahora era capaz de recrear el escenario del crimen en tres dimensiones e invitaba al encargado de la investigación a visitar virtualmente la habitación de marras en busca de cualquier detalle que se les hubiera pasado. De esta forma, su cuarto desvencijado se fue llenando de nuevo mobiliario consistente en distintos ordenadores, monitores de todos los tamaños y discos duros por doquier.

Un sofá-cama de IKEA, que jamás llegó a convertirse en cama, le servía de catre y la mesa camilla, con sus faldillas de 14 los años setenta y su brasero, eran lo único que podía parecerse al contenido de una casa normal.

A Palacios le gustaba trabajar con él.

No había nadie en la Científica mejor que Godínez y Palacios asumía sus rarezas, su ensimismamiento y el tratamiento aséptico y carente de sentimientos con que abordaba su labor.

Una vez le dijo que la intuición contaminaba la razón, que nada había más allá de las pruebas puras y duras y que la historia estaba llena de hombres inocentes encarcelados por inspectores intuitivos y viscerales. Palacios sabía que Godínez se tomaba en serio su trabajo y que no paraba hasta tener la seguridad de que lo que ponía en el informe respondía a la realidad.

—Godínez, ¿algo nuevo bajo el sol? —Ha aparecido el arma homicida, Palacios. Se trata de una gumía, una especie de daga larga y encorvada que utilizaban los moros. No es un arma casual, parece una pieza de artesanía con empuñadura de plata y piedras engarzadas. Una obra de arte, vamos, y posiblemente una antigüedad.

—Pondré a alguien a seguir el rastro de esa joya a ver a dónde nos lleva, porque fijo que no estaba colgada de la pared de este antro. Al menos tenemos algo por dónde empezar —dijo el inspector.

—Hay mucho por donde empezar, Palacios: uno de los hombres más ricos del país utilizando los servicios de un tugurio en lo más arrastrado de la ciudad, un asesino que abandona en el lugar del crimen un arma exótica y posiblemente de gran valor, que se entretiene en grabarle una cruz en la frente y una chica que entra y sale del escenario del crimen y de la que no sabemos nada. Y además dos preservativos usados con su correspondiente información de ADN. Es un puzzle interesante —comentó el de la Científica.

—Sí —contestó el inspector Palacios con gesto preocupado—, los medios de comunicación van a tener material para novelar todo y llenar páginas y páginas. Y mucho me temo que esto no ha hecho más que empezar. Parece claro que el autor de los hechos no olvida el arma homicida tontamente, ni se entretiene en grabarle una cruz en la frente a la víctima por 15 gusto. Tiene algo de ritual. Más bien parece que, además de matar a la víctima, está mandando un mensaje que nosotros aún no entendemos, pero que a otros les tiene que quedar muy claro.

—Puede que acierte, Palacios. Cuando analicemos todo esto le contaré —dijo el de la Científica volviendo a centrarse en su trabajo.

Palacios cogió el camino de vuelta a comisaría y dejó al resto de los miembros de su equipo analizando el escenario del crimen. T

enía la cabeza a mil por hora.

Ya hacía un rato que notaba palpitaciones y que le faltaba el aire, y temía que los demás se dieran cuenta de lo que le pasaba.

Llevaba meses sin dormir en condiciones y reconocía los síntomas perfectamente. Se palpó el bolsillo de la chaqueta y reconoció en él los ansiolíticos. El mero hecho de saber que los llevaba encima contribuía a tranquilizarle.

Se sentía indefenso y acobardado. «Miedo al miedo», le había dicho el psiquiatra en su última consulta. Y tenía razón; desde que tuvo el ataque de pánico seis meses atrás, su mayor problema, lo que le macizaba la cabeza y no le permitía pensar con claridad, era la posibilidad de que aquella sensación agónica se repitiera.

¡Me cago en mis muertos!», pensaba mientras se metía dos pastillas en la boca.

Se las tragó a palo seco y en su boca quedó el sabor amargo de los tranquilizantes y de la dependencia de la bioquímica.

Le atormentaba necesitar las pildoritas para sacar adelante el día a día y se sentía un incapaz por ello.

Jamás en su vida se le había pasado por la cabeza que algo así le pudiera pasar a él, un tipo formado que había conseguido salir del barrio, con el culo pelado en mil batallas y que se había pateado Madrid de cabo a rabo entre mangutas de medio pelo, compañeros corruptos, chulos, chorizos y gente de mal vivir, y que había salido indemne de todo ello.

Con tan sólo treinta y nueve años ya había conseguido ocupar un puesto de responsabilidad a puro huevo y, de repente, necesitaba pastillas para dormir, pastillas para tranquilizarse y pastillas para seguir.

Llevaba doblada en la cartera la pauta que le había dado el psiquiatra con la posología correcta de cada medicamento y la consultaba siempre antes de tomarse cualquiera de ellos.

El ataque de pánico le sobrevino a finales de primavera y sin previo aviso. Estaba regando las plantas en su casa cuando se empezó a encontrar mal. Le faltaba el aire y un sudor frío le cubrió el cuerpo de arriba abajo. Al principio pensó que era un infarto y la sensación de muerte inminente le paralizó por completo.

Su vecino Alfredo fue quien le llevó al hospital. A

las tres horas de llegar, y tras los electros, análisis y exploraciones correspondientes, el médico de urgencias le mandó para casa con un informe ininteligible para una persona normal y con la recomendación de acudir a su médico de cabecera y que le diera un volante para el psiquiatra.

