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Proyecto Itinera (LX): Cosas de mujeres

Proyecto Itinera (LX): Cosas de mujeres

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

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Cl(audia) Severa Lepidinae (suae [sa]l[u]tem III Idus Septembr[e]s soror ad diem sollemnem natalem meum rogo libenter facias ut venias ad nos iucundiorem mihi [diem] interventu tuo factura […] 

Cerial[em t]uum saluta Aelius meus […] et filiolus salutant 

sperabo te soror

vale soror anima mea ita valeam karissima 

et [h]ave Sulpiciae Lepedinae Cerialis a S[e]vera

Este que acabas de leer es uno de los textos epigráficos encontrados milagrosamente en el sitio arqueológico de Vindolanda, hoy Chesterholm, en el actual condado de Northumberland. Los topónimos ingleses que contienen «-chester» nos hablan indefectiblemente de la ocupación romana de Britannia. Si «chester» proviene de castra (campamento, en latín), ciudades como Manchester, por poner un caso conocido, tendrían su origen en un asentamiento militar. Con las reservas a que nos obliga el resbaladizo terreno de la toponimia, parece que un cerro con forma de pecho femenino habría dado lugar al nombre romano mamucium, latinización del topónimo céltico «cerro de la mama» (< mamm: pecho, mama). En definitiva, Manchester vendría a significar «campamento en el cerro de la mama», lo que nos trae a la memoria nombres de montes similares en España, como la Tetica de Vacares, en la sierra de los Filabres. Pero volvamos a la antigua Vindolanda, hoy Chesterholm, cuyo nombre nos remite a un campamento establecido en un pequeño cerro rodeado de una corriente de agua. Chesterholm significaría algo así como «campamento del promontorio del río».

Ubiquémonos, por tanto, en este campamento levantado en una localización estratégica según la práctica castrense romana. El promontorio sobre el que se asienta Vindolanda estaba prácticamente rodeado por un meandro del río Chunley Burn, lo que facilitaba su defensa a la vez que permitía otear el entorno y garantizaba aprovisionamiento perenne de agua potable. Pero no creamos que se trataba en absoluto de un hogar plácido y con todo tipo de comodidades en torno al año 100 de nuestra era. Tanto las termas de piedra recientemente excavadas en el sitio arqueológico como el vicus amurallado adosado al campamento datan de un par de siglos después. El fuerte de Vindolanda constituía una pieza más de un rosario de avanzadillas que guarnecían la frontera más septentrional del Imperio. Un lugar inhóspito, aún no protegido por el muro de Adriano y expuesto a la amenaza continua de las tribus pictas. Convenientemente contextualizados, ya estamos en disposición de trasladarnos con nuestra imaginación a la Vindolanda de finales del siglo I de nuestra era…

"Prefirió seguir a su marido hasta el fin del mundo en lugar de languidecer en Roma como Penélope, tejiendo y destejiendo una promesa sin fecha de caducidad"

La actividad es febril en el campamento. Su posición en primera línea debe ser consolidada. A Flavio Cerialis, prefecto de la Novena Cohorte de los Bátavos, se le ha encomendado la remodelación del fuerte antes de que el inclemente invierno mine la salud y la moral de las tropas. La tala, el escamondado y el acarreo de los troncos mantienen en forma a los soldados. Un pertinaz calabobos no les abandona desde hace ya tres días, pero aunque estén calados hasta los huesos, no hay tiempo que perder. Además, podría seguir así durante semanas. Caledonia es así de particular. El siempre corto verano esta vez se está haciendo esperar más de la cuenta. Lo mismo este año ni se presenta por estas latitudes. Los nuevos barracones de madera permitirán hacer frente a las nieves invernales y los gélidos vientos del norte. Al menos les queda el consuelo de no tener que desplazarse ni una milla para obtener todos los materiales. En derredor abundan los robles y los pinos necesarios para soportar la estructura de las barracas, así como brezos para impermeabilizar los tejados. Por no hablar del barro, que lo tienen incrustado en cada pliegue de la piel y hasta en las pestañas. Unos legionarios expertos se encargan de ensamblar las últimas maderas de un hórreo, bajo la atenta mirada de Cerialis y el ingeniero jefe. Garantizar la conservación del grano seco es vital para la supervivencia.

Guarecida de la molesta lluvia, Lepidina fantasea sobre la decoración del nuevo pretorio. Verá pasar muchas horas en ese espacio y le gustaría, al menos, que fuera confortable. ¡Quién sabe si será aquí donde engendrará y verá nacer a su primogénito! No está ansiosa. Lleva casada apenas un año y medio y no tiene ninguna prisa por quedarse preñada. Prefirió seguir a su marido hasta el fin del mundo en lugar de languidecer en Roma como Penélope, tejiendo y destejiendo una promesa sin fecha de caducidad. Ha asumido el sacrificio con entereza. Jamás le ha demostrado a Flavio la más mínima muestra de duda. Es más, su determinación y la naturalidad con que soporta las penalidades de la vida castrense le han granjeado el respeto y la admiración de toda la cohorte, lo que ha aprovechado hábilmente su marido para reafirmar su autoridad. Para cuando lleguen las dificultades, resultará vital que la tropa confíe ciegamente en su prefecto, y Lepidina contribuye a eso con inteligencia y discreción.

"Abraza la carta contra sí. Inspira de nuevo el aroma a bosque y a resina. Agradece al pino, al bosque entero, su existencia"

Afuera se escucha la conversación de un emisario que pide permiso al guardia para entrar al pretorio y entregarle en mano una carta a la señora. Al descorrerse la cortina, junto con el emisario también se difunde por la estancia una luz cenicienta. No es esa que te ciega las mañanas romanas de junio, pero algo es. Hace algún tiempo que Lepidina no recibe noticias de fuera. El emisario ha debido de emplear dos jornadas para llegar desde el campamento de Briga hasta Vindolanda. Antes de entrar en el pretorio se sacude la lluvia y saluda a la domina. Ella recoge la misiva conteniendo el nerviosismo. Tiene asumido que no debe expresar en público sus emociones. Encarga a su esclavo de confianza que proporcione al emisario ropa seca, algo de comida y un reparador trago de vino antes de que emprenda el camino de vuelta. Lo despide educadamente y se queda sola en la estancia. Ya no hay que guardar las formas. Deshace convulsivamente el envoltorio de piel, que tira al suelo sin remilgos. Comprueba que la tablilla lacrada viene de quien ella espera. Por un momento recapacita y frena sus impulsos. No ha pasado nada en ese maldito campamento desde hace seis meses. ¿Cómo va a malgastar esta emoción en un solo abrir y cerrar de ojos? Así que se toma su tiempo. Observa la tablilla. La olfatea. Madera. Entre tantos aserraderos y carpinteros en Vindolanda no se huele otra cosa desde hace semanas, pero este pino también exhala tinta. Tinta y madera desprenden un olor muy especial cuando se combinan. Sobre todo cuando estás aislada en el fin del mundo. Abraza la carta contra sí. Inspira de nuevo el aroma a bosque y a resina. Agradece al pino, al bosque entero, su existencia. Y lo hace en voz baja, recitando los gastados versos de un viejo poeta que la suelen acompañar cuando navega entre los pliegues de sus recuerdos y cuando siente nostalgia de otras latitudes:

…ubi iste post phasellus antea fuit

comata silva: nam Cytorio in iugo

loquente saepe sibilum edidit coma…

 

…donde ésta, después goleta, antes fue

peinada espesura, pues en la citoria cima

con su habladora melena a menudo su silbido emitió…

Lepidina se recrea de nuevo en la contemplación del objeto. Al fin rompe el lacre y desata con parsimonia el lazo que mantiene juntas las dos láminas de madera. Se sienta. Lo abre. Lee…

Claudia Severa saluda a Lepidina en el día tercero antes de los idus de septiembre. Hermana, para el día de la celebración de mi cumpleaños, sería un verdadero placer que vengas a nuestra casa, para que me hagas feliz ese día con tu visita, si me acompañas.

Dale recuerdos a tu Cerialis. Mi Elio y nuestro pequeño hijo te envían un saludo.

No me fallarás, hermana. Adiós, hermana del alma. Que vaya todo bien. Un saludo.

Para Sulpicia Lepedina, esposa de Cerialis, de Severa.

