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Promopandemia

Allá por el mes de febrero de este año, pero ya de otra era, los que teníamos previsto publicar novela en primavera nos las prometíamos muy felices. Andábamos organizando el calendario, planeando el Día del Libro ―entonces creíamos que sería el 23 de abril, como cada año desde 1926―, revisando contactos en la agenda, incrementando nuestra actividad en las redes para crear expectación entre nuestros lectores, planeando las presentaciones… A principios de marzo, yo aún acudí al congreso de libreros en Málaga. Y, de repente, el mundo cambió casi de un día para otro. Nos confinaron y una de las primeras llamadas fue la que recibí de mi editora para comunicarme que el lanzamiento de mi novela se posponía un par de meses, que luego resultaron ser tres.

A primeros de julio casi nada de lo planeado para la promoción de la novela tenía sentido. Las ferias se suspendían, no se podían realizar presentaciones en recintos cerrados, ni acudir a las emisoras de radio. Además no resultaba muy recomendable realizar largas distancias en transporte público. Yo, que le tengo cierta ojeriza al avión, no me veía volando con mascarilla, porque estaba convencido de que me faltaría el aire antes siquiera de pisar el aeropuerto. La situación además obligó a que el personal de las editoriales teletrabajara: desde editores a responsables de prensa, incluso los comerciales, por lo que les resultaba más complicado detectar la falta de ejemplares de un título concreto en una librería. Ya ocurría con anterioridad, pero en tiempos de pandemia se antoja casi un milagro que los libros agotados sean fácilmente repuestos, especialmente los de escritores no mediáticos.

"Se me ocurrió que, si bien las reuniones en recintos cerrados no resultaban factibles, podía poner de largo mi novela en Bilbao mediante una ruta literaria"

Así que tenía dos opciones: cruzarme de brazos, resignarme y confiar en que la calidad de mi novela fuese suficiente para que se vendiese, o bien apretar los dientes y buscar la forma de acompañarla en sus primeras semanas, conocedor del mercado literario y del funcionamiento editorial, después de haber publicado seis novelas y venir de un mundo financiero donde hay ciertas similitudes, empezando por la competencia existente que se manifiesta en la tirada de ejemplares y en el posicionamiento en librerías, las cuales difícilmente pueden absorber la avalancha de novedades que les llega.

Así que un día que me levanté excesivamente eufórico, y se me fue la mano con el café, escribí en mis redes que aunque no pudiesen celebrarse presentaciones, no pensaba dejar sin firmar un solo libro de quienes me lo pidieran, aunque para ello tuviese que recorrer cada librería. Bien es cierto que me gusta conducir, todo hay que decirlo.

Ruta con Juan Mari Aburto, alcalde de Bilbao

Ruta literaria con lectores.

Luego se me ocurrió que, si bien las reuniones en recintos cerrados no resultaban factibles, podía poner de largo mi novela en Bilbao mediante una ruta literaria que pasase por algunos de los escenarios de la novela, para no más de veinte personas. La demanda de mis lectores fue tal que tuve que hacer cuatro recorridos en días sucesivos. A mí, que vivo ahora en Santander, no me importó tener que realizar cada día el trayecto de ida y vuelta. He de decir que esta respuesta de los lectores me animó a seguir trabajando en dar a conocer mi novela, máxime cuando semana a semana iba comprobando que se mantenía en la lista de las más vendidas en el País Vasco.

"Un autor ―y más en tiempos de pandemia― ha de hacer sus pinitos como periodista, community manager, diseñador gráfico, comercial e incluso librero"

Unas cuantas fueron las veces que debía parar el coche en cualquiera de mis salidas para contestar a entrevistas por teléfono, en las que tenía la sensación de que no poder mirar al periodista o hablar sin un micrófono delante restaba profundidad a mis palabras. Aun así, pedí a mi editorial que le enviara ejemplares a todos los periodistas de mi lista de contactos, confeccionada durante trece años. La mayoría respondió de inmediato. Imagino que algunos con sincera alegría y otros por una especie de compromiso adquirido, que tiene que ver más con la lealtad y la profesionalidad que con la amistad, que existe en muchos casos. Es de agradecer sus respuestas aunque no todos han podido encontrar un hueco para encajarme en sus medios. Pero también en esto hubo sinsabores, casi todos procedentes de periodistas pertenecientes al mismo grupo endogámico, lo que no deja de ser un contrasentido hacia su profesión. Una vez más pude constatar que la educación y la generosidad van de la mano de la sabiduría. Y quienes saben mucho son casi todos los periodistas culturales de este país, empezando por los de la vieja guardia.

Firma en la libreria Elkar, en el Casco Viejo de Bilbao

Ante los micrófonos protegidos en los estudios de RNE en Bilbao

Con ello, más allá de criticar actitudes, solo pretendo evidenciar lo complicado que resulta moverse en la jungla editorial. Pero estas son las reglas del juego, que ya conocía antes de participar.