«Diagnóstico: ataque de pánico».

Eso se leía de maravilla.

Si no hubiera sido porque estaba cagadito de miedo le hubiera dicho cuatro cosas al médico de las narices, pero se limitó a salir por la puerta, levantar la mano y subir a un taxi.

Aquel episodio le cambió la vida, ocupó su mente y vivió, comió y durmió con él en todo momento hasta el sol de hoy. No se lo contó absolutamente a nadie excepto al psiquiatra, al que acudió una semana después tras vencer su propia resistencia a utilizar ese recurso.

Fue cuando ya no podía más y comprendió que necesitaba ayuda de verdad.

Dejó atrás el escenario del crimen y caminó lentamente hacia la comisaría.

Su respiración iba volviendo a la normalidad y, mientras paseaba, fue ordenando sus ideas y pensando cómo organizar el trabajo. Todo lo que fuera tener la cabeza ocupada le venía bien y ahora tenía un caso entre las manos que prometía jaleo mediático, presión de los mandos y complicaciones varias.

En el fondo no era mal menú, iba a tener en qué entretenerse. Llegó a la comisaría y se metió en el despacho.

A través de la mampara de cristal, entre las rendijas de la persiana, veía el ir y venir de los policías, la llegada de detenidos, de denunciantes; veía a los compañeros que escribían informes y a los que se levantaban para ir a tomar café. Observar aquella actividad le ayudaba a tranquilizarse.

Sacó un folio del cajón y empezó a doblarlo cuidadosamente y a dividirlo en trozos pequeños, todos ellos del mismo tamaño. Se sacó el bolígrafo de la americana y empezó a escribir en cada uno de ellos con letra de imprenta: barrios bajos, pensión infecta, hombre poderoso atado a la cama, mujer desconocida, arma del crimen, dos preservativos, cruz en la frente, cartera intacta, sin testigos, recepcionista… Dobló todos los papelitos de forma idéntica, abrió el cajón de su escritorio y los metió dentro. Lo cerró y siguió mirando la actividad de la comisaría a través del ventanal.

Lo que más le llamaba la atención era el hecho de que alguien inmensamente rico usara para un desahogo un lugar tan nauseabundo como la pensión Doña Rita. Ernesto Martín Villalta se podía permitir la mejor habitación del mejor hotel de la ciudad y, sin embargo, había aparecido en un tugurio frecuentado por prostitutas callejeras de medio pelo, sin la menor comodidad y con una falta de higiene absoluta. Todo en el caso era inquietante. Palacios llevaba ya unos añitos en la brigada de homicidios y le gustaba pensar que había desarrollado una intuición digna de tener en cuenta, la misma que Godínez despreciaba, y no le cabía la menor duda de que el asesinato de Martín Villalta iba a traer cola.

«Este santo tiene novena», se decía a sí mismo.

Él no era Godínez y su tratamiento aséptico de la información. A él le interesaba lo que se veía, pero también lo que se intuía. Le interesaba la condición humana y era a través de ella, pensaba, que se podía tratar de entender el comportamiento de hombres y mujeres. Un crimen requería un móvil, por eso era tan difícil encontrar a un asesino que mataba sin motivo, sólo por el mero hecho de hacerlo, y, aun en esos casos, había también una energía que impulsaba al asesino a llevar a 18 cabo su acción, ya fuera el placer, la inadaptación, la locura… Pero los seres humanos necesitamos explicaciones, entender el porqué de las cosas, algo que justifique lo hecho, lo dicho e, incluso, lo que dejamos por hacer.

Palacios seguía mirando la actividad de la comisaría mientras calculaba cuánto tiempo era necesario para asestar treinta puñaladas, cuánta energía requería, cuánto sudor, cuántas respiraciones, cuántos latidos y cuánto odio.

El inspector trataba de imaginar de dónde saca fuerzas el asesino para acribillar a un ser humano sin piedad, una, dos, tres… hasta treinta veces, cómo da instrucciones el cerebro a un hombre para conseguir que se desplace a la parte de arriba de la cama y grabarle a un cadáver una cruz en mitad de la frente a punta de cuchillo.

Lo más asombroso de todo era tratar de imaginar los preparativos del homicidio: escoger el arma, decidir el lugar, calcular el momento, planear la huida…

Era enorme la cantidad de voluntad necesaria para llevar a cabo un asesinato y, sin embargo, era el pan nuestro de cada día.

Sumido en sus pensamientos, el inspector Palacios, sentado en la silla de su despacho, viendo el mundo a través de un cristal, trataba de entender la condición humana y se reconocía en ella con su insomnio, su corazón desbocado, sus ansiolíticos, su soledad y su ataque de pánico.

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Sinopsis de Los malos pensamientos, de Juan Manuel Llorca

Un inspector de policía con ataques de ansiedad, un viejo periodista de vuelta de todo y aficionado al Havana 7 con Coca-Cola, una atractiva anticuaria, un centro de masajes tántricos con final feliz… Todo ello se mezcla en una historia sobre la amistad y la condición humana cuando el ex Director General del Banco del Sagrario, relacionado con la iglesia católica, aparece cosido a puñaladas en una pensión de mala muerte en lo que aparenta ser un asesinato ritual.

Autor: Juan Manuel Llorca. Título: Los malos pensamientos. Editorial: Almuzara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro