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Queridos místicos

Queridos místicos

Durante el siglo XVI, y para variar, soplaron en España buenos vientos para la lírica, aunque las corrientes que los agitaban resultaran, a la postre, bipolares de tan contradictorios. El descubrimiento y la asunción de las brisas frescas que provenían de Italia y aterrizaron en la península —gracias a la mediación de Andrea Navagiero, y con Juan Boscán y, sobre todo, Garcilaso de la Vega como principales apóstoles del nuevo mundo poético— ocuparon la primera mitad de la centuria y fundaron una nueva estética en la que el ser humano, con sus anhelos y sus virtudes y sus contradicciones, ocupaba cada vez un lugar más primordial en el centro de la escena. El segundo tramo del siglo, sin embargo, tuvo connotaciones bien distintas. Si el emperador Carlos I había sido un gobernante abierto a Europa —tan abierto, de hecho, que se le acusó muchas veces de descuidar el trono que le habían puesto en bandeja sus abuelos, los Reyes Católicos—, su hijo y sucesor, Felipe II, hizo todo lo contrario. Dueño de un carácter arisco y opresivo, y defensor del catolicismo más ortodoxo que imaginarse pudiera, plantó cara a las tesis luteranas que en aquel momento empezaban a causar furor en Alemania con una Contrarreforma que hacía valer los dogmas más severos de su doctrina y propició que España quedase al margen de las corrientes humanistas que se iban consolidando al otro lado de los Pirineos. El Renacimiento cobró aquí, a partir de entonces, un cariz muy peculiar. En el ámbito poético, surgieron dos escuelas, la salmantina y la sevillana, que de tan distintas eran totalmente antagónicas. La primera bebía en la tradición clásica y se ocupaba sobre todo de temas morales, con Francisco de Aldana y Francisco de la Torre como sus exponentes principales. La segunda gustaba de los ornatos florales y la retórica y prefería tratar asuntos amorosos. Destacaron en ella Barahona de Soto y Fernando de Herrera, en el que los expertos ven un puente entre la lírica garcilasista y la complejidad gongorina.

"La mística fue un tipo de literatura que se comenzó a dejar ver por aquel entonces y que constituyó un fenómeno sin parangón en el panorama europeo"

Pero la mayor novedad vino de la mano de un tipo de literatura que se comenzó a dejar ver por aquel entonces y que constituyó un fenómeno sin parangón en el panorama europeo. Se podrían definir los textos místicos como aquellos cuyo contenido espiritual pretende trascender el mundo material y acceder a una realidad total superior. Son, por decirlo de un modo más simple, los testimonios de quienes consideraban que era posible acceder a través del alma, por la vía del estudio y la meditación, a un encuentro pleno y satisfactorio con la divinidad. La necesidad de los místicos de transmitir su experiencia, y la convicción de que sólo la poesía podía permitirse la expresión de lo inefable, condujo a la búsqueda de un lenguaje con un fuerte contenido simbólico —esas «palabras nuevas» a las que se referiría Santa Teresa— que diera cumplida cuenta de los avatares y los resultados de esa unión. El camino místico hacia las cumbres del espíritu se desarrollaba a lo largo de tres fases o vías o periodos. La vía purificativa marcaría el comienzo del trayecto y se relacionaría con el deseo de alcanzar ese estado de satisfacción plena; la iluminativa supondría el comienzo verdadero de la vida mística y comprendería las etapas de meditación; por último, la unitiva constituía el punto álgido del proceso, es decir, el momento en el que el alma accediera finalmente a lo divino y se viera iluminada por la fuerza de esa conjunción.

Escultura de Fray Luis de León en el patio de las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca.

Retrato anónimo de San Juan de la Cruz.