"De nuevo relee y silabea el contenido de la tablilla. Ha perdido la noción del tiempo. Pliega al fin la carta, la anuda cuidadosamente y la guarda con mimo en un pequeño cofre de madera"

Lepidina cierra los ojos complacida unos instantes. Al fin alza la vista. Esperará a la hora décima para contarle sus planes a Cerialis. Vuelve a leer la carta. Tiene todo el tiempo del mundo. En las últimas frases reconoce la caligrafía menos ortodoxa, pero más cálida, de su amiga Claudia Severa. Una sonrisa blanda, nostálgica, se le dibuja en el semblante. Desde el primer instante en que se conocieron, surgió una complicidad especial entre ambas. Repasa con la vista las letras sin fijarse en su significado. En cada signo simplemente revive otras tantas confidencias y secretos compartidos. De nuevo relee y silabea el contenido de la tablilla. Ha perdido la noción del tiempo. Pliega al fin la carta, la anuda cuidadosamente y la guarda con mimo en un pequeño cofre de madera. Quién sabe si durante el desolador invierno castrense volverá a necesitar de una nueva lectura cálida y amable. Al fin entra Cerialis en el pretorio. Se le ve animado por la buena marcha de las obras. Lo abraza con ternura. Es un buen momento para darle la noticia:

—En septiembre pasaré unos días con Claudia Marcela. Celebraremos juntas su cumpleaños.

 

La tablilla que ha inspirado nuestro relato se halla expuesta en el British Museum. Este pequeño trozo de madera no se pudo convertir en el célebre phasellus (goleta) de Catulo. Nunca navegó por procelosos mares. Su cometido era más humilde e íntimo. Seguramente rescatado del deshecho de la escamonda de troncos robustos que sí se dedicarían a empresas más urgentes y de gran trascendencia militar y estratégica, la pequeña tablilla se destinó a una función doméstica, aparentemente menos trascendental, pero no menos duradera. Los recios troncos de los barracones del fuerte de Vindolanda, en cambio, hoy se han perdido por completo, mientras que esta delicada pieza de madera pulida nos invita aún hoy a extraer un par de consideraciones.

"El texto, escrito en cursiva y por tanto difícil de leer para los no especialistas, constituye probablemente el testimonio más antiguo escrito en latín por una mujer"

Catulo alude de forma bellísima a cómo el silbido del follaje de un árbol batido por el viento se convierte en orgullosa goleta que surca el Adriático amenazador, las ventosas Cícladas o el salvaje golfo del Ponto. Nuestra discreta misiva se convierte en otro tipo de navío. Su vientre no es cóncavo para transportar ricas mercancías. Su vientre es plano, diríase estéril, pero que acuna un mensaje femenino, cercano y cálido que ha surcado el tiempo para contarnos una historia cotidiana. El texto, escrito en cursiva y por tanto difícil de leer para los no especialistas, constituye probablemente el testimonio más antiguo escrito en latín por una mujer. Amén de lo particular o curioso del hallazgo, el escrito testimonia el acceso de la mujer a la lectura y a la escritura. Y nos sugiere un relativo grado de autonomía y emancipación de las matronas romanas del siglo I, que les permitía cultivar sus propios círculos de amistad. Esto solo ya convierte a esta pieza arqueológica en una pequeña joya que dignifica la figura de la mujer en Roma. Nos revela algo más. Nos habla del poder evocador de la palabra escrita. Una palabra que no es propiedad exclusiva de los grandes poetas o de los tediosos administrativos imperiales, sino que pertenece a la gente corriente. Unas letras que, embarcadas en un sencillo esquife de madera, atraviesan veinte siglos para susurrarnos al oído que no hemos cambiado tanto, que seguimos buscando en la amistad razones para disfrutar de la vida. Y me lleva a una última consideración. Debemos esforzarnos para que no se rompa esta cadena invisible de comunicación y de emociones que son las lenguas clásicas que han configurado durante siglos nuestra vieja Europa.

Al final de un curso pandémico —más que académico— tan extraño como el que nos ha tocado vivir, valga este humilde artículo como homenaje al alumnado, una inmensa mayoría mujeres, que año tras año, sin dejarse embaucar por inanes cantos de sirena, dedica su valioso tiempo a cultivar con discreción y mimo la palabra escrita en griego y en latín. Con su apuesta por los estudios humanísticos, resiste en territorio hostil la incomprensión de una sociedad encarnizadamente utilitarista y por ello cada vez más sedienta de una mirada luminosa, humanista —la suya—, que nos garantice un mundo más habitable.

Imo corde, gratias plurimas vobis omnibus, sine quibus non.

De todo corazón, muchas gracias a todas vosotras, imprescindibles.

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Referencias bibliográficas:

  • Para el texto latino de Catulo, Poesías, selección de José Vergés, Barcelona, 1996. Para su traducción, tomamos la de Jaime Siles.
  • Con respecto a la tablilla de Vindolanda, la traducción es nuestra.
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