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El profesor Souto, alter ego de Jose María Merino

El profesor Souto, alter ego de Jose María Merino

Hace treinta años, José María Merino creó el personaje del profesor Souto y, desde entonces, este “brillante lingüista, estimable poeta y ocasional crítico” ha protagonizado cuentos, ensayos, minicuentos y hasta una novela corta del escritor y académico gallego, indiscutible maestro del género breve en español. Tanta es la insistencia con la que ese  personaje le pide paso a su autor que, en cierto modo, se ha convertido en su alter ego, y le sirve para reflexionar sobre los temas que más le interesan, entre ellos el de la identidad, la metaliteratura, el doble, el delirio, las fronteras entre sueño y realidad o el proceso creador.

Esa estrecha relación entre personaje y autor queda patente en la antología Aventuras e invenciones del  profesor Souto, que acaba de publicar Páginas de Espuma y que reúne todas las narraciones de Merino protagonizadas por ese lingüista un tanto estrafalario, obsesionado con los fonemas y con descubrir códigos secretos, ya sea en el sonido del agua o en las grietas de las rocas, y que en alguna etapa de su vida casi que se enamora de un programa informático que identificaba metáforas antiguas. La edición ha corrido a cargo de Ángeles Encinar, catedrática de Literatura Española en  Saint Louis University, Madrid Campus, y experta en narrativa breve.

“El profesor Souto es un personaje quijotesco, forjado desde su origen en la dicotomía cordura-locura, que siempre ha estado al servicio de los intereses literarios de su autor. Como en el caso cervantino, es una criatura apasionada por la aventura que nunca ha cejado en su empeño y ha continuado en la estela de la moral del fracaso inaugurada por Don Quijote”, afirma en el prólogo Encinar, buena conocedora de la obra de Merino, quien, además de cuento y minicuentos, ha publicado también poesías, novelas y ensayos. Coruñés de nacimiento, Hijo Adoptivo de León y residente en Madrid, Merino ha merecido premios como el Nacional de Narrativa, el Nacional de la Crítica, el Castilla y León de las Letras, el Miguel Delibes, el Gonzalo Torrente Ballester o el Salambó.

Souto no era el nombre original de este personaje emblemático, que en más de una ocasión suplanta al autor y que en algún relato dice con rotundidad: “No fue el ser humano quien inventó la ficción, sino la ficción la que inventó al ser humano”. Cuando se publicó en 1987 “Las palabras del mundo”, en la serie de relatos de verano de El País, el personaje se llamaba Carlos Granda, pero dio la casualidad de que había un lingüista con el mismo nombre en la Universidad de Salamanca y Merino decidió cambiar el de su “criatura”, cuando ese cuento se incluyó en la colección El viajero perdido (1990). Desde entonces no ha dejado de protagonizar diferentes narraciones de Merino, porque, como le dice el escritor a Zenda en unas breves declaraciones,  este personaje le permite reflejar “pensamientos absurdos a veces sobre el tiempo, los signos,  las palabras…, cosas que en Souto cobran vida y adquieren una proporción imaginativa y narrativa”.

En la antología, que contiene varios inéditos, entre ellos “La hechizada” o “La biblioteca fantasmal”, hay un primer apartado, “Aventuras”, con relatos de corte realista, fantástico y futurista, y la novela corta “La Dama de Urz”. En el segundo apartado, “Invenciones”, el lector encontrará narraciones muy diversas, desde una carta y ensayos, a minicuentos y fábulas. Dentro de esos minicuentos, que con tanta maestría escribe Merino, no tienen desperdicio los incluidos bajo el epígrafe de “Micronaciones”, en los que el autor de La orilla oscura o El río del Edén ironiza sobre los nacionalismos y habla de “Soberanías de bolsillo”, “Minilandia” y “Nanópolis”.

Nanópolis, la capital de Minilandia, se define así en uno de los breves textos de “Micronaciones”: Es “una ciudad única en  el mundo. Está constituida por diecisiete barrios, todos autónomos, cada uno con su lengua propia, con sus culturas y tradiciones (…), con su propio sistema escolar y sanitario, con sus transportes, que cubren solo el barrio correspondiente. ¡El triunfo de las identidades en un mundo perversamente globalizador!” 

¿Estos minicuentos reflejan la preocupación de José María Merino ante las ansias independentistas de un amplio sector de la población catalana?

“Sin duda”, le dice el escritor a Zenda, y agrega:  “Yo creo que los españoles tenemos como mito la vida como sueño, que puede ser  la vida como pesadilla. Lo que me hace gracia es que tuvimos una primera Constitución en 1812, que fue derogada por el “rey Felón” (Fernando VII), una segunda Constitución en 1931, que se la cargó el franquismo, y luego la actual Constitución que los nacionalistas catalanes, en nombre de la democracia, están dando un golpe de Estado y se la están cargando. Y eso me deja perplejo”.

Les recomendaría que leyeran mis ‘Micronaciones’, pero en el nacionalismo no hay sentido del humor. El nacionalismo radical es una fe como la yihadista; una fe absoluta, profunda”.

"El delirio no está en la literatura, el delirio está en la realidad."

¿Y qué libertades narrativas le ha permitido el profesor Souto?

“Yo siempre he dicho que uno de los libros que a mí me impresionó cuando era un chaval fue Niebla, de Unamuno. Eso de que el personaje venga a ver al autor y le diga: ‘hombre, ¿qué está pasando?’ A mí ese juego metaliterario me encanta porque, en cierto modo, yo puedo decir a través de Souto impresiones mías, aunque sean absurdas e irracionales, o intuiciones que tengo sobre la realidad, y las puedo expresar como si fuese un otro yo que no me crea ningún problema. Es un doble muy cómodo, un doble fantástico pero cómodo de convivir”.

A veces, el delirio de Souto “tenía la verosimilitud de las ficciones”, se dice en uno de los relatos, ¿cuánto hay de delirio en la literatura?

“Yo creo que en la literatura no hay tanto delirio como en la realidad. La literatura, cuando es fantástica y delirante, intenta ordenarlo, pero la realidad produce el delirio sin control ninguno. Yo, que ya tengo 76 años, no me esperaba que en mis últimos años tuviese que asistir a este espectáculo del mundo que estamos viendo, la general descomposición, el problema tan grave de los refugiados, de gente huyendo de sus países, una guerra santa espantosa, la gente teniendo que proteger la torre Eiffel con un cristal especial de tres metros de altura. El delirio no está en la literatura, el delirio está en la realidad. Por eso creo yo que la literatura, a pesar de todo, es mucho más racionalizadora que la realidad, hace comprender mucho mejor lo que somos los seres humanos que la pura realidad, que se produce de una manera irracional e ininteligible”, concluye Merino.