Así las cosas, un autor ―y más en tiempos de pandemia― ha de hacer sus pinitos como periodista, community manager, diseñador gráfico, comercial e incluso librero.

"El posicionamiento de una novela en una librería lo es todo. Es obvio que no es lo mismo que el único ejemplar de tu libro esté en un anaquel a que haya una pila a la entrada de la librería"

Siempre he tenido claro que los libros los venden los libreros. Ojo, no los despachadores de libros, he dicho libreros, esa especie que todavía uno se encuentra en sus viajes por esos mundos de dios. Y sí, esa fue la última pata de mi particular promoción en tiempos de pandemia. Visitar librerías. Así que cogía el coche ―sigo en ello― y recorría pueblos y ciudades. A día de hoy he estado en Sevilla, Salamanca, León, Valladolid, Palencia, Zamora, Benavente, Burgos, Gijón, Oviedo, Pamplona, Santander, Laredo, Noja, Torrelavega, Reinosa, Castro Urdiales y, por supuesto, Bilbao, Galdakao, Amorebieta, Gernika, Barakaldo, Las Arenas, Portugalete…

El posicionamiento de una novela en una librería lo es todo. Es obvio que no es lo mismo que el único ejemplar de tu libro esté en un anaquel a que haya una pila a la entrada de la librería. ¿Y de qué depende esto? Por una parte, de la estrategia de la editorial y el compromiso comercial que exista con la librería. En esto poco pueden hacer los escritores cuya novela no haya sido la apuesta de la temporada de la editorial. Pero por otra parte, depende del gusto personal del librero, unido a que tenga tiempo, entre lo complicado que resulta su gestión de pedidos y devoluciones, de haberse percatado del potencial de una determinada obra.

En mi periplo por librerías me he encontrado con algunas que han vendido doscientos ejemplares de mi novela con otras que devolvieron el único libro que les llegó sin haberlo sacado de la caja.

He percibido que a la mayoría de los libreros les agradó mi visita, máxime cuando a estas alturas no voy mirando si tienen mi libro o si está bien colocado. Reconozco que, si bien los viajes pueden cansarme, entrar en una librería me resulta muy grato, por muy modesta que sea. Además, los veteranos profesionales ya me van conociendo, después de siete novelas publicadas. También hubo pequeños contratiempos en alguna librería, como aquella dueña que debí de pillar en mal momento y me dijo que no tenía tiempo de atenderme y le mandara un correo electrónico con mi dosier. O como aquellos otros libreros que te miran con recelo porque ellos prefieren “vender literatura a best sellers”, sin haber hojeado una sola página de lo que escribes. En estos casos lo que suelo pedir es que me recomienden un libro y comprarlo. Rara vez he leído algo extraordinario.

Pero, como digo, la mayoría de las veces he disfrutado de una experiencia gratificante, donde hemos hablado del sector, de la situación actual, de libros y, residualmente, de mi novela. Eso ya lo dejo a su criterio. Muchos han sido los que me han comentado que se está incorporando un público masculino, lector de thrillers y que debería abordar ese género en mi próxima aventura literaria. Yo escucho, sonrío detrás de mi mascarilla y dejo que las ideas y sugerencias vayan madurando en mi cabeza.

"Por eso no estoy dispuesto a bajar los brazos. Y porque hay libreros, hay periodistas y hay lectores que quieren que siga escribiendo"

No sería justo nombrar a unos pocos libreros ni las sensaciones que me provoca cruzar el umbral de una librería. Pero cuando entro alguna librería de las de siempre, busco instintivamente los rincones donde se sentaban los viejos libreros jubilados que seguían acudiendo cada día a su librería hasta casi la misma víspera de su muerte. Esa escena la reflejé en La ciudad del alma dormida. No en vano también constituye un homenaje a los libreros.

Hay días en que pienso en que tanto esfuerzo no vale la pena, en que no compensa el trabajo que conlleva escribir una novela y luego ayudar a venderla. Pero está claro que un escritor quiere ser leído. Por cuantos más lectores mejor. La escritura es un veneno que se lleva en las venas, que nos insufla ánimos cuando el mundo se derrumba a nuestro alrededor. Casi como el amor.

Recreacion de la cubierta de la novela, con mi hija Ana

Por eso no estoy dispuesto a bajar los brazos. Y porque hay libreros, hay periodistas y hay lectores que quieren que siga escribiendo ―confío en que también algún editor―. Sin obviar que yo aún sigo enamorado de los libros.

A quienes piensen que este artículo forma parte de mi promoción les diré que, al fin y al cabo, soy un escritor cuya mejor novela se ha publicado en tiempos de pandemia.

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