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Querrás hablar de este libro. Y no podrás hacerlo

Querrás hablar de este libro. Y no podrás hacerlo

Me cuesta hablar de mi trabajo. Cada vez más. De hecho, de un tiempo a esta parte me he instalado en la convicción de que si realmente tengo algo interesante que decir, ya lo digo en el libro. El resto, el mero hecho de “venir aquí a hablar de mi libro”, se ha ido convirtiendo ante mis ojos en un monstruo que me aterroriza e incluso, en cierto modo, me paraliza. Un monstruo que, a veces, se viste de arrogancia, otras de vanidad y otras, simplemente, de angustia. Y eso es precisamente lo que voy a intentar contarles, la historia de una angustia. Una que arranca con la gestación de esta última novela, Un fuego azul, un texto sobre el dolor y el miedo. Una historia sobre el manejo de nuestros horrores.

Recuerdo que este libro me atrapó desde el principio. Supongo que, desde el punto de vista del autor, todos los libros funcionan de un modo semejante. ¿Para qué contar una historia que no te atrapa ya como creador? ¿Cómo esperar que al lector le fascine tu relato si a ti no te provoca ese mismo efecto? Tal vez, pues, señalar esto parezca una obviedad. Pero es que, con éste, la cosa fue más allá. Yo quería escribir una de esas historias de suspense, adictivas, imposibles de soltar. De las que enganchan desde la primera página, de las que te atrapan en su confusión para que, justo cuando el lector cree que ya te ha pillado, giren y te sorprendan todavía más. Para qué seguir disimulando: este libro era mi respuesta como autor al shock que me supuso descubrir los trabajos de Pierre Lemaitre. Cuando te dedicas al thriller, al manejo del suspense, después de leer maravillas como Vestido de novia o Irene, uno no puede evitar preguntarse: “Bueno, y ahora… ¿qué demonios hago yo?”. Bien, pues Un fuego azul fue mi respuesta.

"Potenciar al máximo la experiencia lectora, esa era mi intención. Y, con las ideas tan claras, mi intención pasó a convertirse en mi obsesión"

Pero claro, si decides jugar a esto, entonces se acabó: desde el momento en que tomas la decisión en adelante, ya no puedes hablar sobre el tema con nadie más. ¿Se imaginan ustedes al propio Lemaitre explicando la trama de Vestido de novia a sus allegados? Es imposible: el impacto en los futuros lectores ya no sería el mismo si conocieran algo de la historia con anterioridad… No, no puedes hablar con nadie, porque ahí, justamente ahí, es donde reside la potencia de la narración, en el hecho de no saber nada con anterioridad. En exponerse a la historia lo más vírgenes posible, sin siquiera leer su sinopsis, y dejar que sea ella, la propia novela, la que te vaya llevando. Potenciar al máximo la experiencia lectora, esa era mi intención. Y, con las ideas tan claras, mi intención pasó a convertirse en mi obsesión. Y, sin darme cuenta, mi obsesión fue convirtiéndose en una cárcel. Una prisión de la que, cuando quise reaccionar, ya no podía salir. Recuerdo las conversaciones con mis editores:

—Pero ¿en qué estás trabajando?

—No te lo puedo decir…

—¿Cómo que no me lo puedes decir?

—No puedo, de verdad. Pero créeme, te va a gustar, ya lo verás. Confía en mí.

Confía en mí… Lo repetí una y otra vez. Con esa mezcla de fe y vehemencia tan propia de los que han perdido el juicio por completo.

Me encerré en mi estudio. Llegué a quedarme solo por completo durante mucho tiempo, mucho más del que hubiera sido aconsejable. Pero no podía parar. Cada vez más obsesionado, cada vez más abajo. La gente me preguntaba “¿con qué estás ahora?”, y mi respuesta siempre era la misma: “Ya lo verás”. No lo podía decir. Me moría de ganas por contarlo, por hablar de ello. Pero no podía hacerlo. No podía contar nada, no debía. Lo intentaba de tanto en tanto, cuando alguien insistía, o cuando sentía que la historia me quemaba en los dedos. Pero no había nada que hacer. Mi discurso siempre era caótico, entrecortado, lleno de espacios y razonamientos aparentemente inconexos… Como el de aquellos que han perdido el juicio por completo. Y no se imaginan cuánto sufría por ello.

