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Proyecto Itinera (LIX): Eolias, allí donde nacen los vientos

Proyecto Itinera (LIX): Eolias, allí donde nacen los vientos

Óleo en lienzo de Isaac Moillon (1614-1673): Eolo entrega los vientos a Ulises(Éole donnant les vents à Ulysse). Museo de Tessé.

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

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“Eolia, patria de las tempestades, lugares henchidos de furiosos vendavales; allí el rey Eolo, en su espaciosa cueva, rige los revoltosos vientos y las sonoras tempestades y los subyuga con cárcel y cadenas; ellos, indignados, braman, con un gran murmullo del monte alrededor de su prisión. Sentado está Eolo en su excelso alcázar, empuñando el cetro, amansando sus bríos y templando sus iras, porque si tal no hiciese, arrebatarían rápidos consigo los mares y las tierras y el alto firmamento y los barrerían por los espacios; de lo cual temeroso el padre omnipotente, los encerró en las negras cavernas y les puso encima la mole de altos montes, y les dio un rey que, obediente a sus mandatos, supiese con recta mano tirarles y aflojarles las riendas.”

(Eneida I, 50-64) Virgilio

Las Eolias son un archipiélago de siete islas al nordeste de la Sicilia «continental». Es decir, islas dentro de la isla magna. A saber: Lípari, Salina, Vulcano, Strómboli, Filicudi, Alicudi y Panarea. Allí nacieron los vientos, o al menos tiene su morada Eolo, dios del viento en la mitología clásica.

Desde sus dominios insulares sigue aún soplando, aunque los barcos ya no necesiten su fuerza descomunal para moverse por el Mare Nostrum. Guarda a buen recaudo brisas de las mejores cosechas, como la del 79 d.C., cuando su bufido ayudó a extender los piroclastos de Vulcano en Pompeya y Herculano. O de diciembre de 1831, cuando sacó todo lo que tenía en sus pulmones para mover mar, tierra y cielo, con el objetivo de sumergir la isla Ferdinandea, al sur de Sicilia, que había aparecido fruto de movimientos tectónicos y un volcán submarino. Aquella vez hizo de juez para evitar las estúpidas ambiciones de diferentes países, que querían apropiarse del peñasco a toda costa.

"Cansado de hacer favores, hace tiempo que Eolo vive como un eremita, aislado del mundo y de los humanos, dedicado a sus vientos"

Contaba el historiador Diodoro —siciliano de toda la vida— que Eolo fue otrora un dios sumamente justo, dedicando parte de su tiempo a enseñar el arte de navegar a los humanos. Pero a lo largo de los tiempos, los bípedos han demostrado ser tan estúpidos como díscolos, tan ingenuos como osados. Así nos lo trasmitió Homero en la Odisea, cuando los marineros que acompañaban a Ulises abrieron el odre de los vientos en su camino de vuelta a Ítaca. Eolo, furioso, desató la tormenta perfecta. Y es con amigos así que uno prefiere tener más cerca a los enemigos.

Años después fueron otros ilustres escritores como Luis de Góngora, en sus Soledades, quienes mencionaron al Dios del viento. Pero a menudo Eolo salía escaldado de las reuniones de viejos amigos de la Hélade. Los cartagineses acababan enfadados con los romanos, y los etruscos se quejaban de que no se les hacía caso. Los atenienses intentaban poner paz en las cenas, pero los espartanos se subían por las paredes con un poco del zumo de Baco.

Cansado de hacer favores, hace tiempo que Eolo vive como un eremita, aislado del mundo y de los humanos, dedicado a sus vientos. Hay quienes cuentan que perdió totalmente la fe en los mortales a partir del Sacrificio de Ifigenia, cuando su padre, Agamenón, aceptó ofrecerla en sacrificio para continuar su navegación a Troya. Algo antes, el soberbio Agamenón había enfadado a Artemisa, matando un ciervo en una arboleda sagrada y alardeando de ser mejor cazador que la diosa. Cuando Agamenón emprende el viaje hacia Troya, Artemisa frenó los vientos para bajar los humos al rey. El oráculo fue categórico: o Agamenón ofrecía a su hija Ifigenia en sacrificio, o las velas de sus barcos quedarían heridas de muerte por la falta de viento. En la Guerra todo vale, así que Agamenón, ante la elección de Troya o su hija, se plegó a la diosa. La pobre Ifigenia, sin comerlo ni beberlo, fue sacrificada según algunas fuentes literarias como las de Esquilo y Lucrecio. Sin embargo otros cuentan que Artemisa hizo un «cambiazo» por una cierva —un corzo, un oso, toro, ternera o mujer vieja, según la versión de la película—, y se llevó a Táurica (la actual Crimea) a Ifigenia, convertida después en una sacerdotisa encargada de dar matarile a los foráneos como ofrenda a la diosa.

"Eolo sopla hasta que le duelen los carrillos para empujar las pateras y fuerabordas que se quedan sin gasolina o pierden fuelle por el exceso de pasajeros"

En el estrecho de Messina, allí donde la «fata morgana» cocina los espejismos que hacen desorientarse los barcos, Eolo se aburre soberanamente. Antes saludaba al Corso Maltés soplando la fumarola de azufre del cráter de Vulcano, recibía al capitán Gaviero del escritor Mutis, o apaciguaba al siroco si eran delfines los que jugueteaban cerca de la isla de Filicudi. Pero cuando algo le enfada, Eolo tira de viento gregal, soplando frío y seco para levantar olas y provocar marejadas que le dejen en soledad en el Mediterráneo.

En noches de luna nueva, en las que incluso las nubes esconden a las estrellas las vergüenzas del norte del Mare Nostrum, Eolo sopla hasta que le duelen los carrillos para empujar las pateras y fuerabordas que se quedan sin gasolina o pierden fuelle por el exceso de pasajeros. En ocasiones su titánico esfuerzo consigue que algunas lleguen a la orilla. Pero Eolo no es Zeus, y menos en estos tiempos. Poco puede hacer con los molestos cargueros mercantes que pasan como si fueran una autopista cerca de las siete islas eólicas. Ni los exabruptos del volcán Stromboli lanzando lava cuando Eolo se enfada asustan ya a los capitanes, que se mueven guiados por GPS en vez de por las estrellas y el sol.

Pese a todo ello, el viejo Dios no esconde sus simpatías por los exploradores pacientes, aquellos que llegan a sus dominios para sentirlos, no devorarlos como hacía Saturno con su hijo. Así que, viajero, si alguna vez te dejas caer por las Eolias, cierra los ojos, siente la dirección del viento y déjate guiar por las señales de Eolo.

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