Cuando se habla de los místicos se habla, sobre todo, de tres nombres, aunque el primero de ellos despierte ciertas controversias. No todos los estudiosos aceptan que Fray Luis de León (Belmonte, 1527 ó 1528-Madrigal de las Altas Torres, 1591) se adscriba efectivamente a esa escuela. Dámaso Alonso, por ejemplo, decía que no podía considerárselo dentro del grupo porque en toda su obra sólo existe una estrofa que describa esa unión con lo divino. El padre Vega, sin embargo, consideraba que sus textos sí se enmarcaban en los parámetros místicos, aunque tuviesen un carácter más doctrinal que experimental. Nacido en la provincia de Cuenca, Fray Luis de León vistió hábito agustino, se hizo catedrático en la Universidad de Salamanca y tuvo una vida tan ajetreada como la que les iba a tocar en suerte a sus arrebatados compañeros de letras. Estuvo presente en las disputas que mantuvieron los de su orden con los dominicos en los claustros salmantinos, y se dice que fueron esas fricciones —aunque las coartadas fuesen su traducción al castellano del Cantar de los Cantares, un poema por lo demás fundamental para entender la literatura mística, y su inclinación hacia la versión hebrea de la Biblia— las que motivaron su estancia en prisión, que se prolongó durante cuatro años y concluyó con el famoso «Como decíamos ayer» con el que retomó sus clases universitarias. También es cierto que el destino le resarció finalmente, y que en la última parte de su biografía llegó a ocupar cargos importantes dentro de los agustinos, como los de vicarios general de Castilla o provincial de la orden. Entre unas cosas y otras, tradujo al román paladino, además de los versos citados, algunos salmos bíblicos y las Geórgicas y las Bucólicas de Virgilio, y fue también responsable de una exposición del Libro de Job. En prosa escribió dos obras de corte ensayístico, De los nombres de Cristo y La perfecta casada, y su obra en verso no fue muy prolífica —menos de cuarenta composiciones—, pero sí brilló lo suficiente como para flanquearle el paso a los anales de la posteridad. Sus poemas circularon de mano en mano, a través de hojas volanderas, mientras él vivía, y sólo tras su muerte fueron recogidos y ponderados en su justa medida por Francisco de Quevedo, su primer gran valedor. Escribió en su juventud sonetos amorosos de influencia petrarquista, pero el meollo de su producción se concentra en sus odas, que se pueden clasificar en tres periodos atendiendo a si fueron escritas antes, durante o después de su paso por la cárcel. En el primer grupo, en el que se inscribe su célebre Oda a la vida retirada («Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido»), se aprecian las características generales de la escuela salmantina, a la que perteneció, resumidas en la adhesión a la tradición clásica y el tratamiento de asuntos vinculados a los códigos morales. El segundo (con ejemplos como Noche oscura o A la salida de la cárcel) está compuesto por textos en los que se aúnan los temas religiosos y los lamentos por la injusticia cometida contra su persona. En el tercero (donde destaca su no menos famosa Oda a Francisco de Salinas: «El aire se serena, / se viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena / la música estremada / por vuestra sabia mano gobernada») se aúna el anhelo de armonía e infinitud con la nostalgia del paraíso evocado y un cierto misticismo intelectual. Mezclaba Fray Luis los rasgos del humanismo clásico con los de la doctrina católica, y gustaba de abordar el tópico del beatus ille mediante las alusiones a la naturaleza, la formulación de sentidas añoranzas del campo y la vida en la aldea y la expresión de su amor por la tranquilidad nocturna y por la música. Su estilo, de aparente sencillez, bebía de tres fuentes primordiales: los autores grecolatinos, los textos bíblicos y la poesía culta española del momento, muy especialmente Garcilaso, del que adoptará la lira, que convertirá en su estrofa preferida. El uso de la segunda persona en buena parte de sus textos da a su poesía un tono conversacional que propicia en el lector una confortable sensación de confidencia, como si a través de los versos estuviera noticias de un amigo lejano, extraviado en el polvo de los siglos.

"San Juan de la Cruz escribió tres textos colosales que dan cuerpo y sentido a toda la teoría mística y que constituyen una de las grandes cumbres de nuestra literatura"

Tampoco tuvo una vida demasiado fácil Juan de Yepes Álvarez (Fontiveros, 1542-Úbeda, 1591), que pasaría a la posteridad como San Juan de la Cruz. que profesó en el Carmelo y entabló pronto relación con dos personajes que resultarían cruciales para su futuro: uno fue Fray Luis de León, al que el joven Juan de Yepes conoció en su etapa de estudiante en Salamanca, y la otra una Teresa de Ávila que tenía planes para reformar la orden carmelita, a los que el poeta en ciernes se sumó de inmediato. No gustaban demasiado aquellas vocaciones renovadoras y San Juan, al igual que su amigo Fray Luis, tuvo que conocer los padecimientos del presidio, aunque en su caso logró escapar y halló refugio en un convento carmelita cuyos moradores aceptaban de buen grado los nuevos preceptos. En otro paralelismo con la trayectoria vital de quien fuera su mentor, también él en sus últimos días ocupó puestos de responsabilidad. Pero lo que realmente destaca en su biografía —lo que, de hecho, habría justificado por sí mismo el ascenso a los altares, independientemente de sus méritos canónicos— es su poesía. Escribió tres textos colosales que dan cuerpo y sentido a toda la teoría mística y que constituyen una de las grandes cumbres de nuestra literatura. Deudores todos ellos del soberbio Cantar de los Cantares, se vertebran en torno a las peripecias de una Amada y un Amado que no cejan en su empeño de convertirse en uno. En Cántico espiritual, conformado por cuarenta liras, ambos mantienen un diálogo en el que la Amada relata cómo ha superado un arduo recorrido por valles y montañas hasta unirse a aquél a quien desea. Noche oscura, o Noche oscura del alma, consta de ocho liras y cuenta cómo la Amada sale disfrazada de su casa, en plena noche, para consumar el encuentro pleno con el objeto de sus anhelos. Llama de amor viva, cuatro estrofas aliradas, se recrea describiendo la apoteosis de esa unión. Son textos tan complejos, tan crípticos en ocasiones, que el propio autor quiso escribir sendas obras en prosa, de igual título, para explicar su significado. Aunque pergeñó dos decenas de composiciones más, consideradas menores aunque no tengan nada que envidiar a sus hermanas ilustres, sólo esas tres creaciones valdrían para situar a San Juan de la Cruz en los altares más elevados de la literatura universal. Su fusión de la tradición doctrinal y la literaria, el paralelismo que tan sutilmente traza entre el amor místico y el amor humano y su capacidad para reconocer un acendrado simbolismo en la naturaleza (las montañas elevadas, los valles umbríos, las ínsulas extrañas) resplandecen como uno de los mejores vestigios de nuestro siglo dorado. San Juan de la Cruz, que bebió de los textos bíblicos, pero también de los autores cultos italianos y de la lírica española, otorgó en sus creaciones un papel protagonista al sustantivo, empleó un léxico proveniente de las distintas tradiciones a las que quiso adscribirse y fundó, con todos esos ingredientes, la primera simbología plenamente moderna de nuestras letras. Lo canonizó Benedicto XIII en 1726, y dos siglos más tarde, en 1926, Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia Universal. Como ya se ha apuntado, no le hacía falta al bueno de Juan Yepes tanta santidad para verse envuelto en los mejores honores. Sus restos se reparten hoy entre las ciudades de Úbeda y Segovia, que pleitearon con cierta virulencia por gozar de tan alto privilegio.