"Porque si algo hace grande Un fuego azul es precisamente eso, que a pesar de ese caos inicial todo está relacionado. Todo tiene un sentido y nada es lo que parece"

Porque si algo hace grande Un fuego azul es precisamente eso, que a pesar de ese caos inicial todo está relacionado. Todo tiene un sentido y nada es lo que parece. Como en tantas otras historias, sí. Pero en ésta llevado al extremo. Es el testimonio de un dolor terrible, insoportable, que en determinado momento embosca al lector y gira sobre sí mismo para convertirse en otra cosa. La historia de un dolor más discreto, más silencioso. Pero mucho más feroz. Créanme, traer toda esta angustia al mundo fue para mí el más doloroso de los partos. Por un lado se trataba de lograr ese giro tan brusco, la sorpresa perfecta. Narrativamente, mi apuesta es la de que, a medida que la historia vaya avanzando, el lector pase por tres fases bien diferenciadas en cuanto a su relación con los personajes principales. Pero, por el otro lado (y además), había que hacerlo manejando una información atroz, comportándome ante ella del mismo modo que la presa lo hace con el río más caudaloso: se trataba de exponerse a los mayores dolores que una persona es capaz de infligirle a otro ser humano, pero asegurándose de que al otro lado la información llegaba con sutileza. Mi trabajo era verlo todo para luego tan sólo insinuarlo. Y lo hice.

Recuerdo el alivio que sentí al ver por fin publicada la novela. Pero no por liberarme del dolor (de un dolor como ése uno ya nunca se libera del todo), sino porque ahora ya estaba ahí el libro para responder a todas las preguntas. Para poder explicarse por sí mismo. Quien quisiera comprender qué era lo que había estado haciendo (y, por extensión, lo que me había estado pasando) ya podía hacerlo. Ya no era necesario que yo dijese nada, ya no hacía falta que yo intentase dar todas las explicaciones que hasta entonces había callado. Todo estaba en el libro.

"Desde que Un fuego azul ha salido a la calle no hago más que ver lectores y más lectores con los labios apretados"

Y recuerdo el alivio, sí. Como el del primer corredor en una carrera de relevos, observando cómo el testigo se aleja de él en las manos del segundo corredor. Y, lo recuerdo también, en ese momento lo vi claro: mientras el libro se alejaba de mí, comprendí que al lector, aquel siguiente corredor, le sucedería lo mismo. Y así fue.

Una vez publicado, la reacción comenzó a ser esa. Intenté advertirlo, lo dije en las presentaciones (imagínense la situación, presentar una novela de la que apenas puedes contar nada. Qué cuajo…): “Si se deciden a leer este libro, querrán hablar de él. Pero no podrán hacerlo. Ustedes mismos se darán cuenta”. No había otra manera. Porque, para su mayor disfrute, ésta es una de esas novelas ante las que hay que plantarse sin saber nada, mucho menos permitir que nadie nos cuente una sola palabra. Que no nos desvelen ni una línea de su trama.

Desde que Un fuego azul ha salido a la calle no hago más que ver lectores y más lectores con los labios apretados. Esa angustia —divertida en su caso— del que se muere por contártelo. Pero no lo hace. Porque sabe que no debe. “Tú hazme caso, léelo, y ya verás”. Desde su publicación en Galicia, donde salió antes, se ha ido convirtiendo en “el libro del que no se puede hablar”. Y, con todo, lleva vendidos ya cuatro mil ejemplares desde su publicación en diciembre. “Tú léelo, ya verás…”. Y yo lo agradezco. Al fin y al cabo, el mayor y más generoso de todos los regalos que un lector nos puede hacer es precisamente ése, el boca a boca, la recomendación de nuestro trabajo a un lector siguiente. La propagación de la enfermedad.

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Autor: Pedro Feijoo. Título: Un fuego azul. Editorial: Ediciones B (Penguin Random House). Venta: Amazon

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