Santa Teresa de Jesús, retratada por Juan de la Miseria.

"También está el célebre brazo incorrupto que el dictador Francisco Franco tenía sobre su mesita de noche"

Ya se ha mencionado a la tercera gran exponente de la mística española. Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada (Ávila, 1515-Alba de Tormes, 1582) fue la primera gran escritora de nuestra literatura y también subió a los altares, con el nombre de Santa Teresa de Jesús, por obra y gracia del papa Gregorio XV, que tomó tal medida en 1622. Fue, como se ha apuntado más arriba, la gran reformadora del Carmelo, y dio buena cuenta de su andadura vital en obras autobiográficas como el Libro de la vida, el Libro de las fundaciones, el Libro de las relaciones o las numerosas cartas que escribió mientras anduvo por el mundo. Ocupada en fundar monasterios que guardaran los preceptos inspirados por su interpretación de lo que debía ser la vida carmelita, pergeñó además obras que consolidarían la mística española, algunas en prosa —Camino de perfección y Las moradas o Castillo interior— y otras en verso. Se centran los textos de Santa Teresa en el núcleo de las preocupaciones inherentes a su escuela, esto es, la unión con el Amado y el anhelo de esa unión, y se complementa esa obsesión primordial con cuestiones como la hermosura de Dios, la identidad del alma en Dios o la entrega total y absoluta a la voluntad divina. Empleó muy primordialmente versos hexasílabos y octosílabos, hizo uso de un lenguaje sencillo y comprensible —sus textos debían difundir sus ideas y su visión religiosa entre unos lectores, fundamentalmente las monjas de sus conventos, que no poseían los mimbres culturales de los que sí gozaba su superiora—, empleó frecuentemente la paradoja («Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero / que muero porque no muero») e hizo uso de imágenes (como las de la herida y el cazador) que fueron recurrentes en la poética mística. Se sintió tanta devoción por Santa Teresa que, tras su muerte, su cuerpo fue debidamente troceado para que no se quedara nadie sin disponer de su ración de santidad. Su cuerpo, presuntamente incorrupto, reposa desde 1586 en el convento de la Anunciación de Alba de Tormes, localidad próxima a Salamanca, en un sepulcro cerrado por nueve llaves en el que, no obstante, se metió mano para extraer ciertas reliquias. Así, el pie derecho y parte de la mandíbula superior de la buena mujer están en Roma; hay un dedo en París y otro en Sanlúcar de Barrameda; la mano izquierda se halla en Lisboa; el brazo izquierdo y el corazón sí se encuentran en Alba de Tormes, aunque en sendos relicarios exentos y preparados ad hoc. También está el célebre brazo incorrupto que el dictador Francisco Franco tenía sobre su mesita de noche. En realidad, se trataba de la mano derecha, que los franquistas requisaron a los republicanos en plena Guerra Civil y que hoy en día se custodia, junto con el ojo izquierdo de la santa, en la ciudad de Ronda. No era digna de tanta mutilación la pobre Teresa, que dio todos sus avatares justificados con sus discutidos éxtasis y cuya obra cerró de la mejor forma posible el recorrido de un grupo de escritores, nuestros queridos místicos, que hicieron volar a gran altura las letras españolas durante la segunda mitad del siglo XVI y cuyas creaciones, con ser divinas, tanto dicen de lo humano.